No me quites la inocencia Chapter 37 #2
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Chapter 37 #2

Doblo la esquina hacia la zona de despachos principales y me detengo en seco.

Ahí están.

A través de las paredes de cristal del pasillo, los veo.

Emily está de pie frente a Nathan. Ella lleva una falda ajustada y una blusa, el pelo recogido en un moño, como la profesional intocable que finge ser.

Está levantando el rostro hacia él, poniendo sus manos en los hombros del maldito imbécil, y lo besa.

Mi sangre se convierte en ácido sulfúrico.

Observo la escena con la mandíbula apretada hasta el dolor.

El nudo en mi estómago es una bola de fuego, pero mis ojos captan un detalle crucial: no estoy seguro de si él le devuelve el beso.

La postura de Nathan es rígida. Sus manos apenas rozan la cintura de ella.

Se separan rápido. Ella fuerza una sonrisa; él asiente y se va por el otro lado del pasillo, dejándola sola.

Está claro que hay una barrera invisible entre ellos. Una barrera que yo he puesto ahí.

No tengo derecho a estar celoso. La voz de la lógica resuena en un rincón minúsculo de mi cerebro. Fui yo quien la dejó atrás. Fui yo quien la destrozó hace diez años. No es mía legalmente. No es mi mujer. No tengo derecho a reaccionar así a nada. Ella es su prometida. Se van a casar.

Pero no me controlo. Soy incapaz. La simple imagen de los labios de ella sobre los de otro hombre después de haberla tenido tan cerca es un detonante letal.

La busco.

No lo pienso. Mis pies se mueven por sí solos. En tres zancadas largas y silenciosas, atravieso la distancia que nos separa en el pasillo vacío. Antes de que ella pueda abrir la puerta de su despacho o darse cuenta de mi presencia, alargo el brazo.

Tiro de ella brutalmente hacia mí.

—¡Ah! —un grito ahogado escapa de sus labios.

Nuestros cuerpos chocan con un impacto violento y sordo. La agarro por la cintura con un brazo, pegando su cadera a la mía con tanta fuerza que le saco el aire de los pulmones. El olor a su perfume, jazmín, limpioy puramente Emily, me inunda el cerebro, drogándome al instante.

Ella jadea. Sigo atentamente su pulso. Sigo la manera en que sus ojos se deslizan instintivamente hacia mis labios antes de volver a mirarme con furia. Veo el latido que crece y se hace tan evidente, tan deliciosamente vulnerable en la fina línea carótida de su cuello.

—Dime —murmuro cerca de su oreja.

Mi aliento cálido choca contra su piel. Soy perfectamente consciente de lo mucho que la desestabiliza este gesto sin darle opción a mover el cuerpo. Siento su corazón golpear como un tambor frenético contra mi pecho.

Ella intenta decir algo, abre la boca para soltarme alguno de sus insultos quizás, pero en ese mismo instante, levanto la mano y le agarro la mandíbula, obligándola a mirarme directamente a los ojos. No le hago daño, pero el agarre es de acero.

No he dormido en toda la puta noche. Mi cabeza es un hervidero de imágenes.

—¿Te ha tocado anoche? —le exijo saber.

Ella se tensa al instante. Su cuerpo entero se vuelve rígido bajo mi toque.

Siento la sangre hirviendo bajo mi piel.

Me he imaginado demasiadas veces, en demasiados escenarios grotescos, qué hace ella en esa puta cama con él.

Escenarios que no me han dejado dormir por la noche, que me han llevado a vaciar botellas de whisky.

No la dejo moverse. Mantengo mi mirada clavada en la suya, implacable, hasta que no oiga claramente lo que necesito oír.

Emily respira por la nariz, de forma errática. Traga saliva, y su pecho sube y baja rozando mi americana. Reúne todo el coraje que puede encontrar y, desafiando mi autoridad, responde.

—Asher... —su voz tiembla, una mezcla de terror y odio—. Es mi prometido. Si no él, ¿quién? ¿Tú?

Su tono no hace más que hervirme la sangre a niveles radioactivos.

Me dije a mí mismo desde el principio, desde que vi sus ojos verdes en esa mesa de reuniones en Nueva York, que tendría que mantenerme alejado por mucho que me atrajera.

La regla era clara: aunque me dan igual las mujeres que llevan un anillo de compromiso, las de mis socios comerciales son.

.. cuestionables. Era un terreno que traía más problemas que beneficios.

Lo intenté. Aunque parece que no mucho. Es como si mi fuerza de voluntad con ella es inexistente.

Ella tenía algo que me atraía más y más. Quizás los ojos. El verde intenso de ellos que me resultaba tan exasperantemente familiar.

Nunca me imaginé un pasado compartido.

Desde el momento en que la vi, ya no fue una opción. La buscaba sin darme cuenta. La provocaba para ver el hielo de su mirada romperse. Nunca me encapriché con una mujer de esta manera. Nunca.

Pero cuando estaba con él... estallaba una furia incontrolable dentro de mí.

No son simples celos. Es algo infinitivamente peor y más oscuro. Es la certeza absoluta de que, tarde o temprano, ella acabará viniendo a mi. Porque me pertenece. Porque ha sido mía y lo volverá a ser.

Bajo la mirada hacia su boca entreabierta y luego vuelvo a sus ojos. Aflojo un milímetro el agarre en su mandíbula, acercando mi rostro al suyo hasta que respiro su mismo aire.

—¿Qué te hace pensar que un anillo barato me impida follarte ahora mismo?

—le susurro, arrastrando las palabras con una vulgaridad letal, presionando mi erección contra su vientre a través de la ropa para que sienta exactamente de lo que hablo—.

Así como estoy seguro de que él no fue capaz de hacerlo anoche.

El golpe es bajo y certero. Sé que he dado en el clavo por la forma en que sus pupilas se dilatan. He visto a Nathan en el pasillo. He visto la frialdad con la que la trató. Estoy seguro que no la ha tocado.

Emily aprieta los dientes, furiosa. Me clava las uñas en las solapas de mi americana, intentando empujarme inútilmente.

—Puede que el anillo no te detenga... —sisea, desafiándome con esa mirada verde que me vuelve loco—, pero yo sí te detendré, Asher.

Su rebeldía me enciende la polla de una manera que ninguna sumisión pasada logró jamás.

—Y dime, señor Black... —añade, levantando la barbilla un milímetro, retándome —, ¿dónde queda tu ética moral?

Suelto una risa grave, seca, carente de cualquier atisbo de arrepentimiento.

Relajo un poco la presión sobre su mandíbula, pero solo para acariciar su mejilla con el dorso de los nudillos, bajando lentamente por su cuello, trazando la línea de su pulso salvaje. Me acerco a su oído de nuevo, dejando que mi voz le transmita la sentencia de la que no podrá escapar.

—Mi ética moral —murmuro, sintiendo cómo se estremece a pesar de sus palabras— se quemó el día que volviste a mirarme en esa sala de juntas en Nueva York.

No tengo ética, enana. No cuando se trata de ti.

Así que deja de esconderte detrás de un hombre que no sabe qué hacer contigo, y asume de una puta vez a quién perteneces.

Me aparto un solo paso, soltándola de golpe. La dejo con la respiración cortada y los ojos desorbitados por el pánico de saber que el cabrón al que creía haber dejado en el pasado, ahora está dispuesto a quemar el mundo entero con tal de volver a tenerla.

Sin mirar atrás ni darle el privilegio de ver cómo me afecta, me doy la vuelta y camino por el pasillo con pase firme, ajustándome los puños de la camisa y alisando la solapa de mi americana como si nada hubiera pasado.

La reunión de seguimiento sobre el proyecto de Malibú está programada a las diez en punto.

Abro la puerta y entro en la sala de juntas de Sterling mi mirada va directa a la inmensa mesa ovalada y a cómo está dispuesta.

Nathan ya está sentado a la cabeza de la mesa, revisando unos documentos con el ceño fruncido.

Un par de abogados asociados murmuran entre ellos en el extremo opuesto.

—Buenos días, caballeros —anuncio mi entrada. Mi voz es profunda, resonante.

Nathan levanta la vista. Su expresión es profesional, pero el leve endurecimiento de su mandíbula me dice todo lo que necesito saber. La tensión que sembré entre ellos está dando sus frutos.

Me siento en la silla de cuero negro que está justo a su derecha. Cruzo las piernas y apoyo los brazos sobre la mesa, proyectando la imagen del CEO que controla la sala.

Apenas un minuto después, la puerta se abre de nuevo.

Emily entra.

Ha logrado recomponerse. Su pelo recogido vuelve a estar impecable, su blusa no tiene ni una arruga y su maletín de cuero cuelga de su mano con firmeza. Sin embargo, cuando sus ojos se cruzan con los míos por una fracción de segundo, veo la tormenta.

—Disculpen el retraso —dice, con esa voz fría que me excita más de lo que estoy dispuesto a admitir.

—No hay problema, Emily. Siéntate —responde Nathan, indicando con un gesto rígido la silla vacía que está exactamente enfrente de mí.

Ella duda. Es un titubeo casi imperceptible, un ligero cambio en su peso corporal que soy capaz de detectar. Toma asiento con movimientos rígidos, mecánicos, desplegando sus documentos sobre la mesa, evitando a toda costa mirarme.

La reunión comienza. Nathan repasa con voz monótona los tecnicismos del levantamiento del bloqueo, detallando el calendario de obras y los posibles recursos que podría intentar interponer el Ayuntamiento de Malibú.

Los abogados asociados toman notas. Yo asiento, fingiendo prestar atención a la jerga legal, pero mi atención está completamente enfocada en la mujer que tengo delante.

Por debajo de la mesa de caoba, estiro las piernas con lentitud premeditada.

La punta de mmi zapato roza intencionadamente los tacones de Emily. Ella da un pequeño y brusco respingo, retirando las piernas hacia atrás y cruzando los tobillos bajo su silla para huir de mi contacto.

Sonrío. Una sonrisa minúscula.

—Todo parece estar en perfecto orden, señor Black —concluye Nathan, pasándome una copia del informe—. El miércoles las excavadoras podrán entrar en el terreno. Emily hizo un trabajo excepcional durante el fin de semana.