CAPÍTULO 14
Pequeños dinosaurios
Ander
La tercera semana en mi nuevo trabajo fue frenética.
Todos empezaron a dar por hecho que ya estaba al día, y así era, en cierto modo.
No podía llevarme los expedientes a casa, por supuesto, pero accedía desde mi tablet a los datos básicos, para familiarizarme con ellos, por la noche, después de cenar y antes de acostarme.
Por las tardes, salía a correr, y me puse las pilas en buscar un gimnasio. No tardé en encontrarlo; en todas las grandes ciudades existía una multitud de opciones. Por fin tenía el apartamento organizado y conocía diferentes locales para comer, tomar un café o comprar cualquier cosa que necesitara.
Parecía que mi vida se ordenaba un poco más a medida que pasaban los días. No pretendía que se pusiera en su sitio a la primera, y tampoco era que mi existencia fuese un caos, más bien al contrario. Trabajo, horas libres y familia. Sencillo.
Pasaba tiempo con mi hermano, con mis sobrinos y llamaba a mis padres con regularidad.
También mantenía el contacto con algunos amigos de Nueva York, pero sabía que, con el paso de los meses, la relación con ellos se debilitaría y que, con toda probabilidad, ni siquiera los viera cuando fuese a visitar a mis padres.
Igual que ocurrió al mudarme de país en la adolescencia.
Había aprendido que la mayor parte de las situaciones eran temporales, efímeras, con fecha de caducidad.
Debido a ello, no me sorprendió que Maya insinuara que la relación que empezábamos a mantener no llegaría muy lejos.
Había demasiados factores en contra. Pero eso no quería decir que no estuviera dispuesto a disfrutarla mientras durara.
Lo único desfavorable de ese pensamiento era que Maya me atraía mucho, y estaba convencido de que, cuando se acabara, me costaría volver al momento antes de conocerla, además de tener que verla a diario en la oficina.
Pero ya me encargaría de ello cuando sucediera.
Estaba recostado en el cabecero de mi cama, con el portátil sobre el regazo y la tablet encima de un cojín, cuando recibí un mensaje por WhatsApp.
Desconocido:
Hola, Ander. Soy Maya.
Perdona que te moleste
fuera del horario laboral,
pero necesito que mañana
hablemos de LP. Llegaré
a la oficina alrededor de
las 9. ¿Te va bien?
Justo en ese instante me di cuenta de que ni siquiera tenía su número de teléfono. Ella, con seguridad, lo habría conseguido de mi ficha de empleado.
Hola, Maya. Claro,
no hay problema. Lo
tendré listo para esa hora.
Maya:
De acuerdo. Muchas
gracias.
Buenas noches.
De nada. Buenas
noches.
Aparté el expediente en el que estaba trabajando y me dediqué al que me había pedido ella, así tendría más tiempo para dejarlo listo.
***
Entré en la oficina un cuarto de hora antes del inicio de la jornada, como casi siempre que lo permitía el metro que cogía para llegar hasta allí.
Como era habitual, Lucas ya estaba en la sala de descanso, y pocos minutos después llegaron los demás.
Isaac y Nuria siempre aparecían juntos; imaginé que vivían cerca el uno del otro y quedaban cada mañana.
Mónica solía entrar corriendo, como si llegara tarde, aunque aún quedara tiempo de sobra.
Por el carácter que empezaba a ver en ella, ese era su ritmo normal.
Mientras ellos seguían con la charla, fui a mi puesto; quería revisar que todo estuviese bien para la reunión con Maya, y responder los posibles correos electrónicos que pudiera encontrar en mi bandeja.
Reconocí sus pasos en cuanto los oí acercarse. Tenía que pasar por mi lado para ir a su despacho.
—Buenos días, chicos —saludó a mi espalda, sin dejar de caminar.
Todos contestaron, incluido yo. La vi cruzar el espacio por el rabillo del ojo, ya que intentaba mantener la mirada puesta en la pantalla, pero me fue imposible no hacer el amago de observarla.
De hecho, aunque quisiera, no podría, pues el hueco de su puerta estaba justo frente a mí.
Se me fueron los ojos varias veces mientras ella depositaba el bolso y la chaqueta en el perchero que colgaba de la pared, colocaba la tablet a cargar en el dispositivo de mesa o se sentaba después de encender el ordenador.
Al acercar su silla a la mesa, la perdía tras la pared, pero sabía que estaba ahí.
—Ander —la oí llamarme.
—¿Sí?
Como la estancia era abierta, no solíamos utilizar el teléfono entre nosotros. Los había escuchado, incluso, tener conversaciones a través de esa pared de formica.
—¿Puedes traer el expediente LP, por favor?
—Voy.
Lo tenía todo listo desde hacía rato, así que no perdí más que unos segundos antes de atravesar el marco y plantarme frente a ella.
—Siéntate, por favor —me indicó mientras escribía en el teclado.
Volvía a llevar el pelo recogido en una coleta alta, y ese cuello al que me había aferrado casi una semana antes se perdía en el escote en pico de su camisa verde botella.
Carraspeé para aclararme la garganta y dejar de imaginármela desnuda.
—¿Qué quieres comentar? —pregunté.
Se desplazó en la silla hasta quedar frente a frente, se recolocó en el asiento y miró el expediente que yo había dejado sobre su mesa, antes de desviar sus ojos hacia los míos. Sonrió comedida.
—Vale. Creo que habría que renovar sus anuncios digitales, están obsoletos, ¿no te parece? —propuso.
Me había percatado de ello, sin duda, por lo que empecé una disertación al respecto, y a la que ella añadió sus puntos de vista.
Tras media hora de conversación, quedamos de acuerdo en que yo debía preparar una propuesta de actualización para el cliente y ella lo revisaría para redactar el presupuesto.
—Lo tendré para el lunes —dije.
—No es necesario que trabajes durante el fin de semana, con que lo tengas el martes o, como muy tarde, el miércoles, será suficiente.
—Está bien. ¿Eso es todo? —La miré a los ojos.
—Eh… Sí. —Por primera vez esa mañana, dudó.
Incliné el cuerpo un poco más sobre la mesa.
—¿Nos veremos hoy? ¿Mañana? —pregunté en un susurro.
No quería ser impaciente, pero observarla mientras hablaba de forma segura y contundente acerca de trabajo me hacía hervir la sangre.
Levantó la vista por encima de mi cabeza, hacia la puerta. Imaginé que para cerciorarse de que nadie estaba cerca y pudiera escucharnos.
—No puedo. Tengo… compromisos —contestó en un murmullo.
—De acuerdo. —Sonreí de lado en un intento de ocultar mi decepción y me levanté del asiento—. Voy a ponerme con ello. —Alcé la carpeta en la que llevaba el expediente.
—Bonita corbata —anunció, con una sonrisa burlona. Apoyó la espalda en el respaldo y las manos en los reposabrazos de la silla, en actitud relajada.
—Gracias. —Me pasé la mano por la tela estampada de pequeños dinosaurios y mi sonrisa se amplió.
—¿Ya has enmarcado la otra? —preguntó con guasa.
—Aún no he encontrado el cuadro idóneo, pero la he guardado a buen recaudo.
Negó con la cabeza y apretó los labios, imaginé que para no decir lo que tuviera en mente. Yo estaba tan distraído en su expresión divertida que hasta le guiñé un ojo antes de salir por la puerta.