Chapter 41 #2
—Porque hace diez años eras un puto reto —confiesa, y cada palabra me golpea como un látigo—.
Eras una niña virgen, moldeable, asustadiza, que nunca había tenido novio.
Y yo estaba tan jodido por dentro que ver algo tan limpio e intacto despertó lo peor de mí.
Me mirabas como si yo fuera el mismísimo Dios.
Yo no buscaba nada serio, Emily. Tenía diecinueve años, estaba lleno de mierda y solo quería jugar.
Nada me importaba. Quería ver hasta dónde eras capaz de llegar por mí. Eras un capricho fácil.
Se me escapa un sollozo ahogado. Escucharlo en voz alta, confirmar que mi primer amor, aquel que me destrozó la cordura, fue solo un experimento sádico para él, me extirpa el aire de los pulmones.
—Pero ahora... —continúa Asher. Sus manos aprietan mis hombros con una posesividad feroz, acercando su rostro al mío hasta que su frente casi roza la mía—.
Cuando entraste en esa sala de juntas en Nueva York, vi a una mujer de hielo.
Fuerte. Letal. Inalcanzable. Con un traje blindado y una mirada verde que me mandó directo al infierno.
Traga saliva, y su pecho sube y baja de forma errática.
—Sí —admite, su voz bajando a un murmullo oscuro y vibrante—.
Te mentiría si te dijera que no te tomé otra vez como un reto al principio.
No sabía quién eras bajo ese puto traje de chaqueta y esa mirada fría que me desafiaba sin pestañear.
Llevabas el anillo de otro maldito hombre en el dedo.
Quería romper tu hielo. Quería demostrarte que esa fachada de abogada perfecta no servía de nada conmigo.
Sus pulgares se hunden en mis clavículas a través de la tela.
—Pero ir tras de ti, día tras día... —gruñe, y el tormento en sus facciones es innegable—.
Verte luchar, verte odiarme, sabotearme, desafiarme y luego temblar cuando te rozaba.
.. me destrozó la puta cabeza. Me obsesionaste.
Me tienes enfermo, Emily. Es un puto veneno que no puedo parar y más ahora que sé lo que es estar dentro ti.
Niego con la cabeza. Las lágrimas resbalan por mis mejillas ardiendo, arruinando la capa de maquillaje perfecto que me había aplicado hace un par de horas. No puedo dejarme arrastrar por su locura. No puedo volver a caer en esa trampa de creer que su intensidad es sinónimo de amor.
—Las obsesiones desaparecen, Asher —le rebato, con la voz temblorosa pero cargada de una lógica desesperada. Intento empujar su pecho firme, pero él ni se inmuta—. Se consumen. Arden rápido y luego se apagan cuando consigues lo que quieres, Asher. No es algo real lo que sientes.
Asher suelta una risa baja, oscura, casi cruel. Su frente sigue pegada a la mía, su aliento caliente chocando contra mis labios.
—¿Que no es real? —repite, y su mano en mi nuca se cierra con más fuerza, obligándome a mantener el contacto visual—. ¿Quieres que te demuestre lo real que es esto, enana?
—No finjas que te importo, Asher —escupo, sintiendo cómo las lágrimas de pura rabia se acumulan en mis ojos—.
El peor error que he cometido ha sido hacerme creer que alguien tan falto de sentimientos como tú podría llegar a quererme alguna vez.
Míranos. Todo se desmorona, tarde o temprano.
Joder. Las personas, los juramentos, incluso los sentimientos que parecen imposibles de matar.
Nada es para siempre. Todo se pudre al final.
—¡Que no lo entiendes, joder! —ruge, con los ojos oscurecidos por una furia desesperada—. Te has colado en mi sangre como una maldición, como un veneno que no mata sino que me hace adicto a ti. Te llevo en cada pensamiento, en cada respiración.
Antes de que pueda responder, su boca se estrella contra la mía.
No es un beso. Es un asalto. Sus dientes muerden mi labio inferior con saña, su lengua invade mi boca sin pedir permiso, devorándome con esa hambre brutal que ya conozco demasiado bien. Intento girar la cara, pero su otra mano me agarra la mandíbula, inmovilizándome.
—Asher… —jadeo contra sus labios, pero el sonido se pierde cuando me levanta de golpe por las caderas y me sienta con violencia sobre el borde de la mesa de roble.
—No soy el tipo de hombre que se enamora, joder —sisea contra mi comisura— pero tú has hecho que mi corazón desafíe lo que creía que era. Y no sé si esto es una locura o coraje, pero no me da miedo perderme por tí.
—Te odio —susurro, aunque mi voz tiembla.
Asher sonríe. Es una sonrisa letal. Sus dedos suben hasta mi nuca, obligándome a levantar el rostro.
—Dime que me odias, pero hazlo debajo de mis manos. La verdad sabe mucho mejor cuando se dice con gusto. —Su pulgar acaricia mi labio inferior con dureza—. Eres hermosa cuando mientes, pero tu boca solo aprenderá a decir la verdad entre mis dientes.
Los papeles y carpetas caen al suelo con un ruido sordo. Mis tacones se balancean en el aire un segundo antes de que él se meta entre mis piernas, abriéndomelas sin miramientos. La falda del traje se me sube hasta la cintura con un tirón seco.
—Aquí no… —susurro, aterrorizada y excitada al mismo tiempo—. Estamos en el bufete, alguien podría…
—Que se jodan —gruñe él contra mi cuello, mordiendo justo sobre el chupetón que todavía palpita—. Que escuchen. Que se enteren de una puta vez de a quién perteneces.
Sus manos grandes bajan por mis muslos, clavando los dedos en la carne blanda, dejando más marcas sobre las que ya tengo de anoche. Me abre más las piernas y presiona su erección —ya dura y pesada— contra mi centro, frotándose contra la tela fina de mis bragas con movimientos lentos y deliberados.
El gemido se me escapa antes de que pueda tragármelo. Mi cuerpo responde al instante. Estoy mojada. Otra vez. A pesar de todo el dolor, a pesar de que sé que esto es una mala idea.
Asher lo nota. Sonríe contra mi piel, una sonrisa afilada y victoriosa.
—Mírate… ya estás empapada para mí, suplicando por mí. —Su voz es ronca, cargada de satisfacción oscura—. Anoche te follé como un animal y todavía quieres más. Dilo, Emily. Dime que me necesitas dentro.
—No… —intento mentir, pero mi cadera se mueve sola contra él, buscando fricción.
—Mentirosa.
—¡Estás loco! —siseo, cerrando los ojos, clavando las uñas en sus hombros, incapaz de empujarlo.
—Por ti. Jodidamente loco por ti —me responde, y estrella su boca contra la mía.
Es un beso castigador, lleno de furia y posesión pura. Su lengua asalta mi boca con la misma fuerza devastadora, sabiendo exactamente cómo doblegarme. Sabe a menta, a tabaco y a una necesidad absoluta.
Con un movimiento brusco me baja de la mesa, me gira y me empuja contra la pared más cercana.
Mi mejilla choca contra la madera fría. Asher pega su pecho a mi espalda, inmovilizándome por completo.
Siento su polla dura presionando contra mi culo mientras una de sus manos se cuela por debajo de mi falda, apartando las bragas a un lado sin delicadeza.
Dos dedos gruesos me penetran de golpe. Grito, ahogando el sonido contra la pared. Él los mueve con rudeza, curvándolos justo donde sabe que me desarma.
—Esto es mío —gruñe en mi oído, mordiéndome el lóbulo—. Este coño tan apretado y codicioso es mío. Siempre lo ha sido. Anoche no fue suficiente, Emily. Hoy no será suficiente. Y dentro de diez años tampoco. Se te ha acabado el tiempo de correr.
Retira los dedos de golpe y escucho el sonido metálico de su cinturón y la cremallera bajando. No hay preámbulos. Ni siquiera me da tiempo a protestar.
Me penetra de un solo empujón brutal, hundiéndose hasta el fondo. El piercing de su polla me estira y roza cada terminación nerviosa de una forma salvaje. Las uñas clavándose en la madera de la pared.
—Joder… —sisea Asher contra mi nuca, mordiéndome el hombro a través de la blusa—. Tan jodidamente estrecha… Tan jodidamente mía.
Empieza a follarme con fuerza, sin piedad.
Cada embestida me aplasta contra la pared.
El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando llena el despacho vacío, junto con mis gemidos entrecortados y sus gruñidos roncos.
Una de sus manos me agarra del pelo, tirando de mi moño para arquearme hacia atrás, mientras la otra se clava en mi cadera, controlando el ritmo.
—Dime que eres mía —exige, acelerando las estocadas. Cada barra de metal me frota por dentro, llevándome al límite demasiado rápido.
—No… —sollozo de placer y agonía, mi centro contrayéndose espasmódicamente alrededor de él.
Asher ríe oscuramente y hunde los dientes en la carne sensible de mi cuello.
—Dilo —repite, y una de sus manos baja hasta mi clítoris, frotándolo con movimientos rápidos y precisos.
El orgasmo me golpea de repente, violento y demoledor. Grito su nombre sin poder contenerme, las piernas temblando mientras me corro alrededor de su polla.
—Serás mía —sentencia —. Porque siempre consigo lo que quiero tarde o temprano. Y tú ya no eres un capricho para mí. Eres lo que quiero.
Asher ignora mis temblores. Sigue follándome a través de mi clímax, más duro, más profundo. Dos, tres embestidas más y se entierra hasta el fondo con un gruñido gutural, corriéndose dentro de mí con fuerza, llenándome de calor hirviente.
Nos quedamos así unos segundos, pegados a la pared, respirando agitados. El aire de la habitación pesa toneladas. Su pecho agitado sube y baja contra mi espalda sudada. El semen caliente comienza a deslizarse por la cara interna de mi muslo.
Asher apoya la frente contra mi nuca. Todavía enterrado profundamente dentro de mí, susurra contra mi piel erizada:
—Una vida, Emily. No una noche. No cuatro. Una puta vida.
La mantengo inmovilizada contra la pared, sintiendo cómo su cuerpo todavía tiembla por el orgasmo y cómo mi propio pulso se estabiliza después de haberme vaciado en ella.
Lentamente, me retiro de ella. El aire frío de la sala golpea nuestros cuerpos cubiertos de sudor.
Me subo la cremallera y abrocho mi cinturón con manos que, por primera vez en mi puta vida, tiemblan levemente.
La miro. Está temblando, con la falda subida, el pelo deshecho y la respiración rota. Verla así, completamente desarmada por mí, me aprieta las tripas.
Toda mi vida he pisoteado a cualquiera que cometiera el error de sentir algo por mí. Muros de hielo y arrogancia para no apegarme. Para no caer. Pero ella, con todo el dolor en su mirada, me ha hecho desear lo imposible: amarla.
Es una confesión que me quema la garganta, pero es la puta verdad. He pasado años huyendo de esto, y ahora estoy dispuesto a arrodillarme si hace falta.
La giro para que me mire. Sus ojos verdes están brillantes por las lágrimas, furiosos y vulnerables al mismo tiempo.
—Escúchame bien, Emily —le digo, agarrando su rostro con ambas manos, obligándola a ver la verdad en mis ojos—. Arrancaría mi corazón maldito de mi pecho solo para tirártelo a los pies, para que sientas tú también lo fuerte que late por ti.
Emily traga saliva, pero no retrocede. Alza la barbilla. Su vulnerabilidad retrocede por un instante, dando paso a una fiereza vengativa. Me mira con la altivez de una reina destronada.
—No quiero que solo me ames —susurra ella, y su voz es una caricia letal—. Quiero que te duela cuando respires sin mí.
La fiereza de sus palabras me enciende la sangre. No puedo evitarlo. Vuelvo a estrellar mi boca contra la suya. La beso con desesperación, bebiéndome su dolor, su odio y su deseo, queriendo demostrarle que ya me duele, que respiro astillas cuando ella no está.
Ella me devuelve el beso por un segundo antes de apartarme apoyando las manos en mi torso, respirando con dificultad. Sus ojos me buscan, cargados de una angustia que me asfixia.
—¿Cómo te digo que te echo de menos de una forma que te rompa por dentro, igual que tú me rompiste a mí? —solloza, y una lágrima solitaria se escapa de sus pestañas, resbalando por su mejilla.
Siento una punzada de culpa real, algo nuevo para mí. Acaricio sus mejillas pálidas con los pulgares, enmarcando su rostro con devoción.
—Si me das una puta oportunidad ahora, te juro que voy a luchar toda una vida, que voy a conquistarte hasta que me entregues de nuevo tu corazón, Emily —le prometo, bajando la voz hasta que es un gruñido ronco—.
Lo que siento por ti... puedes llamarlo amor, obsesión o dependencia.
Es todo eso y mucho más. Joder. ¿Sabes lo que significa eso?
Significa que no puedo vivir sin ti. Que esta vez voy en puto serio, enana.
Emily se separa un poco, mirándome con esa desconfianza que yo mismo me encargué de sembrar hace años. Intenta recuperar su compostura, pero su labio inferior todavía tiembla.
—No sé cómo confiar en ti, Asher —admite, y el vacío en su voz me desgarra—. Me has dado demasiados motivos para no hacerlo.
Suelto una media sonrisa cargada de arrepentimiento y de una verdad amarga, acariciando la suave curva de su mandíbula.
—Me habría encantado haberme enamorado de ti hace años —admito, con sinceridad—. No habría tenido que currármelo tanto para conquistarte ahora.
Ella me mira durante un largo minuto, evaluando cada centímetro de mi rostro, buscando la mentira que siempre solía encontrar. Finalmente, suspira y se arregla la falda con manos temblorosas.
—Solo tengo que pensármelo mejor, Asher —dice, caminando hacia la puerta con una dignidad que me deja sin aliento—. Pero no esperes que te lo ponga fácil.
La veo salir del despacho vacío, cerrando la puerta tras de ella. Me quedo solo, respirando el aroma que ha dejado, sabiendo que no se será fácil, pero que, por primera vez, estoy luchando por algo que vale la pena conservar.