No me toques la corbata CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Tetris

Ander

Me hubiese gustado saber, en el momento en que «Brenda» entró en la sala de reuniones, por qué existen las puñeteras casualidades. ¿Para jodernos la vida? ¿Para reírse de nosotros? ¿Para ponernos un punto en la boca? ¿Para qué?

Me pasé el fin de semana recreando cada uno de los movimientos de su cuerpo pegado al mío.

Lo había pasado realmente bien, había disfrutado de una sesión de sexo fantástica.

«Brenda» sabía lo que quería y lo pedía, era muy activa y participativa, como yo.

Solo exigió una condición: nada de besos tiernos.

Lo comprendí. Aquello era sexo puro y duro.

No voy a mentir diciendo que fue el mejor sexo de mi vida, sería raro en un primer contacto, porque no te conoces bien, no hay una confianza íntima.

Solo fue ejercicio físico con placer, pero estuvo más que a la altura.

Acabé en aquel club por curiosidad. No conocía la ciudad, mi hermano me había dado algunas indicaciones acerca de varios lugares para comer y tomar una copa.

Él mismo me había acompañado el fin de semana anterior a un pub , pero no era exactamente lo que buscaba.

En Nueva York asistía a ese tipo de locales, ya que pasaba muchas horas en el trabajo y no me gustaba ligar por aplicaciones de móvil, así que indagué en internet.

Encontré dos que me parecieron correctos.

Pensaba visitar uno el viernes y el otro, el sábado. Me quedé en el del viernes.

Nada más acceder al local, la localicé en la barra.

Tenía el pelo oscuro y liso recogido en una coleta alta que dejaba al descubierto un cuello estilizado y apetecible.

El vestido estrecho hasta las rodillas parecía llamarme a gritos para que se lo quitara.

Me senté a una mesa alta, situada a varios metros de su espalda.

Me llamó la atención porque parecía no estar interesada en acabar la noche en una de las habitaciones, la había visto rechazar a dos parejas que se le acercaron, y sentía curiosidad de saber el motivo por el cual estaba allí si no era el sexo.

No es que yo fuera un gallito, pero se me metió en la cabeza que conseguiría llevármela a la cama.

Aunque, después, me quedó claro que fue ella quien me arrastró a la zona privada.

Sabía a qué se iba a esos clubs, aunque aquel era el primero que pisaba en mi nueva ciudad y no tenía claro si la cosa funcionaba de la misma manera que en Nueva York.

Lo básico era igual, solo cambiaba el escenario y las personas.

El resultado era que tenía que trabajar con la mano derecha de mi hermano, después de haberla visto desnuda.

Imaginé que, con el paso de los días, mis cavilaciones se aplacarían y, además, ella había dejado claro que no volvería a suceder. Por supuesto, me pareció la mejor opción, a pesar de no ser la que más me apetecía.

Aparté todos esos pensamientos y me centré en escuchar lo que me contaba respecto a las cuentas de los clientes y en qué punto se encontraban los proyectos que tenían entre manos, aunque no podía dejar de mirar su rostro a la luz que entraba por las ventanas del despacho.

Llegué a la conclusión de que, si no fuese una mujer con la que me hubiese acostado, me habría fijado en ella igual.

«Para ya, Ander», me repetí infinidad de veces.

Cuando llegó la hora de comer, respiré de alivio.

Mi hermano me había dicho que saldríamos del edificio para despejarnos y picar algo.

Tenía que dejar de pensar en la noche del viernes, tampoco debería ser tan complicado.

No era que fuera asiduo a ese tipo de encuentros, pero había tenido unos cuantos y no me crearon ningún problema.

—¿Qué tal tu primer contacto con Maya? —me preguntó Martín en cuanto nos metimos en el ascensor.

Si él supiera…

—Bien, es profesional y conoce a la perfección a sus clientes.

—Sí. Es una de las mejores que tenemos. Creo que os llevaréis bien. De hecho, te llevarás bien con todos. Son jóvenes y dinámicos, y tienen muy buena relación entre ellos —me explicó—. ¿Qué te parece si organizamos una cena por tu incorporación? Seguro que les encanta.

—No es necesario, Martín.

—Nada de eso. Lo haremos, así os conoceréis todos mejor.

Tuve que dejarlo correr. Martín era muy cabezota cuando se lo proponía, y cuando no, también.

Nos sentamos a la mesa de un restaurante, frente al edificio de la empresa, y hablamos de asuntos personales y familiares como dos hermanos cualesquiera.

Martín y yo siempre habíamos tenido una relación estrecha a pesar de la distancia que nos separaba y de la diferencia de edad, aunque nos habíamos visto poco en los últimos años.

Ambos nos habíamos centrado demasiado en nuestros trabajos; él lo llevaba bien, pero yo cada vez estaba más agobiado de trabajar bajo tanta presión y estrés.

Cuando, unos meses atrás, me ofreció la posibilidad de incorporarme a la empresa donde trabajaba, solo tuve que lidiar con una duda: mis padres.

Pero cuando se lo planteé a ellos, me animaron a marcharme; dijeron que no me preocupara por dejarlos allí, estaban bien.

Si era lo que me apetecía hacer, eso era lo importante.

Nuestra madre se divorció del padre de Martín cuando él tenía apenas diez años.

Dos más tarde, conoció a mi padre y, cuando mi hermano ya contaba con quince, nací yo.

Mis primeros recuerdos son siempre los mismos: corretear tras él porque me parecía el mejor hermano del mundo.

Sí, ya sé que no tenía otro, pero Martín era mi héroe.

Jugaba conmigo, me enseñó a montar en bici, a nadar, a todo lo que le pedía, nos reíamos a carcajadas…

Siempre tenía tiempo para mí, a pesar de que debía estudiar, salir con sus amigos y ligar con chicas.

Separarme de él, cuando yo acababa de cumplir quince años, fue todo un drama.

Mis padres decidieron que debían trasladarse a Nueva York para impulsar su empresa de moda.

Mi madre había sido modelo y siempre había estado vinculada a ese sector, aunque ya no se dedicaba a ello.

Pero había formado una sociedad de diseño con mi padre y, con sus muchos contactos, consiguió que el negocio creciera de forma muy rápida.

Martín ya contaba con treinta años y empezaba a montar su vida; él se quedó y yo tuve que marcharme.

Nos veíamos todos los veranos. Él siempre hacía hueco en sus vacaciones para venir a vernos.

Hablábamos por teléfono cada semana y nos escribíamos mensajes a todas horas.

No dejamos que nuestra relación se distanciara ni se enfriara.

Vinimos a su boda y para el nacimiento de sus dos hijos.

Con apenas dieciocho años, me convertí en tío.

Estudié Publicidad porque quería seguir los pasos de Martín.

Él me había hablado infinidad de veces acerca de su trabajo y me fascinaba el entusiasmo con el que me explicaba cada mínimo detalle.

A sus cuarenta y tres años, tenía una vida acomodada y una familia fantástica.

A mí, lo de formar una familia me quedaba un poco lejos, no pensaba en ello, aún tenía tiempo de sobra, aunque todavía no había decidido si ese era el camino que quería seguir en mi vida privada.

Había tenido un par de relaciones, pero no habían cuajado del todo, así que prefería mantener relaciones de sexo esporádicas. Aún era joven.

Lo que sí tenía claro era que deseaba volver a España, aunque sabía que debía tomármelo con calma y en serio.

La oportunidad vino de la mano de Martín, que me propuso un puesto en la empresa donde era director de Publicidad.

Y allí estaba, de nuevo, con mi hermano.

La persona a la que más quería y admiraba.

***

El martes me desperté temprano y salí a correr por el paseo marítimo de la ciudad.

Martín me ayudó a encontrar un apartamento en el que poder instalarme en cuanto llegara.

Aún tenía algunas cajas en medio del salón, pero lo imprescindible ya estaba colocado en su sitio.

Viviría en un loft de apenas cincuenta metros cuadrados, pero era perfecto y suficiente para mí.

Además, estaba a dos calles de la playa. Todo un lujo.

Frente al espejo de mi habitación, con el traje ya puesto para salir, recordé la expresión de Maya al ver mi corbata el día anterior.

No pude más que sonreír, porque me hizo una gracia tremenda que pusiera los ojos en blanco y después los cerrara al reparar en el Homer que llevaba estampado.

Me gustaba romper la sobriedad del traje, y lo hacía con esa prenda.

Sería divertido ver su reacción a cada una de mis corbatas.

Elegí la que simulaba el famoso juego Tetris y volví a sonreír al ver el contraste de las tonalidades brillantes con la oscuridad de la americana y la camisa.

A pesar de que me había dejado claro que no volveríamos a acostarnos, tenía la necesidad de que se fijara en mí de algún modo, y ese me pareció el más indirecto y, a la vez, claro.

Supuse que me lo planteé como un reto. No es que me ofendiera su actitud hacia mí, tenía razón, si trabajábamos juntos, no era buena idea volver a follar, pero me atraía, y yo nunca había dejado escapar una oportunidad por muy difícil que me lo pusieran.

Llegué un cuarto de hora antes de que comenzara la jornada. Pasé por la sala del café a dejar el tentempié para la media mañana en la nevera y saludé a dos de mis nuevos compañeros que hacían lo mismo que yo.

—Buenos días, Ander —dijo la chica. Creo que se llamaba Mónica.

—¿Qué tal, colega? —añadió Lucas. En él me había fijado. Era todo desparpajo y siempre sonreía. Me cayó bien desde el minuto uno.

—Buenos días —contesté educado.

—¿Cómo fue tu primer día? —se interesó.

—Bien, un poco agotador. Demasiados datos de golpe.

—Tranquilo, seguro que te habitúas en unas semanas —intervino Mónica.

—Supongo… —Me encogí de hombros.