No me quites la inocencia Chapter 38
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Chapter 38

L a puerta de la sala de juntas se cierra con un clic sordo y definitivo, llevándose consigo a Asher.

Pero su presencia no desaparece. El rastro de su colonia amaderada, mezclada con la tensión eléctrica y asfixiante que acaba de sembrar, sigue flotando en el aire acondicionado, pegándose a mi piel como alquitrán caliente.

El silencio que cae sobre la sala es tan denso que me zumban los oídos.

Los dos abogados asociados recogen sus cosas a toda prisa y huyen de la sala como si estuvieran abandonando un barco que acaba de chocar contra un iceberg.

Me quedo a solas con Nathan.

Sigo sentada en mi silla, paralizada. Mis manos, aún apoyadas sobre los folios del informe de Malibú, tiemblan con tanta violencia que tengo que entrelazar los dedos para disimularlo. Siento un nudo de alambre de espino en la garganta. No me atrevo a levantar la vista.

Escucho a Nathan exhalar un suspiro largo, un sonido rasposo y cargado de un agotamiento tan profundo que me rompe el corazón.

—Emily —dice mi nombre, y no hay ni rastro de la calidez que solía acompañar a esas cinco letras. Su voz es una plancha de hielo—. Mírame.

Trago saliva, que me sabe a ceniza y a bilis, y obligo a mi cuello a moverse. Levanto la cabeza.

Los ojos azules de Nathan están fijos en los míos. Ya no hay la comprensión paciente de siempre. Solo hay una grieta inmensa.

—¿Por qué Asher Black exige que te quedes?

—pregunta. Cada palabra es una estocada precisa, un golpe de martillo directo a mi conciencia—.

¿Por qué un hombre que maneja mil quinientos millones de dólares condiciona todo ese dineral a que una abogada junior que, según tú, apenas soporta, siga al frente de su cuenta?

El pánico se dispara en mi pecho. El aire de la sala se vuelve irrespirable.

—Nathan... ya te lo he dicho, es... es una cuestión de ego —balbuceo, odiándome por la debilidad de mi voz—. Él sabe que yo conozco el caso de Malibú mejor que nadie. Sabe que le he resuelto el problema. Solo quiere controlarlo todo, quiere demostrar que él manda.

Nathan apoya ambas manos sobre la mesa de caoba y se inclina hacia mí. La decepción desfigura sus facciones amables.

—No me insultes, Emily —me advierte, bajando la voz a un murmullo que corta como el cristal—. No insultes mi inteligencia y mi bondad. He visto cómo te miraba. He visto cómo tú apartabas la vista. Eso no era ego. ¿Qué es lo que no me has contado, Emily?

Mi corazón late desbocado contra mis costillas.

—¡No pasó nada! —grito, poniéndome de pie de golpe, empujando la silla hacia atrás. El ruido de las ruedas contra el suelo de madera resuena en las paredes—. ¡Te juro que no pasó nada en esa casa!

Nathan se incorpora lentamente. Su altura, que siempre me había parecido protectora, ahora se siente como un muro inquebrantable de decepción.

Me observa durante unos segundos que se me hacen eternos.

Ve a través de mi máscara, a través de mi maquillaje perfecto.

Ve a la niña aterrorizada que lleva años huyendo de su propia sombra.

—¿Qué pasó de verdad en Malibú, Emily? —repite, suplicando con la mirada una honestidad que soy incapaz de darle.

Cierro los ojos, sintiendo que las lágrimas me queman los párpados.

Las imágenes de la isla de la cocina me asaltan: la dureza del pecho de Asher, mis piernas enredadas en su cadera, el aliento caliente en mi oreja, mi propio cuerpo traicionándome.

.. Si le digo la verdad, si le confieso el nivel de toxicidad y deseo que nos envuelve, le haré mucho daño. Y me destruiré a mí misma.

—Nada. Ya te lo he dicho —repito, en un hilo de voz, aferrándome a la mentira porque es la única balsa que me queda en este naufragio—. No pasó nada. Nada.

Nathan me mira con una tristeza tan vasta, tan profunda, que siento que me ahogo en ella. Asiente lentamente, aceptando mi cobardía. Recoge su maletín de cuero de la mesa, ajusta el botón de su americana y me da la espalda.

Antes de abrir la puerta, se detiene y me lanza una última mirada por encima del hombro.

—Cuando te decidas a decirme la verdad, aquí me encuentras.

La puerta se abre y se cierra con un chasquido. Me quedo completamente sola.

Mis piernas ceden. Me apoyo contra el borde de la mesa de caoba, agarrándome a la madera con los dedos blancos, buscando desesperadamente oxígeno. El peso de lo que acabo de hacer me aplasta. He elegido callar. He elegido la oscuridad. He dejado que Asher gane otra maldita vez.

Agarro mi bolso y mi maletín con movimientos torpes.

Salgo de la sala de juntas, camino por el pasillo de cristal con la cabeza gacha, ignorando las miradas curiosas de los asistentes y los murmullos de los oficinistas.

Entro en el ascensor, pulso el botón de la planta baja y me apoyo contra el espejo del fondo, cerrando los ojos mientras la cabina desciende.

Necesito salir de este edificio. Necesito apagar mi cerebro.

Al cruzar las puertas giratorias del rascacielos, el ruido infernal del centro de Los Ángeles me golpea: bocinas de coches, el murmullo incesante de la gente, el olor a asfalto caliente, a tubos de escape y a comida de los puestos callejeros.

El cielo es una losa de plomo gris, amenazando con una tormenta que se niega a romper.

Cruzo la calle a paso rápido, casi corriendo.

Justo frente al bufete, escondido entre dos edificios inmensos de oficinas, hay un bar de estilo clandestino al que los socios suelen ir a celebrar después del trabajo.

Es mediodía, un maldito lunes, pero no me importa.

Empujo la pesada puerta de roble y bronce con el hombro.

El interior está sumido en una penumbra cálida y anaranjada. Huele a alcohol y a un leve rastro de tabaco. A esta hora, el local está prácticamente vacío.

Camino hacia la larga barra de caoba pulida y me siento en uno de los taburetes altos, dejando caer mi maletín al suelo con un ruido sordo.

El camarero, un hombre mayor con chaleco oscuro y un paño blanco en el hombro, se acerca a mí con una mirada comprensiva. Está acostumbrado a ver a abogados en traje con la vida cayéndose a pedazos a plena luz del día.

—Un whisky doble —le pido, con la voz ronca—. Con hielo.

El hombre asiente sin hacer preguntas. Unos segundos después, desliza sobre la madera un vaso ancho de cristal pesado. El hielo choca contra las paredes del vaso con un tintineo agudo, y el líquido ámbar se arremolina, captando la escasa luz de las lámparas colgantes.

Me quedo hipnotizada mirando el vaso.

Agarro el vaso con ambas manos, sintiendo el frío del cristal congelándome las palmas, e intento encontrar respuestas en el fondo del licor. Me hago las preguntas que llevo meses silenciando.

¿De verdad quiero a Nathan?

Cierro los ojos. La imagen de mi prometido aparece en mi mente: su sonrisa amable, su paciencia infinita, la forma en que me abraza por las noches para alejar mis pesadillas. Sí. Lo quiero. Pero... ¿Le quise alguna vez con la fuerza que requiere el amor verdadero? ¿O solo vi en él mi salvación?

El latigazo de dolor en mi pecho es la única respuesta que necesito.

Nathan fue mi faro en medio de una tormenta que amenazaba con ahogarme.

Me rescató cuando yo era un montón de piezas rotas.

Me dio estabilidad, me dio un futuro, me dio el respeto que nunca antes había conocido.

Él fue la tirita perfecta. La anestesia perfecta.

Soy plenamente consciente de ello, y la culpa me devora las entrañas.

Levanto el vaso y le doy un trago largo. El whisky me quema la garganta, bajando por el esófago como un reguero de pólvora, dejando un regusto áspero y ahumado en mi lengua. El calor se expande por mi estómago, adormeciendo levemente el pánico.

Abro los ojos y vuelvo a mirar el fondo del vaso.

Asher es la destrucción. Lo sé. Lo sé desde que tenía quince años.

Es el huracán que arranca los cimientos de mi vida sin piedad, el fuego que calcina todo a su paso.

Si Nathan es el refugio antiaéreo, Asher es la bomba nuclear.

Él me arrastra a la oscuridad, me asfixia, me consume la cordura.

Saca la peor versión de mí, una versión hambrienta, furiosa y desesperada.

Quizá... el pensamiento asoma en mi mente, quizá quiero estar rota para siempre. Quizá pertenezco a las sombras, encadenada al capullo que me creó .

Me bebo el resto del whisky de un solo trago, sintiendo cómo el alcohol nubla mis pensamientos, aflojando la tensión de mis hombros. Dejo el vaso vacío sobre la barra con un golpe seco.

—Otro. Doble. Por favor—pido al camarero, levantando un dedo.

Me sirve el segundo vaso. Vuelvo a agarrarlo.

El bar empieza a sentirse más cálido. Mis extremidades se sienten pesadas, agradablemente adormecidas.

La frontera entre la razón y el caos empieza a difuminarse en mi cabeza.

Doy un par de sorbos lentos, dejando que el entumecimiento me envuelva como una manta pesada.

Estoy a punto de vaciar el segundo vaso de whisky cuando la temperatura a mi alrededor parece caer diez grados de golpe.

El vello de la nuca se me eriza. Mis sentidos, se disparan en una alerta primitiva. El olor a lluvia de la calle, mezclado con cedro, menta y un rastro de tabaco, inunda mi espacio personal antes de que siquiera llegue a tocarme.

Una mano inmensa y adornada con anillos de plata, aparece en mi campo de visión y cubre el vaso de cristal, deteniendo mi movimiento hacia mis labios.

—Si no recuerdo mal, la señorita Reed tenía por norma no tocar el alcohol jamás en horario laboral. Deja eso, Emily.

La voz grave, ronca y cargada de una autoridad oscura reverbera directamente en mis oídos.

Giro la cabeza lentamente. Asher está de pie junto a mi taburete. Se ha desabrochado el primer botón de su camisa negra, mostrando el borde del tatuaje de su cuello. Su postura irradia una tensión letal. Su pecho sube y baja. Me ha estado buscando.