No me toques la corbata CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Amigos y novios

Maya

Los fines de semana con las niñas siempre eran muy intensos, aunque procuraba que llevaran una rutina adecuada para que no se desmadraran demasiado; bastante tenían ya con ir de una casa a otra cada lunes.

El sábado por la mañana, salimos a patinar; bueno, ellas patinaban mientras yo corría detrás por el paseo marítimo sur de la ciudad.

Después tomamos algo fresco en una de las terrazas y volvimos a casa para comer.

Por la tarde hicimos palomitas y vimos una película en la tele.

Luego se fueron a jugar juntas a su habitación, yo repasé algún trabajo en mi ordenador.

Más tarde se ducharon y yo preparé la cena.

Cuando nos sentamos a la mesa, Elena, mi hija menor de siete años, me hizo una pregunta que me dejó un tanto descolocada.

—Mamá, ¿tú tienes novio?

La miré con el ceño fruncido, ya que no sabía a qué venía aquello.

—No. ¿Por qué?

—Mi amiga Clara me ha dicho que su mamá tiene un novio y que ahora ella tiene dos papás —respondió como si fuese la conversación más normal del mundo.

Que lo era. No tenía ningún problema en hablar de cualquier asunto con ellas.

Aunque todavía no me había planteado hacerlo acerca de ese en concreto.

Sabía que llegaría un momento en el que su padre o yo tuviésemos pareja, o no, nunca se sabe, pero debería preparar el terreno por si ocurría, ya fuese por cualquiera de las dos partes.

—Bueno, es normal que los padres que viven separados tengan otro novio o novia.

—¿Por qué? —preguntó de repente Ana, la mayor.

—Pues porque, a veces, las personas se gustan, se enamoran y comparten su tiempo. Siempre es bonito compartir tiempo con alguien.

—Lo que no entiendo es que, si papá y tú erais novios y ahora ya no, ¿por qué buscar otro novio? ¿No tenías ya uno? —cuestionó Ana.

Pensé en buscar un ejemplo de su entorno personal que entendiera.

—¿Te acuerdas de tu amiga Cloe?

—Ya no es mi amiga —contestó con altanería. Al parecer, aún seguía molesta por eso. Tendría que hablarlo de nuevo con ella.

—Y ahora tienes otra amiga, ¿verdad?

—Sí. Alicia —entonó, esta vez, con alegría.

—Pues esto es algo parecido. A veces, tienes un novio, pero luego ya no, porque deja de gustarte o pasa algo entre los dos. Entonces, si quieres, puedes buscar otro novio que te guste, igual que con las amigas.

Ambas me miraron con fijeza; esperaba que lo hubiesen entendido.

—Y, ¿se puede tener dos novios? —preguntó Elena.

—¿Dos? ¿A la vez? —Asintió—. Supongo que sí, si los tres están de acuerdo.

—¿De acuerdo en qué?

—En ser los dos novios de una misma novia.

Elena arrugó los labios.

—Entonces yo no puedo tener dos. —Abrí los ojos por la sorpresa—. Abel y Mario son mis novios, pero ellos no quieren que sea de los dos. Solo de uno.

Dios bendito, en qué berenjenal me había metido.

—Yo no quiero tener novio. Los niños son idiotas —intervino Ana.

—Cariño, no hables así de los niños. Cada uno es como es. No está bien insultar —respondí con calma.

—También puedes tener novia. Mamá lo dijo una vez —interrumpió Elena.

Qué memoria tenía la niña, santo cielo.

—Ah, ¿sí? —Ana me miró para que corroborara lo que decía su hermana.

—Sí, también.

—¿Alicia puede ser mi novia?

—Si las dos queréis, sí, claro.

—Pero ya es mi amiga. —Estiró la frente—. ¿Qué diferencia hay entre una amiga y una novia?

«A ver cómo sales de esta, Maya».

—Los novios y las novias son como los amigos y las amigas, la única diferencia es que los novios se besan en los labios y los amigos, no —aclaré—. Pero cuando son mayores —añadí.

—Puaj, no pienso besar a nadie en la boca —dijo Elena—. El lunes les diré a Mario y a Abel que no quiero ser la novia de ninguno.

Ana arrugó la nariz.

—Es verdad, papá y tú antes os besabais en la boca. Y daba un poco de asco.

Genial. De momento, había salvado los muebles. Veríamos en el siguiente asalto.

Después de esa cena, me sentí agotada. Y aquello no había hecho más que empezar.

Las preguntas, las dudas, los problemas…

cada vez serían más complejos a medida que crecieran.

La vida no es fácil, al menos para la mayoría de los mortales.

Esperaba estar a la altura cuando llegaran esos momentos para acompañarlas y ayudarlas, como cuando empezaron a caminar, a ir en bici, a patinar… Ojalá fuese tan sencillo como eso.

Como cada noche, las acosté después de que eligieron un libro cada una.

Ya no querían que yo les explicara un cuento, como si haber aprendido a leer significara que no necesitaban ayuda para eso.

Lo bueno era que se quedaban dormidas mucho antes de acabarlo, no como cuando yo se lo contaba y me tocaba repetirlo, porque leía más rápido y no implicaba tanto esfuerzo mental para ellas.

Me acomodé en el sofá y puse la tele. Necesitaba despejar un poco la cabeza antes de irme a dormir, si no, repasaría una y otra vez la conversación con mis amigas del día anterior, como me había ocurrido el viernes por la noche, y añadir la tertulia que acababa de tener con las niñas.

¿Dónde estaba el botón de apagado, por favor?