CAPÍTULO 12
Prométemelo
Ander
Llevábamos varios minutos en silencio. Sobre la cama. Desnudos. La corbata todavía alrededor de mi cuello. Había sido una sesión doble bastante intensa. Notaba los músculos arder a pesar de que me sentía absolutamente relajado.
Giré el rostro hacia Maya, que estaba a mi izquierda; tenía la mirada clavada en el techo y respiraba ya con calma. El pelo largo y negro desparramado por la almohada, la mandíbula laxa, los labios entreabiertos.
—¿En qué piensas? —le pregunté. Estaba claro que algo le rondaba por la cabeza.
Desvió la vista hacia mí. Sonrió, pero sus ojos no lo hicieron.
—Prométeme que esto no va a suponer un problema en el trabajo.
Me acomodé de lado para verla mejor. Parecía que había llegado el momento de tener esa conversación.
—¿Está prohibido tener relaciones entre compañeros?
—No, pero… ya sabes que estas situaciones pueden acarrear tensión en según qué casos.
—Hay muchas razones por las que no deberíamos estar aquí, y lo sé, pero te aseguro que no voy a darte ningún motivo para que te sientas incómoda en la oficina —dije, serio—.
Martín es mi hermano, tampoco quiero que él se vea envuelto en nada que tenga que ver conmigo allí dentro.
Y tú eres mi jefa. No tengo ningún problema en que nos tratemos de forma cordial, natural, dentro de la empresa.
Fuera, si nos apetece, podemos… vernos —expuse.
Sabía que a Maya le preocupaba ese asunto porque fue lo primero que me dijo cuando nos quedamos solos en su despacho el primer día que empecé a trabajar con ella.
«No vamos a volver a hacerlo».
Muy convencida y yo, también. Pero allí estábamos.
—Vale, pero no quiero… exclusividad. Es decir —se movió para quedar de frente a mí—, puedes quedar con otras personas, no me debes nada, ¿de acuerdo?
—Y tú tampoco a mí —añadí.
—Si alguno de los dos no quiere seguir con esto, el otro tendrá que aceptarlo, sin excusas, sin presiones, sin insistir en continuar.
—Me parece bien.
—Esto es solo sexo —sentenció.
—Y muy bueno, además —bromeé, para que dejara de sentirse tensa. Lo veía en su rostro, en la forma en que arrugaba el ceño cuando hablaba.
Por fin sonrió de verdad.
—Sí, muy bueno. —Se incorporó y me dio un pico en los labios—. Tenemos que irnos. Casi han pasado las dos horas que hemos pagado por la habitación.
Rodó sobre su espalda, salió de la cama y se dirigió al baño.
Yo volví a caer sobre las sábanas.
—Es la puta hostia de bueno —murmuré para mí.
Quizá solo fuese la novedad, hacía muchos meses que no follaba a causa de mi traslado desde Nueva York; Maya era la primera con la que había echado un polvo en mi vuelta definitiva al país que me vio nacer.
Y, por casualidades de la vida, resultó ser alguien a quien tenía que ver a diario.
No era algo que me preocupara, pero debía reconocer que el destino, o lo que fuera aquello, se saltaba muchas normas que, al menos yo, no lograba entender.
Entré al baño cuando Maya estuvo lista y nos vestimos con calma.
—¿Has venido en coche? —le pregunté.
—No.
—¿Compartimos taxi o prefieres volver sola a casa? Ya he pedido uno por la app.
—Está bien, podemos compartir —asintió—. ¿En qué parte de la ciudad vives?
—En la norte, cerca de la playa.
—Ah, me encanta esa zona. En verano suelo ir bastante con… —dejó la frase a medias— con mis amigas —siguió—. De hecho, hoy he salido a cenar con ellas. ¿Tienes amigos aquí? —habló de corrido.
—De momento, no. Lucas me ha invitado varias veces a salir con él y los suyos, aunque aún no he tenido tiempo. Debía acabar de organizar mi piso nuevo.
—Pues no pierdas la oportunidad de salir con ellos. Estoy segura de que te lo pasarás genial.
—Sí, no lo descarto. También tengo intención de buscar un gimnasio en mi barrio.
—Eso es estupendo. ¿Listo?
—Sí. —Acabé de arreglarme el nudo de la corbata.
—Esa corbata ha visto más de lo que debía —bromeó.
—No te preocupes, no va a volver a salir de mi casa, así que no tendrá ocasión de contar nada —le seguí el rollo.
—¿No vas a volver a ponértela? —se sorprendió.
—No —atajé—. Es más, la voy a enmarcar —dije con tono orgulloso.
Su carcajada no se hizo esperar. Fue la primera vez que la escuché alta y clara.
Sin matices comedidos. Sin frenarla. Una risa genuina y visceral.
Sentí un cosquilleo en la nuca—. No te rías, es cierto.
Lo voy a hacer. Se lo merece. —Me toqué la prenda con adoración fingida.
—Estás loco. Anda, vámonos —dijo mientras intentaba dejar de reír y se dirigía hacia la puerta.
—Espera. —Me acerqué y la cogí del brazo—. ¿Un beso de despedida?
—Claro —asintió con una sonrisa.
Nos acercamos a la vez. Ella posó sus manos sobre mi pecho, yo la rodeé con los brazos por la cintura. Jugueteó con los dedos por mi corbata.
—Maya… —advertí, con una ceja alzada.
—Vale, vale. —Rio por lo bajo.
Pegué mi boca a sus labios. Contra todo pronóstico, el beso fue lánguido, lento, como si no quisiéramos que acabara, porque eso significaría que debíamos cruzar al otro lado, al lado real, donde nuestras vidas, por mucho que nos pesara, no nos pertenecían por completo.
Reuní toda mi fuerza de voluntad para separarme de ella. La vi abrir los párpados con lentitud. Sus ojos me miraron con algo parecido a la nostalgia, no supe si era eso con exactitud; seguramente no, porque apenas teníamos dos semanas de pasado juntos.
—He disfrutado mucho —susurró.
—Yo también.
Sonrió y se apartó un par de pasos. Se alisó el vestido y se dio la vuelta hacia la salida.
Recorrimos la zona reservada para las habitaciones y entramos al bar.
Maya levantó la mano para saludar al camarero, que le hizo un gesto con la cabeza.
Luego, el hombre me miró a mí; también me despedí con una sonrisa comedida.
Cuando salimos a la calle, había un taxi en la puerta.
El número serigrafiado en la puerta me indicó que era el nuestro.
Nos montamos en la parte trasera. Maya le dio su dirección, puesto que estábamos más cerca de su piso que del mío, y se dejó caer sobre el respaldo del asiento. De repente, me pareció que estaba muy cansada, así que respeté el silencio que ella mantenía.
A esa hora de la noche, el taxista tardó menos de diez minutos en llegar al portal de Maya. Lo reconocí enseguida, de cuando salí de su casa el viernes anterior.
—¿Cuánto es? —le preguntó al conductor.
Iba a decirle que ya lo pagaría yo todo al acabar la carrera, pero estaba seguro de que ella no me lo permitiría, por lo que la dejé hacer.
—Te acompaño —me ofrecí.
—No es necesario, Ander. Estoy a dos pasos.
—Vale. ¿Llevas el desodorante? Por si acaso —murmuré con una sonrisa.
Ella se tapó la boca para no soltar una nueva carcajada.
—Lo siento —volvió a disculparse—, de verdad.
Hice un ademán con la mano para quitarle importancia.
—Nada. Ya está olvidado. Nos vemos el lunes.
—Hasta el lunes.
Abrió la puerta y salió del taxi. La observé acercarse a la portería mientras rebuscaba en el bolso, supuse, la llave. Cuando la encontró y la metió en la cerradura, se giró hacia mí, sonrió y se despidió con la mano. Luego desapareció en el portal.
—Ya podemos irnos —le dije al taxista. Y le indiqué la dirección de mi piso.
Me relajé en el asiento y cerré los ojos. La imagen de Maya en diferentes situaciones en las que la había visto llenó mi mente durante todo el trayecto.
Y una sonrisa estúpida me cruzó los labios.