No me quites la inocencia Chapter 44
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Chapter 44

N oventa y seis horas. Cinco mil setecientos sesenta minutos.

Ese es el tiempo exacto que llevo sentada en esta silla de plástico rígido y despiadado, anclada a la orilla de una cama de la Unidad de Cuidados Intensivos.

Cuatro días en los que el sol ha salido y se ha puesto al otro lado de las persianas a medio bajar, marcando un ciclo vital del que yo me he desconectado por completo.

Mi universo entero, mi noción del tiempo, del espacio y de la cordura, se ha reducido drásticamente a los escasos tres metros cuadrados que delimitan esta habitación, gobernada por el compás agónico y mecánico de un monitor de constantes vitales.

Bip. Bip. Bip. Es el único sonido que me mantiene atada a la tierra, el frágil hilo de seda verde en la pantalla oscura que me confirma que el corazón de Asher, por muy dañado, magullado y destrozado que esté, se niega a dejar de latir.

El hedor a antiséptico y a yodo se ha incrustado en lo más profundo de mis poros.

Ya no lo huelo; lo saboreo. Se funde en mi paladar con el regusto metálico de mi propia sangre, con la amargura del café rancio de máquina que me ha quemado el estómago durante madrugadas interminables, y con el sabor salado de las lágrimas que se han secado sobre mis mejillas tantas veces que han dejado un surco invisible en mi piel.

Mi cuerpo es una cáscara vacía, un amasijo de músculos agarrotados, cervicales doloridas y una fatiga tan abismal que siento que el tuétano de mis huesos se ha convertido en plomo fundido. No me he duchado. Llevo la misma ropa desde que corrí detrás de su camilla manchada de sangre.

Apoyo los codos sobre el borde metálico de la barandilla de su cama, entrelazando mis dedos pálidos y temblorosos alrededor de su mano inmensa.

Su piel, habitualmente un horno que irradiaba un calor abrasador y dominante, ahora está tibia, casi fría, surcada por vías intravenosas, agujas de grueso calibre y parches de esparadrapo que sujetan tubos que lo alimentan y lo medican.

El dorso de su mano derecha está amoratado, pero sus nudillos magullados siguen siendo exactamente los mismos que acariciaron mi rostro con devoción antes del accidente.

Levanto la vista para mirar su rostro. Un nudo de espinas se me cierra en la laringe, asfixiándome por milésima vez.

Tiene una brecha cosida con precisión quirúrgica que le atraviesa la ceja, un tubo de oxígeno que le raspa las fosas nasales, y la mitad de su torso esculpido está oculto bajo un vendaje de compresión blanco que envuelve sus costillas fracturadas y protege el pulmón que casi colapsa.

El morado de los hematomas ha empezado a mutar hacia un tono amarillento y verdoso, extendiéndose por su clavícula como un mapa del infierno por el que ha tenido que arrastrarse para sobrevivir.

Siento que me rompo un poco más con cada respiración superficial que su pecho eleva.

El silencio de la habitación, solo interrumpido por el silbido del oxígeno y el goteo constante del suero fisiológico, me aplasta el cráneo.

La soledad absoluta me acorrala, y la desesperación, cruda y salvaje, se apodera de mis cuerdas vocales.

Acerco mi rostro al suyo, invadiendo el espacio estéril, rozando con mis labios resecos el dorso de su mano inmóvil. Las lágrimas, calientes y espesas, desbordan el dique de mis ojos inyectados en sangre y caen directamente sobre su piel entintada.

—No te atrevas a volver a dejarme, capullo —le susurro, mi voz es un crujido roto, un ruego desgarrador que araña el silencio aséptico de la UCI—. No otra vez, Asher. Por lo que más quieras en este maldito mundo, no me sueltes otra vez.

Aprieto su mano entre las mías, llevándomela contra el pecho, justo sobre el lugar donde mi propio corazón martillea con una violencia desesperada, como si intentara bombear su ritmo directamente hacia el suyo.

—Te quiero —la confesión sale de mis labios de forma natural, sin filtros, sin armaduras, despojada de todo el odio y el resentimiento que usé como escudo durante una década—.

Desde los quince años te quiero. Eras mi dios, mi ruina y mi salvación todo en uno.

Y no sé si alguna vez, ni por un solo maldito segundo de estos diez años, dejé de quererte de esta forma tan enferma y absoluta.

Así que no te vayas... No me dejes en este mundo sabiendo que no respiras el mismo aire que yo.

Si te vas ahora, después de haberme prometido una vida entera, te juro que te perseguiré hasta el mismísimo infierno para arrastrarte de vuelta.

No puedes hacerme esto. Despierta, por favor. .. Despierta de una maldita vez.

Suelto un sollozo ahogado, enterrando mi rostro en el hueco de su codo, rindiéndome al peso aplastante del terror. El llanto me sacude los hombros, un espasmo incontrolable que me vacía por dentro. Me he pasado cuatro días rogándole a un vacío que no me responde, hablándole a un cuerpo inerte.

De repente, un roce milimétrico.

Un espasmo diminuto contra la piel de mi mejilla.

Me quedo completamente paralizada. Congelada en el tiempo.

El aire se atasca en mi tráquea de forma dolorosa.

Levanto la cabeza tan despacio que los huesos del cuello me crujen, temiendo que mi cerebro exhausto, privado de sueño y ahogado en el dolor, esté empezando a jugarme pasadas sádicas y a fabricar alucinaciones crueles.

Pero no es una alucinación.

El dedo índice de Asher, ese que descansaba flácido entre mis palmas, se flexiona con una lentitud agónica, rozando mis nudillos.

Luego el dedo medio. Su mano, pesada y magullada, hace un esfuerzo titánico y sobrehumano para cerrarse débilmente alrededor de la mía, devolviéndome el agarre con una presión tan leve que apenas la siento, pero que para mí tiene la fuerza devastadora de un terremoto.

El monitor de sus constantes vitales a mis espaldas altera su compás. El ritmo del bip, bip, bip se acelera de forma abrupta, volviéndose más errático, más vivo.

—¡Ayuda! —grito, poniéndome de pie de un salto, tirando la silla de plástico hacia atrás con un estruendo que resuena en todo el pasillo—. ¡Por favor, que venga alguien ahora mismo! ¡Ha despertado! ¡Quitadle eso, se está ahogando, joder, quitádselo ya!

Abro la puerta de la UCI de un manotazo, gritando hacia el mostrador de enfermería con el rostro desencajado y empapado en lágrimas.

En menos de cinco segundos, una horda de batas verdes e instructivos médicos irrumpe en la habitación, apartándome bruscamente de la camilla.

El cirujano de guardia evalúa sus reflejos pupilares mientras una enfermera prepara las jeringas para desinflar el balón del tubo endotraqueal.

—Tranquilo, señor Black, no luche contra el respirador, intente relajarse —ordena el médico con voz firme mientras aspira las secreciones que obstruyen la vía—. Está en el hospital. Vamos a proceder a la extubación. Señorita, atrás, déjenos espacio.

Me pego contra la pared, mordiéndome los puños para no interferir, viendo cómo Asher clava sus ojos en los míos en medio de la agonía física.

Está sudando, con las venas del cuello tensas como cables de acero, sus manos aferrándose a las barandillas metálicas con una fuerza brutal que casi dobla el acero.

La enfermera conecta una jeringa a la válvula del tubo, extrayendo el aire que lo anclaba a su tráquea.

—A la de tres, tosa con fuerza. Una, dos, tres... ¡Ya! —grita el cirujano, tirando del tubo de plástico transparente con un movimiento rápido e implacable.

El sonido que escapa de la garganta de Asher es un desgarro animal.

Saca el tubo de golpe en medio de una tos seca, violenta y cavernosa que le sacude todo el torso vendado, haciéndolo jadear mientras escupe saliva y restos de sangre estancada en una palangana que la enfermera sostiene con presteza.

Se desploma contra las almohadas, con el pecho subiendo y bajando de forma errática, boqueando como un pez fuera del agua, mientras sus pulmones vuelven a aprender a expandirse por sí mismos con el aire puro de la habitación.

El médico le coloca una máscara de oxígeno simple sobre la nariz y la boca, revisa los monitores cuyos pitidos empiezan a estabilizarse lentamente y, tras comprobar que sus niveles de saturación son correctos, se gira hacia mí con una mirada de advertencia.

—Su garganta está en carne viva y sus cuerdas vocales están muy inflamadas. No debe forzar la voz. Le daremos unos minutos antes de trasladarlo a planta. Déjenlo descansar.

El equipo médico recoge el instrumental y sale de la habitación, cerrando la pesada puerta a sus espaldas y devolviéndonos a la penumbra silenciosa de nuestra pequeña e insalubre burbuja.

Me acerco a la cama con pasos temblorosos, sintiendo que el corazón me va a estallar en el pecho.

Me siento de nuevo en el borde del colchón.

Asher mantiene los ojos entornados, fijos en mi figura, respirando con dificultad bajo la máscara de plástico que se empaña con cada una de sus exhalaciones.

Lentamente, levanta su mano izquierda y se la retira de la cara, dejándola caer sobre las sábanas con un suspiro áspero que le deforma las facciones por el dolor de las costillas rotas.

Sus labios, agrietados, hinchados y con pequeñas costras de sangre seca en las comisuras, se mueven con una agonía que me parte el alma. Sus cuerdas vocales vibran, emitiendo un sonido que es un rasguño oscuro, un murmullo ronco que apenas tiene fuerza pero que destila una posesividad letal.

—El único final... —empieza, y su voz raspa como papel de lija frotando cristal roto, tan débil que tengo que inclinarme sobre su pecho para poder captar cada sílaba—. El único final que elijo a conciencia, enana... es el que termina en tus brazos, Emily.

El impacto de sus palabras, pronunciadas con el eco de la muerte todavía fresco en su mirada, me golpea en el centro del esternón.