CAPÍTULO 10
Aquí soy Hans
Ander
La vi en cuanto entró. Más que nada porque estaba sentado al fondo de la barra, desde donde tenía una visual perfecta de la puerta; el mismo lugar en el que me había arrinconado la noche anterior. Sí, fui al club a tratar de encontrarla dos noches seguidas. No hubo suerte la del viernes.
Caminó hasta la punta opuesta de mi posición.
El vestido azul hasta las rodillas le bailaba alrededor de las piernas y los botines negros de tacón resonaban sobre las baldosas, a pesar de que la música inundaba el lugar.
O era yo, que tenía todos mis sentidos puestos en ella.
Se sentó en un taburete alto e hizo un gesto con la cabeza para que el camarero la atendiera cuando estuviese libre.
Se quitó la cazadora de cuero y la colgó en el respaldo de su asiento.
Sacó el móvil, para dejarlo sobre la tarima brillante, y se acomodó el bolso en el regazo.
Pocos segundos después, el barman se acercó, tuvieron una conversación de pocos segundos y se retiró un par de metros para coger la copa y las botellas que necesitaba.
Un Margarita, adiviné por los ingredientes.
Mientras tanto, Maya jugueteaba con el teléfono, sin hacer demasiado caso a las personas que había a su alrededor. El lugar no estaba demasiado lleno, aún quedaba algún taburete vacío en la barra y varios asientos de las mesas, en la zona de los reservados.
En cuanto el camarero puso la copa frente a ella, me levanté y fui en su dirección. Nos separaban unos cuatro metros de barra, pero se me antojaron trescientos kilómetros.
—Hola, Brenda —dije a su espalda.
Se giró de inmediato, aún con la pantalla entre los dedos. Abrió los ojos con sorpresa.
—Eh… Hola, And… Hans —tartamudeó.
—¿Puedo… acompañarte? —pregunté al tiempo que levantaba mi copa frente a ella.
—Oh, claro. —Se recolocó en su asiento, como en un intento de hacerme sitio.
No había ningún taburete desocupado junto a ella, así que me alejé y cogí uno que había libre, a mitad de la barra. Lo coloqué a su lado y me senté.
—¿Cómo estás? —Intenté sonar lo más casual posible. No quería parecer intrusivo.
—Bien. ¿Y tú? —Dio un sorbo a su bebida y varios cristales de sal del Margarita se quedaron pegados a sus labios.
No pude evitar clavar mi vista en ellos.
Cogió la servilleta que tenía bajo la copa y se limpió con ella a toquecitos.
—Genial también —sonreí.
—Oye, Ander…
—Aquí soy Hans, ¿recuerdas? —la interrumpí—. ¿A qué te dedicas, Brenda? —Me llevé el borde de mi vaso a la boca.
—¿En serio? —Alzó una ceja y sonrió. Asentí—. Soy publicista.
—Oh, vaya, qué casualidad. Yo también —dije con fingido tono de sorpresa.
Maya se llevó la mano a la boca para ahogar una carcajada. No tenía ni puta idea de lo que estaba haciendo; lo único que quería era seguir allí, con ella. Hacerla reír, que se relajara, porque parecía un tanto tensa. No sabía si se debía a algo personal o por habernos encontrado.
—Ah, ¿sí? Menuda coincidencia —me siguió el juego.
—De hecho, he empezado a trabajar en una nueva empresa hace dos semanas —expliqué, algo obvio que ella ya sabía.
—Eso es estupendo. Y, ¿qué tal te va? Siempre es complicado comenzar en un nuevo sitio.
—La verdad es que muy bien. Hasta organizaron una cena para darme la bienvenida. Son buenos compañeros.
—Oh, vaya, qué suerte.
—Sí. He tenido suerte. Sobre todo, teniendo en cuenta que vengo de Estados Unidos. Viví allí un buen puñado de años.
—¿Eres estadounidense? No tienes acento.
—No, soy español. Mis padres se trasladaron allí cuando yo tenía quince años.
—Y, ¿estás mejor aquí o allí?
—Si te soy sincero, nunca quise irme, pero tuve que hacerlo, porque no podía quedarme solo.
Bueno, solo no. Tengo un hermano que no vino con nosotros, porque es mayor que yo y ya estaba montando su vida aquí, pero no hubiese sido justo para él cargar conmigo.
—Me encogí de hombros, como si aquello hubiera sido de lo más normal para mí, aunque fue algo que me costó asimilar.
Vivir sin Martín fue un tanto duro al principio.
No sabía muy bien por qué le contaba todo eso; era más que probable que ya lo supiera.
Lo único que me apetecía era seguir hablando con Maya.
—Así que ahora estás recuperando el tiempo perdido con tu hermano, imagino.
—En efecto —sonreí—. ¿Qué me dices de ti? ¿Estás a gusto en la empresa? —Volví a beber de mi copa. Era mejor hablar de trabajo que de temas personales, al menos, creí que esa era una zona más segura para ella.
—Lo cierto es que sí. Empecé hace siete años en el Departamento de Planificación Estratégica.
Allí hacía estudios de mercados, sobre todo.
Informes y demás, ya sabes. Un poco aburrido, la verdad, pero fue donde conocí el sector en el que trabajo, así que me sirvió de mucho.
Pasé por casi todos los departamentos. Ahora soy la directora de Grandes Cuentas.
Tenemos nuestro propio equipo creativo y nos dedicamos de pleno a los clientes más relevantes —explicó con una mezcla de orgullo y timidez.
—Vaya, eso es genial. Seguro que eres una mujer muy ocupada.
—Y estresada. —Rio de forma comedida.
—¿Por eso vienes aquí? ¿Para bajar el nivel de estrés? —bromeé.
—En cierto modo. —Miró a su alrededor—. Aquí me siento tranquila y segura. Alguna vez he ido a pubs «normales», pero fue un poco incómodo para una mujer sola. No sé si me entiendes.
—A la perfección.
—Comprendo que los tíos quieran entrarle a una mujer, pero no me gustó el estilo que se lleva en esos sitios. Aquí, si dices «no», se retiran y no insisten. A veces, solo vengo a tomar algo, por salir a despejarme, y vuelvo a casa.
—Claro. No es imprescindible venir a… —Señalé la zona del fondo.
—Follar —acabó la frase—. Puedes decirlo.
Parecía mucho más segura que la noche de la cena.
—A follar. Exacto.
—Y tú, ¿has venido a follar esta noche? —preguntó con su vista clavada en la mía.
—No necesariamente… También me gusta hablar con una mujer interesante, inteligente y encantadora. —Le sostuve la mirada sin parpadear.
—Yo sí venía dispuesta a echar un polvo —susurró.
Tuve que tragar saliva por la forma en que sus ojos se movieron hacia mi boca. No estaba seguro de que mi cerebro interpretara las señales de la forma correcta; en cambio, mi cuerpo lo tenía bastante claro. Sentí un calor subirme por el pecho y bajarme hasta las ingles.
—Y, ¿sigues dispuesta? —murmuré.
Se acercó despacio a mi rostro, hasta que apenas estuvo a unos centímetros.
—¿Tú qué crees? —El aroma cítrico de su aliento acabó de encender el resto de mis terminaciones nerviosas, en especial, las que palpitaban en mi entrepierna.
Sin esperar respuesta, cogió su chaqueta y se dirigió hacia el fondo del local. Por poco tropecé con las patas de su taburete al bajar del mío para seguirla.