No me quites la inocencia Chapter 37 #3
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Chapter 37 #3

—Oh, no me cabe la menor duda —respondo, arrastrando las palabras, mi mirada fija en Emily—. La señorita Reed demostró... una tenacidad admirable en Malibú. Se implicó a fondo en el terreno. Mucho más de lo esperado.

Nathan se tensa visiblemente. Sus ojos azules, confundidos, van de mí a Emily. Ella traga saliva, clavando la mirada en los folios que tiene delante como si fueran la cosa más interesante del mundo.

—Gracias, señor Black. Me limité a hacer estrictamente mi trabajo. Nada más... ni nada menos. —logra articular ella.

Su tono es de un profesionalismo gélido, pero el ligero temblor en el bolígrafo plateado que sostiene entre los dedos la delata.

Me recuesto en la silla de cuero, disfrutando del espectáculo. Es fascinante verla luchar. Es como ver a un pájaro hermoso y salvaje golpearse contra los barrotes de una jaula que yo mismo he diseñado.

Nathan se aclara la garganta, profundamente incómodo por la carga eléctrica que satura el aire de la sala, aunque no logre descifrar del todo su origen.

—Bien —dice Nathan, cerrando su carpeta—. Si no hay ningún otro punto que tratar sobre la logística de las obras y los permisos, creo que podemos dar por concluida la...

—De hecho, Nathan, hay algo más —lo interrumpe Emily de súbito.

Su voz suena inusualmente alta, cortando el ambiente pesado de la sala como un látigo. Suelta el bolígrafo. Se endereza en la silla, cuadrando los hombros bajo la blusa. Sus ojos verdes evitan los míos y se clavan exclusivamente en su prometido.

—Aprovechando que el señor Black está presente y que el bloqueo principal de Malibú se ha resuelto con total éxito —continúa Emily, con una calma forzada que me crispa los nervios—, quiero anunciar formalmente mi decisión de dimitir como abogada principal de la cuenta de Black Real Estate .

El silencio que cae sobre la sala de juntas es absoluto. Podría escucharse el latido de un corazón si no fuera porque el mío acaba de detenerse por una fracción de segundo.

¿Qué demonios acaba de decir?

Nathan la mira con la boca entreabierta, como si de repente le hubiera empezado a hablar en ruso. Los dos abogados asociados en el otro extremo de la mesa abren los ojos de par en par, intercambiando miradas de incredulidad.

No te dejaré huir de mí.

—Emily, ¿de qué estás hablando? —pregunta Nathan, confundido. Apoya ambas manos sobre la mesa, inclinándose hacia ella—. Este es nuestro cliente principal. Hemos trabajado meses en esto.

—Lo sé —responde ella, manteniendo el contacto visual con él—.

Y por eso mismo creo que es el momento de dar un paso a un lado.

El volumen de trabajo es excesivo, tengo otros litigios acumulados y.

.. considero que mi objetividad profesional en este caso en particular podría verse comprometida.

El equipo necesita a alguien con una perspectiva nueva.

Solicito mi traslado inmediato a los casos de litigio civil menor. Con efecto inmediato.

Me inclino hacia delante, apoyando los codos sobre la mesa de caoba, entrelazando los dedos con lentitud y deliberación. La vena de mi cuello late con furia.

—Rechazo su dimisión, señorita Reed —sentencio, clavando mi mirada en ella, disfrutando de cómo palidece.

—Usted no es mi jefe directo, señor Black —replica Emily, apretando la mandíbula—. No tiene autoridad para rechazar mis decisiones internas en Sterling & Brooks.

Suelto una risa seca, desprovista de cualquier humor.

—Oh, Emily. Qué poco entiendes cómo funciona el mundo real —murmuro, usando su nombre—. Yo no dirijo la parte interna de este bufete, es cierto. Pero yo lo alimento.

Giro la cabeza lentamente hacia Nathan.

—Escúchame bien, Brooks —le digo, mi tono volviéndose letal, afilado como una cuchilla de afeitar—.

Mi contrato de exclusividad con esta firma se firmó bajo una condición implícita que ahora voy a hacer explícita e innegociable: Nathan Brooks y Emily Reed son las únicas , repito, únicas personas autorizadas a manejar mis negocios.

Si no hay Emily... no hay Nathan. No hay Sterling & Brooks que trabajará conmigo.

Dejo que la amenaza flote en el aire por un segundo antes de dejar caer la guillotina.

—Si ella dimite... retiraré mis mil quinientos millones de dólares de Sterling & Brooks hoy mismo.

Miro a Emily.

Su pecho sube y baja erráticamente. Sus manos, apoyadas sobre los folios, están cerradas en puños tan apretados que le tiemblan los nudillos.

Jaque mate, enana.

—Creo que —digo, poniéndome de pie lentamente, abrochándome el botón de la americana y mirando a los dos con una superioridad aplastante— la señorita Reed acaba de darse cuenta, tras una breve reflexión, de que su carga de trabajo es perfectamente manejable. ¿No es así, Emily?

Emily no responde. Sus ojos me miran desde abajo con un odio tan puro, tan hirviente y visceral, que me provoca una sacudida de pura excitación en el bajo vientre. Su silencio es la rendición más hermosa que he presenciado.

Nathan traga saliva.

—La señorita Reed seguirá al frente del caso, señor Black. Se lo aseguro —murmura Nathan.

Le dedico a Emily una última sonrisa, una promesa silenciosa de que esto es solo el principio.

—Excelente. Nos vemos mañana en mi despacho, abogada. Tenemos mucho trabajo físico y legal por delante.

Me doy la vuelta y salgo de la sala de juntas con paso dominante, dejando tras de mí el aroma a mi perfume y la certeza aplastante de que he ganado.

Nadie me abandona, Emily. Y tú, menos que nadie.