Chapter 38 #2
La visión de su rostro, de su mandíbula tensa y esos ojos marrón verdozos, hace que toda la anestesia del alcohol se evapore, sustituida por una furia incandescente, pura y volcánica.
Suelto el vaso abruptamente. Me bajo del taburete, quedando a escasos centímetros de su cuerpo inmenso. El alcohol me da un valor que sobria intentaría controlar.
—No finjas que te importa —le escupo a la cara, mi voz temblando por la rabia, arrastrando ligeramente las palabras—. No te importó hace diez años cuando me rompiste el corazón en mil pedazos y ni siquiera estuviste ahí para verlo. Ahora menos.
Intento empujarlo por el pecho para pasar, pero es como chocar contra un muro de hormigón.
Asher no se mueve. No aparta la mirada. Por primera vez en todo el día, la arrogancia y la burla sádica han desaparecido de su rostro.
Sus facciones están duras, tensas, marcadas por algo que casi parece. .. tormento.
Da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio vital, obligándome a retroceder hasta que mi espalda choca contra el borde de la barra.
—Sí me importa —replica, y la firmeza de su voz me descoloca—. No sé por qué ahora sí... Joder, Emily, no lo sé. Solo sé que ahora ocupas espacio en mi cabeza las veinticuatro horas del puto día.
Suelto una carcajada aguda, amarga, una risa que raya en la histeria y que hace que el camarero se detenga y nos mire de reojo.
—¡Qué poético! —grito, y ya no me importa si el camarero o los otros clientes nos miran. Mis ojos se llenan de lágrimas de pura rabia—. ¡Empiezas a sentir algo por mí justo cuando yo dejé de hacerlo! ¡Justo cuando aprendí a respirar sin ti, ahora decides que te importo!
Asher aprieta la mandíbula. El músculo de su mejilla salta. Levanta las dos manos y las apoya en el borde de la barra, a ambos lados de mis caderas, acorralándome en el taburete, encerrándome en una jaula formada por sus brazos y su pecho.
Se inclina hacia mí. Sus ojos son dos agujeros negros devorando mi alma.
—Deja de mentir —sisea, sus ojos escudriñando cada centímetro de mi rostro empapado en lágrimas—. Deja de mentirte, Emily. Yo sé que sientes algo. Lo sentí cuando te toqué. Tu cuerpo no me miente.
El calor abrasador de su cuerpo contra el mío es una tortura. Su cercanía me asfixia y me embriaga a partes iguales.
—Odio —susurro, y la palabra sale de mis labios como un veneno. Levanto las manos y las apoyo de plano sobre su pecho duro, empujándolo débilmente sin lograr moverlo ni un milímetro—. Solo odio debería sentir por ti. Porque no puedo olvidar...
La voz se me quiebra. Mi pecho sube y baja erráticamente. La barrera de contención se ha roto. El dolor puro y devastador de la adolescente abandonada inunda la mujer adulta que soy.
—No puedo olvidar las veces que no llamaste —sollozo, golpeando su pecho con el puño cerrado, una y otra vez, sin fuerza—. Las veces que no te sentí, las veces que no te tuve, las veces que no me quisiste. ¡LAS VECES QUE NO AMASTE A ESA NIÑA ESTÚPIDA QUE TE ENTREGÓ ABSOLUTAMENTE TODO LO QUE TENÍA!
Asher no me detiene. Recibe los golpes débiles contra su pecho sin inmutarse, sin apartar la mirada de mis ojos llorosos. Su pecho sube y baja de forma errática, respirando mi dolor.
—Ahora... ¡DÉJAME EN PAZ! Llegas diez malditos años tarde. —estallo, la desesperación desgarrándome la garganta—. ¡Ya me da igual si sientes algo! ¿Quién me puso a mí a amarte cuando tú solo estabas actuando? ¿Quién me mandó a ser tan imbécil para creer tus malditas mentiras?
Las lágrimas resbalan por mis mejillas sin control, calientes, amargas.
—Te pediría una sola gota de amor... —murmuro, con la voz rota en un hilo agónico, dejando caer la frente contra su pecho, incapaz de sostener la cabeza—.
Pero ya sé que no tienes. Eres un agujero negro, Asher.
Deja de jugar conmigo. Por favor, te lo suplico, deja de jugar.
Todavía estoy recogiendo los pedazos de mi corazón del suelo desde hace diez años.
No vengas a pisotear los pedazos que logré juntar.
El silencio en nuestra pequeña burbuja en el bar es atronador. Solo se oye mi respiración entrecortada.
Siento cómo la tensión en el cuerpo de Asher cambia radicalmente.
Sus brazos, que estaban rígidos y apoyados en la barra a mis costados, se mueven.
Lentamente, como si temiera asustarme, levanta las manos.
Sus dedos, inmensos y calientes, acarician mis brazos temblorosos, subiendo hasta mis hombros.
Levanto la cabeza, despacio. Mis ojos empañados y rotos, se encuentran con los suyos.
Y por primera vez desde que lo conozco, no hay burla, no hay arrogancia sádica, no hay instinto de dominación en su mirada. Lo que veo en los ojos de Asher Black es algo crudo. Algo que se asemeja peligrosamente al remordimiento.
—¿Sabes? —susurro, hipando levemente, sintiendo que el alcohol y el dolor me han arrancado la última capa de protección—.
A veces me preguntaba cómo sería si pudiéramos reescribir nuestra historia.
.. Si nos hubiéramos conocido de otra forma.
Si tú no hubieras estado tan vacío... Si hubieras sido capaz de quererme y si yo hubiera sido suficiente para ti.
El rostro de Asher se tensa, como si mis palabras fueran cuchillos hundiéndose en su carne. Su respiración choca contra mi rostro húmedo por las lágrimas. Pasa su pulgar por mi mejilla, con una suavidad tan inesperada, tan aterradora, que un escalofrío me recorre la espina dorsal.
—No eras suficiente para mí entonces —dice Asher, y cada palabra parece costarle algo—. No porque a ti te faltara nada, Emily. Sino porque yo estaba tan jodidamente vacío que no había forma de que nadie lo fuera.
Limpia mis lágrimas con una suavidad que me aterra.
—No necesitamos reescribir nuestra historia, enana —murmura, acercando su rostro al mío hasta que nuestras frentes se tocan, obligándome a respirar su aire, su condena—. Solo tenemos que terminarla. Quema el puto guion anterior. Quema mis mentiras de hace diez años.
Su confesión, tan cruda y brutal, me paraliza.
Asher desliza sus manos desde mis hombros hasta mi cuello, sosteniendo mi rostro con ambas palmas, acunando mi vulnerabilidad en sus manos. Se inclina un milímetro más.
—No estoy actuando ahora, Emily —jura, y la vehemencia de su voz me hace temblar—. Mírame a los ojos y dime si crees que estoy actuando. Estoy tan jodido por ti como tú lo estás por mí. Te prometo que nunca más vas a tener que preguntarte si eres suficiente.
El aire abandona mis pulmones. Mi cerebro me grita que corra, pero mis manos, traicioneras, se aferran a las solapas de su americana.
Aun así, el instinto me obliga a interponer un último muro entre nosotros.
Reúno la poca cordura que me queda y giro la cara apenas un milímetro, lo justo para evitar que su boca atrape la mía.
—¿Y por qué crees que esta vez será distinto? —mi voz tiembla, rota, desesperada por creerle pero aterrorizada de hacerlo—. Tienes a Kate. Es tu pareja, tienes una vida con ella. Y yo... yo tengo a mi prometido. Un hombre que me ofreció todo lo que tú me negaste.
Niego con la cabeza, intentando zafarme de la gravedad de sus ojos, sintiendo que las lágrimas vuelven a empapar mis pestañas.
—Lo nuestro ya es tarde, Asher... —susurro, y el dolor de esa verdad me perfora el pecho—. Demasiado tarde.
El pulgar de Asher acaricia mi pómulo húmedo. No hay sorpresa ni duda en su mirada ante mis excusas. Hay una determinación cruda, letal y absoluta.
—Kate ya no existe —sentencia, y la revelación me deja completamente muda—. Era solo un contrato.
—¿Y eso debería tranquilizarme? ¡Eso solo demuestra lo fácil que descartas a la gente!
—le escupo, con la voz ahogada por el pánico y el rencor—.
La has tirado a la basura como si no fuera nada.
¿Cómo sé que no me harás lo mismo a mí? ¿Cómo sé que no acabaré destrozada como hace diez años.
.. o desechada como Kate cuando te aburras de jugar conmigo?
—No puedes saberlo. Hace diez años eras un capricho.
Pero ahora te has convertido en una obsesión que me consume vivo.
.. Y en cuanto a tu querido prometido...
—continúa Asher, su voz bajando a un murmullo oscuro y posesivo, acercando sus labios a mi oreja—.
Ambos sabemos que lo usas como tu puto escudo.
Y te juro que voy a destrozar cualquier escudo, cualquier muro y a cualquier hombre que se interponga entre tú y yo.
Vuelve a centrar su rostro frente al mío. Su mirada es un incendio inextinguible.
—Nunca es demasiado tarde, enana.
Cierro los ojos, sintiendo sus labios rozar los míos, una promesa y una amenaza, el inicio de una reescritura que sé, con absoluta certeza, que acabará destrozándome de nuevo.
Pero, Dios me perdone, no me aparto .