No me quites la inocencia Chapter 44 #2
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Chapter 44 #2

—Has despertado... —jadeo, mi voz temblando histéricamente entre el llanto descontrolado que vuelve a brotar de mis ojos—. Oh, Dios. Por fin. Has despertado, capullo... has despertado.

Asher esboza una sombra de esa sonrisa arrogante y torcida que tanto me desquicia, demostrándome que ni el asfalto ni la muerte son capaces de quebrar su ego.

—Claro... —respira con dificultad, tragando aire con dolor—. No iba a marcharme... sin oír tu respuesta definitiva. Yo no pierdo, Emily.

—Agua... —pide en un susurro apenas audible, su lengua seca rozando sus labios.

—Sí, sí, espera, no te muevas —me apresuro a decir, ansiosa por ser útil.

Mis manos, presas de un temblor nervioso incontrolable, alcanzan el vaso de plástico transparente que descansa en la mesilla.

Agarro la pajita flexible. Paso un brazo por detrás de su cuello con una delicadeza reverencial, cuidando de no presionar ninguno de los electrodos ni las vendas, y elevo su cabeza apenas unos centímetros.

Llevo la pajita hasta su boca y Asher sorbe un poquito del líquido.

El movimiento de su nuez al tragar delata la agonía que le causa ese simple acto.

Sus ojos avellana no se apartan de los míos ni un solo segundo mientras bebe, absorbiendo cada detalle de mi rostro, devorando mi vulnerabilidad como si fuera el oxígeno real que necesita para volver a la vida.

Alejo el vaso y vuelvo a acomodar su cabeza sobre la almohada con ternura.

Me siento de nuevo a su lado, pero no le permito poner distancia; le agarro la mano con la fuerza de un náufrago.

Tomo una respiración profunda y lo clavo con mi mirada verde.

El accidente ha incinerado mis defensas, calcinando la fachada que mantenía, quemando el escudo moral que usaba para protegerme de él.

—Eres un gilipollas y un capullo supremo —sentencio, y aunque mis palabras son insultos, mi tono es una declaración de amor desgarradora, vibrando de emoción pura—. Un puto imbécil arrogante que me ha destrozado la vida de todas las formas posibles.

Asher me observa, inmóvil, aceptando la condena con la respiración entrecortada.

—Pero eres el gilipollas que tiene mi corazón desde hace diez malditos años —confieso, y la verdad estalla en la habitación de la UCI, innegable—.

Te lo quedaste aquel día en el parque y nunca me lo devolviste.

He vivido hueca, Asher. He sido un fantasma jugando a tener una vida perfecta con un hombre bueno, pero la realidad es que mi sangre arde por ti.

Mi alma está enferma de tu oscuridad. Pero te lo advierto.

.. No me vuelvas a romper el corazón, Asher Black.

Si me destrozas esta vez, si me dejas caer después de todo.

.. no sé si seré capaz de levantarme otra vez.

Él no dice absolutamente nada.

A pesar de sus costillas rotas, de los cables de monitorización que tiran de su piel y de la gravedad de sus heridas, Asher saca fuerzas de un abismo insondable.

Su brazo izquierdo se alza con lentitud; su mano grande, caliente y áspera se enreda en la nuca de mi cuello, sus dedos largos enterrándose en la base de mi cabello despeinado.

Y con lentitud tira de mí hacia abajo, obligándome a inclinarme sobre él.

No me opongo. Me rindo a la gravedad que él genera. Nuestras bocas chocan en una colisión violenta de ruinas.

Me besa. Me besa con una urgencia febril y desesperada, como si yo fuera la única molécula de aire en una atmósfera envenenada, como si yo fuera el oxígeno puro que sus pulmones colapsados reclaman a gritos para no detenerse.

Inspira de mí todo. Me abre los labios con los suyos, secos y agrietados, y me traga los suspiros, los sollozos y las lágrimas que se mezclan en la comisura de nuestras bocas.

Es un beso que me deja completamente mareada, perdida, flotando en el laberinto de sus labios.

Cierro los ojos, respondiendo con la misma desesperación enferma.

Me gusta esta obsesión suya.

Me fascina, me aterra y me excita esta fijación sádica y posesiva.

Quiero que esté tan jodidamente y absolutamente obsesionado de mí como yo lo estoy de él.

Quiero ser su aire, su condena y su redención.

Quiero que un solo minuto respirando sin mí en su vida se convierta en un minuto de agonía asfixiante para él.

Que nuestra dependencia sea mutua, equitativa, letal.

Finalmente, el agotamiento físico le pasa factura y sus músculos ceden, pero no me suelta del todo; mantiene su mano anclada en mi nuca, obligándome a mantener mi rostro a milímetros del suyo, compartiendo el mismo aire del hospital.

—Tus brazos... —murmura, su pulgar acariciando la línea de mi mandíbula con un toque reverencial—. Tus brazos son el lugar que llevaba buscando toda la puta vida, enana. Y no lo sabía.

Los días que siguieron a su despertar no fueron un milagro cinematográfico; fueron una trinchera de dolor crudo, de tubos de drenaje y de una vulnerabilidad tan descarnada que nos desnudó a ambos hasta los huesos.

Sobrevivir a la muerte no es un acto poético, es un proceso grotesco, pero en medio de toda esa miseria, encontré la redención que llevábamos diez años buscando.

Me convertí en su sombra, en sus manos y en su respiración cuando la suya fallaba.

Durante las semanas interminables de su recuperación, fui yo quien lavó con una esponja tibia la sangre seca y el sudor frío de su piel entintada, trazando con reverencia el contorno de cada costilla fracturada y besando, una a una, las suturas amoratadas que le cruzaban el torso como un mapa hacia el infierno.

Fui yo quien sostuvo el vaso de agua contra sus labios agrietados cuando el temblor de la debilidad le impedía hacerlo por sí mismo, soportando la furia contenida en sus ojos, un orgullo herido que se negaba a verse tan frágil.

Lo vi retorcerse de agonía durante las sesiones de rehabilitación, maldiciendo al mundo entero con los dientes apretados, y fui yo quien se metió en la estrecha cama del hospital durante las madrugadas en las que los analgésicos no eran suficientes, acunando su cabeza contra mi pecho.

Cuidar de él, fue la única manera que encontré de sanar mi propia alma destrozada.

En cada noche en vela, en cada caricia sobre sus cicatrices recientes, el rencor que había cultivado durante una década se diluyó por completo, dejando únicamente la certeza absoluta y aterradora de que le pertenecía.

Cuando por fin le dieron el alta, tomé la decisión más fácil y a la vez más drástica de mi vida.

Redacté mi carta de renuncia a Sterling & Brooks en un folio en blanco, sin membretes ni remordimientos, empaqueté mis trajes y dejé atrás el sol de Los Ángeles, huyendo de la ciudad donde el fantasma de la bondad de Nathan todavía me miraba con reproche desde las esquinas.

Volver a Nueva York con Asher fue como caminar voluntariamente hacia el epicentro de un terremoto, pero esta vez, con mis dedos entrelazados firmemente con los suyos, yo ya no era la niña asustada que intentaba protegerse de los escombros.

Ahora, yo era la dueña del sismo.