Chapter 39
S us labios.
Es solo un segundo, un roce, pero el impacto es tan violento que siento que el suelo de madera oscura del bar desaparece bajo mis pies.
El sabor del whisky doble que todavía quema en mi garganta se mezcla con el sabor de él: menta, tabaco y una urgencia depredadora que me hace gemir contra su boca.
Por un instante, el alcohol nubla mi juicio de tal manera que dejo de luchar.
Mis manos, que antes golpeaban su pecho, se enredan en su nuca, tirando de su cabello oscuro, buscándole con desesperación.
En este momento, ya no soy la abogada Emily Reed. No soy la mujer que Nathan Brooks ama. Soy otra vez la niña del parque, la que se derrite ante la más mínima migaja de atención de Asher Black.
De repente, un sonido agudo y estridente rasga la burbuja de pecado en la que estamos encerrados. Mi teléfono, apoyado sobre la barra de caoba, empieza a sonar. La vibración contra la madera hace que el vaso de whisky que Asher ha apartado tintinee.
Bzzzt. Bzzzt. Bzzzt.
Me separo de él con un jadeo, el corazón golpeándome las costillas con la fuerza de un animal enjaulado. La luz de la pantalla ilumina nuestras caras en la penumbra ámbar del bar.
Nathan.
El nombre de mi prometido brilla en la pantalla como una condena.
No contesto. Mis dedos tiemblan tanto que apenas puedo agarrar el móvil.
Asher me observa con los ojos dilatados, la respiración pesada y los labios todavía húmedos por nuestro beso.
No hay remordimiento en él, solo una satisfacción sádica.
El teléfono deja de sonar, pero un segundo después, llega un mensaje.
Nathan: Emily, ¿dónde estás? Solo dime que estás bien. Por favor.
Un nudo de alambre de espinos se enrosca en mi tráquea, cortándome el oxígeno.
Nathan. El hombre que me ha dado una vida, que me ha recogido del barro, está en casa preocupado mientras yo me quemo en los brazos del hombre que me destruyó.
Con los ojos empañados por las lágrimas y la mente borrosa por el alcohol, tecleo una respuesta rápida.
Emily: Estoy bien. Nos vemos en casa.
Bloqueo el teléfono y lo guardo en el bolso con movimientos torpes. Intento bajarme del taburete, pero el mareo me hace tambalear. Asher me sujeta por la cintura, manteniéndome cerca, su cuerpo caliente e inmenso actuando como un ancla que se niega a soltarme.
—¿Cuánto tiempo más te vas a negar, Emily? —susurra él, y su voz es un rasgueo bajo que se me instala en la base de la columna vertebral.
Me giro para mirarlo, apoyando las manos en su pecho para mantener una distancia que el alcohol intenta acortar.
—Unos diez años, ¿está bien? —le espeto con un sarcasmo amargo, aunque las lágrimas ya están rodando por mis mejillas.
Asher frunce el ceño, su mandíbula tensándose.
—¿Me estás vacilando?
—No creo en tu cambio repentino, Asher —digo, negando con la cabeza, sintiendo cómo el bar empieza a dar vueltas a mi alrededor—.
No soy la idiota de hace diez años. Hace diez años me tiraste a la basura cuando te aburriste de jugar a ser mi novio.
¿Qué ha cambiado ahora? ¿Que ahora tengo un título y un anillo?
No soy una de tus empresas, no puedes comprar mi confianza.
—Está bien —dice él, dando un paso más, acorralándome contra la barra. El olor a su colonia me asfixia—. ¿Qué quieres que haga para demostrarte que me importas más que solo una puta noche?
—No lo sé —sollozo, sintiendo que me rompo de nuevo—. Simplemente no puedo confiar en ti. Ni aunque me trajeras la luna, Asher. Como te dije antes… es tarde.
Intento zafarme de su agarre, pero Asher me atrapa por el brazo con firmeza y me gira para que quedemos otra vez cara a cara. Sus ojos buscan los míos, cargados de una intensidad obsesiva que me hiela la sangre.
—Déjame llevarte a casa —ordena, su tono volviendo a ser el del hombre que no acepta un no por respuesta—. Has bebido demasiado. No estás en condiciones de conducir ni de ir sola por ahí.
—No… —murmuro, arrancando mi brazo de su mano con un tirón seco.
La verdad es que no quiero irme a casa. No quiero enfrentarme a Nathan, ni a su bondad, ni a la vida perfecta que se suponía que teníamos. Simplemente quiero desaparecer. Quiero que el mundo se detenga y me trague. Ya no sé ni lo que quiero ni quién soy.
Pensaba que quería a Nathan. Pensaba que él era todo lo que una chica puede desear: estabilidad, respeto, amor puro.
Y a lo mejor eso es lo que desea una chica normal.
Pero yo… yo parece que no lo soy. Estoy enferma.
Me gusta lo malo. Lo peligroso. Lo imposible.
Lo que me hace parecer más estúpida de lo que soy.
Durante todo este tiempo pensaba que lo había olvidado, que había borrado cada caricia, cada palabra hiriente, cada noche de llanto.
Pero es verlo y todo hace clic en mi mente como si alguien encendiera una luz cegadora en una habitación oscura.
Y con ese clic , vuelven los sentimientos.
Pero no el odio que he cultivado como un escudo.
No. Vuelve la maldita sensación de estar enamorada de él.
Me siento otra vez en mi cuerpo de quince años, pequeña e indefensa ante su poder.
—Me voy —digo, dándole la espalda.
Salgo del bar casi tropezando con mis propios pies. El aire frío de la tarde me golpea, pero no logra despejarme. Tomo un Uber. Durante el trayecto, apoyo la frente contra la ventanilla fría, observando la ciudad desdibujarse por el efecto del alcohol y las lágrimas.
Tendré que hablar con Nathan. Lo sé. Tengo que hacerlo antes de cometer un acto irreversible, antes de convertirme en un ser más despreciable de lo que ya me siento. Nathan no se merece la sombra que yo soy.
Llego al edificio de nuestro ático tambaleándome más que andando. El ascenso en el ascensor privado se me hace eterno; el espejo de la cabina me devuelve la imagen de una mujer con el rímel corrido y el alma en pedazos.
Cuando las puertas se abren, el silencio del ático me recibe como una bofetada.
Las luces están tenues. Nathan está de pie, de espaldas a mí, mirando por el gran ventanal que muestra el skyline de la ciudad.
Tiene una copa de vino tinto en la mano.
Parece que no soy la única que busca alivio en una copa.
Bueno, yo llevo dos... y si Asher no me hubiera interrumpido, hubieran sido más.
El sonido de mis tacones fallando sobre el suelo de madera hace que se gire. Su rostro, muestra una mezcla de preocupación, rabia y una frustración que nunca antes le había visto.
—Has llegado… —dice, y su voz es un hilo tenso que amenaza con romperse—. Y llegas borracha.
—Ehhh… hola —balbuceo, apoyándome en el aparador de la entrada para no caerme. El olor a sándalo de la casa, que antes me daba paz, ahora me provoca náuseas por la culpa.
—¿Por qué, Emily? —pregunta, caminando hacia mí, pero deteniéndose a un par de metros, como si tuviera miedo de lo que pueda encontrar si se acerca demasiado.
—¿Por qué qué? —pregunto, intentando enfocar su rostro.
—¿Por qué te haces esto? ¿Por qué nos has hecho esto? —Su voz sube de tono, cargada de un dolor que me atraviesa—. ¿Hice algo malo alguna vez? ¿Te faltó algo conmigo?
—Tú no… yo… —Trago saliva, sintiendo que el sabor del whisky vuelve a mi boca—. Nathan… no podemos seguir.
El silencio que sigue es absoluto. Nathan cierra los ojos y niega con la cabeza, una lágrima solitaria recorriendo su mejilla.
—Temía que este momento iba a llegar —confiesa, su voz es apenas un susurro—. Fui un iluso al pensar que me elegirías a mí por encima de él. Creí que mi amor bastaría para coser tus heridas.
—Yo… lo siento. Lo siento tanto —sollozo, dejándome caer al suelo, incapaz de mantenerme en pie por más tiempo.
Me cubro la cara con las manos—. Me diste todo, Nathan.
Todo y más. Te juro que estoy agradecida aunque no lo parezca…
pero mi cerebro no manda sobre mi corazón.
Parece que mi corazón terco solo se ha parado en una persona.
No te merezco. Soy una persona horrible por hacerte esto.
Nathan deja la copa sobre una mesa y se acerca, arrodillándose frente a mí, pero no me toca.
—No, Emily. Te lo mereces todo. Y aunque ahora me duele… quiero que seas feliz. Aunque hubiera preferido mil veces ser yo quien te hiciera feliz.
Sus palabras de bondad son como puñaladas. No puedo más con la mentira. Tengo que soltarlo todo, tengo que dejar que me odie para que pueda olvidarme.
—No merezco la felicidad —digo, mirándole a los ojos, con la vista borrosa—.
Tenías razón, Nathan. Te he estado ocultando cosas por las que me sentí horrible, pero aún así…
seguía haciéndolas. Lo besé. No una vez, sino muchas.
En el ascensor, en mi cocina… Y en Malibú…
en Malibú casi te traiciono por completo.
Casi me convierto en algo que lamentaría el resto de mi vida.
Nathan se tensa, su rostro palideciendo bajo la luz de las lámparas.
—Te lo digo porque no te mereces esto —sigo hablando, las palabras saliendo como un torrente de lava—.
No mereces estar atado a una mujer que anhela a otro.
Te mereces a alguien que te ame de la misma manera pura en que tú amas.
Yo te quise, Nathan. Te juro que lo hice.
Pero no puedo amarte como tú a mí. No puedo, por más que lo intento. Creo que estoy irremediablemente rota.
Me quedo allí, sentada en el suelo de nuestro hogar, rodeada del lujo que Nathan ha construido para mí, sintiéndome como una mancha de suciedad en un lienzo blanco. Nathan no dice nada. Se pone en pie, camina hacia la habitación y escucho el sonido de la puerta cerrándose.
Sola. Vuelvo a estar sola. En la oscuridad, el recuerdo de los labios de Asher sigue quemando mis labios, recordándome que, aunque Nathan me ofreciera el cielo, yo siempre me tiraría de cabeza al infierno.