Chapter 43
El olor a antiséptico siempre me ha revuelto el estómago.
Me transporta de inmediato a la bata de mi madre, a la ausencia de mi padre, a todo lo que está roto en mi vida.
Si estoy esta maldita mañana en el UCLA Santa Monica Medical Center es solo por inercia; una cita para mis análisis anuales que no la podía cancelar.
Voy arrastrando los pies sobre el linóleo brillante tras una noche en la que no he pegado ojo, consumida por el fantasma de los labios de Asher.
Me dispongo a salir de la zona de extracciones, ajustándome el abrigo sobre los hombros caídos y caminando con la mirada vacía hacia el pasillo que conecta con Urgencias, cuando el mismísimo infierno se desata de golpe frente a mis ojos.
Las puertas automáticas se abren de golpe, golpeando las paredes con un estruendo metálico. Una horda de médicos y paramédicos entra corriendo, empujando una camilla que deja un reguero de gotas rojas sobre el suelo inmaculado.
—¡Traumatismo severo por accidente de moto a alta velocidad! —grita uno de los sanitarios, con el uniforme manchado de sangre y el rostro bañado en sudor—. ¡Presión arterial cayendo en picado, no hay pulso radial, lo perdemos, joder, lo estamos perdiendo!
Me aparto por instinto contra la pared de baldosas frías, encogiéndome para no estorbar, pero entonces mi mirada se cruza con la camilla que pasa volando por mi lado.
El mundo entero pierde la gravedad y se detiene. El zumbido frenético del hospital, los gritos de las enfermeras, el chirrido de las ruedas de goma... todo se apaga de golpe, sustituido por un pitido sordo y agudo en mis propios oídos.
Una chaqueta de cuero negro desgarrada. Una mano que cuelga inerte por el borde de la barandilla de metal, balanceándose al ritmo frenético de la carrera, rozando casi el suelo.
Reconocería esa mano en la más absoluta oscuridad.
Reconozco la tinta negra de sus tatuajes, la forma de sus largos dedos, sus nudillos magullados.
Asher.
El impacto de la realidad me golpea en el pecho con la fuerza de un tren de mercancías descarrilando a toda velocidad. Mis pulmones se vacían de golpe.
—¡No, no, no...! —El susurro rasga mi garganta. Mis rodillas rodillas, de repente convertidas en gelatina, amenazan con ceder y tirarme al suelo.
Empiezo a correr detrás de ellos con pasos torpes, ciegos y desesperados, abriéndome paso a empujones, ignorando por completo las miradas de reproche de los enfermeros y los gritos de seguridad.
Llego a las puertas batientes de la sala de reanimación y me pego al cristal.
Lo veo un segundo. Solo un maldito segundo a través de la ventana translúcida iluminada por la luz quirúrgica y cegadora.
Su rostro, siempre arrogante, siempre fiero y calculador, está mortalmente pálido y cubierto de cortes profundos y de sangre. Está inerte. Desconectado. El monstruo invencible que me robó el alma a los quince años parece ahora un muñeco roto a punto de desaparecer.
Y de pronto, mientras el pitido agudo del monitor cardíaco llega hasta mis oídos desde el otro lado de la puerta, lo entiendo todo.
La verdad más absoluta y aterradora me atraviesa como un rayo: si ese monitor se apaga, si esa línea verde en la pantalla se vuelve plana y se lleva su último latido.
.. yo también me muero. El castillo de hielo impenetrable, los muros inmensos de resentimiento y dignidad que he construido durante diez años.
.. todo se desintegra, convirtiéndose en polvo.
—¡Necesitamos sangre, ya! —grita un cirujano desde dentro de la sala, con las manos enguantadas presionando frenéticamente el pecho de Asher—. ¡El banco de su grupo está bajo mínimos, tiene una hemorragia interna masiva en el bazo y el pulmón colapsado, no va a aguantar el translado a quirófano!
No lo pienso. El cerebro se apaga por completo, y mi corazón, ese músculo estúpido, masoquista y leal que siempre le ha pertenecido, toma el control absoluto.
Abro la pesada puerta de la sala de un empujón.
—¡Yo! —mi voz suena rota, desesperada—. ¡Coged mi sangre! ¡Sacadme la que haga falta, pero salvarlo!
Una enfermera se interpone en mi camino, sujetándome por los hombros con fuerza mientras yo intento avanzar hacia la camilla.
—Señorita, tiene que salir de aquí ahora mismo, esto es una zona restringida. No sabemos si son compatibles, no funciona así, el protocolo...
—¡Pues hacedme la maldita prueba! —le grito a la cara, forcejeando con ella, con el rostro empapado en lágrimas que ni siquiera sabía que estaba derramando, agarrándola de las solapas de la bata con una desesperación homicida—.
¡Haced la maldita prueba rápida ahora mismo!
¡Por lo que más quieras, no dejéis que se muera, no dejéis que se vaya!
La desesperación cruda en mis ojos debe ser tan evidente que el médico jefe me mira un segundo y asiente desde el otro lado de la sala.
Dos celadores me arrastran casi en volandas a una pequeña sala acristalada contigua.
Me tiran en una silla de extracción y una aguja fría perfora la piel de mi brazo casi sin miramientos para extraer un vial a contrarreloj.
—Cinco minutos para el tipaje rápido, no te muevas —dice el técnico, saliendo disparado con el tubo de sangre hacia las máquinas de urgencias.
Esos cinco minutos son el verdadero y más absoluto infierno.
Me quedo sentada en esa silla dura, temblando incontrolablemente de pies a cabeza, viendo a través del cristal cómo los médicos luchan con desfibriladores y tubos de intubación para mantenerlo atado a este mundo.
Y, por primera vez en mi vida, rezo. Yo, que nunca he creído en nada, que he sido pragmática y cínica hasta el hueso, le ruego a cualquier maldito dios que me escuche en este hospital frío que mi sangre sea compatible. Que me deje salvarlo.
Viéndolo sangrar, entiendo que no quiero curarme de Asher Black. Le doy la oportunidad. Se la doy desde lo más profundo de mi ser. Si sobrevive, si vuelve a abrir esos ojos avellana, dejaré que me consuma, dejaré que me arrastre al fondo del infierno si hace falta, pero me iré con él.
—¡Es compatible! —El grito del técnico resonando en el pasillo rompe mi agonía, devolviéndome el aire de golpe—. ¡Cero negativo, es donante universal, igual que el paciente!
Suelto un sollozo ahogado que me desgarra la garganta.
La enfermera no pierde un segundo. Me coloca el torniquete de goma apretando mi bíceps sin piedad, me desinfecta el pliegue del brazo, y el pinchazo de la aguja gruesa entrando en mi vena apenas es un rasguño comparado con el dolor abismal que me taladra el esternón.
Me quedo mirando fijamente cómo el tubo de plástico transparente se llena instantáneamente de mi sangre, roja y oscura. Caliente. Vida. Observo cómo fluye hacia la bolsa que, enseguida, conectan a la vía de Asher.
Mi sangre entrando en él. Mi vida mezclándose con la suya.
Cierro los ojos y me rindo. Ya no hay lucha. Ya no hay resentimiento, ni orgullo, ni barreras.
—No me dejes... —le susurro al cristal que nos separa, mientras mi sangre sigue fluyendo de mi cuerpo al suyo, vaciándome para llenarlo a él—. Quédate conmigo, Asher. Quédate.
Las puertas del quirófano principal se abren de golpe y se lo llevan a toda prisa para operarle de urgencia, dejándome sola en la sala. Con una tirita en el brazo, el alma destrozada en mil pedazos y rodeada de un silencio aterrador que no promete absolutamente nada.