No me quites la inocencia Chapter 39 #2
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Chapter 39 #2

Me sirvo otra copa. El sonido del líquido cayendo en el cristal es lo único que rompe el silencio sepulcral de este ático que, de repente, se siente como una sala de autopsias.

El vino tinto, casi negro bajo la tenue luz de la ciudad que se filtra por los ventanales, tiene un aroma denso, a uva madura y madera, que normalmente me gusta saborearlo, ahora solo quiero que sirva como anestesia.

Me dejo caer al suelo, apoyando la espalda contra el frío cuero blanco del sofá. Mis dedos, fríos y temblorosos, rozan el diamante de mi mano izquierda. Pesa. Pesa como si estuviera hecho de plomo puro, como si llevara encadenada a él toda la culpa del mundo.

Viví con el miedo de que si volvía a entregar mi corazón otra vez a alguien lo volvería a romper.

Nathan no lo rompió. Lo curó.Pero la verdad es que, aunque latiera en mi pecho, mi corazón nunca abandonó las manos de Asher.

Él lo ha destrozado bajo sus pies, lo ha tirado por el barro, lo ha pisoteado.

.. y aún así lo sigo queriendo. No fui yo quien lo eligió.

Fue mi corazón. Es el único hombre capaz de quemarme el alma y dejarme completamente desnuda, y aún así le elegiría otra vez.

Y si amar significa arder, entonces déjame arder en sus llamas hasta que no quede ni un solo pedazo de mí solo para saber que, aunque fuera solo un segundo, fui suya.

Cierro los ojos, dejando una lágrima caer libremente, aceptando mi propia enfermedad. Volvería otra vez al infierno de él, solo porque por momentos sabe a paraíso. Es un error letal que cometeré de nuevo, sin remordimientos millones de veces, como demente que soy.

Amarlo fue la forma más refinada de autodestrucción.

Con un movimiento lento, casi ritual, me saco el anillo.

La marca en mi dedo anular es pálida, una cicatriz de lo que debería haber sido.

Jugueteo con él, haciéndolo girar sobre la palma de mi mano.

El brillo del diamante captura las luces rojas y azules de los rascacielos de Los Ángeles, parpadeando como una advertencia.

Finalmente, lo dejo sobre la mesa de cristal del salón.

El tintineo del metal contra el vidrio suena definitivo, como un punto final.

Ya es de noche. Nathan no ha salido de la habitación. No ha habido gritos, ni portazos, solo ese silencio absoluto que es mil veces más doloroso. Yo no me he movido del salón. Me quedo ahí, bebiendo, habitando las sombras de la vida que acabo de dinamitar.

De repente, la pantalla de mi teléfono se ilumina sobre la alfombra. El brillo me lastima los ojos, pero mi corazón, ese traidor terco, da un vuelco.

Asher: No puedo dormir. Estoy pensando en ti.

El aire se me escapa. Siento un calor súbito recorriéndome la nuca. Tecleo con los dedos entumecidos por el alcohol, intentando mantener la poca dignidad que me queda.

Emily: No me molestes. No soy tu pastilla para dormir. Te sugiero una melatonina.

La respuesta es instantánea. Parece que él tampoco tiene nada más que hacer que acecharme desde la distancia.

Asher: Yo te prefiero a ti. Debajo de mí. Gimiendo mi nombre.

Un escalofrío me recorre la columna. Puedo oír su voz ronca diciendo esas palabras, puedo sentir su aliento en mi oreja. El deseo y la contención luchan en mi vientre en una batalla que estoy perdiendo.

Emily: Que te jodan.

Bloqueo el teléfono con un gesto violento y lo arrojo lejos de mí.

Me cubro la cara con las manos, respirando el aroma del vino en mi propia piel.

Me siento sucia, expuesta y terriblemente viva.

Miro el anillo sobre la mesa. Sigue ahí, brillando en la oscuridad, recordándome que soy una persona despreciable.

Nathan está en la habitación, sufriendo por mi traición. Y yo estoy aquí, con el cuerpo ardiendo por los mensajes de un hombre que solo quiere terminar de destruirme.

Apoyo la cabeza contra el sofá y cierro los ojos.

El alcohol me hace flotar, pero no me permite olvidar.

La lluvia empieza a golpear el cristal, un sonido rítmico y triste que me acompaña mientras termino la botella.

Soy Emily Reed, una abogada brillante con un futuro destrozado, y esta noche, por primera vez en diez años, no tengo a dónde huir de mí misma.

Dejo el vaso vacío sobre la mesa, justo al lado del anillo de diamantes que ahora parece un objeto extraño, una reliquia de una vida que ya no me pertenece.

Me levanto del suelo. Las piernas me tiemblan, y el alcohol que corre por mis venas me da una falsa y peligrosa sensación de invencibilidad.

Agarro mi abrigo del perchero, pido un Uber desde la aplicación y salgo por la puerta sin mirar atrás.

No llevo paraguas. No llevo respuestas. Solo llevo un hambre voraz y una herida abierta que exige ser quemada.

El trayecto en coche es un borrón de luces rojas y asfalto mojado. El olor a ambientador de pino del vehículo me revuelve el estómago, pero me aferro al asiento de cuero sintético, contando los minutos.

Cuando el coche se detiene frente al exclusivo edificio de Asher en el centro de Los Ángeles, abro la puerta antes incluso de que el conductor frene por completo.

La tormenta cae sobre mí con una furia implacable.

La lluvia cae a cántaros, empapando mi cabello, mi ropa y mi piel en cuestión de segundos.

El agua helada me resbala por la cara, mezclándose con las lágrimas, pero no me importa.

Todo este frío exterior no es capaz de apagar el incendio que llevo dentro.

Me cuelo tras un vecino que entra y me meto en el ascensor. Pulso el botón del piso del ático. Mi respiración es un jadeo errático. El agua gotea de mi abrigo sobre el suelo de mármol del elevador.

Ding. Las puertas se abren.

Camino por el pasillo hasta su puerta. No dudo. No me detengo a pensar en Nathan, ni en mi carrera, ni en mi maldita dignidad. Levanto la mano llamo al timbre.

Pasan apenas diez segundos. Escucho el chasquido de la cerradura.

La puerta se abre, y la inmensa figura de Asher llena el umbral.

Lleva unos pantalones de chándal oscuros que cuelgan bajos en su cadera, descalzo, con el torso cincelado desnudo.

Su cabello está revuelto, y el olor de su piel caliente, mezclado con tabaco y un toque de whisky, me golpea con la fuerza de un huracán.

Sus ojos letales y salvajes, se clavan en mi figura empapada.

Se sorprende por una fracción de segundo, pero esa sorpresa es rápidamente devorada por un triunfo oscuro.

No le doy tiempo a articular palabra.

Me lanzo sobre él, enredando mis dedos helados en su nuca, y estrello mi boca contra la suya con una violencia desesperada.

Asher retrocede un paso por la fuerza del impacto, metiéndonos a ambos en el interior del ático, y la puerta se cierra de un portazo a nuestras espaldas. Me responde al beso al instante, abriendo mi boca con la suya, saboreando la lluvia fría que me cubre y el alcohol.

Rompo el beso jadeando, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético, mirándolo con un odio y un deseo que me están partiendo en dos.

—Se acabó —escupo, tiritando por el frío y la adrenalina—. Ahora solo quiero que me folles tan fuerte y duro que no quiera volver a repetir.

Asher me mira. Sus pupilas se dilatan hasta casi comerse el iris. Una sonrisa torcida, depredadora y arrogante, curva sus labios húmedos.

—O te gustará tanto que vas a suplicar por más —susurra, con una certeza que me aterra.

Antes de que pueda respirar, su mano gigantesca, ardiendo como el hierro en la fragua, se cierra alrededor de mi garganta. No me corta el aire, pero la presión es firme, una correa inquebrantable de dominación absoluta. Tira de mí y vuelve a chocar su boca contra la mía.

Es un beso feroz. Destructivo. Liberador.

Un gemido rasgado escapa de mi garganta cuando su lengua invade mi boca, marcando su territorio, reclamando cada rincón de lo que le pertenece. Mis manos, heladas por la lluvia, se aferran a sus hombros desnudos, clavando las uñas en su piel hirviente.

Me levanta del suelo con una facilidad que me deja sin aliento.

Por puro instinto, mis piernas se enredan en su cintura, asegurándome a sus caderas.

Me lleva en volandas por el pasillo, sin romper el beso ni un solo milímetro.

La oscuridad del ático gira a mi alrededor, pero mi mundo entero se ha reducido al sabor de su boca y a la dureza de su cuerpo contra el mío.

Entramos en su inmensa habitación. Me baja con brusquedad, empujándome contra el borde del colchón. Mis rodillas chocan contra la cama y caigo sentada.

Asher se queda de pie frente a mí, acorralándome. Sus ojos se clavan en los míos como un depredador que no va a dejar escapar a su presa. Sus rodillas se abren paso, sujetando las mías con fuerza entre las suyas, inmovilizándome contra la cama.

Me mira de forma diferente a las otras veces. Ya no hay burla, no hay juegos. Hay una intensidad animal, cruda. Su respiración está agitada, pesada, chocando contra mi rostro empapado.

Con todo este caos latiendo entre nosotros, sus manos se deslizan por debajo de mi ropa mojada.

Tocan mi abdomen, lentas y precisas. El contraste de sus palmas hirvientes contra mi piel fría y erizada me hace arquear la espalda.

Me está volviendo loca. Más de lo que ya estoy.

Todo mi cuerpo tiembla, electrizado, rogando por más.

La mente me grita a pleno pulmón: « no está bien, esto es un error, estás destruyendo tu vida» . Pero mi corazón, mi estúpido y ciego corazón, sangra por su culpa. Sangra de alivio.