CAPÍTULO 16
Cáscaras de huevo
Ander
Esa tarde de viernes quedé con Martín para ver entrenar a mis sobrinos.
Ambos jugaban en el mismo equipo de baloncesto, aunque en categorías distintas, porque tenían doce y nueve años.
Siempre que podía, intentaba pasar un rato con ellos, ya que me había perdido muchos momentos cuando vivía en Nueva York.
Además, me gustaba el papel de «tío guay» que ellos mismos me tenían asignado.
Entré en el pabellón y localicé a mi hermano en las gradas.
—¿Qué tal van? —pregunté al sentarme junto a él.
—Ey, Ander. Bien, ahí están, sudando la gota gorda. —Señaló hacia la pista, dividida en dos, en la que entrenaban los chavales—. El equipo de Julen juega el domingo contra el primero, y el entrenador los está machacando.
—Ni que se jugaran las Olimpiadas —opiné. Estaba bien competir, pero tampoco era necesario hacerles echar los higadillos.
—Ya, bueno, así aprenden a esforzarse y compartirlo con los compañeros.
—Visto así…
—¿Qué tal vas en la oficina?
—Me preguntas lo mismo cada dos días, Martín. No te preocupes, todo va bien.
—¿Y fuera?
—También. Ya estoy, más o menos, ubicado. Deja de darme la vara. —Le di un par de palmadas en la espalda.
—Es que quiero que te sientas a gusto, que no te arrepientas de haber vuelto. —Me miró a los ojos—. Te he echado mucho de menos todos estos años, Ander.
—Y yo a ti, hermano. Pero no sufras, aunque no me fuese bien en la empresa, buscaría otro trabajo, no vas a librarte de mí tan fácilmente. He vuelto para quedarme.
—Eso espero.
Si él me había añorado, no tenía ni idea de lo que había significado para mí su ausencia a una edad en la que necesité a mi hermano más que nunca.
Mis padres eran fantásticos, pero me crie pegado a los talones de Martín y no tenerlo cerca durante una etapa tan compleja fue complicado.
Por suerte, con los años, me adapté bastante bien a la situación, a pesar de nuestra relación a distancia, e intentaba con todas mis fuerzas superarme cada día para, en cuanto tuviera un poco de experiencia, volver con Martín.
Ese fue el objetivo que me marqué cuando empecé a estudiar en la universidad.
Después del entreno, nos reunimos a la salida con mi cuñada, Belén, para ir a cenar todos juntos a una pizzería. Como siempre, la velada fue divertida, en la que mis sobrinos, Julen, el mayor y Eric, el menor, llevaron la voz cantante con sus historias y anécdotas de equipo y del colegio.
No sabía si algún día tendría mi propia familia, pero, de ser así, quería que fuese parecida a la de mi hermano.
Una mujer inteligente y divertida, una descendencia alegre y vivaz y, sobre todo, una relación estrecha y sana entre nosotros.
Como era evidente, tenían sus conflictos, pero siempre intentaban solucionarlos de forma pacífica y justa.
Mientras los observaba y pensaba en todo ello, la imagen de Maya se coló en mi cabeza.
Supuse que fue porque era la primera chica con la que había interactuado desde que me mudé y parecía la referencia más cercana.
Aunque lo cierto es que esa visión me hizo sonreír y no me provocó una sensación ilógica, a pesar de que imaginarla en esas circunstancias era, como poco, una locura.
Apenas la conocía, no sabía nada de su vida, de su situación personal ni de nada que tuviera que ver con ella fuera de la oficina más allá de un par de encuentros sexuales.
Muy buenos, sí, parecía que encajábamos bien en esa tesitura, pero era de los que opinaban que una relación no se cimenta solo en esos términos.
Había tenido dos parejas de varios años, y sabía que un vínculo no se sostiene solo con sexo.
Llegué a casa cerca de las doce de la noche. Me recosté en el cabezal después de lavarme los dientes y desnudarme, y revisé el móvil antes de ponerlo a cargar.
Tenía un mensaje de Lucas.
Lucas:
Amigo, mañana por la
noche, tenemos reunión
de pastores, ¿te apuntas?
Era un buen tío. Sano, sincero y divertido. Estaba seguro de que no había mejor compañero para disfrutar de una velada nocturna en la ciudad.
Claro. Ya me dices
lugar y hora.
Lucas:
Por fin te voy a sacar
de esa cáscara de huevo
que llevas puesta .
Solté una carcajada.
No me des ideas.
Lucas:
No hay cojones.
Eso ya lo veremos.
Lucas:
Ja, ja, ja, ja.
Mañana te envío
ubicación.
Perfecto.
Sí, tenía una corbata con dibujos de cáscaras de huevo sonrientes. Y, sí, también tenía los cojones para ponérmela.