No me toques la corbata CAPÍTULO 7
19%

CAPÍTULO 7

Espray de defensa

Maya

¿Cómo había sido capaz de decirle semejante estupidez? Y, claro, él no podía quedarse callado. Vale. Había llegado la hora de largarse.

Aparté la vista de sus ojos, porque me estaban entrando lo siete males. Cogí mi copa y le di un buen trago.

—Disculpa, voy al baño un momento —conseguí decir, tras tragarme la vergüenza.

—Claro. —Sonrió de lado.

Me escabullí entre la gente que empezaba a abarrotar el local, con la vista puesta en mis compañeros para cerciorarme de que no se percataban de mi huida a la francesa.

Muy mal por mi parte, pero no vi otra forma de salir del atolladero en el que me había metido por bocazas.

No era propio de mí, sin embargo, había algo en Ander que me provocaba ser más impulsiva que de costumbre.

Y esa noche había ido demasiado lejos. En cualquier otra situación, no habría escapado como las ratas, habría plantado cara a su provocación, pero era Ander.

Trabajábamos juntos, era su jefa y él era el hermano de Martín. Nuestro superior.

Conseguí salir a la calle sin ser descubierta. El aire fresco me golpeó la cara, cosa que agradecí más de lo que imaginé. Me sentía acalorada, hasta me sudaban las axilas. Dios.

Llevaba toda la noche notando el calor que emanaba del cuerpo de Ander a mi lado. Sus movimientos varoniles y enérgicos, su voz grave, su sonrisa provocativa, su mirada firme… Y ese puto aroma, a no sabía qué, que me tenía olisqueando el aire que dejaba a su paso.

Mierda.

Fuera de mi cabeza. Ya.

Caminé a paso ligero hacia mi casa, con el bolso pegado al cuerpo y los brazos cruzados sobre el pecho. No era muy tarde, pero, en los últimos tiempos, las calles de la ciudad ya no me parecían tan seguras como años atrás. Mi piso estaba cerca, aunque solía andar en alerta por si acaso.

Metí la mano en el bolso para tener las llaves preparadas en cuanto llegase al portal.

Siempre pensaba en comprar algún tipo de espray defensivo, sin embargo, nunca lo hacía.

Recordé que llevaba el neceser de emergencia en el bolso, así que lo abrí y cogí el desodorante de tamaño mini, perfecto para camuflarlo en el interior del puño.

No era de pimienta, pero la cantidad de alcohol seguro que haría un efecto parecido.

Quizá pecaba de precavida, pero nunca se sabe.

Justo en ese instante, oí pasos un tanto erráticos detrás de mí.

Aceleré y me separé de la pared de los edificios.

Greta siempre nos decía que era peligroso, ya que al posible atacante le sería más fácil para atraparnos contra la fachada.

Ella, en su bufete, había visto muchos casos de asaltos nocturnos a chicas.

Así que caminé por el bordillo de la acera, esquivando los agujeros de los árboles, mientras seguía escuchando los pasos.

¿Estaban más cerca?

¿Eran más rápidos?

¿O era mi imaginación sugestionada?

Tenía el pulso en los oídos, quizá fuese eso.

Alguien me agarró del brazo…

—Maya…

Ni siquiera miré hacia atrás, levanté el brazo y presioné el botón del bote de desodorante durante varios segundos.

¡Pssshhh!

Me soltó en el acto y, cuando me dispuse a salir por piernas, reconocí su voz.

—Joder, me cago en la puta hostia…

—¿Ander?

Giré sobre mis pies y lo vi encorvado hacia delante, con las manos en los ojos.

Hostia.

—Dios, Ander, lo siento. —Me acerqué a él y lo cogí del brazo—. Déjame ver, por favor —le rogué. Necesitaba comprobar que no le había jodido los ojos y, en caso contrario, llevarlo a un hospital.

—Joder, ¿eso era espray de defensa? Pica un huevo… —se quejó mientras se restregaba la zona.

—De verdad que lo siento. No te frotes. —Le aparté una mano de la cara y lo vi apretar los párpados—.

Ven, vivo cerca de aquí. Hay que lavártelos.

—Metí la mano en el bolso, saqué un paquete de pañuelos de papel y le puse uno en la mano—.

Toma, sécatelos con esto de momento. Tengo suero fisiológico y lágrimas artificiales en casa.

—Vale —cogió el papel a tientas—, gracias.

Lo agarré del brazo para dirigirlo hacia mi portal, con cuidado de que no tropezara con las irregularidades del suelo. El pobre iba quejándose en susurros y yo me sentía peor a cada segundo que pasaba.

—Es aquí. Te suelto un momento para abrir la puerta —informé.

—Sí, sí. Tranquila.

Tras entrar al edificio y subir en el ascensor hasta el último piso, estábamos en el recibidor de mi casa. Encendí las luces, dejé el bolso en el suelo y, sin soltarlo, me quité las deportivas que me había puesto para ir cómoda a cenar.

—Vamos, te llevaré al baño.

—Ya no me pican tanto —dijo con voz nasal, ya que llevaba el pañuelo pegado a la cara.

—Eso es estupendo, pero hay que lavar bien la zona. Los desodorantes llevan mucho alcohol.

—¿Me has rociado con desodorante? —Se paró en seco en medio del salón, aunque yo tiré de él hacia el lavabo de mi habitación.

—Sí, era lo único que tenía a mano. Lo siento.

—Pero ¿por qué?

—Eh… Pensaba que eras un asaltante.

—¿Un asaltante? Llevaba varios metros llamándote.

—¿En serio? No te oí… —Entramos a mi baño y lo giré de espaldas al retrete—. Siéntate aquí.

—¿De verdad no me escuchaste? —Se inclinó sobre el asiento con cuidado.

—Claro que no. Me habría parado. —Abrí el armario y saqué el suero, las lágrimas y un paquete de gasas.

—Pensé que era porque… estabas enfadada.

—¿Enfadada?

—Te has ido sin despedirte, ni siquiera me has dicho que te marchabas.

—Ya… Lo siento. Es que… —Me giré en su dirección. Ander se había quitado el pañuelo de los ojos cerrados. Tenía los párpados irritados; el izquierdo más que el derecho, aunque no parecía una lesión preocupante—. Bueno, no se me ocurre ninguna excusa, la verdad.

—He creído que te había molestado lo que te he dicho. —Entreabrió los ojos.

—No, no. No pasa nada. —Abrí varias monodosis de suero y empapé un par de gasas.

—Sí pasa, Maya. —Parpadeó varias veces hasta que tuvo que cerrar de nuevo los ojos—. Joder, hablar sin poder mirarte es un asco.

—Luego hablamos. Ahora voy a limpiarte. —Cogí una gasa con cada mano y me acerqué a él—. Levanta la cabeza, por favor.

Hizo lo que le pedí. Sin pensarlo demasiado, me metí entre sus piernas abiertas para colocar los parches mojados sobre sus párpados.

—Oh, Dios, sí —gimió. Sonreí y se me escapó un bufido por la nariz—. Eso, encima de que me atacas, te ríes —bromeó.

—Perdona, me ha hecho gracia tu expresión de alivio.

—Puedo hacerlo yo. —Levantó los brazos.

—No, tranquilo. Es lo menos que te debo por casi dejarte ciego.

—En eso tienes razón —sonrió.

Moví las gasas sobre su piel para retirar el máximo posible de sustancias químicas. Algunas gotas de suero se deslizaron por sus mejillas y recorrieron su garganta hasta caer sobre su camisa. Tragó saliva y su nuez de Adán se movió prominente por la postura inclinada de su cuello hacia atrás.

A causa de la preocupación por haberle causado un estropicio ocular, no pensé en que llevarlo a casa fuese un problema.

Pero en ese momento, con su rostro a la altura de mis pechos, los labios entreabiertos y mis piernas rodeadas de las suyas, me vino a la cabeza el motivo por el cual había huido del pub . Volví a bufar, esa vez por la boca.

Dejé los parches improvisados sobre sus pómulos y cogí más suero. Se lo rocié sobre los ojos con cuidado, tanto la rojez como la hinchazón habían bajado bastante. Menos mal.

—¿Puedes abrirlos? —le pregunté.

—Creo que sí. —Movió los párpados y, poco a poco, los despegó hasta que su mirada azul, un tanto irritada, se fijó en la mía.

—¿Ves bien?

Parpadeó varias veces seguidas.

—Sí, eso parece.

Deposité de nuevo las gasas.

—Déjatelas un momento ahí, ¿vale? Solo queda secártelos y poner las lágrimas para que no se te resequen y ayuden a expulsar los posibles restos de químicos.

—¿Te ha pasado esto alguna vez? Parece que sabes bien lo que hay que hacer.

—Sí, alguna vez —contesté sin darle importancia. «No hay nada como tener dos hijas para aprender diferentes tipos de primeros auxilios», quise continuar, pero me callé—. Voy a por una toalla pequeña, están en el otro baño.

—De acuerdo. No me moveré de aquí.

Salí hacia el pasillo y, antes de entrar en el baño de las niñas, cerré la puerta de su habitación.

No quería ocultarle que tenía familia, aunque tampoco que lo viera de sopetón.

Sabía que habría algún juguete en el salón, incluso en la cocina, pero intentaría que se marchara pronto de mi piso.

De repente, no me sentía cómoda, no porque fuese Ander quien estuviera allí, sino porque no me gustaba que ningún hombre subiera a mi casa.

Ni tampoco ir al piso de nadie, por eso iba al club.

Era un lugar neutral y, además, el personal del local se implicaba en la seguridad de las personas que interactuaban.

Aquello había sido una emergencia y Ander no era un completo desconocido, aun así, me sentí como si invadieran mi intimidad.

Sí, yo había decidido que entrara, habría sido de mala persona dejarlo tirado en la calle.

Podría haberlo llevado al centro médico, pero sabía que se podía solucionar más rápido de ese modo.

Era cuestión de actuar enseguida para evitar una irritación peor.

—Aquí tienes —dije al entrar de nuevo en el baño, con la toalla.

Se giró hacia mí, estaba de pie, frente al espejo, comprobando el estado de sus globos oculares.

—Gracias. Creo que no me quedaré ciego de esta —bromeó. Sonreí sin mucho afán—. ¿Te encuentras bien?

—Oh, sí. —Mis pensamientos se habían trasladado a mi rictus, al parecer—. Solo estoy cansada y me siento mal por haberte… atacado. —Sonreí algo más.

—Tranquila, ya no me pican ni me duelen. Me seco bien la zona y me marcho —contestó.

Entonces me sentí una borde. Y culpable. Estaba claro que había notado mi rechazo a que se encontrara en mi territorio privado.

—Hay que ponerte las gotas.

—No es necesario. Tengo en casa, no te preocupes.

No supe si mentía o no, pero solo sería un momento y ya estábamos allí.

—No digas tonterías, será un minuto. Venga, siéntate. —Le indiqué con la mano que volviera a ocupar el retrete.

—Está bien, como quieras.

Una vez se colocó, cogí la monodosis y me acerqué de nuevo. Él miró hacia arriba y, con una nueva gasa, le abrí el ojo desde la ojera para dejar caer un par de gotas en cada borde interior del párpado.

—Listo —anuncié.

—Genial. Gracias, Maya. —Se levantó y se miró en el espejo por última vez.

—De verdad que lo siento. —Lo dije con sinceridad, aunque no sabía si era por mi ataque, por la contrariedad de tenerlo en casa o por ambas cosas.

—Y yo te digo que no pasa nada. Al menos, sabes que ese desodorante sirve como arma de defensa. —Sonrió y se encogió de hombros.

—Eso parece…

—Anda, acompáñame a la puerta. Antes he entrado a ciegas y no sé muy bien dónde está la salida.

—Claro.

Caminé con Ander pisándome los talones. No me detuve hasta llegar al recibidor y Ander no hizo ningún comentario respecto a mi hogar. Cosa que agradecí. Abrí la puerta y me aparté para que él pudiera salir.

—Gracias de nuevo. Nos vemos el lunes en la oficina —se despidió en el rellano mientras se dirigía a la escalera.

—Puedes usar el ascensor —le indiqué.

—Prefiero bajar andando. Gracias.

—Bien. Que tengas un buen fin de semana. Hasta el lunes.

Descendió al trote los escalones hacia el piso inferior. Cerré la puerta y apoyé la frente en la madera.

¿Por qué me había comportado así? Ander era un compañero de trabajo, habría hecho lo mismo por Lucas, Mónica, Isaac y Nuria, y estaba convencida de que no me habría sentido de ese modo.

¿Solo era porque me había acostado con él? ¿O era por algo más?