No me toques la corbata CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

Sexy and Athletic

Maya

Bolso, llaves, móvil… Bien, todo en orden.

Los lunes que debía recoger del colegio a mis hijas eran un tanto caóticos.

Después de una semana sin ellas, el piso parecía otro; mal que me pesara, necesitaba el fin de semana para descansar, en cambio, me lo pasaba limpiando y organizando porque sabía que, con las niñas y el trabajo, poco podía hacer.

Llevaba casi dos años divorciada del padre de mis hijas y, a veces, aún me costaba acordarme de los horarios.

Teníamos la custodia compartida, y las niñas pasaban una semana con cada uno, aunque los miércoles siempre iba a verlas para pasar la tarde con ellas, y mi ex, Iker, hacía lo mismo cuando estaban conmigo.

Nos llevábamos, más o menos, bien; no éramos amigos pero tampoco enemigos.

A fin de cuentas, habíamos estado juntos más de doce años y teníamos dos hijas en común.

Aunque la separación fue un tanto… incómoda para ambos.

Salí de casa con el tiempo suficiente para meterme de pleno en el tráfico de la ciudad y llegar a la oficina.

Era publicista en una empresa mediana del sector.

Me había costado mucho esfuerzo llegar a donde estaba y adoraba mi trabajo, estudié para ello y no estaba dispuesta a renunciar a mi carrera.

Sí, ese fue el motivo por el cual me separé.

Iker pretendía que me quedara en casa con las niñas, mientras él se dedicaba a trabajar.

No estuve de acuerdo. Además, en los últimos tiempos, ponía pocas ganas en el sexo con la excusa de estar cansado.

Yo también lo estaba, pero me gustaba para relajarme, para acabar bien una jornada llena de estrés, horarios impuestos y la cabeza a mil por hora.

Entré al edificio por el parking , donde tenía una plaza, cortesía de la empresa, y subí en el ascensor hasta la séptima planta.

La recepción estaba a oscuras, solo las luces de emergencia iluminaban la estancia.

Traspasé la puerta que daba a mi departamento y me dirigí a mi despacho, que estaba al fondo de la zona común, donde mi equipo trabajaba a diario.

Era la directora de Grandes Cuentas, con cuatro personas a mi cargo.

En los últimos años, habíamos conseguido clientes muy importantes y, Martín, el director general de Publicidad, decidió reunir todas esas cuentas en un mismo departamento: el mío.

Tanto habíamos crecido que ese mismo lunes teníamos una reunión para conocer a un nuevo miembro del equipo.

No me había contado nada con respecto a él, o ella, ni siquiera sabía eso, aunque era lo de menos.

Lo de más era que, cuando me dijo que estaba negociando las condiciones del contrato laboral, me pillé un buen cabreo, porque…

¿cómo contrataba a alguien para mi departamento y no me tenía al tanto?

Me dijo que ya me lo explicaría cuando llegara el momento, así que claudiqué.

Martín no solía hacer las cosas porque sí, siempre había una razón de peso para ello, por lo que tuve que callarme y aguantar. La espera acabaría esa misma mañana.

Preparé mi tablet para la reunión, repasé el correo electrónico y me cercioré de que los temas pendientes estuvieran ordenados en mi mesa para trabajar en ellos en cuanto Martín diera por finalizado el comité de bienvenida al nuevo miembro.

Me dirigí a la sala del café y me preparé uno bien cargado.

—Ey, jefa, ¿qué tal el fin de semana? —Oí la voz de Lucas a mi espalda.

Me giré y le sonreí.

—Bien. Tranquilo. ¿Y el tuyo?

Se encogió de hombros y se acercó para tomar también su brebaje energético.

—Genial. He estado currando en el proyecto de NQ.

—Eh, dijimos que nada de trabajo en casa —lo amonesté.

—Sí, ya, pero se me ha atascado el nuevo eslogan y quería darle unas vueltas.

—No te preocupes, después de la reunión nos ponemos con ello.

Asintió despacio y se apoyó en la encimera de la pequeña cocina.

—Espero que el nuevo no sea un problema para el departamento.

—No lo creo. Martín tiene muy clara nuestra filosofía de trabajo y no metería a nadie que no cumpliera con los requisitos que él mismo integró.

—En eso tienes razón.

—Siempre la tengo. —Le ofrecí un guiño de ojo y me dirigí hacia la salida—. Nos vemos luego.

A pesar de que yo también tenía mis dudas al respecto, no quería que los demás vieran el cambio como una «amenaza»; eso podría desestabilizar el buen rollo y la dinámica de trabajo que habíamos conseguido.

Pero también era cierto lo que le había dicho: Martín era el primero que no querría que eso ocurriera.

La publicidad es un mundo creativo, un trabajo en el que debes dejar que cada persona exprese su opinión; todos aportaban ideas y siempre conseguíamos que encajaran de una forma o de otra.

Tanto Martín como yo éramos de pensamientos similares; dejábamos que los equipos hicieran volar su imaginación y eso era lo que habíamos creado en nuestro departamento.

Poco a poco fueron llegando todos. Oía sus saludos, sus risas y el buen ambiente que se respiraba cada día entre ellos. Siempre dejaba abierta la puerta de mi despacho, solo la cerraba cuando me reunía con alguien, así que pasaban por delante y me saludaban antes de sentarse en su sitio.

Martín apareció en el umbral poco antes de las ocho y media.

—Buenos días. ¿Lista? Ya estamos en la sala de reuniones. Os esperamos allí. —Su voz sonó amable, como siempre, aunque noté un atisbo de nerviosismo que me sorprendió.

¿Estaba inquieto?

Mal rollo.

—Buenos días. Claro, enseguida vamos —contesté al tiempo que me levantaba de la silla.

Desapareció de mi vista y yo cogí mi tablet .

Salí a la zona común y avisé a los demás.

Caminaban delante de mí, mientras yo volvía a repasar el correo en mi móvil.

Esperaba una respuesta de uno de nuestros clientes a la campaña que le habíamos preparado y estaba nerviosa porque habíamos arriesgado al salirnos de su zona de confort.

Entré la última a la sala, distraída, y aún con la nariz metida en la pantalla de mi móvil. Oí un carraspeo y levanté la vista. Martín me miraba con una ceja arqueada. Vocalicé un «lo siento» y dirigí mis ojos hacia la persona que había a su lado, de pie.

El corazón me dio un vuelco.

«No puede ser».

Joder.

Mi mente me jugaba una mala pasada.

El hombre que acompañaba a mi jefe era el mismo al que me había tirado el viernes por la noche en el club. El tal Hans/Ander…

Mis pensamientos volaron hasta ese momento.

A su cuerpo atlético, a sus manos fuertes, a su lengua húmeda y caliente recorriendo mis hombros mientras me embestía desde atrás.

Cuando me levanté el sábado, parecía que me había atropellado un camión.

Tuve que arrastrarme para ir al supermercado porque tenía agujetas hasta en las pestañas.

Dos horas de sexo fuerte y desenfrenado, sin arrumacos ni mimitos, como a mí me gustaba.

Dios, y ahora lo tenía frente a mis ojos.

Junté las piernas por inercia, porque un latigazo azotó mi bajo vientre ante tales imágenes.

—Maya, ¿estás bien? —La voz de Martín me devolvió al presente.

—Eh… Sí, sí. Perdona, pensaba en un correo que estoy esperando —mentí.

—Él es Ander Hunter. La nueva incorporación para el departamento.

—Lo agarró del hombro de forma amigable; no me pasó desapercibida la sonrisa cómplice entre los dos.

Había algo que no encajaba, además de que aquel tío estuviera delante de mí, claro—.

Ella es Maya Blanco, la directora del departamento de Grandes Cuentas. Será tu jefa directa.

—Encantado de conocerte, Maya. —Me ofreció su mano de igual modo en que lo había hecho la noche del viernes.

Aún estaba un tanto aturdida. Y me sudaban las palmas.

Con disimulo, me pasé el anverso por los pantalones del traje y se la estreché.

La agarró con fuerza y sonrió de forma tímida.

No parecía nervioso pero tampoco impasible.

Sabía que me había reconocido y que, de algún modo, estaba pensando en lo mismo que yo.

—Igualmente, Ander. Bienvenido al equipo —me obligué a decir.

Consideré adecuado erguir mi postura, ya que no solía amedrentarme ante situaciones imprevistas.

Llevaba años trabajando en un mundo, en su mayoría, de hombres.

Había demostrado mi temple y mi profesionalidad en muchas ocasiones, y aquella no iba a ser una escena distinta.

No iba a permitir que un polvo echara por tierra todo lo que había conseguido.

—Bien, sentémonos y empecemos la reunión —intervino Martín.

Nos situamos alrededor de la mesa ovalada que gobernaba la sala y el mismo Martín presentó a todo el equipo. Él estaba sentado en la presidencia, y Ander y yo nos acomodamos cada uno a su lado, así que lo tenía frente a mí.

Ander saludó a cada uno de los miembros del departamento con una sonrisa sincera, y a mí me entraron los siete males.

Esa era la sonrisa que me había ofrecido mientras charlamos un rato, antes de entrar en una de las habitaciones del club.

En la semioscuridad del lugar no había reparado con detalle en su rostro, solo sabía que era atractivo y que me había gustado lo suficiente como para irme a la cama con él.

Desde el divorcio no tenía necesidad de intimar más allá de un polvo.

Pero allí estábamos, cara a cara, a plena luz del día.

Su barba bien recortada me recordó el cosquilleo que me hizo sentir entre las piernas cuando se hundió en ellas.

Sus ojos eran de un azul oscuro muy intenso.

Apenas los vi cuando nos conocimos. Prefería cerrar los míos y olvidarme de con quién follaba, además de que lo hicimos todas las veces con mi espalda pegada a su pecho. Así era más fácil.

Jamás me había encontrado fuera del club algún tío con el que me hubiera acostado. Esa era mi intención. Y tampoco me iba a la cama con el mismo más de un par de veces. No quería «exclusividad» ni correr el riesgo de acostumbrarme a un hombre. Eso desencadenaría en algo más íntimo.

Crucé las piernas con fuerza por debajo de la mesa. No prestaba atención a lo que decía Martín, aunque imaginé que después, a solas, me explicaría con calma todos los detalles.

Mierda.

A solas.

Íbamos a trabajar codo con codo.

Debía olvidarme del asunto lo antes posible. Solo había sido un polvo como cualquier otro. ¿O no? Sí, lo había sido. La diferencia radicaba en que en ese momento lo tenía delante, pero estaba segura de que, en cuanto transcurrieran unos días, se me pasaría y quedaría en una anécdota.

—Gracias a todos por vuestro recibimiento. Espero ponerme al día cuanto antes. —La voz masculina de Ander, en un tono más elevado, hizo que levantara la cabeza. Me miraba con esa sonrisa que parecía llevar encima a todas horas. Me esforcé por imitarla.

—Bien, ya podéis volver al trabajo —dijo Martín. Me levanté para dirigirme hacia mi despacho—. Tú no, Maya. Tenemos que comentar un par de cosas, los tres —informó.

—Claro. —Volví a encajar mi trasero en el sillón.

—Antes te dije que te daría todos los detalles con respecto a…

Ander —continuó Martín cuando el resto del equipo salió de la estancia.

Asentí—. Bien. Ander ha trabajado durante los últimos cinco años en una empresa de publicidad en Estados Unidos.

En Nueva York, para ser más exacto. Posee una experiencia sólida y conoce bien las tendencias en creatividad, no tendrá problemas para adaptarse y creo firmemente en que sus conocimientos nos ayudarán con los clientes más importantes, por eso lo he contratado para este departamento.

Y, además, es… mi hermano, pero no quiero que pienses que ese es el motivo por el cual está aquí, aunque me gustaría que este dato quedara entre nosotros.

¿Su hermano?

¿Martín tenía un hermano?

¿Me había tirado al hermano de Martín?

Me dieron ganas de hacerme el harakiri, pero no tenía a mano más que el boli; eso no serviría de mucho.

—No te preocupes, no creo que esa sea la razón. Te conozco bien, a pesar de no saber que tienes un hermano. —Sonreí para reafirmar mis palabras.

—Somos hermanos de madre —puntualizó.

—No hace falta que me des detalles, lo entiendo.

Yo, mejor que nadie, sabía que las situaciones personales no tenían por qué intervenir en las profesionales.

—Bien, entonces, a trabajar. —Martín se levantó de su silla, agarró a su hermano del hombro, tal y como había hecho cuando nos lo presentó, y me miró con una sonrisa—.

Si no cumple con su cometido, no dudes ni por un momento en comentármelo.

Que sea mi hermano no le va a dar privilegios, va a ser uno más.

—Y acompañó el comentario con un guiño de ojo.

—No esperaba menos de ti —intervino Ander.

—Ponlo al día de todos los proyectos que tenemos abiertos y dale los que creas convenientes para descargarte de trabajo. Lo dejo a tu libre elección, Maya.

—De acuerdo. —Asentí—. Vamos a mi despacho —le dije a Ander.

Me cedieron el paso para salir de la sala y dirigirnos a nuestros cubículos. Martín se metió en el suyo y yo seguí caminando con Ander a mi lado. Cerré la puerta una vez estuvimos dentro.

—Bien, siéntate. —Le ofrecí la silla que había al otro lado de mi mesa.

—¿Te incomoda mi presencia? —preguntó cuando me situé frente a él.

—No, ¿por qué iba a incomodarme?

—Follamos el viernes. —Así, sin anestesia.

—¿Y? ¿Soy la única mujer a la que te has follado? —Intenté sonar lo más despreocupada posible.

—No, pero… eres la primera con la que trabajo.

Ese dato me gustó. Significaba que no metía la polla donde no debía.

—Por eso no te preocupes, no vamos a volver a hacerlo —sentencié—. Así que, técnicamente, no te has acostado con nadie con quien trabajas. Follamos el viernes, empezamos a trabajar juntos hoy. —Sonreí.

—¿Y ya está? —Alzó las cejas.

—Ya está, sí. ¿Empezamos? —No iba a darle mayor importancia. Le había dejado clara mi postura.

—De acuerdo —asintió.

Se levantó y se desabrochó la americana; el gesto dejó a la vista la corbata más ridícula que había visto en mi vida. En apariencia, era una corbata negra lisa, pero en la punta llevaba estampado el dibujo de Homer Simpson, desnudo, con sus partes pixeladas y la frase: «Sexy and Athletic».

No pude evitar cerrar los ojos y suplicar al universo para que ese tío, que me había dejado el cuerpo temblando durante casi dos días, no se convirtiera en una complicación.

Terapia de grupo

Houston, tenemos un problema.

Escribí en el grupo de chat en cuanto Ander salió de mi despacho.

Greta

¿Se te han vuelto a enredar las tiras del tanga?

Nora

No pienses en el problema, sino en la solución.

¿Se podía tener dos amigas tan distintas?

Sí. Y, además, las mejores.