No me toques la corbata CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Huevos Fritos

Maya

Salí de la oficina directa al colegio de las niñas.

La tarde anterior habíamos preparado entre las tres las mochilas para llevarlas a pasar la noche en casa de mis padres.

No quería regresar muy tarde, pero seguro que se me harían más de las doce.

Iría a cenar, porque entendía que Martín hubiera insistido en que estuviésemos todo el equipo, nada más.

—Muchas gracias, mamá. Ya sabes que no te lo pediría si no fuera estrictamente necesario —dije después de saludarla al entrar en su casa.

—Oh, por favor, deja de lamentarte. Bastante haces ya tú sola. —Movió la mano en señal de quitarle importancia—. Vamos, chicas. El abuelo está preparando las camas en vuestra habitación.

—¡Abueloooooo! —gritaron al unísono mientras corrían por el pasillo.

Caminé tras ellas y me quedé apoyada en el marco de la puerta.

Mi padre estaba inclinado para abrazar a sus nietas y las besaba en la cabeza.

Sonreí. Siempre había tenido debilidad por ellas.

Bueno, ambos. Les encantaba quedarse con las niñas sin que yo estuviera presente; imaginaba que para malcriarlas, por las anécdotas que luego Ana y Elena me contaban de su estancia allí.

Los padres educan, los abuelos malcrían; es ley de vida.

Las camas estaban recién hechas, pero eso no le importó a mi padre cuando las cogió, de una en una, y las lanzó sobre el colchón para hacerles cosquillas.

Mis hijas gritaron como hienas, el abuelo puso voz de ultratumba para decirles que, esa noche, el fantasma de la sábana sucia vendría a llevárselas si no reían a carcajadas para espantarlo.

—Ay, Dios mío, él es peor que ellas —rio mi madre.

—Ya lo puedes decir —contesté—. Míralo, ni puñetero caso me ha hecho. Me siento desplazada —bromeé.

—Es lo malo de ser hija única. No estás acostumbrada a compartir el amor de tus padres —se mofó ella.

—No lo creo. Mis amigas dicen que, cuando llegan a casa de sus padres con sus hijos, les ocurre lo mismo. Así que no es cosa mía, forma parte del ADN abuelil .

—Pues tendrás que aguantarte. —Mi madre se encogió de hombros y se unió a mi padre en la batalla de cosquillas.

Negué con la cabeza, vaya cuatro. Los gritos y las risas se extendieron por todo el piso, y a mí se me alojó un sentimiento dulce en el pecho. Tenía la mejor familia que podía desear. ¿Qué más se podía pedir?

—Hala, pues ahí os quedáis. Yo me voy a una cena de trabajo, después de ocho horas en la oficina. Tengo unas ganas… —ironicé.

—Ve y disfruta, nosotros haremos lo mismo. —Mi padre se incorporó de la cama y vino hacia mí para darme un abrazo—. Eres joven, tienes derecho a salir por ahí a divertirte.

—Ya lo hago.

—Pues venga, que no se diga que eres una mujer aburrida. —Me agarró de los hombros y me dio la vuelta para que me marchara—. Arreando.

—Adiós, chicas. Nos vemos mañana.

—Adiós, mami. —Se despidieron con la mano, ni siquiera hicieron el acto de levantarse para darme un beso. Menudo par.

—No hace falta que vengas a buscarlas. Iremos a comprar unas porras y desayunaremos juntos en tu casa —añadió mi madre.

—¡Síííí! —chilló Ana. Tenía nueve años, y yo no había conocido a nadie adulto capaz de comerse tantas porras de una sentada.

—Yo quiero churros —opinó Elena. Por supuesto. Como tenía dos años menos que su hermana, pero no quería quedarse atrás en la ingesta, prefería churros, que eran más pequeños, para comer la misma cantidad que Ana.

—De acuerdo.

¿Para qué iba a oponerme? Jamás hubiese ganado esa batalla. Y, además, me apetecían esas porras para cuando despertara al día siguiente.

Cogí el coche que había dejado mal aparcado en la calle y me dirigí a casa.

Lo dejaría en el garaje de mi edificio e iría caminando hasta el restaurante, que se encontraba a apenas tres calles de allí.

Cosa que agradecí a Lucas cuando hizo la reserva.

No me gustaba conducir de noche por la ciudad, menos si había bebido alguna copa de vino.

Tenía tiempo de sobra para ducharme y vestirme, puesto que mi madre había insistido en que llevara a las niñas al salir de clase en lugar de a última hora de la tarde.

Ellos se encargarían de que se bañaran y la cena.

Así que conecté Alexa con música jazz suave y me dispuse a llenar la bañera para relajarme.

No porque estuviera nerviosa, sino porque, desde que habían nacido las chicas, no había encontrado la ocasión idónea.

Me tomé la libertad hasta de usar sales de baño, que con seguridad estarían caducadas, pero no me importó. Entré en el agua caliente, espumosa y aromática, y cerré los ojos.

¡Dios mío, qué gustazo!

Sabía que no lograría dejar la mente en blanco, puesto que jamás había conseguido hasta la fecha semejante hazaña, pero intenté pensar en temas agradables.

La escena que había dejado en casa de mis padres, las meriendas con las niñas, sus carcajadas y también sus morros de enfado cuando me negaba a alguno de sus caprichos.

Las quedadas con Nora y Greta, las conversaciones, las quejas por no llegar a todo, entre risas.

Lo normal. Quizá mi vida fuese aburrida, como había insinuado mi padre, pero era mía y me gustaba lo que había en ella.

Tenía un buen trabajo, una familia maravillosa y unas amigas imperfectas, como yo.

Todos estábamos sanos. Lo demás era secundario.

Sí, también me gustaba el sexo, pero era eso: sexo.

Incluso en los últimos tiempos con Iker.

No anhelaba una existencia llena de planes, objetivos y metas por cumplir.

Solo intentaba vivir lo mejor posible con las cartas que me habían tocado y las que había ido robando de la baraja a lo largo de los años. Y me sentía feliz con ello.

***

Llegué al lugar de encuentro más contenta de lo que imaginaba. El baño me había revitalizado y hasta tenía ganas de bailar; cosa que no iba a hacer bajo ningún concepto. El plan estaba claro: cena y a casa.

Martín y Lucas ya estaban esperando en la puerta. Me uní a su conversación acerca de la comida de aquel lugar, al que Martín no había ido nunca, mientras llegaba el resto.

A los pocos minutos, vimos a Ander caminar hacia nosotros. Había intentado que nuestro encuentro en el club no se colara en mi cabeza, pero al verlo fuera de la oficina todo me vino de golpe.

Maldita sea.

¿Por qué narices estaba tan bueno?

En esa ocasión, no vestía de traje, sino con unos vaqueros azul oscuro, camisa del mismo tono, americana negra informal y una… ¿De verdad llevaba una corbata con dibujos de huevos fritos?

Tuve que taparme la boca con disimulo para no soltar una carcajada. Este tío les caería bien a mis amigas solo por sus corbatas.

—Buenas noches —saludó con una sonrisa.

—Muy apropiada —bromeó Martín, al dirigir su mirada hacia esa prenda de Ander, al tiempo que, como yo, se aguantaba la risa.

Imaginé que él estaría acostumbrado a ese detalle de su hermano.

—Hostia —soltó Lucas—. Tengo una camiseta igual. La próxima vez, me avisas y me la pongo. —Él sí que se rio con ganas.

Así que Martín y yo aprovechamos para soltar las nuestras.

—Lo que faltaba, que fueseis conjuntados —ironizó Mónica, a la que no vimos llegar, y parecía haber oído la conversación—. Como no teníamos bastante con sus camisetas, llegas tú para liar la troca con las puñeteras corbatas —le dijo a Ander.

—Eh, somos originales. No como vosotros, que parecéis sacados de un molde de cartón piedra. —Lucas le echó el brazo por los hombros a Ander, en plan colegas—. ¿Verdad que sí, tío?

Ander rio y nos miró a Martín y a mí.

—En eso tiene razón —corroboró Mónica—. Al menos, hoy venís con ropa casual, no encorsetados en esos trajes.

—¿Qué les pasa a mis trajes? Me encantan mis trajes —me defendí.

—A mí también —añadió Ander—. Mis trajes, quiero decir, no los tuyos —me aclaró mientras le subía un pequeño rubor por las mejillas.

—Ya lo habíamos entendido, tranquilo —respondí.

Me pareció tierno que se hubiese avergonzado del doble sentido que no pretendía con su expresión.

—Por ahí vienen los últimos —avisó Mónica.

Isaac y Nuria llegaban juntos, puesto que vivían cerca el uno del otro y solían compartir coche para ir a la oficina.

—Pues venga, a cenar. —Lucas abrió la puerta y nos dejó paso a todos.

Un camarero se nos acercó para preguntar por nuestra reserva y saludar a Lucas de forma más efusiva.

Con seguridad, aquel era un lugar al que nuestro compañero acudía con asiduidad, yo solo había ido un par de veces con ellos allí.

Nos acomodaron a una mesa redonda, en la que quedé en medio de Mónica y Ander.

Martín se sentó al otro lado de su hermano.

—Oye, Lucas, pide tú para todos. Total, te conoces mejor que nadie la carta —sugirió Mónica—. ¿Os parece bien? —Miró a Martín y Ander.

—Claro, no hay problema —respondió nuestro jefe.

—Por mí, también —asintió Ander.

—Genial. Aquí es todo tapeo, así que podemos pedir varios platos para compartir. Echadle un ojo a la carta y decidme si hay algo que no os guste, para descartarlo —explicó Lucas.

En pocos minutos, la cerveza y el vino ya corrían por la mesa a la espera de que trajeran los platos que el experto había solicitado.

Las conversaciones empezaron a cruzarse; hablábamos de varios temas a la vez e interveníamos unos y otros sin problema.

Martín y Ander se comportaban de manera comedida, imaginé que, dado su parentesco, interactuaban con menos confianza de la que tenían en realidad.

Lucas acertó de pleno con la comida, todo estaba riquísimo, y así se lo hicimos saber.

Por supuesto, él se colgó una gran medalla y se nombró el reservador oficial de restaurantes para próximas reuniones.

Las risas y las anécdotas de otras quedadas y de trabajo se intensificaron a medida que pasaron los minutos.

Me encontraba bien, realmente bien. Estaba relajada, participé en la mayoría de las conversaciones y me sentí ligera.

Además de tener un fantástico trabajo, tenía a los mejores compañeros.

—¿Estás a gusto? —le pregunté a Ander.

—Sí, sí. Son todos geniales. Sois todos geniales —se corrigió.

—Me alegro de que te sientas integrado. Aunque debo admitir que es fácil con ellos. —Señalé con el tenedor al resto de los comensales.

—La verdad es que sí —sonrió—. Y tú, ¿cuánto tiempo llevas en la empresa?

—Pues… —alcé una ceja mientras hacía el cálculo— cerca de siete años.

—¿Entraste ya como directora del departamento?

—Oh, no. Estuve cinco años como compañera de ellos.

Grandes Cuentas se formó hace un par de años.

Trabajábamos con más departamentos de publicidad, pero la dirección decidió que los mayores clientes debían llevarse con un mismo grupo de personas.

Martín me propuso como jefa de departamento por mi experiencia y conocimientos, aceptaron y me dejaron elegir al equipo.

Lo tuve claro. —Sonreí al observar a Nuria, Isaac, Mónica y Lucas.

—Vaya. Entonces, ¿yo he sido una imposición? —bromeó.

—Más o menos. —Me metí un trozo de calamar rebozado en la boca.

—Espero no decepcionarte. Decepcionaros.

—Seguro que no. —Me incliné un poco más a él—. Si eres la mitad de bueno que Martín, no habrá problema —susurré.

—Al menos, tengo la mitad de su genética —murmuró muy cerca de mi cara.

No pude evitar mirar sus labios. Eran carnosos y suaves, lo sabía bien.

Y brillaban a causa del vino blanco que se estaba tomando.

Subí mi escrutinio hasta sus ojos. Eran muy parecidos a los de Martín, menos en el color.

Mismo tono de pelo, cejas marcadas y pestañas espesas.

No entendía cómo los demás no se habían dado cuenta de la semblanza entre ambos.

—Entonces vas por buen camino. —Me alejé en cuanto me percaté de que nos habíamos quedado estáticos, cara a cara.

Su aroma especiado me acompañó con más intensidad. Ese olor que me recordaba a nuestro encuentro de hacía una semana y que, en la oficina, no había detectado.

¿Usaba diferentes perfumes?

Estaba segura de que así era. Uno para el día a día y otro para el fin de semana u ocasiones especiales.

Y ese en concreto me estaba afectando más de lo que quería admitir.

¿Era posible que una simple fragancia me transportara a otro lugar, a otro momento?

Sin duda.