Chapter 39 #3
Creo que esperé diez años esta oportunidad.
Tenerlo por lo menos una vez más. Que sea mío, aunque sea solo por esta noche.
Pero la realidad es un bloque de hielo en mi pecho: él no es mío.
Asher Black no puede ser de nadie. Es una tormenta que no se deja enjaular.
Y yo no soy suya. No sé si él me considerará suya alguna vez más allá de este instinto de posesión tóxica.
Probablemente nunca seremos el uno del otro de la forma en que el mundo exige.
Los dos estamos hechos para esto: para un momento, para un reencuentro violento, para una pasión destructiva y un arrebato que calcinará todo a nuestro paso.
De lo que deseas, no puedes escapar.
Quizá sea verdad, pero no es ningún secreto para nadie que, una vez que consigues lo que deseas, esa cosa ya no tiene el mismo impacto ni la misma importancia para tí. Yo elijo aferarme al hecho de que entregandome a él, ahora me eliberaré del deseo que siento por él.
—Mírame —susurra él, su voz ronca vibrando en el silencio de la habitación.
Levanto los ojos, chocando con su mirada que me funde por dentro.
Sin ningún aviso, me atrae hacia él. Tira de mi cuerpo con una brusquedad que me hace jadear. No es suave. Ni tampoco tierno. Es exactamente como lo pedí. Es una especie de furia mezclada con hambre atrasada. Y cuando su boca se encuentra otra vez con la mía, todo explota.
Sus manos se mueven por todo mi cuerpo como si le perteneciera por derecho divino. Y en este momento, en esta habitación sumida en las sombras y el ruido de la lluvia, le pertenezco por completo. Me dejo en sus manos. Me rindo a la marea que lleva diez años amenazando con ahogarme.
Él me arranca la ropa mojada con tirones impacientes, tirándola al suelo sin miramientos. El frío choca contra mi piel desnuda por un segundo, antes de que el calor de su cuerpo me cubra por completo, empujándome hacia atrás hasta que mi espalda toca las sábanas de seda gris.
Se deshace de sus propios pantalones de chándal en un movimiento rápido y letal. Mi mirada baja por puro instinto, y el aliento se me atasca en la garganta.
No es solo el tamaño o la agresividad pura que irradia. Es el metal.
Una hilera de cinco barras de acero quirúrgico atraviesa la base de su pene, dispuestas como los peldaños de una escalera fría, dura y salvaje.
El brillo del metal contra su piel caliente me deja sin palabras.
Es intimidante. Absolutamente salvaje. El corazón me late tan fuerte en la garganta que apenas puedo tragar, sintiendo cómo mi propia humedad se multiplica ante la visión de ese metal.
Asher nota mi sorpresa. Una sonrisa oscura, depredadora y arrogante curva sus labios húmedos.
—Mírame —exige, su respiración golpeando mi clavícula, bajando sus besos húmedos y hambrientos por mi garganta—. Quiero que me mires para que veas bien para quién te mojas de esta forma.
El rubor me incendia el rostro, pero no aparto la vista. Asher gime en mi oreja, un sonido profundo, ronco y animal, cuando su mano baja y me encuentra empapada, temblando, llena de un deseo que me desgarra por dentro.
El dolor y el placer se fusionan en una sola línea de fuego.
Cuando entra en mí, un grito ahogado se rompe en mis labios.
Es rudo, es posesivo, es una invasión absoluta de mis sentidos.
Asher gruñe, aprieta los dientes, las venas de su cuello marcadas por el esfuerzo, hundiéndose hasta la puta empuñadura, deteniéndose una fracción de segundo para soportar la presión.
Una de sus manos vuela a mi garganta, obligándome a levantar la barbilla, mientras la otra se hunde en mi cadera, fijándome a la cama.
—Joder... estás tan jodidamente estrecha —sisea contra mi boca, su voz vibrando de placer—. Mira cómo tu coño se amolda a mi polla. A cada puta barra. Estás hecha solo para mí, enana. Solo para mí. Siempre lo estuviste. Eres mía.
Doy un gemido que es mitad dolor y mitad éxtasis. Asher no es Nathan. Nathan hace el amor, busca agradar, pide permiso. Asher folla. Asher destruye. Asher arrasa. Y, Dios me perdone, esto es exactamente lo que llevo diez años necesitando.
Mis uñas se clavan en su espalda, buscando anclaje en un mundo que gira a una velocidad de vértigo.
No es solo él; es la fricción cruda, intensa y casi dolorosa del metal rozando mis paredes internas.
Las cinco barras de acero me estiran, me llenan y me frotan de una manera que me arranca lágrimas de los ojos y gemidos que no puedo controlar.
No hay romanticismo. No hay palabras dulces.
Hay mordiscos. Hay jadeos roncos y desesperados.
Los dientes de Asher rasgan la piel sensible de mi cuello, justo sobre mi clavícula, succionando y mordiendo con una fuerza que me hace gemir de dolor y excitación, reclamándome, dejando una marca morada que sé que me recordará mi condena durante semanas.
Sus manos inmensas se hunden en mis caderas, apretando la carne con una firmeza brutal, amoratando mi piel, asegurándose de que no pueda moverme, de que no pueda escapar del ritmo salvaje de su escalera de metal.
Justo cuando siento que estoy a punto de perder la cabeza, Asher se detiene y sale de mí de un solo tirón. Un grito de protesta muere en mi garganta por el vacío repentino.
—No —le suplico, ciega por la necesidad, intentando tirar de sus hombros de vuelta hacia mí.
—Date la puta vuelta —ordena, con una voz que no admite discusión.
Sin esperar a que reaccione, me agarra por las caderas amoratadas y me voltea con una facilidad aterradora, obligándome a ponerme a cuatro patas sobre las sábanas de seda gris. Mis rodillas se hunden en el colchón. La posición me deja completamente vulnerable, expuesta a su merced.
Siento su peso acomodarse detrás de mí, sus rodillas rozando mis muslos, pero no entra.
En su lugar, su mano grande y caliente desciende por mi espalda descubierta.
Sus dedos largos trazan el surco de mi columna vertebral y se detienen justo en el centro, donde la tinta negra dibuja el enorme atrapasueños que me tatué años atrás.
Sus yemas siguen la red, los intrincados nudos y las plumas que caen hacia mi cintura.
No es un roce suave; es una caricia posesiva, territorial.
Asher vuelve a entrar en mí desde atrás con una embestida salvaje.
El grito se me desgarra en la garganta. El cambio de ángulo es devastador.
El acero golpea lugares aún más profundos, rozando mi punto G con una precisión clínica que me hace arquear la espalda y clavar los dedos en las almohadas.
Sus manos inmensas se aferran a mis caderas, marcando el ritmo brutal de sus embestidas.
Estoy jadeando, perdiendo el sentido de la realidad, cuando siento que una de sus manos abandona mi cadera y desciende por mis nalgas. Sus dedos trazan la hendidura húmeda y, sin previo aviso, siento la presión contundente de un dedo empujando contra mi entrada trasera.
El pánico estalla en mi cerebro. Todo mi cuerpo se tensa de golpe, mis músculos se bloquean por puro instinto.
—¡No! —grito, la voz quebrándoseme por el miedo—. Asher, no... espera, por favor.
Él detiene las embestidas al instante, pero no me suelta. Deja caer todo el peso de su torso desnudo sobre mi espalda, aplastándome contra el colchón con su calor abrasador. Hunde la nariz en mi cabello revuelto y sus labios rozan el borde de mi oreja.
—Shhh, tranquila, enana —susurra, su voz es un bálsamo oscuro, una vibración hipnótica que busca apagar mis alarmas—. No voy a lastimarte. Relájate para mí. Solo quiero sentirte entera. Déjate llevar...
Su tono es tan dominante y a la vez tan peligrosamente seductor que mis defensas comienzan a derretirse. Mientras me susurra al oído palabras obscenas para distraerme, desliza lentamente la yema de su dedo, venciendo mi resistencia inicial con una presión firme pero paciente.
—Parece que aquí también seré el primero... —Su aliento choca contra mi lóbulo, un susurro cargado de una satisfacción que me hace soltar un gemido sordo—. Serás mía completamente, Emily. Mía por donde yo decida.
Él se posiciona, y la invasión es lenta, despiadada.
La anchura de su hombría, firme y ardiente, comienza a abrirse paso.
El dolor inicial es un desgarro agudo, un estiramiento que me deja sin aliento y me hace temblar las rodillas, pero que se transforma rápidamente en una sacudida de sensibilidad extrema que me incendia cada terminación nerviosa.
Pero Asher no conoce la misericordia. No se detiene ahí. Su mano libre se desliza por debajo de mi vientre tenso, buscando a ciegas hasta encontrar mi clítoris, hinchado, húmedo y palpitante.
Empieza a masajearlo con movimientos rápidos y expertos, coordinando el ritmo de sus dedos con las estocadas lentas, invasivas y profundas en mi interior.
La sobreestimulación es absoluta. Es una sobrecarga sensorial que me arranca de la realidad.
La invasión que me estira por dentro, la plenitud masiva que me roba el raciocinio, y la fricción cruel de sus dedos sobre mi centro de placer se funden en una sola corriente eléctrica.
Mi respiración se deshilacha, convirtiéndose en una serie de sollozos rotos y jadeos inconexos.
El vacío abismal en mi estómago arde con una urgencia febril.
—Eso es, enana —gruñe Asher, aumentando la velocidad y la brutalidad de sus embestidas, perdiendo también él el control—. Rómpete para mí.
Cierro los ojos, rindiéndome al éxtasis, a la destrucción total de mi ser, a la fricción despiadada que me lleva al límite. Estoy saltando por el acantilado y él es la roca contra la que voy a estrellarme.
Grito su nombre en la oscuridad cuando el clímax me golpea, un espasmo violento y prolongado, mil veces magnificado por la presión brutal en mis entrañas y el tacto enloquecedor de sus dedos.
El orgasmo me deja viendo estrellas, desgarrándome y reconstruyéndome a la vez, mientras mis paredes internas se contraen salvajemente a su alrededor, atrapándolo, aferrándome a él en la misma prisión emocional en la que me tiene encerrada.
Segundos después, Asher ahoga un rugido contra mi cuello, hundiéndose en mí hasta la empuñadura, dejándose caer pesadamente sobre mi espalda mientras su propio orgasmo lo sacude.
Ninguno de los dos dice nada. Nos quedamos así, enredados en un amasijo de sábanas grises, piel húmeda y respiraciones agitadas. El único sonido en la habitación es nuestro jadeo sincronizado y la lluvia implacable golpeando el cristal de la ventana.
El frío de la madrugada me despierta.
Abro los ojos lentamente. La habitación está sumida en la penumbra grisácea que precede al amanecer. El silencio es espeso.
Siento un peso inmenso sobre mi cintura. El brazo de Asher me rodea, aferrándome contra su cuerpo incluso en sueños. Su respiración es profunda y acompasada. Está completamente dormido.
Me muevo milímetro a milímetro. El dolor sordo en mi cuerpo me recuerda cada instante de la madrugada.
Me duelen las caderas, y la piel de mi cuello arde al más mínimo roce de las sábanas.
La culpa, que el alcohol y el orgasmo habían logrado silenciar, vuelve a caer sobre mí con la fuerza de una losa de hormigón.
¿Qué mierda he hecho?
Con una cautela extrema, levanto el pesado brazo de Asher y lo aparto de mi cuerpo.
Me deslizo fuera de la cama, pisando la alfombra blanda.
Recojo mi ropa del suelo, todavía húmeda y arrugada.
Me visto en silencio, temblando por el frío y por la resaca que empieza a latir en mis sienes.
No me despido. No quiero tener una conversación con él ahora.
No puedo... Para él seguro que fue otra noche más, y aunque pensaba que para mi también lo iba a ser, no lo fue.
Pido un Uber desde el pasillo del ático y salgo del apartamento como un ladrón que acaba de robar.
El viaje de vuelta a Santa Mónica es una tortura.
La luz del sol empieza a abrirse paso entre las nubes, iluminando la ciudad y exponiendo mi miseria.
Me miro en el pequeño espejo retrovisor.
Soy un puto desastre. Tengo marcas rojizas y moradas asomando por el cuello de mi camisa, los labios hinchados y rímel corrido alrededor de los ojos.
El coche me deja frente a mi casa. El edificio blanco y perfecto. Mi hogar. O lo que solía serlo.
Meto la llave en la cerradura con las manos temblando.
Abro la puerta. El olor a sándalo me recibe, pero esta vez, está mezclado con un aroma inconfundible a café recién hecho.
Cierro la puerta a mis espaldas y me quedo congelada en el recibidor.
Allí está.
Nathan está sentado en el taburete de la barra de la cocina. Lleva los mismos pantalones de chándal de ayer, pero se ha puesto una sudadera gris. Su pelo está revuelto, y las ojeras bajo sus ojos indican que no ha pegado ojo en toda la noche. Sostiene una taza de cerámica blanca entre ambas manos.
Al escuchar la puerta, levanta la vista.
Nuestras miradas se cruzan. El silencio del salón es un cuchillo afilado a escasos centímetros de mi garganta.
Nathan me observa desde la cocina. Su mirada baja desde mis ojos, pasando por mi ropa arrugada, hasta detenerse en el cuello de mi camisa mal abotonada, donde la marca oscura asoma sobre mi clavícula.
Nathan no grita. No dice nada.
Simplemente me mira, y en sus ojos azules veo cómo el último puente que nos unía acaba de arder hasta los cimientos.