No me toques la corbata CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Confesiones

Ander

Era la primera conversación que manteníamos «a solas», sin intervención de los otros, en toda la noche.

Supuse que era lo normal, puesto que el grupo era de lo más parlanchín y cruzaban temas sin ton ni son.

Aunque lo que de verdad me parecía raro era no actuar de forma natural con Martín.

Mi hermano se había empeñado en no decir que éramos parientes; entendía su posición, pero eso no quitaba que me molestara un poco callarme algo que quisiera decirle o contar alguna anécdota de ambos.

Y estaba convencido de que a él le ocurría lo mismo.

Además, tarde o temprano, las cosas siempre se saben.

¿Y entonces? Yo prefería ir de frente y no sabía cómo se tomarían mis nuevos compañeros haberles ocultado ese dato.

Hacia el final de la velada, cuando el camarero que nos había atendido puso sobre la mesa algunas botellas de licor y vasos recién sacados del congelador, Martín se levantó para llenar de orujo blanco el suyo y, sin preguntar, llenó también el mío. Como hacía siempre que nos veíamos en su casa.

—Bueno, chicos —se quedó de pie, y el resto lo miró—, me alegra ver que durante esta semana habéis encajado a Ander y que os parece bien su incorporación. ¿O me equivoco? —Pensé que mi hermano había bebido un pelín más de la cuenta.

—Parece un buen tío —indicó Mónica.

—A mí me parece cojonudo, ya hemos hablado de quedar para tomar unas cervezas —añadió Lucas.

Isaac y Nuria, a los que empezaba a conocer, y eran más tímidos e introvertidos, sonrieron y asintieron.

—Maya, ¿a ti qué te parece? ¿Le damos el aprobado o no? —bromeó.

—Es un poco pronto para tener una visión completa de su potencial, pero ha trabajado duro durante toda la semana y se nota que tiene experiencia en el sector —contestó ella con una sonrisa.

—Bien. Pues tengo que confesaros algo. —Alcé la vista hacia él, me estaba mirando. ¿En serio, Martín?—. No os lo he dicho antes porque quería que tratarais a Ander con imparcialidad y de forma objetiva. —Me puso una mano sobre el hombro—. Alexander Hunter es mi hermano —anunció con orgullo.

—¿Alexander? —preguntó Mónica.

—¿Tu hermano? —añadió Isaac.

—Joder, Martín, acabas de recordarme a Darth Vader: «Yo soy tu padre». —Ese fue Lucas, claro, que se echó a reír como un poseso.

El resto lo siguió en las carcajadas. Yo sonreí y me quedé un poco confuso. Martín no me había comentado que tuviese pensado soltarlo así, de sopetón; y aunque me lo estaba temiendo a medida que hablaba, no pensé que se atrevería hasta que lo hizo.

—Perdonad que os lo haya ocultado. Pensaba decíroslo más adelante, pero creo que esta es una ocasión igual de buena como otra cualquiera —argumentó Martín.

—No te preocupes, Martín. Creo que ese detalle no cambiará nada, ¿verdad, chicos? —intervino Maya.

—Claro que no.

—Por supuesto.

—No hay problema.

—Si se porta mal, solo tenemos que ir a chivártelo —rio Lucas.

Sentí que el cuerpo de Martín se relajaba a mi lado.

Al parecer, estaba más preocupado por ese tema de lo que en un principio me hizo creer.

Y, a la vez, tampoco estaba contento con ocultar ese dato.

Lo sabían en dirección y lo sabía Maya, no había razón para que el resto del equipo no fuese informado.

—De todos modos, cuento con vuestra discreción —añadió Martín.

—¿No lo saben en la empresa? —Se sorprendió Mónica.

—Solo en Dirección General. Y Maya, claro. Pero el resto de los empleados no tiene por qué disponer de ese dato. No es de su incumbencia —aclaró mi hermano.

—No hay problema, Martín, de verdad —aseguró Nuria. Era la primera vez que la escuchaba hablar en la cena sin que nadie interviniera con otra frase o conversación—. Eres igual de bienvenido —me sonrió.

—Gracias. A todos —fue lo único que se me ocurrió decir, puesto que me había quedado un tanto impresionado por la forma en que mi hermano había dado la noticia. Era raro que Martín hablara de ciertos temas fuera del ámbito laboral.

En fin… Ya estaba dicho. Y mis compañeros parecían sinceros al indicar que no les importaba. La prueba irrefutable fue que el resto de la cena siguió como si mi hermano no hubiera confesado nada.

Una hora después, salimos del restaurante y nos apelotonamos cerca de la puerta mientras decidían en qué pub seguiríamos la fiesta. Como la quedada era por mí, no podía decir que me marchaba, aunque tampoco me apetecía volver a casa aún. Tomar un par de copas no me vendría mal.

—Bueno, chicos, yo me voy —anunció Martín.

—Pero ¿qué dices? Tú te vienes con nosotros —rebatió Mónica.

—No, no. Yo necesito dormir mis horas, y mañana nos toca partido de baloncesto con el pequeño a una hora indecente.

—Las once no es una hora indecente —contraataqué.

—Para ti, no, que irás justo a tiempo al campo, pero la convocatoria es una hora antes. Y dale gracias que es en nuestro campo.

—Eres un carca, Martín —se mofó Lucas.

—No te quito razón, lo soy. Y orgulloso de ello, no te creas. —Se alejó como quien no quiere la cosa—. Hasta el lunes, divertíos. Nos vemos mañana —se dirigió a mí. Y sin más, echó a andar calle abajo.

Imaginé que llamaría a un taxi, porque me había dicho por la tarde que no llevaría el coche. Y había hecho bien.

—Lo malo de que seas su hermano es que ahora no podemos criticarlo por haberse ido —dijo Mónica.

—Por mí no os cortéis. Tiene cuarenta y tres tacos y hace vida de anciano —bromeé para que vieran que no había problema, siempre que se hiciera en modo coña.

—Trabaja demasiado y bajo mucha presión, no es fácil llevarlo todo —indicó Maya.

—Espero que eso no sea una excusa para que te largues tú también —contestó Lucas.

—No. Iré a tomar una copa, pero después me marcharé a casa.

—Otra carca… —se mofó Mónica.

—Dejadlos en paz, cada cual hace lo que quiere con su vida —la defendió Nuria—. Venga, Lucas, ¿adónde nos llevas hoy?

—Seguidme, lacayos. El pub está en la calle de atrás. —Y comenzó a caminar en dirección contraria a la que se había ido mi hermano.

Los demás lo siguieron, menos Maya, que se quedó rezagada, a mi lado.

—¿Sabías que Martín iba a decir que sois hermanos esta noche? —me preguntó.

—No, la verdad. No me comentó nada.

—Bueno, seguro que quería quitárselo de encima y ya está.

—Eso mismo he pensado yo. No le gusta ocultar cosas durante demasiado tiempo.

—Ya… ¿Lo estás pasando bien? —cambió de tema.

—Sí, mejor de lo que esperaba.

—Me alegro. Ya ves que son todos muy normales. Lucas y Mónica son más extrovertidos y Nuria e Isaac, un poco menos —sonrió.

—¿Y tú?

—¿Yo? —Miró hacia delante e inspiró hondo—. Creo que siempre estoy en el centro. Supongo que depende de la situación.

—A veces es mejor no estar en los extremos.

—Es posible.

Seguimos caminando tras el barullo que formaban la conversación y la risa de mis nuevos compañeros.

Por lo poco que conocía a Maya, además de sexi, inteligente y profesional, me pareció cabal y con los pies en la tierra.

Pero había algo en ella que parecía esconder una vena gamberra, visceral.

Habíamos follado y, desde luego, sabía lo que quería en el sexo.

Quizá fuese una mujer que, a primera vista, pudiera considerarse…

¿sosa?; en cambio, yo sabía que no lo era, y estaba seguro de que las personas que la trataban más de cerca opinaban lo mismo.

Quería saber cosas de ella, pero no me atrevía a preguntarle acerca de su vida privada. Estaba claro que no tenía pareja, si no, no habría ido a un club a echar un polvo. Pero ¿qué más?

—Es aquí, chicos —anunció Lucas.

La puerta del local era una doble hoja de vidrio negro, custodiada por el típico hombre de seguridad con cara de pocos amigos. Nos echó un vistazo rápido y abrió una de las puertas para dejarnos pasar sin mover ni un solo músculo del rostro.

Dentro no había tanta oscuridad como imaginaba; las paredes estaban empapeladas con figuras geométricas de distintos colores, algo retro; la barra, a la derecha y algunos taburetes, a la izquierda; al fondo, se abría un espacio más amplio y libre que hacía de pista de baile; algunas luces parpadeantes, y poco más.

Como en cualquier lugar de este tipo, la música sonaba a todo trapo.

—¿Qué queréis tomar? —nos preguntó Mónica.

—Yo quiero un gin-tonic , pero poco cargado, por favor —Maya hizo hincapié en ese detalle.

Mi compañera sonrió y luego me miró.

—Lo mismo. —Señalé a Maya.

—Dios, sois peor que Martín. —Y se marchó con los otros.

Maya caminó varios pasos detrás de ella.

—No me fío de esta loca ni un pelo —comentó—. Y tú tampoco deberías.

Se pegó a la espalda de sus compañeros y miró por encima de sus hombros para ver al camarero poner las bebidas sobre la barra.

Mientras lo hacía, se sacó una goma de la muñeca y se recogió el pelo en una coleta alta, parecida a la que llevaba cuando la conocí en el club.

Ese cuello largo y suave me provocó un aguijonazo en la entrepierna.

No podía pensar en eso en aquel momento.

No a sabiendas de que no volveríamos a follar.

Prefería olvidarme del tema a pesar de las ganas que le tenía en ese instante.

—Ya —gritó Maya, y metió el brazo entre Mónica y Nuria, para indicarle al camarero que no llenara más su copa de ginebra.

Vi a Mónica poner los ojos en blanco y a Lucas negar con la cabeza.

Un par de minutos después, Maya me ofreció una copa.

—Va a cuenta de Martín.

—Oh, qué generoso por su parte —reí.

—Por ti, Ander. ¿O debería decir Alexander? —dijo Mónica mientras elevaba su vaso.

—Ander está bien —contesté.

—Alexander suena muy… sexi. —Me guiñó un ojo con guasa.

—Tú siempre pensando en lo mismo —la riñó Lucas—. Por ti, tío. Bienvenido a esta casa de locos. —Chocó su copa con la mía, y todos dimos un trago.

—Gracias. Espero no decepcionaros.

—Bah, has pasado el filtro en una semana. Ya no te nos escapas —dijo Lucas—. Venga, a bailar. —Se encaminó hacia el fondo del local y el resto lo siguió.

—Anda, vamos. O nos arrastrarán de los pelos —comentó Maya.

El local no estaba demasiado lleno, aún era temprano, así que no tardamos en llegar hasta una mesa alta, en el rincón derecho, en la que todos habían dejado sus bebidas. Ya empezaban a moverse al ritmo de la música, y me sorprendió que Isaac y Nuria se unieran a la fiesta sin reparo alguno.

Maya dejó su copa junto a las otras, abrió el bolso que llevaba colgado al hombro y sacó su móvil. Deslizó sus dedos largos por la pantalla, la observó durante unos minutos y sonrió. Escribió algo y volvió a meterlo en su sitio.

—¿Tú no bailas? —me preguntó.

—No se me da tan bien como a ellos. —Señalé a los demás—. Pero tú no te cortes si te apetece.

—Así que eres un aguantabarras … —Elevó una ceja.

—Se podría decir que sí. —Soltó una carcajada—. ¿Qué te hace tanta gracia?

—Perdona, no es nada. Cosas mías.

—Pero es referente a mí, ¿no? Creo que debería saberlo, ¿no te parece? —Entonces fui yo quien elevó una ceja.

Incluso en la semioscuridad pude ver que se le sonrojaban las mejillas.

—Lo siento. El alcohol me hace decir e imaginar tonterías.

—Sigo esperando —la incité. No pensaba dejar de insistir hasta que lo soltara. Estaba convencido de que tenía que ver con nuestro primer encuentro.

Emitió un bufido sonoro.

—Ya sabes lo que dicen: «Quien se mueve bien bailando se mueve bien follando» —confesó al fin, con una mueca tímida en los labios.

—Ah, eso. —Me acerqué a su oído—. Prefiero reservar todos mis movimientos para follar —le susurré con todas las ganas que me había aguantado durante días.

Giró la cabeza en mi dirección poco a poco y clavó su mirada parda en la mía. Su rostro seguía sofocado, entreabrió los labios, imaginé que para replicar, pero los volvió a cerrar y me observó con los ojos más brillantes que le había visto hasta el momento.

«Ander, creo que te has pasado».