No me quites la inocencia Chapter 41
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Chapter 41

manera en que me poseyó, no solo físicamente, sino reclamando cada centímetro de mis miedos y mis traumas.

Apoyo la frente contra la pared mojada y dejo que el agua me empape el alma. Y ahí, bajo esa lluvia artificial de mi ducha, el nudo de mi garganta se deshace para dejar salir mi mayor verdad, mi pecado más oscuro: no me arrepiento.

Me odio por haberle hecho daño a Nathan. Me desprecio por la forma en que he llevado las cosas. Pero, a pesar del dolor, a pesar del miedo y de la certeza de que estoy saltando a un abismo sin fondo... no me arrepiento de haberme acostado con Asher.

Esa noche en su cama, jadeando su nombre, sintiéndolo adueñarse de cada terminación nerviosa de mi cuerpo, estuve viva.

Completamente y dolorosamente viva. Por primera vez en diez años, dejé de fingir ser la mujer perfecta e intacta que Nathan necesitaba, y fui yo misma.

Una mujer rota, oscura, hambrienta de su propia ruina.

Salgo de la ducha con una resolución enfermiza instalándose en mi pecho. Seco mi cuerpo con una toalla, frotando las marcas de mi piel.

Frente al espejo desempañado, aplico una capa gruesa de corrector sobre el hematoma oscuro de mi clavícula hasta que se difumina lo suficiente para parecer una sombra.

Elijo una blusa de seda blanca abotonada hasta el cuello, una falda de tubo azul marino y unos tacones de aguja.

Me recojo el cabello húmedo en un moño impecable, tenso, que me tira del cuero cabelludo.

El caparazón vuelve a estar en su sitio.

El trayecto en mi coche hacia Century City es un ensayo de control mental.

El tráfico de Los Ángeles avanza lento, y el sonido de la radio se pierde en el fondo de mis pensamientos.

Nathan ya no está en mi vida. Se ha ido.

Nuestro final oficial ha sido tan asépticamente doloroso que parece un trámite legal.

Entro al majestuoso edificio de cristal de Sterling & Brooks. El aroma a ozono del aire acondicionado, a café caro y a papel impreso inunda mis pulmones. Es mi territorio seguro. O lo era, antes de que el diablo de ojos verde avellana decidiera irrumpir en él.

Camino por el pasillo principal hacia mi despacho, mi maletín colgando de una mano, los tacones de aguja repicando sobre el suelo de mármol con un ritmo autoritario. Saludo con un asentimiento mecánico a mi asistente y me dirijo hacia la puerta de cristal de mi oficina.

Apenas tengo tiempo de alcanzar el pomo.

Una mano enorme, implacable, con los dedos adornados con anillos de plata, se cierra sobre mi muñeca como una garra de acero. El contacto físico me envía una descarga eléctrica directa a la base de la columna, justo donde todavía palpitan los ecos de anoche.

El olor a cedro y menta nubla mis sentidos de golpe.

Me giro con el aliento cortado. Asher está de pie detrás de mí.

Su traje negro está hecho a medida, proyectando la imagen del perfecto CEO multimillonario, pero la fiereza salvaje en sus ojos avellana, oscurecidos por una rabia posesiva, no tiene nada de corporativa.

Me mira como un león hambriento al que le acaban de robar la presa de la boca.

Cuando me ve, no me saluda. No dice "buenos días".

Tira de mi muñeca de un tirón seco y violento que me desequilibra.

Me arrastra por el pasillo, ignorando la mirada atónita de mi asistente, hasta un despacho vacío cercano, el que usamos para archivar documentos en revisión.

Entramos como un torbellino. Asher cierra la pesada puerta de roble a nuestras espaldas y gira la cerradura con un chasquido que reverbera en las paredes forradas de madera.

Me acorrala contra el borde de la inmensa mesa de reuniones, plantando sus manos a ambos lados de mis caderas, encerrándome con su cuerpo inmenso. El calor que irradia me sofoca.

—¡Te has ido! —gruñe. Su voz no es un grito, es un siseo bajo, letal y cargado de una furia que hace vibrar el cristal de la ventana—.

Despierto y mi cama está vacía. Jodidamente vacía, Emily.

¿Crees que puedes jugar conmigo sin tener que asumir las consecuencias?

—continúa —. Si es así, estas muy equivocada, Emily.

No puedes meterte bajo mi piel para luego fingir que no ha pasado nada.

No puedes follar conmigo y esperar que no vaya a desearlo de nuevo.

El miedo instintivo intenta apoderarse de mí, pero la coraza de frialdad que me he puesto esta mañana resiste el embate. Alzo la barbilla, desafiando el oro líquido de sus pupilas dilatadas, ocultando el dolor físico que siento al moverme bajo su sombra.

—¿Qué esperabas? —le replico, con un tono gélido, cargado de un desprecio que va dirigido tanto a él como a mí misma—.

¿Despertarnos abrazados? ¿Tomar el café en la cama viendo las noticias?

Te lo dije muy claro anoche, Asher. Solo quería una noche.

Quería arrancarme la puta espina que me clavaste hace diez años.

El músculo de su mandíbula salta con violencia. La arrogancia que suele vestir su rostro desaparece, dando paso a una intensidad oscura e inquebrantable. Se inclina más hacia mí, hasta que nuestras narices casi se rozan, invadiendo el oxígeno que respiro.

—No quiero solo una noche contigo —sentencia, y cada palabra es un martillazo directo contra mis defensas—.

No después de haberte tenido gimiendo mi nombre, joder.

No después de haber sentido cómo te corrías apretándome por dentro.

No me jodas, Emily. Esa noche no te sirvió para sacarte ninguna puta espina. .. sirvió para hundirla más hondo.

Suelto una risa seca, áspera, que carece de cualquier rastro de humor.

—¿No? —lo desafío, arqueando una ceja, agarrándome a mi dolor como si fuera un escudo—. ¿Cuántas quieres entonces? ¿Tres? ¿Cuatro? ¿Como hace diez años? O tal vez esta vez menos. Ya te has quitado las ganas. Ya has comprobado que todavía me mojo por ti. Misión cumplida, señor Black.

La rabia le ensombrece la mirada. Una de sus manos abandona la mesa y se enreda en mi nuca, justo sobre el borde rígido del cuello de mi camisa.

Su pulgar presiona exactamente sobre la marca morada que dejó anoche y que no puede ver bajo la seda, pero que sabe que está ahí.

Un gemido sordo muere en mi garganta ante la posesividad implacable del gesto.

—Esta vez, quiero una vida contigo, Emily.

El mundo se detiene. El ruido del aire acondicionado, el tráfico de Century City, los latidos de mi propio corazón... todo se congela. Sus palabras resuenan en el silencio sepulcral del despacho. Una vida.

El terror más absoluto —el terror a tener esperanza— me ahoga. Mis ojos se llenan de lágrimas no derramadas y una ira visceral nacida de una década de abandono, estalla en mi pecho. Lo empujo por los hombros con todas mis fuerzas, pero no se mueve un solo milímetro.

—¡Crees que soy tonta! —le escupo, mi voz subiendo de volumen, rota por la indignación y el dolor—. ¡¿Crees que soy la misma imbécil de quince años para dejarte entrar otra vez con tus sucias botas, ensuciar de nuevo mi vida y mi alma, solo para que pisotees otra vez mi corazón?!

Asher no me suelta. Recibe mi estallido sin inmutarse, absorbiendo cada puñalada de mis palabras, sus ojos devorando la desesperación en mi rostro.

—Esta vez... —continúo, con la respiración entrecortada, bajando la voz a un susurro agonizante mientras las manos me tiemblan sobre la solapa de su traje—... esta vez, te tuve porque yo quise. Porque aunque me cueste un puto infierno aceptarlo, tenías razón hace diez años.

Bajo la mirada, incapaz de sostener la intensidad de su escrutinio mientras arranco la confesión más dolorosa de mi alma.

—No te pude superar —admito, y la frase me rasga las cuerdas vocales—.

Y menos olvidar. Fuiste veneno en mis venas, Asher.

Te metiste bajo mi piel cuando yo no sabía nada del mundo y echaste raíces.

Me acosté contigo anoche porque mi cuerpo está enfermo de ti.

Pero eso no significa que vaya a dejar que me destruyas de nuevo.

El silencio se apodera del despacho. La respiración de Asher choca contra mí, errática y profunda. Su mano en mi nuca se afloja, pero no me suelta, acariciando la piel sobre el borde del cuello abotonado con una suavidad que contrasta brutalmente con su tamaño y su fuerza.

Lentamente, levanta su otra mano y, con el nudillo del dedo índice, roza mi mejilla, apartando un mechón suelto de mi moño tirante. Su tacto es casi... reverencial.

—Esta vez lo haré mejor —promete. Su voz es un murmullo grave, oscuro, cargado de una determinación que me aterra por lo sincero que suena—. Intentaré ser lo que no fui cuando tenías quince años, enana. Te lo juro.

Cierro los ojos, dejando que una sola lágrima traicionera se deslice por mi mejilla hasta morir en sus dedos.

El dolor de esa promesa, de esa posibilidad de que el monstruo quiera redimirse, es mil veces peor que su crueldad.

Abro los ojos y clavo mi mirada en la suya, sacando a relucir la herida que nunca cerró.

—¿Por qué ahora y no entonces, Asher?

La pregunta queda suspendida en el aire, pesada, asfixiante. ¿Por qué yo no fui suficiente cuando le entregué mi devoción absoluta en las palmas de mis manos temblorosas?

El rostro de Asher se tensa, sus facciones se endurecen y la respuesta que busco en sus ojos es un abismo que ninguno de los dos está preparado para saltar.

—Contéstame —exijo en un susurro gélido, secándome una lágrima traicionera—. ¿Por qué yo no fui suficiente cuando te necesitaba?

Asher traga saliva, su garganta moviéndose con dificultad, y por primera vez desde que regresó a mi vida, el gran Asher Black no tiene una respuesta rápida, ni una burla, ni un escudo tras el cual esconderse.