No me toques la corbata CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Flechas certeras

Maya

Terapia de grupo

Chicas, ¿tenéis un hueco

esta tarde? Mi madre

ha insistido en recoger a

las niñas del cole y llevarlas

a merendar y al cine.

Tengo algo que contaros.

Era viernes, y después de hablar con Ander y con Nuria de diferentes proyectos, vi el mensaje de mi madre, así que tendría un rato libre y necesitaba hablar de un tema con ellas.

Greta:

No hay problema.

Hora y sitio.

Nora:

Yo no acabo hasta

las 19 h. Me uniré

después.

¿Quedamos a las 18:30

en el Buda? Así estamos

cerca del local de Nora.

Nora:

Ok.

Greta:

Allí nos vemos.

Me reuní con Lucas, Mónica e Isaac para empezar a preparar la campaña de NQ, esa que les daría un bonus y un par de días extras de vacaciones, hasta primera hora de la tarde; incluso, comimos trabajando.

Los viernes solíamos acabar alrededor de las tres, pero ese proyecto era demasiado importante para no dedicar el tiempo que le correspondía.

Poco después de las seis, salí de mi despacho en dirección al garaje. La planta del edificio ya se encontraba prácticamente vacía, a excepción de algunos creativos que debían de estar como nosotros, con tareas relevantes.

Tardé casi media hora en recorrer poco más de dos kilómetros. Puto tráfico. Y no tuve otro remedio que dejar el coche en un parking subterráneo. Inconvenientes de la ciudad.

Cuando llegué al Buda, Greta ya estaba con una cerveza en la mesa y tecleando en el móvil.

—Eh, ¿qué tal? —la saludé, mientras me quitaba la americana y la colgaba del respaldo de la silla.

—Pues aquí estamos, en auxilio de la pobre desgraciada divorciada que no sabe qué hacer con su vida —soltó de corrido al tiempo que dejaba el teléfono junto a su bebida.

—A veces me dan ganas de darte una hostia con la mano abierta —respondí.

—No tienes ovarios. —Dio un trago a su botellín.

—No me tientes. —Le quité el envase de la mano y lo alcé para señalar al camarero que me trajera una igual.

No solía beber cuando tenía a las niñas conmigo, porque, si ocurría cualquier contratiempo y debía coger el coche, quería hacerlo en condiciones. Pero esa tarde me tomé la libertad de relajarme; me lo había ganado, me lo merecía. Y necesitaba dejar de lado el modo madre por un rato.

—¿Las niñas bien?

—Sí, se lo pasan bomba con sus abuelos.

—Por supuesto, las consienten todo lo que pueden y más.

—En efecto —reí—. ¿Los tuyos?

—Bien también. Raúl los ha llevado al entreno. Estoy de fútbol hasta el peperete. Cada fin de semana de un lado a otro. Menos mal que su padre lo disfruta; yo voy porque son mis hijos, si no…

Volví a reír. Por mucho que se quejara, Greta no faltaba a ningún partido y gritaba como la que más desde las gradas.

—Dale gracias a que juegan en el mismo equipo.

—Calla, calla… Si jugasen en distintos, iría Rita a verlos.

Seguimos hablando de los niños y de la semana laboral.

Greta era abogada en un bufete de la ciudad, al igual que su marido, Raúl, aunque en diferentes despachos y distintas especialidades.

Ambos nos ayudaron con el convenio de divorcio a Iker y a mí, además de que todos éramos amigos desde la universidad.

Greta, Nora y yo nos conocimos a través de ellos.

Greta conoció a Raúl en la Facultad de Derecho; Raúl era amigo íntimo de Iker y de Hugo, el marido de Nora.

Y, como se suele decir, el resto es historia.

Sabía que Greta se moría por preguntarme de qué iba el asunto que les quería contar, pero tuvo la decencia de esperar a que llegara Nora.

—Agua con gas, hielo y limón, por favor —pidió Nora al camarero cuando se sentó junto a nosotras.

—¿En serio? —se burló Greta—. ¿Agua?

—Sí, ¿qué pasa? Tengo sed. Llevo toda la puñetera tarde dando clase.

—De verdad… No bebes, no fumas, no…

—Sí follo, espabilada —sentenció Nora.

Greta se echó a reír a carcajadas.

—Di que sí, amiga. —Levantó la mano para que se la chocara.

—No sé cómo la aguantas —le dije a Nora.

—Muy en el fondo es buena persona.

—¿Muy en el fondo? —se quejó Greta.

—Muy muy —rio Nora.

—Vale, basta de gilipolleces. —Greta me miró—. ¿Qué pasa? ¿Es grave?

Suspiré y solté el aire despacio.

—Qué va. Es Ander. —No les había contado nada de lo que había ocurrido con él, prefería hacerlo en persona—. El sábado, después de cenar con vosotras, me fui al club.

Greta elevó una ceja.

—Qué lista eres, amiga.

—Te lo has vuelto a tirar —sentenció Nora.

Asentí.

—Me lo encontré allí y… Joder, es que me pone mucho —confesé.

—Y, ¿qué problema hay? Aparte de que trabajáis juntos y todo lo demás —preguntó Greta—. Porque ya hemos hablado de eso.

—Quería decirle que necesitaba un tema de trabajo y busqué su teléfono en su ficha de empleado —expliqué—. El jodido solo tiene veintiocho años.

Ambas se quedaron calladas con sus ojos fijos en mí.

—¿Y? —Greta habló después de varios segundos.

—Joder, que le llevo once años —me quejé.

—¿Y qué? —insistió Nora.

—¿Cómo que «y qué»? ¿Qué demonios hago con un tío de esa edad? Es más, ¿qué narices hace un tío así conmigo?

—¿Follar? —contestó Greta.

—Dios, que estoy divorciada, tengo dos hijas…

—¿Es que pretendes casarte con él? —me interrumpió Nora.

—No, pero… —No pude acabar la frase.

Había estado desde la noche anterior, cuando lo descubrí, dándole vueltas al tema.

En cierto modo, me produjo un pequeño shock , puesto que yo creía que Ander tendría entre treinta y tres y treinta y cinco años, por su aspecto y comportamiento maduro y la edad de Martín, así que la diferencia no era tanta, pero once me pareció una barbaridad. Una puta década.

—Pero… —me instó Greta.

Pero nada. Mis cálculos habían ido demasiado lejos.

Yo misma le había dicho que aquello solo era sexo.

¿Por qué, entonces, no dejaba de pensar en mis hijas, en mí como alguien que no tendría más descendencia, en que él tenía aún muchas experiencias que vivir…

si solo era sexo? Ander no entraría en mi vida, solo sería una parte temporal de ella.

No conocería a las niñas, ni a mis padres, ni siquiera volvería a subir a mi piso.

Sería una relación física, como otras que había tenido.

Trabajábamos juntos, pero también lo hacía con Lucas, Mónica, Isaac, Nuria, Martín…

En cuanto nuestro rollo se acabara, Ander se convertiría en otro como ellos.

Un compañero. No habría nada más allá de eso.

—Mierda… —murmuré.

—Te gusta ese chico —sentenció Nora.

—No solo para follar —remató Greta.

—No puede gustarme, hace tres semanas que lo conozco. —Traté de ser lógica y coherente.

—Hay flechas muy certeras —opinó Greta.

—Como dijo Thomas Fuller, un buen arquero no se conoce por sus flechas, sino por su puntería —añadió Nora.

—Pues este arquero le ha dado en todo el…

—¡No lo digas! —chillé a Greta.