No me toques la corbata CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Dónuts

Ander

El lunes por la mañana pasé por una pastelería que había descubierto en mi barrio a por una caja de dónuts artesanos. Quería agradecer la cena del viernes a mis compañeros y también disculparme por haberme ido antes de lo previsto.

—Buenos días, colega —me saludó Lucas, en cuanto entré a la zona de descanso. Siempre era el primero en llegar.

—Buenos días. ¿Qué tal el fin de semana?

—De lujo. Te perdiste una fiesta cojonuda. Bueno, dos.

El sábado, Lucas me escribió para invitarme a salir con sus amigos, pero yo aún tenía que deshacer varias cajas, ordenar mi piso y ponerme al día con los expedientes de los clientes que me había asignado Maya, así que decliné su oferta.

—Estoy seguro de ello. —Deposité la caja en la encimera, junto a la cafetera.

—¿Qué traes ahí? —Se asomó por encima de mi hombro.

—Algo para agradeceros que me hayáis aceptado sin reparos. —Abrí la tapa.

—Buah, me flipan estos dónuts. —Metió la mano y cogió uno.

Me preparé un café mientras oía los gemidos de placer de Lucas al comerse el dulce. Reí por lo bajo. Era genial ver a alguien disfrutar de cada cosa que hacía; tanto de ir a bailar como de engullir una masa frita llena de azúcar.

—Me alegra saberlo. —Me di la vuelta con una sonrisa.

Lucas me miró y estalló en carcajadas, al tiempo que me señalaba con un dedo.

—Tío, lo tuyo con las corbatas es de traca —se mofó.

—Lo dice el de las camisetas más discretas que he visto en mi vida —contraataqué.

—En eso tienes razón. —Siguió con la risa y el donut. No entendía cómo no se atragantaba—. Por cierto, ¿te dijo Maya por qué se marchó el viernes? No se lo tengas en cuenta, es más madura que nosotros. —Se puso el dedo índice en la sien.

La noche del viernes, al ver que Maya no volvía del baño, fui a buscarla, por si le hubiera ocurrido algo.

No la encontré, claro. Así que se lo dije a mis compañeros, no le dieron mayor importancia; al parecer, Maya solía marcharse antes, a veces sin avisar para que no la convencieran de quedarse.

Pero yo le había dicho algo inapropiado, por lo que decidí salir a la calle a buscarla, después de que Nuria me dijera que vivía a pocas calles del pub en el que estábamos.

Cuando me escribió Lucas el sábado, me preguntó si la había encontrado. Tan solo le contesté que sí y que la había acompañado hasta su portal, para que no fuese sola. Guardé el resto de la escena para mí.

—Que estaba cansada y que tenía cosas que hacer el sábado por la mañana.

—¿Ves? Ya te lo habíamos dicho. Tenías que haber vuelto después, lo pasamos de coña.

—No lo dudo —sonreí—, pero yo también tenía asuntos pendientes.

Seguimos hablando acerca de lo que habíamos hecho durante el fin de semana mientras llegaban los demás.

Todos agradecieron los dónuts y se mofaron de mi corbata; al menos, ese detalle parecía haberlos ayudado a no tener en cuenta que era el hermano del jefe y que podían tratarme como a un igual.

Tampoco yo les había dado motivos para lo contrario, así que me alegré de que la incipiente relación con ellos fuese de lo más natural.

A pocos minutos de empezar la jornada, nos dirigimos a nuestros puestos. El despacho de Maya estaba vacío, al parecer, llegaba tarde. Aunque yo no era nadie para juzgar su horario; sabía que los responsables de departamento solían trabajar de más en demasiadas ocasiones.

Preparé todas las notas que tenía en la tablet y organicé mi agenda para la semana. Debía familiarizarme con los datos de los clientes y ver las campañas que se habían realizado para ellos durante los últimos meses.

Maya llegó media hora después, a paso ligero y contundente, encima de esos tacones que sobresalían un centímetro de sus pantalones amplios de traje.

Dios, cómo me gustaba verla entrar con esa seguridad.

—Buenos días, chicos. Sala de reuniones en diez minutos —anunció antes de cruzar el umbral de la puerta de su despacho.

—A sus órdenes, jefa. —Lucas, como ya empezaba a ver, siempre estaba contento y no dejaba las bromas aunque la cosa se pusiera estresante.

Nos dirigimos a la sala antes de que Maya saliera de su oficina. Llegó justo cuando nos habíamos acomodado alrededor de la mesa. Y, como cada lunes, comenzamos la reunión referente a los temas que teníamos pendientes para esa semana.

Intentaba estar alerta a todo lo que decían mis compañeros, para enterarme de sus ideas, sus expedientes y adaptarme a su forma de trabajar, pero era imposible no fijar mis ojos en ella.

En Maya. No sabía qué tenía, por qué no podía dejar de observarla.

Sus gestos enérgicos, su voz clara, su mirada atenta… Todo en ella me parecía fascinante.

Sabía que debía hablar acerca de mis avances, así que tuve que hacer un esfuerzo mayor del que creí para centrarme y no perderme en el calor de sus ojos. Debía ser profesional, Martín había confiado en mí.

Al terminar la reunión, mis compañeros salieron con rapidez de la sala; yo me quedé un poco más rezagado, siempre tenía la necesidad de estar a solas con Maya, aunque fuese un momento, aunque no nos dirigiéramos la palabra.

—Ander —me llamó.

—¿Sí?

—¿Qué tal los ojos? —preguntó con un rictus amable.

—Bien. Cuando llegué a casa, apenas notaba una ligera… molestia. Pero el sábado ya me levanté como si no hubiese ocurrido nada.

—Me alegra saberlo. Y… te pido perdón de nuevo. —Movió su mirada hacia mi corbata y sonrió.

—No te preocupes, de verdad. No hay nada que perdonar.

—Vale… —asintió.

Nos quedamos en silencio durante unos segundos, sabía que no teníamos más temas que comentar, por lo que, a mi pesar, seguí recogiendo mis cosas.

—He dejado unos dónuts en la sala de descanso, por si te apetece. Aunque, si no te das prisa, quizá Lucas los acabe antes de que puedas probarlos.

—Oh, gracias. No diré que no a un buen dulce. Ahora entiendo lo de tu… corbata. —Sus labios se elevaron en una sonrisa amplia y directa.

—Sí, al parecer, aparte de por divertidas, me las pongo a conjunto con el día —bromeé al tiempo que cogía la punta de la prenda, con fondo azul claro y llena de dibujos de dónuts bañados en azúcar de colores.

—Bueno, así sabremos a qué atenernos contigo solo con mirarte la corbata cada mañana. —Rio mientras también recogía sus documentos de encima de la mesa.

—Supongo que sí. —Me encogí de hombros antes de darme la vuelta para salir de la sala.

—Me alegra ver que has congeniado bien con todos —añadió.

Giré el cuello para mirarla. Estaba al otro lado de la estancia, con su traje impoluto, inclinada y las manos apoyadas sobre la superficie pulida, sus ojos clavados en mi rostro.

Dios, me dieron ganas de agarrarla por detrás y…

Carraspeé para aclararme la garganta.

—Yo también. Sois todos geniales.

Y salí de allí como alma que lleva el diablo, porque empezaba a notar una sensación electrizante y morbosa entre las piernas.