No me toques la corbata CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Enchufes

Maya

El lunes me levanté más nerviosa de lo habitual. El pulso me retumbaba en las sienes, en los oídos y en el cuello mientras me vestía y me maquillaba para ir a la oficina. Por supuesto, tenía la absoluta certeza de que era por ver de nuevo a Ander.

«Maya, eres una mujer adulta. Más que adulta», me repetía cada pocos segundos. «Además, solo habéis echado un par de polvos».

Conseguí tranquilizarme lo suficiente como para salir de casa sin que me temblaran las manos.

Por el amor de Dios, ni que tuviese quince años.

El tráfico me pareció más infernal que nunca, como si, en lugar de personas, fueran zombis quienes iban al volante.

Aparqué el coche en mi plaza del garaje y entré en el ascensor.

Se detuvo en la planta baja, era habitual que parase en varios pisos para «recoger» y «soltar» gente que trabajaba en el edificio. Se abrieron las puertas.

—Buenos días —sonó una voz que me pareció demasiado conocida.

Levanté la vista de mi bolso, en el que trataba de encontrar mi teléfono, y me di de bruces con Ander. Vestía un traje gris oscuro, una camisa rosa pálido y cargaba un maletín de lona en el hombro derecho. No llevaba corbata.

—Buenos días, Ander —saludé con un amago de sonrisa.

Volví a sentir los latidos erráticos en el pecho.

Entró despacio, sin dejar de mirarme, y las puertas se cerraron a su espalda. En aquel habitáculo cabían, al menos, veinte personas; en cambio, sentí que se había llenado hasta no dejar ni un solo hueco libre.

—¿Qué tal el fin de semana? —preguntó en tono casual.

—Eh, bien. Muy bien. ¿Qué tal el tuyo?

—No ha estado mal. —Sonrió de lado y encogió un hombro. Alcé una ceja y él soltó una carcajada—. Nada mal —sentenció más serio.

—Espero que hayas descansado.

—Como un bebé.

El ascensor se volvió a detener en ese momento. Desvié la vista hacia el marcador de pisos. Era el nuestro.

—Adelante —lo invité con la mano a salir—, hemos llegado.

—Sí, jefa —susurró muy cerca de mi rostro, y se dio la vuelta.

Dios.

Cerré los ojos e inspiré hondo.

Mal. Muy mal.

El aroma de su perfume me llegó hasta la corteza prefrontal. Era el mismo que el del sábado.

Oí que las puertas empezaban a cerrarse y me apresuré a salir.

«Maya, céntrate».

Me dirigí a la sala de descanso para dejar mi desayuno y la comida, Lucas ya estaba con un café en la mano. No había ni rastro de Ander.

—Buenos días, jefa —saludó.

«Perfecto. Ahora, cada vez que Lucas me llame así, pensaré en Ander».

—Buenos días, Lucas.

Por suerte, la conversación matutina y trivial con él me devolvió la sensatez y la concentración.

Bien. Mi cerebro no había quedado dañado en términos absolutos.

Las próximas semanas iban a ser intensas y necesitaba mi raciocinio intacto; no debía distraerme con las manifestaciones corporales que me provocaba ver a Ander.

No podía permitirme que tuviera un hueco en mi mente, al menos, durante la jornada laboral.

Como cada lunes, nos reunimos en la sala para hablar de la agenda semanal y de la evolución de los proyectos que teníamos entre manos. Las campañas navideñas nos llevaban a todos de cabeza.

A punto de terminar, Martín entró en la estancia. En ese instante, Nuria estaba haciendo un resumen, pero se calló al oír que se abría la puerta.

—Seguid, seguid —dijo Martín, y se quedó de pie, al fondo.

Nuria continuó unos minutos hasta terminar su exposición.

—¿Todo claro? —pregunté.

—Sí.

—Muy claro.

—Cristalino, jefa.

Algunos contestaron, otros asintieron.

—Martín, ¿tienes algo que decirnos? —Sabía que, si estaba allí, era por algún motivo.

—Pues sí. —Sonrió y se acercó a mi posición, que estaba a la cabeza de la mesa.

Me puse en pie—. Traigo un mensaje de Dirección General.

—Miró al grupo que tenía delante con expectación—.

Me han mandado a informaros que están muy satisfechos con la campaña que estáis preparando para NQ, y que, si el cliente queda igual de complacido, se os abonará un extra y dos días más de vacaciones de Navidad —anunció, orgulloso.

Como era de esperar, se formó un barullo de risas, euforia, choques de manos y algún que otro grito. Martín rio también durante unos segundos, luego levantó las manos para que se calmaran un poco.

—Chicos, por favor —los llamé al orden, porque no había forma de que se callaran.

—No cantéis victoria todavía, ya sabéis que la dirección es muy estricta con estos temas. Solo habrá bonus si conseguís un trabajo bien hecho —añadió, un poco más serio—. Pero estoy seguro de que lo lograréis. —Volvió a sonreír.

Muy bien, Martín, una de cal y otra de arena. Como siempre.

El alboroto se alejó por el pasillo cuando mis compañeros salieron de la sala.

—¿Qué tal va Ander? —me preguntó Martín al quedarnos solos.

—Bien. Se ha integrado a la perfección —contesté con sinceridad—. No te preocupes, Martín, es un buen profesional. —Le puse la mano en el antebrazo.

—Lo es. Pero, al ser mi hermano, sé que los directivos están muy pendientes —confesó—. Con toda seguridad, en algún momento, te llamarán para que les hagas un retrato de él.

—Ya contaba con ello.

—Quiero que seas veraz y crítica. Que sea mi hermano no implica que tengamos que darle un trato de favor.

—Martín, en serio, estate tranquilo. No le damos ningún trato especial por ello. Puedes preguntar a los demás.

—De acuerdo. Gracias.

—De nada.

Se marchó con las manos en los bolsillos y, supuse, algo menos tenso. Parecía preocuparlo de verdad que se tomaran la incorporación de Ander como una conducta de favoritismo. Él, que había llegado a donde estaba por méritos propios.

Recogí mis cosas y me dirigí al despacho. Una vez me senté en la silla y me dispuse a trabajar, unos golpecitos en la puerta abierta me distrajeron.

—¿Puedo pasar? —Ander estaba bajo el umbral, con una carpeta en la mano.

—Claro, adelante.

Había conseguido no observarlo con fijeza durante toda la mañana.

—Quiero comentarte un par de puntos acerca de MK —dijo mientras se acercaba a mi mesa.

—De acuerdo. —Hasta me sentí orgullosa de la tranquilidad y la profesionalidad con las que me comportaba.

Cuando estuvo justo al otro lado de mi escritorio, bajé la vista hacia su corbata.

Enchufes.

Llevaba una corbata de fondo amarillo con los dibujos de unos puñeteros enchufes. Se me escapó una carcajada que no pude evitar. Estaba segura de que a Martín no le haría demasiada gracia, y aún me reí con más ganas.

Por supuesto, no le conté a Ander a qué venía mi reacción un tanto desmesurada, me inventé algo acerca del cargador de mi móvil. Si alguien debía contarle que a su hermano le preocupaba ese asunto, era el mismo Martín.