No me toques la corbata CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Patitos de goma

Ander

El viernes por la mañana, en la oficina, fue un poco locura.

Había intentado ponerme al día con los proyectos que se llevaban a cabo, pero ese día Maya nos convocó en la sala de juntas a todo el equipo para hablar de la campaña navideña de una de las cuentas más importantes, no solo del departamento, sino de la compañía.

Tomé nota de todo en mi nueva tablet , y escuché con atención a cada uno de los miembros para hacerme una mejor idea del enfoque.

Sus ideas eran buenas; quería analizarlas durante el fin de semana y pensar en algo que pudiera encajar.

Tenía experiencia, pero debía adaptarme a la forma de trabajar del equipo, y no quería parecer entrometido la primera semana, así que oí, observé y callé.

Ellos llevaban tiempo trabajando con ese cliente y sabían cuáles eran sus estrategias.

—Ander —me llamó Maya en un momento de la exposición—, según Martín, tienes experiencia con marcas internacionales, ¿trabajaste con NQ en Nueva York?

—No. Lo hice con otras marcas del mismo sector.

—Y, ¿qué te parecen las ideas del proyecto? ¿Podrían encajar? La marca es norteamericana, quizá conoces mejor que nosotros cómo funciona a nivel interno.

—Es posible, pero hay marcas que se adaptan a cada país, para llegar mejor al público. A veces, lo que funciona en un sitio no funciona en otro. Hay campañas globales y otras son más específicas.

—En efecto —corroboró. Luego se dirigió al resto de la sala—. Quieren enfocar esta en concreto de forma exclusiva en las Navidades españolas, así que tendremos que pensar en algo tradicional y, a la vez, que encaje con la marca de manera diferencial. ¿Qué os parece?

—Creo que esa es la clave —anunció Lucas—. ¿Sabemos ya si, aparte del anuncio televisivo, habrá que confeccionar publicidad exterior?

—No. En dos semanas tenemos la reunión con el gabinete de márquetin de la compañía. Imagino que nos darán los detalles.

—Espero que nos den un poco de margen, porque la última fue una locura —intervino Mónica.

—Lo sé. Intentaré que esta vez nos dejen más manga ancha —contestó Maya—. Bien. ¿Alguna pregunta? —Todos negaron con la cabeza—. Pues a trabajar, debemos tener, al menos, dos propuestas iniciales listas para esa reunión con su departamento publicitario.

—Dos semanas, menos mal que tendríamos tiempo… —ironizó Nuria al arrastrar la silla para levantarse.

Maya sonrió.

Me incorporé y salí tras los demás, Maya se quedó allí, recogiendo sus cosas.

Quería comentarle algo, lo que fuese, pero no se me ocurría nada.

Ni siquiera algo acerca de la reunión. Me parecía fascinante verla como ejecutiva, en el trabajo, vestida de traje con falda de tubo y camisa, y a la vez pensar en ella desnuda, entre mis brazos, entre sus piernas.

Eso no podía decírselo, y menos en la oficina.

Era inteligente, tenía experiencia y, por lo poco que había visto, conocía la profesión a la perfección.

Si no nos hubiésemos acostado, quizá no estaría pensando en esos términos, aunque siempre me había parecido demasiado sexi una mujer de su estilo, segura de sí misma.

Era posible que, incluso, sin haberla conocido antes, me hubiese fijado en ella.

—Oye, Ander. —Oí su voz a mi espalda justo cuando llegué bajo el umbral de la puerta.

—¿Sí? —Me giré de cuerpo entero.

—¿Tienes alguna duda? ¿Algo que quieras comentar? ¿Va todo bien con el equipo? —preguntó con tono neutral pero interesado.

—De momento, no. Quiero repasar todas mis notas durante el fin de semana, para familiarizarme con los clientes y sus proyectos. Todos los compañeros son estupendos y creo que nos entenderemos sin problema —contesté con sinceridad—. Gracias por preguntar.

—Bueno, eres nuevo en el departamento y me incumbe que todo fluya y funcione de la manera correcta. Es mi cometido, entre otras responsabilidades.

—Claro —sonreí—. No te preocupes, si tengo cualquier problema, te lo haré saber.

—Bien —asintió—. Otra cosa… —Su mirada se movió desde mi rostro a mi pecho y de nuevo a mis ojos. Entrecerró los suyos—. ¿Cuántas corbatas divertidas tienes? —Hizo énfasis en el adjetivo que yo mismo le mencioné.

—Pues… —Sujeté la punta y la elevé unos centímetros para observar los patitos de goma que adornaban la tela azul, al tiempo que intentaba no soltar una carcajada—.

Son todas así —respondí, y levanté la vista hacia Maya.

Me hizo gracia que lo preguntara con el mismo tono serio que había empleado para las cuestiones anteriores.

—Ya veo.

—Si no te gustan, puedo comprar otras más serias para venir a la oficina.

—¿Eh? No, no —se apresuró a responder—. Aquí trabajamos la creatividad, cada cual puede venir vestido como quiera. Dentro de un orden, claro —argumentó—. Disculpa si te ha parecido un reproche, no era mi intención.

—No pasa nada, tranquila.

—De acuerdo —asintió—. Además, supongo que te has fijado en las camisetas de Lucas. —Sonrió de lado.

—Oh, sí. Esas que odia Mónica. —Imité su gesto.

—Exacto. Veo que los vas conociendo. Me alegro.

Nos quedamos durante unos segundos con la vista puesta el uno en el otro. De verdad que me parecía la chica más sexi que había visto en mi vida. Y había visto muchas mujeres en traje… y sin él. Pero, por desgracia, era mi jefa.

—No quiero entretenerte más. Puedes volver al trabajo. —Fue ella quien reaccionó primero.

—Vale. Hasta luego.

Asintió y siguió recogiendo sus documentos y tablet .

Yo me di la vuelta y caminé por el pequeño pasillo que desembocaba en la zona abierta del departamento.

Aunque al ver la puerta del baño, me metí sin pensármelo dos veces.

Por suerte, no había nadie. Me miré en el espejo y sonreí al ver los patos amarillos que se extendían por la tela de mi corbata.

Al menos, eso llamaba su atención, aunque no tenía demasiado claro por qué me importaba tanto que Maya se fijara en mí.

Había dejado claro que no volveríamos a follar.

Y tenía razón.

¿Era posible que fuese por ese motivo? Como no lo haríamos nunca más, ¿me estaba obsesionando? No. No era de esos. Si una tía no quería nada conmigo, me retiraba, no insistía. Hacer lo contrario me parecía una falta de respeto que yo no aceptaría si fuese al revés.

¿Entonces?

«Entonces nada, Ander. Es lo que hay. Ya se te pasará».

Me lavé las manos y salí del baño. Tenía trabajo y no podía permitirme perder el tiempo de ese modo. No era justo para el resto del equipo, ni para Martín, que me había ofrecido el puesto como un favor para que pudiera marcharme del agobio de Nueva York.

Al sentarme en mi sitio, Lucas me llamó:

—Eh, Ander, ya tenemos garito para cenar.

—Genial.

—Es un sitio informal, nada serio. Ya sabes, para poder hablar todos de forma distendida. Hemos ido otras veces y se cena de lujo.

—Perfecto —sonreí—. Ya me enviarás la ubicación.

—Claro, no hay problema.

Observé al resto, que me miraban a su vez con sonrisas tímidas pero sinceras.

—Lo pasaremos bien —añadió Isaac.

—Seguro. Después podemos ir a tomar unas copas —propuso Mónica.

—Eh, sí. El pub al que vamos a veces está cerca —contestó Lucas, como si acabara de caer en ello.

—Por supuesto, todo muy improvisado… —se rio Nuria.

Todos rieron a carcajadas, hasta yo, que no conocía esos lugares, pero había entendido a la perfección la ironía de Nuria con respecto a Lucas.

Parecían llevarse genial, y yo quería encajar.

Me gustaba haber vuelto a mi país de nacimiento y en el que pasé mis años más jóvenes.

Había perdido el contacto con mis antiguos amigos del instituto, pero no me importaba; tenía veintiocho años y podía arreglármelas para conocer a gente.

Y mis compañeros de trabajo me parecieron una muy buena forma de empezar.

—Oye, Lucas, ¿tú podrías decirme algunos bares y pubs para tomar algo en la ciudad? Cuando me marché a Nueva York apenas era un adolescente, así que no me dio tiempo a conocer la fiesta nocturna —le comenté.

—Has preguntado a la persona idónea. Soy el rey de la noche. —Me guiñó un ojo—. En la cena, te daré una lista supercompleta.

—Menuda cosa le has ido a decir —bromeó Mónica.

Y volvimos a reír.

—Chicos, es hora de ponerse a trabajar. —Oímos la voz de Maya al tiempo que entraba en la estancia.

Su rictus sonriente me indicó que no era una bronca, pero dejaba claro que sabía que llevábamos un buen rato hablando de asuntos que nada tenían que ver con el proyecto.

—Sí, jefa. A sus órdenes, jefa. —Lucas saludó como un soldado.

—No me llames así, Lucas, te lo he dicho mil veces —respondió ella, aún con los labios enmarcados por una mueca divertida.

—Claro, jefa. Lo que tú digas —se mofó el otro.

Maya pasó de largo hacia su despacho y negó con la cabeza.

—Eres un payaso —susurró Nuria con guasa.

Él no le hizo caso y se inclinó un poco hacia mi mesa.

—Parece un poco seria, pero no lo es —murmuró, como si fuese un secreto.

—¿Nuria? —pregunté.

—No, Maya. Tiene que hacer su papel de jefa, pero es más accesible de lo que puedas creer —explicó.

—Está bien saberlo.

—Cualquier asunto que quieras comentarle, te escuchará sin problema. Es buena tía y legal.

Asentí. Me alegré de que sus empleados tuvieran un buen concepto de ella.

Decía mucho acerca de su personalidad y también de la de mis nuevos compañeros.

En mis antiguos puestos de trabajo, todo era estrés, pullas, envidias y gente dispuesta a pisar a cualquiera por ascender en la empresa. Y yo me había cansado de eso.

Sentí que debía dar las gracias de nuevo a mi hermano por la oportunidad.