No me toques la corbata
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PRÓLOGO
—No, lo siento. No participo en tríos. Gracias de todos modos por la invitación —contesté.
Era la segunda pareja que me lo ofrecía esa noche.
Llevaba apenas media hora sentada a la barra, con un Margarita entre los dedos y jugueteando con mi móvil.
Quizá fuese que, en realidad, no debía haber salido, porque estaba exhausta, pero tampoco quería quedarme en casa un viernes por la noche; ya tenía ese plan para el sábado.
El club era tranquilo, podía ir sola sin que pareciera raro y nadie se molestaba si la respuesta a su propuesta era un «no».
Esas eran las reglas. Si solo quería beber una copa, podía hacerlo sin tener que entrar al trapo.
Supuse que, sin pretenderlo, esa era mi intención aquella noche, porque no estaba por la labor de fijarme en los hombres que había en la sala.
Era como estar en una aplicación para ligar, pero cara a cara y en directo.
Estaba divorciada y no tenía tiempo para perderlo en conversaciones estúpidas o en aguantar las tonterías del tipo de turno. Allí ibas a lo que ibas, y sin salir del local.
La parte principal era el bar, con una barra larga en forma ondulada, una pequeña pista de baile y mesas con sillones para entrar en materia mientras tomabas una copa.
Todo iluminado de forma tenue que se complementaba con música suave y sensual.
Como en ese momento, que sonaba Paradise , de Sade.
Canción que me encantaba. La parte interior se dividía en habitaciones, como un pequeño hotel, donde podías seguir con lo que habías empezado, previo pago de la estancia por horas.
Sí, un club para ligar y follar, ya fuese en pareja o más personas implicadas en la juerga.
Llamé al camarero para que me pusiera otra copa. Me sonrió y me ofreció lo que le había pedido. Justo en el momento en que me llevaba el borde salado a los labios, una voz me llegó desde el lado izquierdo.
—¿Puedo? —Señaló el taburete que había junto a mí.
Lo miré. Tenía una sonrisa bonita. Y tímida. No lo había visto por allí con anterioridad. Supuse que no era asiduo a aquel lugar.
—Claro —sonreí.
Retiró la banqueta y se sentó con movimientos lentos. Llevaba una camisa blanca arremangada hasta los codos, dos botones del cuello desabrochados y unos pantalones oscuros. No estaba nada mal.
—Me llamo Ander. —Me ofreció su mano.
—No deberías usar tu nombre real en un sitio como este —contesté al estrechársela. Su piel era suave y estaba tibia.
—¿Cómo sabes que es mi nombre real?
—Porque uno no dice llamarse así si no es cierto. —Sonreí de forma amable.
—De acuerdo. Entonces, soy… Hans. ¿Mejor?
—Mucho mejor.
—¿Y tú eres…?
—Brenda. Encantada de conocerte. —Soltamos las manos en ese instante—. ¿Quieres tomar algo?
—Sí, claro. —Levantó la cabeza y le hizo una señal al camarero—. ¿Puede ponerme lo mismo que a la señorita? —El otro asintió y se apartó para preparar el cóctel—. Y dime, Brenda, ¿cuál es la dinámica de este sitio? —preguntó, cordial.
—¿Nunca has estado en un lugar como este?
—Sí, pero cada uno tiene sus normas.
Me hizo gracia. No parecía azorado ni cortado por no saber cómo funcionaba el asunto, y parecía de verdad interesado en que yo se lo explicara.
—Es sencillo. Es un bar para ligar, follar, intercambio de pareja, tríos, cuartetos y hasta orgías. Aunque estas últimas hay que programarlas con el local. Solo hay un par de salas grandes para acoger a un grupo numeroso de personas.
—¿Has practicado todas las modalidades? —Levantó una ceja, divertido.
—No. No me gusta el sexo con tanta gente de por medio.
—Y, ¿qué es lo que te gusta, Brenda? —Me miró directamente a los ojos.
—Follar a lo bruto y largarme a casa a dormir, sola.
—Me parece un buen plan.