No me toques la corbata CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Emojis

Maya

Aproveché la tarde del miércoles para quedar con Nora y Greta, pues Iker recogería a las niñas del colegio y las traería a mi casa alrededor de las ocho, como cada semana.

Tenía que contarles mi tema con Ander; las había dejado colgadas en el chat y no paraban de preguntarme, pero prefería explicárselo en persona en lugar de por teléfono.

Llegué a la cafetería poco después de las seis, al salir de trabajar. Allí estaban las dos como un clavo; se notaba que estaban deseosas de información.

¡Vaya par!

¡Vaya trío!

Porque a mí me ocurría lo mismo cuando cualquiera de las dos tenía que comentarnos algo.

—Hola —saludé mientras dejaba mi bolso y mi chaqueta en una de las sillas que había libres en la mesa.

—Nos tienes en ascuas —dijo Greta al darme dos besos.

—Ya imagino… —sonreí.

—¿Qué tal las niñas? —preguntó Nora al abrazarnos. Ella siempre nos abraza durante seis segundos, dice que es lo mínimo para que las energías se confraternicen. O algo así. Cosas zen suyas.

—Bien. Como siempre. La verdad es que no me puedo quejar. Se portan genial a pesar de andar de casa en casa —respondí con sinceridad, a la par que me relajaba. Puede que incluso tuviera razón con su argumento del abrazo—. ¿Qué tal los tuyos?

—Como siempre. Dando guerra y paz.

—Le hemos pedido a Nacho que te traiga un café con leche en cuanto te viera entrar, así no te entretienes y nos cuentas qué pasa. —Conocía a Greta desde la universidad y siempre conseguía sorprenderme su incapacidad para mantener a raya la impaciencia.

—De verdad que no entiendo cómo puedes vivir a ciento cincuenta kilómetros por hora —intervino Nora con una sonrisa lánguida, señal de que lo decía para picar a nuestra amiga.

—Y yo tampoco comprendo cómo eres capaz de respirar solo ocho veces por minuto, pero aquí estamos, oye —contestó Greta con su habitual desparpajo.

Yo solo pude soltar una carcajada y sentarme junto a las dos.

—Aquí tienes, Maya. —Ese era Nacho al dejar una taza frente a mí.

—Gracias.

—Bueno —Greta se giró hacia mí—, ¿qué ocurre? No será grave, ¿no? ¿Hay que matar a alguien? ¿A tu ex? —recitó de carrerilla.

—¿Qué? No. No tiene nada que ver con Iker. ¿Por qué crees que querría matarlo? —contesté.

—Nada, cosas mías. —Miró a Nora de reojo y la otra negó con disimulo—. Venga, suelta por esa boca.

—¿Quieres calmarte? —Rio Nora.

—Estoy muy calmada.

—Vale, por favor. Me estáis estresando —intervine—. ¿Os acordáis de que os dije que me acosté con un tío el viernes por la noche? —Greta fue a contestar, pero levanté la mano para detenerla—. Pues resulta que es el mismo tío que entró a trabajar en mi departamento el lunes.

—No jodas. Y, ¿os habéis vuelto a liar? —preguntó Greta.

—No. Le he dicho que nada de volver a follar.

—Eso está bien. Mejor no complicarse en el trabajo —añadió Nora.

—Estoy de acuerdo —agregó Greta—. Hay que tener mucho temple para llevar una relación con la misma persona dentro y fuera del curro.

—Que solo hemos follado una vez, no estamos saliendo ni nada de eso —expliqué—. No quiero una pareja, bastante lío tengo ya con el trabajo, las niñas, la casa y todo lo demás.

—Eso es porque te casaste con Iker —comentó Greta.

—Ya sé que mi exmarido no es santo de tu devoción, pero no nos fue tan mal.

—Vale, te lo compro. Tuvisteis una relación normal y corriente, por eso acabó en divorcio.

—La madre que te parió, Greta. ¿Quieres dejarla hablar? —interrumpió Nora.

—¿Ves? No es tan zen como quiere hacernos creer —soltó al tiempo que le sonrió y le guiñó un ojo—. Sigue, anda.

Inspiré hondo mientras me reía. Siempre estaban igual. Eran la noche y el día; el agua y el aceite; polo negativo y polo positivo. Pero, como decía Greta, ahí estaban, dispuestas a cualquier cosa la una por la otra. Las tres. Yo, en medio, ni una cosa ni otra, o las dos a la vez. No lo tenía claro.

—Resulta que ese tío, con el que me acosté y ahora trabaja en mi departamento, es, además, el hermano de Martín —solté.

—¿Qué? —gritaron al mismo tiempo. Creo que era la primera vez que las veía ponerse de acuerdo en algo.

—Lo que oís.

—¿Martín, tu jefe? —preguntó Nora.

—Ese mismo.

—Entonces, ¿ese tío…? Por cierto, ¿tiene nombre? —preguntó Greta.

—Se llama Ander —contesté.

—Vale. Entonces, ¿qué papel desempeña el tal Ander en el departamento? Porque, si es hermano de Martín…

—Soy su jefa directa. Ha entrado como técnico. Martín no se ha extendido en los detalles, pero no he encontrado la ocasión de preguntar más acerca de ello.

—A ver, es Martín. Lo conoces desde hace años, siempre has dicho que no suele utilizar su cargo para enchufar a nadie —añadió Nora.

—No me preocupa mi puesto. Martín siempre me ha apoyado. Me preocupa tener a alguien con quien he pasado una noche de sexo en la oficina. Es… raro.

—Tú misma has argumentado hace nada que solo habéis follado una vez, que no lo conoces y que no vais a volver a hacerlo. ¿Qué problema hay? —preguntó Greta.

La miré, pensativa. Tenía razón. ¿Por qué narices había hecho una montaña de un grano de arena? No era propio de mí.

—Si te digo la verdad, no tengo ni idea.

—Qué bien, ahora nos sacamos los problemas de la manga. ¡Acabáramos!

—A ver, quizá hay alguna razón de la que ni siquiera eres consciente, de momento —apuntó Nora.

Ambas me observaron, a la espera de que lo rumiara y diera una respuesta. Pero no, no iba a decir lo que estaba pensando, ¿o sí? Para eso hablábamos, para contarnos nuestras historias…

—Creo que me gustó demasiado echar ese polvo —confesé con un suspiro.

—Ahí lo tienes. Has decidido no volver a acostarte con él, porque trabajáis juntos y es lo correcto, pero, en realidad, no es lo que te apetece —argumentó Nora.

Sorbí de mi taza de café y me encogí de hombros.

—Voy a tener que ser más dura en mi cabeza y repetir como un mantra que solo fue un encuentro como otro cualquiera.

—Ay, amiga, no hay nada como un buen polvo para joderte la vida. —Greta se echó a reír y no tuvimos más remedio que imitar sus carcajadas.

Qué razón tenía, la jodida .

Llegué a casa unos minutos antes de que Iker llamara al telefonillo para traer a las niñas. Dejé la puerta entornada para que pasaran y fui a la cocina a preparar los ingredientes de la cena. Solo me había dado tiempo a quitarme los zapatos y sacarme la camisa de la falda para estar más cómoda.

—Mamiiiiiiii. —Oí a la entrada de casa y, acto seguido, dos pares de pies galoparon al trote por el parqué.

—Hola, mis chicas. —Salí al pasillo con los brazos extendidos, me agaché a su altura y sus cuerpos chocaron con el mío con un ímpetu que tuve que retener para no caer al suelo. Me dio la risa y, finalmente, aterricé de culo con ellas encima.

—Ni que hiciera mil años que no veis a vuestra madre —bromeó Iker mientras dejaba las mochilas de las niñas sobre la mesa de la cocina.

De reojo, vi que se sentía incómodo. Antes, los cuatro nos abrazábamos de ese modo en la cama, o a la salida del colegio, o en ese mismo lugar en el que estábamos.

Teníamos la custodia al cincuenta por ciento, pero yo me había quedado con el piso en el que habíamos vivido durante doce años.

Le pagué la mitad, no había nada que reprochar en ese sentido, pero las vivencias y los recuerdos se quedan anclados en la mente y no entienden de particiones.

Hacía mucho tiempo que yo no echaba de menos esos momentos familiares, con mis hijas me bastaba; quizá él aún se sentía herido por haber tenido que aceptar mi decisión de divorciarnos. No lo sabía, pero tampoco quería que los pocos encuentros que teníamos se convirtieran en un tema embarazoso.

—Venga, chicas, dadle un abrazo grande a papá y a la bañera —dije mientras me incorporaba del suelo y, con delicadeza, me las quitaba de encima.

—Adiós, papi —gritaron ambas, al tiempo que se abalanzaban sobre él del mismo modo en que lo habían hecho conmigo.

Iker sonrió. Yo también.

—Adiós, chicas. Nos vemos el lunes a la salida del colegio. —Las apretujó contra su cuerpo y, después, ellas salieron disparadas hacia su habitación.

—¿Todo bien? —le pregunté.

—Sí. ¿Y tú? —contestó en tono neutro.

—Bien también.

—Me alegro. —Sonrió a medias—. Eh, bueno, me marcho. Nos vemos el miércoles.

—Claro.

Y esas eran las conversaciones que manteníamos cuando no teníamos nada que hablar acerca de las niñas. Si él aún se preguntaba por qué ya no éramos pareja, para mí era bastante obvio.

***

Pasé la semana tratando de no mirar a Ander y concentrarme en la campaña que debíamos sacar adelante en poco menos de dos meses. Jamás me había desconcertado tanto un tío.

Desde que me divorcié de Iker, tuve claro que dedicaría mi vida al trabajo, a mis hijas, a mi familia, a mis amigos y a…

relaciones esporádicas; más bien, a relaciones sexuales.

No tenía tiempo para mucho más. A mis treinta y nueve años, tenía la estabilidad mental y vital que, a veces, no se encuentra nunca.

Me consideraba afortunada a pesar de no tener pareja o de que mi matrimonio hubiese fracasado, o quizá no lo hizo; simplemente, había dejado de tener sentido con el tiempo.

Exigimos que las cosas duren para siempre y sentimos que hemos perdido cuando no lo logramos.

Para mí, lo lógico es cambiar. Estar en constante transformación.

Nada es igual de un día para otro, pero nos empeñamos en que lo sea.

Ahí radica el error. El error de mantener cualquier situación, aunque no sea lo que deseas ni lo que fluye.

Parece que cuanto más dure algo, mayor es el éxito que deberíamos sentir, cuando lo que de verdad importa no es la duración, sino la intensidad con la que se vive ese momento. Ya sean tres segundos o cincuenta años.

Y eso era lo que debía hacer. Cambiar. Cambiar esa noche… apoteósica por una como otra cualquiera. Olvidarme de que el último tío con el que me acosté estaba en el mismo espacio laboral que yo y que, además, era el hermano de mi jefe.

—Maya… —Martín entró en mi despacho esa mañana de jueves—. Le he dicho a Ander que vamos a preparar una cena para darle la bienvenida a la empresa. He pensado en este viernes por la noche, ¿cómo lo tienes?

—Eh… Esta semana no me va bien, pero podéis ir vosotros —contesté.

—No, no. Preferiría que estuvieseis todos para que lo integréis.

—Creo que no tiene ningún problema con nadie, Martín. No te preocupes, no es necesario que yo esté presente.

—Ya, pero yo quiero que estés, eres la responsable del departamento.

—Y tú, el jefe. —No entendía por qué no podía ir él con el resto del equipo, los conocía de sobra.

—Lo sé, pero quiero que se sienta cómodo y que vea que todos tenéis interés en su incorporación.

—Martín, entiendo que estés preocupado por tu hermano, pero creo que es autosuficiente para encajar en cualquier parte.

—Maya —se sentó frente a mí—, no quiero que se vea solo —bajó el tono—. Quiero decir que nos tiene a nosotros, a mi familia; mi madre y su padre viven en Nueva York. Vive solo, y yo… entre el trabajo, los niños…

—Vale, vale, lo he entendido. —Levanté las manos en un gesto de que no insistiera, aunque después pensé: «Si tú supieras adónde va tu hermano a hacer amistades…», pero me callé—. Intentaré arreglarlo. Cuenta conmigo para mañana por la noche.

—Gracias, Maya. —Asintió y se levantó, dispuesto a marcharse—. Por cierto, ¿cómo va la campaña de NQ?

—Bien, estamos en ello. Esta semana dejaré concertada la primera entrevista con el equipo de publicidad de ellos. Supongo que será para la próxima.

—De acuerdo.

Y sin más, abrió la puerta del despacho y salió.

Me quedé mirando el hueco del marco y apareció en escena Ander. Estaba sentado a su mesa, con la vista en el ordenador y anotando algo a mano. Llevaba una camisa azul cobalto, la corbata bien anudada y una expresión concentrada que me pareció sexi a rabiar.

Joder.

«Maya, tienes un problema».

En ese instante, volteó el rostro y me pilló con los ojos puestos en él. Sonrió de medio lado.

Genial.

Elevó la barbilla en un gesto de saludo, al que no tuve más remedio que contestar del mismo modo.

Después, desvié la vista hacia la ventana y disimulé, como si estuviera pensando en algo, como si mi mirada hacia él hubiera sido casualidad…

Si seguía así, tendría que cerrar la puerta de mi despacho para evitar distracciones.

Por el rabillo del ojo, vi movimiento hacia mi despacho. Por los colores de la ropa supe que era él. Venía hacia mi posición.

—Perdona, Maya… —saludó en voz baja.

Giré el rostro de nuevo en su dirección.

—¿Sí?

—¿Tienes un segundo?

Como yo estaba sentada y él, de pie, su corbata quedó a la altura de mis ojos. Fondo negro y un puñado de emojis, con sus diferentes muecas, flotando como pompas de jabón.

¿En serio?

Arqueé una ceja y subí la vista hacia su rostro.

Se pasó la palma de la mano por ella, en un gesto de orgullo, y una sonrisa traviesa asomó a sus labios carnosos.

—Me gusta dar un toque divertido a los trajes —argumentó.

—Ya veo —respondí mientras intentaba no sonreír—. ¿Qué necesitas?

—Martín me ha dicho que ha organizado una pequeña cena para darme la bienvenida mañana por la noche.

—Sí, lo sé.

—No quiero molestar, ya le dije que no era necesario, pero ha insistido tanto…

—No te preocupes. Ya conoces a Martín, cuando se le mete algo en la cabeza, no hay forma de hacerlo cambiar de parecer, aunque sepa que se equivoca. No digo que la cena sea un error —me apresuré a aclarar.

—Ya… —Se metió las manos en los bolsillos del pantalón y se balanceó de un pie a otro—. ¿Irás tú?

—¿Crees que tengo opción? —cuestioné con guasa.

—No, no la tienes —sonrió.

—¿Algo más?

—No. Solo quería pedirte disculpas por si tienes otros planes y la idea de Martín te los ha trastocado.

—No hay problema.

—De acuerdo. —Sacó las manos de su escondite y levantó una a modo de despedida.

No pude evitar seguir con la mirada su espalda ancha y su cintura estrecha en su camino hacia la puerta.

Joder, estaba más que bueno.

Y yo no podía volver a tirármelo.