No me quites la inocencia Chapter 37
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Chapter 37

C onducir de vuelta a Los Ángeles en la tarde del domingo no logra enfriar la sangre que me hierve en las venas.

Al contrario, el rugido del motor de mi Mercedes negro devorando el asfalto de la Pacific Coast Highway parece alimentar el incendio que me devora por dentro.

El océano a mi derecha es un abismo que refleja exactamente lo que tengo en la cabeza.

Enana.

Aprieto el volante forrado en cuero hasta que los nudillos se me ponen blancos.

Todavía no lo puedo creer. La revelación sigue golpeándome el cráneo como un martillo neumático.

La niña de quince años, la cría delgada, asustadiza y manipulable que dejé atrás en Nueva York hace una década, es la misma mujer que ahora viste trajes de chaqueta, la abogada de hielo que me sabotea contratos millonarios sin pestañear.

La mujer que me llamó la atención de una forma diferente.

No puedo creer el cambio que ha pegado. El patito feo y roto se ha convertido en una maldita obra de arte letal.

Ahora sí la veo como a una mujer. Una mujer de verdad.

Con curvas afiladas que me invitan a pecar, con una mirada verde que te atraviesa, con una mente tan brillante y maquiavélica que ha estado a punto de ponerme de rodillas en mi propia empresa.

Ni de coña me habría imaginado que acabaría tan loco por la enana del parque, años después. No me habría figurado ni por un segundo que la enana conseguiría volverme tan tarumba de esta manera más adelante.

Quiero quitármela de la cabeza, pero mis pensamientos gritan su nombre. Me despojo de toda lógica cuando la veo y la tengo cerca.

Lo que empezó como pura atracción física, un capricho sádico de doblegarla, un morbo innegable por la única mujer que no me miraba como si fuera un cajero automático, se convirtió rápidamente en una obsesión.

Y ahora que sé quién es, la obsesión ha mutado en una necesidad tóxica, enferma, violenta y absoluta.

Me muerdo el interior de la mejilla, recordando cómo su cuerpo se ajustó al mío en la isla de la cocina. Sus piernas se enredaron en mi cadera. La sentí temblar. La sentí desearme.

Entonces, ¿por qué me rechaza con tanta violencia?

¿Por qué me sigue dando largas si ya estuvimos juntos?

Esa es la pregunta que me taladra el cerebro.

Ya fue mía. Suplicaba por mi atención, temblaba cuando la tocaba, me miraba como si yo fuera el mismísimo Dios.

Conoce mi oscuridad y, sin embargo, ahora se resiste con uñas y dientes, refugiándose en los brazos de ese abogado de pacotilla que ni siquiera sabe qué hacer con ella.

Nadie me ha rechazado nunca. Me vuelve loco.

Me desquicia saber que la tuve en mis manos y ahora se me escapa, mirándome con ese odio fingido mientras su cuerpo me dice a gritos que se muere de ganas de que la vuelva a follar.

Llego a mi ático y meto el coche en el garaje subterráneo. El ascensor privado se abre directamente en el inmenso salón.

El lugar es frío y nada más entrar, el olor empalagoso a perfume floral dulce de Kate me revuelve el estómago. No huele a lluvia. No huele a jazmín, ni al sutil aroma limpio que desprendía la piel de Emily esta mañana. Huele a mentira.

Tiro las llaves sobre la consola de cristal con un ruido seco que reverbera en el techo de doble altura. Me quito la americana. Estoy exhausto, frustrado y con la mente puesta a kilómetros de distancia.

Las luces de la cocina parpadean y se encienden. Kate aparece, envuelta en una bata de seda negra, sosteniendo una copa de vino blanco. Tiene el pelo rubio perfectamente peinado y una expresión de reproche prefabricado en su rostro.

—¿Otra vez a las andadas? —pregunta Kate, cruzándose de brazos, apoyando la cadera contra la isla.

Me detengo en seco. Mi paciencia, que ya pendía de un hilo invisible y desgastado, se rompe por completo. La superficialidad de su voz, la falsedad de su postura... El contraste entre ella y la mujer de ojos verdes que acabo de dejar atrás me provoca una irritación instantánea.

La ignoro. Camino hacia el mueble bar y me sirvo tres dedos de whisky puro en un vaso de cristal pesado. El líquido ámbar quema al bajar por mi garganta, pero no adormece nada.

—¿Qué quieres, Kate? ¡Lárgate! No tengo tiempo para tus mierdas esta noche —gruño, dándole la espalda para mirar por los inmensos ventanales las luces parpadeantes de la ciudad.

Se acerca a mí, ofendida, elevando el tono de voz para asegurarse de que su indignación suene creíble.

—¿Me has traído a esta ciudad solo para reírte de mí? —suelta, obligándome a mirarla al plantarse frente a mi línea de visión—. Desapareces todo el fin de semana sin contestar mis mensajes. ¿Me estás engañando otra vez?

La repaso de arriba abajo con una mirada desprovista de cualquier calor. No siento absolutamente nada. Cero. Vacío. Es solo un maniquí que adorna mis eventos sociales.

—Sabes perfectamente que si quiero follarme a otra, lo hago también delante de tus narices —respondo con una crueldad indiferente, dándole un sorbo al whisky—.

No me escondo, Kate. No tienes derecho a montarme ninguna escena de celos.

Te recuerdo que lo nuestro es solo un puto contrato.

Tú tienes tus portadas, tus desfiles, y yo tengo mi imagen pública. No te pases de la raya.

Kate aprieta los labios ofendida .

—El contrato pide también respeto —replica ella, apretando los dientes, los ojos brillantes de rabia—. Soy tu pareja frente al mundo. Exijo que me trates como tal.

Su exigencia me suena a chiste. Un mal chiste. Dejo el vaso de whisky sobre la mesa con tanta fuerza que el cristal está a punto de hacerse añicos.

—Pues anulamos el contrato —sentencio, mirándola con los ojos vacíos.

Kate parpadea, descolocada. La copa de vino tiembla en su mano. La máscara de novia indignada se le cae al instante, dejando ver el pánico real a perder la tarjeta de crédito ilimitada y la fama que conlleva mi apellido.

—¿Qué... qué dices, Asher? —tartamudea, la furia dejando paso al pánico.

—Que rompemos o como se diga —suelto, dando un paso hacia ella, acorralándola visualmente con mi altura—.

Rompemos el contrato. Rompemos lo que se supone que somos.

Se acabó el teatro, Kate. Llama a tu agente.

Que redacte el puto comunicado de prensa.

"Diferencias irreconciliables" o lo que os dé la gana inventar. Se acabó.

Traga saliva. Ve en mis ojos que no estoy jugando, que no es un farol ni una negociación. Ve el abismo absoluto.

—Lo... lo siento —se apresura a decir, retrocediendo un paso, su tono cambiando drásticamente, volviéndose sumiso, desesperado—. Está bien. Estás cansado. Ha sido un fin de semana duro por lo del peritaje y los abogados. Lo entiendo, de verdad. No lo decías en serio.

La falsedad de su comprensión me enciende la sangre. La imagen de Emily gritándome sus verdades a la cara, mandándome al diablo, luchando con uñas y dientes, cruza mi mente. Eso era real. Ese odio, ese fuego... eso era estar vivo. Esto que tengo delante es una pantomima barata de plástico.

—Sí —gruño, y la rabia contenida explota en mi voz, resonando en las paredes del ático—. Estoy cansado de fingir. ¡MALDITA SEA! Estoy cansado de fingir que somos una pareja cuando yo no sé nada de ti, ni me importa.

Agarró el vaso de whisky vacío y lo estrello contra la pared de enfrente. El cristal estalla en mil pedazos con un estruendo ensordecedor. Kate da un grito ahogado y se cubre la cara.

Doy otro paso hacia ella, arrinconándola, pero no la estoy viendo a ella. Estoy viendo los ojos verdes de Emily. Estoy viendo su pelo recogido, sus labios...

—No sé si te gusta el café amargo, si fumas cuando te pones nerviosa, si te muerdes el labio para no decir algo que no deberías... —enumero, y cada detalle que sale de mi boca es un recuerdo de Emily. Mi voz baja, volviéndose un murmullo denso y obsesivo—. No sé si te conozco de hace años...

Kate me mira como si hubiera perdido completamente el juicio. Retrocede hasta chocar contra la pared fría del salón.

—¿Qué estás diciendo? —susurra, aterrada por mi nivel de desquiciamiento—. ¿Tienes fiebre? Asher, estás delirando...

—¡Quita! —le ordeno cuando se vuelve a acercar a mí, apartándome de ella con asco, pasando una mano por mi pelo—. Y deja de fingir también que te importo. A ti te importa una mierda lo que me pase. Solo te importa mi dinero, mi estatus y si se me levanta la polla.

—¡Eres un desgraciado sin corazón! —grita Kate, ofendida, dándose cuenta de que la ruptura es definitiva y no hay vuelta atrás.

—Recoge tus cosas y vete de mi casa, Kate. Hoy. No quiero verte cuando salga del despacho.

La dejo ahí, petrificada, con la copa en la mano, y me encierro en mi despacho.

Me paso el resto de la madrugada bebiendo en la oscuridad.

Siento un hambre voraz, un agujero negro en el pecho que solo una abogada de ojos verdes puede llenar.

Así que decido torturarla con mensajes de texto.

Sé que estás ahí y no puedes dormir. Pensabas que podías pero te estás quemando.

Necesitaba saber que yo ocupaba su mente de la misma manera enfermiza en que ella ocupaba la mía.

Y cuando me respondió, cuando supe que estaba despierta, sentí un triunfo sádico.

Esta vez es diferente. Tú eres diferente.

Y lo es. Me vuelve loco. Me vuelve absolutamente loco.

Y el simple pensamiento del inútil de su prometido tocando su piel me quemaba vivo desde las entrañas hasta la garganta.

El lunes por la mañana, la ciudad me recibe con su habitual tráfico denso y un sol blanco y cegador que me castiga los ojos tras no haber dormido una sola hora.

Llego a las oficinas de Sterling & Brooks en Century City. El edificio huele a ozono del aire acondicionado, a café caro y a tensión. Mi presencia en el pasillo principal paraliza a las secretarias y hace que los socios menores bajen la mirada.

Paso de largo por la sala de juntas. Mi único objetivo es llegar al final del pasillo. Necesito verla.