Chapter 40
E l silencio en la cocina es tan denso que amenaza con asfixiarme. El zumbido bajo del frigorífico de acero inoxidable parece atronador en medio del desastre silencioso que nos rodea.
El aroma a café recién hecho, ese olor que durante cinco años significó hogar, seguridad y mañanas tranquilas, ahora me revuelve el estómago, mezclándose cruelmente con el rastro de mi propia miseria: el olor a lluvia en mi ropa, a alcohol y la colonia amaderada de Asher que impregna mis prendas y mi piel.
Nathan sigue sentado en el taburete de la isla. Sus manos envuelven la taza de cerámica blanca con tanta fuerza que sus nudillos están pálidos. Su mirada azul, habitualmente cálida y comprensiva, ahora es un espejo roto en el que no me atrevo a mirarme.
No hace falta que él diga nada. Ese pequeño chupetón de Asher es un letrero de neón que grita lo que he estado haciendo mientras él pasaba la noche en vela.
El rostro de Nathan palidece. Un tic apenas perceptible le salta en la mandíbula.
El dolor que cruza sus facciones es tan crudo, tan devastador, que siento el impulso físico de vomitar.
—Nathan... —su nombre sale de mis labios como un hilo de voz roto, un rasguño patético en medio del silencio sepulcral del ático.
Él baja la mirada hacia el fondo negro de su café.
Tarda unos segundos infinitos en hablar, como si estuviera reuniendo las pocas fuerzas que le quedan para no desmoronarse frente a mí.
Cuando finalmente alza la voz, no hay gritos.
No hay un estallido de furia. Y eso es infinitamente peor.
Su voz es un susurro ronco, cargado de una rabia gélida y una decepción absoluta.
—Vi el anillo en la mesa esta madrugada —dice, sin mirarme—. Cuando salí de la habitación, vi que te lo habías quitado. Entendí que se había acabado, Emily. Lo acepté. Acepté que tenías demonios que yo no podía espantar por mucho que te amara.
Trago saliva, sintiendo cómo las lágrimas me queman los conductos lacrimales, desdibujando la luz cruda de la mañana que entra por los ventanales.
—Pero no pensaba que ibas a ir a su cama nada más soltar mi mano —continúa Nathan, levantando por fin el rostro.
Sus ojos chocan contra los míos, y el desprecio que veo en ellos me atraviesa como una lanza—.
Pensé que necesitabas tiempo. Pensé que te dolía lo que nos estaba pasando.
Pero no. Saliste por esa puerta y te fuiste directamente a revolcarte con él.
El insulto implícito me golpea la cara como una bofetada. Me encojo sobre mí misma, sintiendo cómo el frío del suelo de madera sube por mis piernas temblorosas.
—Y encima, mira en qué estado llegas a casa —añade, con un asco que no intenta disimular, señalándome con un gesto brusco de la mano—.
Mírate, Emily. Pareces... pareces un desastre.
Alguien que acaba de sobrevivir a un accidente de coche.
¿Esa es la vida que quieres? ¿Eso es lo que te hace sentir viva?
¿Que te destrocen hasta que no quede nada de ti?
—Lo siento, Nathan —sollozo, incapaz de contener las lágrimas calientes que resbalan por mis mejillas sucias de rímel. Me abrazo a mí misma, clavando las uñas en las mangas de mi abrigo húmedo—. Lo siento tanto... Te juro que no quería que me vieras así... No quería hacerte esto.
Mi disculpa suena vacía, inútil. Una tirita de papel sobre una herida de bala.
Nathan niega con la cabeza lentamente, y la sombra de una sonrisa amarga y rota curva sus labios. Deja la taza de café sobre el mármol con un golpe seco que me hace dar un respingo. Se pone de pie. Su altura, que antes era mi refugio, ahora marca la distancia insalvable entre nosotros.
—No te disculpes porque te haya visto —replica él, con una dureza implacable—. Discúlpate contigo misma por aquello en lo que has permitido convertirte. Yo ya no tengo nada que ver en esta ecuación. Tú has elegido tu infierno, Emily. Arde en él.
Da un paso hacia el pasillo, alejándose de mí, pero se detiene a medio camino, dándome la espalda. Sus hombros se ven pesados, derrotados.
—Espero que no te arrepientas de tu elección —sentencia, y cada sílaba es un clavo en mi ataúd—. Esta tarde me mudo. Mandaré a alguien a recoger el resto de mis cosas mañana. Te puedes quedar con la casa y con el coche, no los quiero.
—Nathan, por favor, no tienes que irte, esta es tu casa... —intento balbucear, sintiendo que el mundo entero se desintegra bajo mis pies.
—Que seas feliz, Emily —me interrumpe, cortante y definitivo, sin girarse a mirarme—. Aunque dudo mucho que él sepa cómo hacerte feliz sin destruirte en el proceso. Adiós.
Escucho sus pasos alejarse por el pasillo, seguidos por el sonido sordo de la puerta de la habitación cerrándose.
Me quedo completamente sola en el recibidor. Las piernas me fallan, y me dejo deslizar por la pared blanca hasta caer sentada en el suelo de madera. Escondo la cara entre las rodillas y rompo a llorar. Lloro por Nathan. Lloro por la vida perfecta y aburrida que acabo de dinamitar.
Y, sobre todo, lloro por mí, porque sé que tiene razón. He vuelto a la jaula por mi propia voluntad. Sabía que esto iba a destruirme otra vez. Lo sabía mejor que nadie. Pero la versión de mí que sobrevivía con Nathan era solo una sombra gris… y con Asher, aunque ardiera, al menos me sentía viva.
El agua de la ducha cae sobre mí casi hirviendo, buscando purgar pecados que están grabados en el hueso. El vapor espeso inunda el cuarto de baño, empañando el inmenso espejo sobre el lavabo doble y creando una nube densa que me aísla, por un instante, del resto del mundo.
Apoyo las palmas contra los azulejos fríos de la pared, dejando que el chorro caliente golpee mi espalda, justo sobre el tatuaje del atrapasueños.
El escozor es agudo. Cada músculo de mi cuerpo protesta, agarrotado, adolorido y tenso.
Mi piel está ultrasensible, plagada de marcas invisibles y visibles.
Paso la esponja con jabón por mi cuello, y un siseo de dolor se escapa de mis labios cuando la espuma toca el mordisco amoratado de mi clavícula.
Me enjabono los muslos, el vientre, las caderas.
Mis dedos rozan los moretones amarillentos que sus manos inmensas dejaron en mi piel al aferrarme contra la cama.
La entrepierna me palpita con una mezcla de dolor sordo y una sensibilidad extrema.
El recuerdo de la fricción, de su piercing abriéndome paso a paso, me arranca un escalofrío que no tiene nada que ver con la temperatura del agua. La