No me toques la corbata CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Por los polvos apoteósicos

Maya

Esa semana fue un tanto intensa. Nos reunimos a diario desde el lunes hasta el miércoles para afinar las propuestas que debíamos exponer a los directivos de NQ el jueves por la mañana.

Lucas, Mónica y yo fuimos quienes presentamos los proyectos, y Martín nos acompañó para dar apoyo y demostrar al cliente que su cuenta era significativa para nuestra compañía.

El director de Publicidad solo acudía a las reuniones importantes, como solía bromear Martín.

Aunque supiera que las ideas eran buenas, siempre tenía la duda con respecto a que nuestros interlocutores entendieran las premisas.

Pero en cuanto Lucas y Mónica empezaron a desgranar el proyecto con esa pasión que los caracterizaba y vi a los directivos asentir y sonreír, los nervios desaparecieron por completo.

Confiaba plenamente en el equipo, pero a veces las cosas no salían como una quería.

El viernes por la tarde estaba reventada y, con todo el dolor de mi corazón, me sentí aliviada al pensar en que mis hijas estaban con su padre. Necesitaba un descanso, silencio y tirarme en el sofá después de una buena ducha.

A veces me daba por reflexionar que el divorcio había sido lo mejor que me había pasado.

Tenía dos hijas maravillosas y, además, tiempo para mí y descansar.

Luego me regañaba por pensar de ese modo.

No poder disfrutar de ellas a diario también me generaba un sentimiento de culpa, como si hubiese destruido el entorno familiar al que pertenecían y haberlas obligado a tener una vida medio nómada entre nuestro hogar y el de Iker.

Pero, al mismo tiempo, eso me hacía sentir mal, porque crecer en una familia en la que los adultos no tenían nada que compartir, hablar o disfrutar tampoco me parecía un ambiente justo para ellas.

Y así entraba en un bucle hasta que me quedaba dormida en el sofá, tras una cena ligera, una copa de vino y una película a medias.

Dedicaba los fines de semana que estaba sola a hacer la compra para toda la semana, limpiar y ordenar el piso y salir con mis amigas si estaban libres o ir al club si me apetecía.

Ese sábado quedé con Greta y Nora para cenar en un restaurante del centro al que nos gustaba ir.

Tras los saludos de rigor y sentarnos a la mesa, pedimos varios platos para compartir y una botella de vino blanco.

—¿Qué tal con el hermano de Martín? —preguntó Greta.

—Ha congeniado con todos, la verdad. Ah, y Martín confesó en la cena del viernes pasado que son hermanos.

—Bien por Martín, no tenía sentido ocultarlo —opinó Nora.

—Eso está genial, pero yo quiero saber cómo llevas… lo tuyo con él —insistió Greta.

—¿Lo mío?

—Sí, esas dudas, esas comeduras de olla.

—Bien. Tengo claro que no hay nada y no lo habrá —atajé.

Greta me miró con una ceja alzada.

—¿Y ya está? ¿Tantas vueltas para nada?

—A ver, Greta, es que no hay nada más. Nos acostamos, trabaja en la empresa y ya. ¿Qué más tiene que haber?

—Que te gusta.

—No me gusta.

—Negarlo no va a hacer que desaparezca.

—¿Hoy te mantienes neutral? —pregunté a Nora.

—Hoy le doy la razón a Greta. —Se encogió de hombros.

—¿Perdón?

Greta elevó el brazo y Nora le chocó los cinco.

—Es tu forma de negarlo, con tanta vehemencia, lo que me hace sospechar que no nos lo has contado todo —siguió mi amiga, la zen.

Vale, no les había contado lo que ocurrió con Ander y el desodorante, pero eso no tenía nada que ver con que me gustara o no.

Además, había pasado una semana tranquila con ese tema.

La clave había sido estar demasiado ocupada para pensar en él, a pesar de haberme fijado en cada uno de sus trajes y sus corbatas a juego.

—Es cierto que no os he contado algo, pero fue un accidente —confesé al fin.

—¿Qué coño has hecho? —preguntó Greta con los ojos entrecerrados.

—¿Por qué asumes que he hecho algo?

—Porque, si no fuese así, nos lo habrías contado de inmediato —contestó Nora.

—Genial. Hoy os tengo a las dos en contra.

Ese fue el momento que eligió el camarero para depositar algunos platos sobre la mesa. Esperaba que la interrupción hiciera desistir a mis amigas en su intento de sonsacarme. Pero no tuve esa maldita suerte.

—Vamos, seguro que no es tan malo —me animó Nora.

—¿No hay otros temas de conversación? No sé… algo de vuestras vidas.

—Nuestras vidas son aburridas; maridos e hijos, ya sabes —contestó Nora.

—La tuya es más emocionante —añadió Greta.

—¿En serio? ¿Desde cuándo mi vida se ha convertido en vuestro entretenimiento? —bromeé.

—Desde que te divorciaste —sentenció Greta.

—Chica, pues divórciate tú, verás qué divertido —me mofé, antes de tomar un trago de vino.

—Ay, no. Raúl es un encanto. —Greta sonrió con ojos de cordero degollado.

—Y el único que te aguanta —añadió Nora con guasa.

—En eso tienes razón; otro ya me habría mandado al Congo belga. —Se rio, esta vez, a carcajadas. Al menos, habían dejado su fijación por mí—. Pero no estamos hablando de eso. —Me miró y supe que se había acabado el tiempo muerto.

—Vale. Os lo cuento —me rendí.

Les expliqué lo que le hice a Ander el viernes por la noche. Con todos los detalles, para que no empezasen a preguntar.

—Ay, Dios. —Greta se echó las manos a la boca, sorprendida.

—Lo sé. Soy un desastre. Casi lo dejé ciego. Me sentí fatal —contesté.

—No, joder —gritó ella—. Que también le gustas.

Cerré los ojos y suspiré.

—¿Es que no has escuchado nada de lo que he dicho? Que lo ataqué con un puto desodorante.

—Bah, eso es lo de menos. Además, pensaste que era un maleante, así que hiciste bien.

—Yo flipo contigo…

—No alucines tanto, ya conoces a Greta. Siempre ve más allá de lo evidente —intervino Nora con una sonrisa.

—¿En serio no tenéis nada mejor de lo que hablar? No sé… Nora, ¿ninguna alumna se ha caído de esas camas de pilates que usas en tus clases, o algo parecido?

—No. Todo está en orden en mis clases de yoga y pilates —respondió como si tal cosa, antes de meterse una patata frita en la boca.

—¿Lo ves? Seguimos contigo. Le gustas y quiere volver a meterse entre tus piernas. Debiste de impresionarlo que te mueres. —Alzó las cejas varias veces.

—Dios… —Me tapé los ojos con una mano—. No puedo con vosotras.

—Pues únete. —Greta levantó su copa de vino en el centro de la mesa. Como Nora la siguió, no tuve más remedio que elevar la mía—. Por los polvos apoteósicos —brindó.

Me dieron ganas de matarlas. Ya tenía bastante con mis ruidos mentales con respecto a Ander como para que vinieran ellas a inflarlos con sus especulaciones. Sí, yo también había pensado en esa última frase que dijo en el pub ; esa que provocó que saliera corriendo sin mirar atrás.

Y, además, pasé la mayoría de las noches, antes de dormirme, evocando la imagen de sus labios entreabiertos mientras le limpiaba el estropicio.

Su ceño fruncido cuando parpadeaba para abrir los ojos.

Su expresión preocupada al ver mi cambio de actitud cuando comprendí que no debía tenerlo en casa.

Su espalda ancha al bajar los escalones…

Maldita sea, tenía que quitármelo de la cabeza como fuese.

¿Cómo?

Al salir del restaurante y despedirme de mis amigas, volví al club, después de dos semanas, con la intención de arrancarme de la mente y de la piel la sensación de que Ander continuaba ahí.

No entendía muy bien por qué seguía dándole vueltas al asunto.

Jamás me había pasado con ningún otro hombre con el que me hubiese acostado desde que me divorcié, que tampoco eran tantos.

Greta fue quien encontró el club, después de una conversación, en la que estábamos un poco borrachas, acerca de que echaba de menos tener un orgasmo en condiciones.

La primera vez que entré en el local, casi seis meses antes, Greta y Nora me acompañaron hasta la puerta; luego se quedaron en el coche, a la espera de que saliera para que les contara cómo me había ido.

Así eran mis amigas.

En una ocasión, vi que Greta llevaba una pala en el maletero. Era una pala mediana de jardinería, pero una pala, al fin y al cabo. Y, en muchas conversaciones, no se cortaba en decir que estaba dispuesta a utilizarla.