No me toques la corbata CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Besos rojos

Maya

A tomar viento las dudas y las comeduras de cabeza.

En cuanto me giré y lo vi, supe que caería de cuatro patas —o en cualquier otra postura—.

Vestía de absoluto negro, pantalón y camisa, y llevaba el pelo medio despeinado hacia atrás, como si se lo hubiese mesado varias veces.

Así que sus ojos azul oscuro resaltaban como dos puñeteros neones.

Su conversación distendida, estaba segura de que para que no volviera a salir corriendo, me tranquilizó y me sedujo a partes iguales.

Su rictus relajado, sus gestos calmados, su voz apaciguadora…

Todo en él gritaba excitación comedida. Él trataba de ocultarla, yo procuraba obviarla. Hasta que ya no pude más.

Había ido con la idea de olvidarme del asunto, y me encontré con el asunto de frente.

Ni siquiera se me ocurrió que él volviera por allí.

Pero yo no era de las que huían, aunque lo hubiese hecho la semana anterior; era de las que cogían el toro por los cuernos, a pesar de las dudas iniciales. Y esa vez no iba a ser diferente.

Me atraía Ander.

Quería echar un polvo con Ander.

A la mierda que trabajáramos juntos.

A la mierda que fuese su jefa.

A la mierda que fuese el hermano de Martín.

A la mierda que, con seguridad, era algunos años más joven que yo.

Arreglaría las consecuencias tal y como vinieran después. Como había hecho siempre.

Entramos en la habitación, después de gestionar el pago en la pequeña recepción de la zona. Ander caminó hasta el centro de la estancia, yo solté mis cosas sobre la butaca y me apoyé en la puerta cerrada.

—¿Hoy no llevas corbata? —le pregunté.

Sonrió de lado.

—Me la he quitado hace un rato. ¿Quieres que me la ponga?

Asentí despacio.

Sin dejar de observarme, metió la mano en el bolsillo trasero de su pantalón y sacó la tela bien doblada.

También era negra, aunque pude ver algunos trazos de rojo.

La sacudió en el aire y, después, la alisó con las manos.

Se la pasó por detrás de la nuca, se levantó el cuello de la camisa y se abrochó el primer botón.

Yo seguía totalmente quieta, pero no perdía detalle de todos sus movimientos y de sus ojos fijos en los míos.

Entrelazó los dos extremos y recolocó el nudo bajo su nuez de Adán.

El fondo quedó casi oculto sobre su pecho, así que pude ver por fin los dibujos que bailaban sobre la tela. Besos rojos.

Sonreí sin poder evitarlo.

—Muy apropiada. Como siempre —murmuré, antes de separarme de la puerta.

Hasta que no di el primer paso, no me percaté de que me temblaban las piernas, de que tenía el pulso acelerado y de que me costaba respirar.

Hacía mucho que no disfrutaba de un preliminar tan emocionante, de que el hombre que tenía delante, aparte de excitarme, empezaba a gustarme más de lo que estaba dispuesta a pensar.

Avancé los dos metros que nos separaban y me planté frente a él.

Ander continuó sin moverse, a la expectativa.

Me dejaba llevar el ritmo, la pauta, el plan…

Aunque ambos sabíamos que no había ninguno.

Agarré la corbata, la enredé en mi mano y tiré un poco hacia mí.

—No me toques la corbata, Maya… —me advirtió, con un brillo animal en los ojos.

—¿O qué? —lo provoqué. Apreté más el puño alrededor de la tela.

Su respuesta fue estampar su boca en la mía, envolver mi espalda con sus brazos y hacerme retroceder los pasos que había dado hasta estrellarme contra la madera en la que había estado apoyada momentos antes.

Me aferré a su cuello con la otra mano, sin soltar su corbata, y me impulsé con las piernas para subirme a sus caderas. Gruñó en mis labios, su lengua entró más profundo en mi boca y dejó caer el peso de nuestros cuerpos sobre la puerta.

Sentí el calor trepar por cada poro de la piel, el aroma de la suya se mezclaba con el mío, mientras seguía atacando mis labios sin tregua. Me faltaba el aire, me faltaban manos y me sobraban ganas. Demasiadas ganas.

Nos separamos de golpe. Hiperventilábamos. Notaba el hormigueo que su embestida había dejado entre mis piernas. Y necesitaba más. Mucho más.

—Así que… ¿te excita que te cojan de la corbata? —pregunté entre jadeos.

—¿Te parece raro?

—No. Solo es curiosidad.

—¿Por qué la has agarrado tú? —cuestionó.

—Porque… te deseo —murmuré—. Ha sido una forma de hacerte ver que te deseo —repetí con convicción.

—Pues ahí tienes la respuesta a tu pregunta. —Entrecerré los ojos—. No hay nada que me excite más que sentir que la persona con la que estoy me desea igual que yo a ella.

—¿Por eso siempre la llevas?

—No siempre. Solo cuando… quiero ver la reacción de alguien. —Recalcó la última palabra.

—En el bar no la tenías.

—Me urgía ir a hablar contigo. Pero cuando me has pedido que me la colocara, se me ha puesto dura. Muy dura. —Se restregó entre mis piernas para que comprobara que no mentía.

—¿La corbata? —bromeé.

Necesitaba un pequeño respiro; algo que bajara la velocidad a la que iba la sangre por mis venas. Me sentía a punto de estallar.

—La polla, Maya. Me pones la polla muy dura incluso cuando observas la corbata que visto en la oficina.

A la porra el descanso.

Me lancé de nuevo a besarlo.

Con labios, con lengua y con dientes.

Con ganas.

Con toda la intención de que volviera a notar el frenesí de mis gestos.

En cuanto nuestras bocas se acoplaron, se dio la vuelta y me cargó hasta la cama.

Me soltó despacio y ambos reptamos por las sábanas, sin dejar de besarnos, hasta que mi cabeza quedó acomodada sobre la almohada.

Fue ahí cuando empezó de verdad una lucha encarnizada por sacarnos la ropa a manotazos y tirones.

—Si no me sueltas, no podré quitarme la camisa —jadeó entre beso y beso.

—Sí puedes —respondí, antes de desabrocharle el primer botón y deslizar el cuello de la camisa por debajo de la corbata, que aún agarraba con fuerza en mi mano.

Sonrió y negó con la cabeza. Se incorporó y se sentó sobre sus talones, para poder usar las manos. Los botones volaron fuera de los ojales bajo sus dedos ágiles y pronto quedó desnudo frente a mí, a excepción de la prenda que yo sujetaba como si me fuera la vida en ello.

Él había empezado el juego.

Yo iba a seguirlo sin piedad.

—Creo que tu fetiche es aún más pronunciado que el mío —bromeó.

—He de confesarte un pequeño secreto. —Me acerqué unos centímetros a su cara—. Me encantan los hombres con traje, así que vas a tener que lidiar con ello, señor MepongoestasridículascorbatasparaprovocaraMaya .

Su carcajada rebotó entre las cuatro paredes y acabó su trayectoria en mi bajo vientre. Literal. Porque fue ahí donde terminó la boca de Ander.

Ahí y en todas las partes de mi cuerpo que se le antojaron.

Una y otra vez.

Hasta que solté su corbata porque no me quedaban fuerzas.