Chapter 42
E l silencio de mi ático es una puta tumba.
Un silencio que contrasta con el caos ensordecedor que ella acaba de dejar en mi cabeza tras salir por la puerta de ese despacho.
Camino hacia la barra del bar, arrastrando los pies sobre la madera pulida, sintiendo todavía el fantasma de su calor entre mis manos, el sabor salado de sus lágrimas en mi lengua y la humedad de su coño grabado a fuego en mi piel.
Me sirvo un vaso de whisky hasta el borde, pero el líquido ambarino, que normalmente es mi anestesia, hoy me sabe a agua sucia; es incapaz de borrar la mirada de desconfianza absoluta con la que Emily me observó antes de marcharse.
« Tengo que pensarlo, Asher ».
Su desconfianza es un muro de hormigón armado que yo mismo construí hace diez años, bloque a bloque, con mis propias manos.
Y ahora no sé cómo derribarlo. Manejo un imperio de miles de millones de dólares.
Puedo comprar y destruir empresas con una sola llamada.
Puedo tener a quien quiera y como quiera.
Pero a la única mujer que me importa no puedo convencerla de que no voy a volver a romperla.
Siento que voy a estallar. La presión en mi pecho es insoportable, una bestia enjaulada que araña mis costillas exigiendo salir.
Necesito ruido. Necesito velocidad. Necesito que la adrenalina me queme la sangre hasta que mi cerebro deje de proyectar el verde roto de sus ojos.
Arrojo el vaso de cristal intacto sobre el mármol, cojo mi chaqueta de cuero negro y bajo al garaje subterráneo. Diez minutos después, el rugido gutural y ensordecedor de mi Yamaha negra rompe la noche de Los Ángeles, devorando el asfalto en dirección a las afueras, huyendo de mis propios demonios.
Shadow Hills me recibe con su habitual atmósfera cargada, un inframundo iluminado por faros halógenos y luces de neón que cortan la niebla espesa de la madrugada.
El aire está saturado con un olor embriagador y sucio a goma quemada, asfalto caliente, gasolina de alto octanaje y cerveza barata.
El estruendo de los motores revolucionados al límite hace vibrar el suelo bajo mis botas, pero mi sangre sigue hirviendo a una temperatura muy superior a la de cualquier jodido tubo de escape.
Apago el motor de la moto, dejando que el silencio relativo me envuelva por un segundo, cuando una sombra conocida, arrogante y despreciable se recorta contra los faros de un coche cercano.
Ahí está Scott.
Su sonrisa torcida y llena de suficiencia es exactamente la misma que le borré la última vez que nos cruzamos en Nueva York, pero sus ojos oscuros brillan hoy con la anticipación de un perro de pelea que por fin ve entrar a su presa al foso.
Se acerca a mí con ese caminar chulesco, cruzándose de brazos mientras evalúa mi Yamaha con evidente envidia.
—Te estaba esperando, Black —escupe Scott, elevando la voz por encima del estruendo de los motores, con un tono cargado de resentimiento podrido—. Llevo meses esperándote. Y tú no te has dignado en venir. Te crees demasiado bueno para este circuito ahora, ¿verdad?
Me bajo de la moto con una lentitud letal, ajustándome los guantes de cuero negro sobre los nudillos tensos, mirándolo con un desdén tan profundo que podría congelar el puto infierno, sintiendo cómo la furia que Emily me dejó en las venas empieza a canalizarse hacia el infeliz que tengo delante.
—A diferencia de ti, Scott, yo tengo una vida que no consta solo de dar vueltas en un puto círculo para mendigar el respeto de unos críos —le respondo, mi voz es un latigazo ronco y oscuro que corta el aire viciado de la montaña.
Scott aprieta la mandíbula, pero la sonrisa burlona no abandona sus labios. Da un paso desafiante, invadiendo mi espacio personal.
—Me enteré que estabas aquí, en Los Ángeles —ladra—. Sabía que la oscuridad siempre te llama de vuelta, Asher. No puedes huir de lo que eres por mucho traje a medida que te pongas.
Suelto una risa seca, carente de cualquier atisbo de humor o compasión, y doy un paso hacia él, obligándolo a levantar la barbilla para no dejarse intimidar por mi altura.
—Pues tenías que haberte quedado escondido en tu puto agujero, Scott —le advierto, con los ojos entrecerrados y la voz destilando un veneno que no admite réplica—.
Ahora podrías ganar todas las carreras y sentirte el rey de la miseria.
¿No querrás que te humille también por aquí, verdad?
Porque hoy no tengo compasión para repartir.
El odio le deforma las facciones por un instante antes de volver a colocarse su máscara de arrogancia kamikaze. Se da la vuelta hacia su propia moto, pero antes de alejarse del todo, me lanza una última mirada cargada de una promesa macabra.
—Buena suerte, Black. La vas a necesitar.
El zumbido estático de los altavoces oxidados interrumpe cualquier réplica, seguido de una voz metálica y distorsionada que reverbera por todo el valle de Shadow Hills, acallando los murmullos de la multitud sedienta de adrenalina.
—¡Bienvenidos a la carrera mensual de Shadow Hills! ¡Buena suerte a todos y que gane el más hijo de puta!
Me coloco el casco oscuro, encerrándome en mi propia burbuja de aislamiento, y avanzo con la Yamaha hasta la línea de salida, donde el olor a embrague quemado y la tensión previa a la muerte se pueden cortar con un cuchillo.
Delante de nosotros, en el centro exacto de la carretera agrietada, se planta una mujer rubia, despampanante pero envuelta en una vulnerabilidad patética.
Va vestida apenas con un bikini minúsculo que la deja temblando violentamente de frío bajo la brisa helada de la madrugada.
Lleva un pañuelo rojo de seda en la mano levantada, su cuerpo estremeciéndose con espasmos incontrolables mientras nos mira a los ojos, alimentándose de la violencia contenida de las bestias metálicas que esperan ser liberadas.
La voz en el megáfono comienza el ritual, y cada número es un golpe de martillo en mi pecho que me recuerda que Emily está lejos de mí.
— ¡Tres!
Acelero en vacío. El motor ruge, vibrando entre mis muslos, pero en mi cabeza solo resuena el jadeo de Emily cuando la penetré contra la pared del despacho.
— ¡Dos!
Fijo la vista en la primera curva, la más cerrada y mortal del acantilado, sintiendo cómo el corazón me bombea sangre espesa e hirviente, deseando que la velocidad me arranque los remordimientos de la piel.
— ¡Uno!
La mujer rubia baja la mano con un latigazo seco, dejando caer el pañuelo rojo sobre el asfalto iluminado.
Todas las motos empiezan a salir disparadas con un estruendo demoníaco, una estampida de metal, fuego y furia que desgarra el silencio de la montaña, levantando una nube de humo tóxico y polvo que nos ciega por fracciones de segundo.
El viento me golpea el torso como un muro sólido mientras meto marchas con una violencia despiadada, devorando los primeros metros, tragándome la carretera oscura con una sed de destrucción que me vuelve invencible.
Tomo la delantera en la primera recta, el mundo a mi alrededor desdibujándose en un borrón de luces rojas y sombras negras, pero el rugido ensordecedor de un motor modificado se pega a mi flanco derecho como una garrapata sedienta de sangre.
Scott.
La carrera deja de ser una competición y se convierte en una puta guerra de guerrillas a más de doscientos kilómetros por hora.
Scott apura la frenada en la primera horquilla, lanzando su moto contra la mía en una maniobra suicida.
El chirrido ensordecedor del metal raspando contra el metal me taladra los oídos cuando nuestros carenados chocan, saltando chispas anaranjadas que iluminan la oscuridad del acantilado por un segundo cegador.
—¡Jódete! —grito dentro del casco, sintiendo el golpe de adrenalina pura inundarme las venas, devolviéndole la embestida con un golpe de cadera y manillar que lo obliga a derrapar peligrosamente hacia el borde del barranco.
Pero el cabrón no se rinde. Está obsesionado, cegado por el ego y la rabia.
Durante los siguientes tres kilómetros, la carretera serpenteante de Shadow Hills es un infierno de roces constantes, de rodillas rozando el asfalto a velocidades letales, de codos que se golpean buscando desestabilizar al oponente en cada cambio de rasante.
El olor a pastillas de freno calcinadas y a muerte inminente inunda mis pulmones.
En cada recta le saco ventaja, pero en cada curva cerrada él recorta distancias, jugando sucio, cortándome la trazada y forzándome a invadir el carril de sentido contrario, rozando la pared de roca de la montaña.
Y entonces, en el tramo más oscuro, justo donde la carretera se estrecha antes del puente de hierro, el error de cálculo que he estado buscando toda la noche me encuentra a mí.
Voy a fondo, con el motor gritando en la línea roja, cuando Scott, en un acto de pura cobardía y desesperación homicida, frena a destiempo y lanza su rueda delantera directamente contra mi eje trasero en el preciso instante en que inclino la moto para tomar la curva.
El impacto es brutal. Seco. Definitivo.
La física se rompe. La tracción desaparece en un microsegundo de terror absoluto y mi moto derrapa violentamente, perdiendo el agarre. La parte trasera de la moto se eleva, escupiéndome del asiento como a un muñeco de trapo a una velocidad que desafía cualquier puta posibilidad de supervivencia.
El tiempo se ralentiza en una agonía hipnótica. Veo el cielo negro girar vertiginosamente. Siento el aire helado golpeándome, el mundo entero girando sobre su eje, antes de que el asfalto me reciba con una brutalidad demoledora.
El impacto inicial me destroza el hombro derecho con un crujido asqueroso y húmedo que reverbera dentro de mi cráneo.
Ruedo sin control por la carretera, la fricción despiadada desgarrando el cuero de mi chaqueta y abrasándome la piel hasta llegar a la carne viva, mientras el metal de mi moto se hace pedazos a decenas de metros de distancia en una lluvia de chispas y fuego.
Choco violentamente contra el guardarraíl de acero, el golpe deteniendo mi inercia en seco y sacándome todo el aire de los pulmones en un grito ahogado que se ahoga en mi propia sangre.
Siento un calor pegajoso extendiéndose por mi costado y empapando el cuero de mi chaqueta. Bajo la vista con esfuerzo. El asfalto negro bajo mi cuerpo se está tiñendo rápidamente de un rojo brillante.
Estoy perdiendo mucha sangre. Demasiada.
A lo lejos, escucho gritos difusos, el sonido de derrapes.
Alguien corre hacia mí, pero sus voces suenan como si estuvieran bajo el agua.
Cierro los ojos, incapaz de mantenerlos abiertos por el peso del agotamiento.
El dolor empieza a adormecerse, reemplazado por un frío intenso que se me cuela en los huesos.
En este momento, tirado en el arcén, sangrando sobre el puto asfalto, mi imperio de millones de dólares no sirve para nada. Mi arrogancia, mis empresas, mi poder... todo es basura. Lo único que aparece en mi mente, brillante y nítida en medio de la oscuridad que me está tragando, es ella.
Emily .
Sus ojos verdes, llorando de rabia y dolor esta misma mañana. Sus labios temblando cuando me confesó que no me había podido superar. Mi promesa resonando como un eco lejano: « Una vida, Emily. No una noche. Una puta vida ».
Una lágrima caliente se mezcla con la sangre de mi rostro.
Por primera vez en mi existencia, quería hacer las cosas bien.
Quería redimirme. Quería curar a la niña que rompí y amar a la mujer en la que se había convertido.
Le pedí una oportunidad para demostrarle que podía ser el hombre que ella merecía. Y ahora, no la voy a tener.
El frío me consume. Mis pulmones se rinden lentamente.
—Lo siento, enana... —susurro en el vacío del casco, mientras el negro absoluto devora la última imagen de su rostro—. Te juro que esta vez... te iba a amar bien.
Y entonces, todo se apaga.