No me quites la inocencia Chapter 36 #3
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Chapter 36 #3

—Yo también te quiero, Emily —dice contra mi pelo, pero su voz suena como una despedida—. Pero no sé si eso va a ser suficiente para salvarnos de él.

Me quedo allí, abrazada a mi prometido, sintiendo el latido de su corazón contra el mío, mientras en mi cabeza sigue resonando la risa oscura de Asher y la pregunta que me hizo en la grava: ¿Qué vas a hacer, Emily? ¿Fingir que no pasó nada?

Cierro los ojos con fuerza, aferrándome a Nathan, sabiendo que la guerra acaba de empezar y que el frente de batalla está ahora dentro de mi propia cabeza.

El resto del domingo transcurre en una agonía lenta y silenciosa.

Pasamos el día juntos, confinados voluntariamente entre las paredes de nuestra casa, pero la distancia entre nosotros es un abismo de cristal.

Físicamente estamos en la misma habitación, pero emocionalmente estamos a años luz.

Yo me esfuerzo con una desesperación patética.

Preparo la cena, su plato favorito, llenando la cocina con el olor a ajo asado y romero para intentar camuflar la tensión.

Le pregunto por un caso menor que lleva en el bufete, le sirvo una copa de vino, intento rozar su mano por encima de la mesa mientras comemos.

Pero Nathan esquiva mi tacto con una sutileza que siento que es como si me apuñalara.

Me responde con frases cortas, educadas, como si fuera una clienta difícil a la que no quiere ofender.

Su dolor es un muro infranqueable. Me observa callado mientras recojo los platos con esa misma mirada escéptica y herida de la mañana, analizando cada uno de mis movimientos, buscando la mentira.

A las once de la noche, el agotamiento me pesa en los huesos como si estuviera hecha de plomo.

Subimos a nuestra habitación. La luz cálida y tenue de las lámparas de noche ilumina las paredes blancas.

El aire huele a lavanda y sándalo, nuestro refugio seguro, pero esta noche se siente como una celda acolchada. .

Nathan se quita la camiseta, se mete bajo el nórdico y se acuesta de lado casi de inmediato, dándome la espalda, pegándose al borde exterior y dejando un espacio enorme, frío e inexplorado en el centro del colchón.

Me meto con cuidado bajo las sábanas de algodón frío.

Apago mi lámpara con un clic sordo. La oscuridad cae sobre nosotros, pesada y densa.

El sonido de su respiración pausada llena la habitación, pero sé que no está dormido.

La necesidad de que me toque, de que me valide, de que me asegure que no lo he perdido del todo, me consume.

Me deslizo sigilosamente por la superficie del colchón, acortando la distancia hasta que mi pecho roza la piel cálida de su espalda desnuda.

Paso un brazo por encima de su cintura, pegando mi cuerpo al suyo.

Mi respiración agitada choca contra los cabellos cortos de su nuca.

Empiezo a dejar besos suaves, casi imperceptibles, sobre su hombro.

Acaricio la dureza de su abdomen con la yema de los dedos, buscando encender una chispa, buscando desesperadamente que se gire y me haga suya con tanta fuerza que logre borrar a Asher de mi sistema.

La mano de Nathan atrapa mi muñeca, deteniendo mis caricias en seco.

No aprieta, no lastima. Simplemente me frena con una determinación inamovible.

—No, Emily —murmura en la oscuridad, su voz grave, impregnada de cansancio—. Ahora no.

—Nathan... —susurro contra su piel, sintiendo un nudo asfixiante en la garganta—. Por favor.

—Duérmete, Emily —responde, definitivo. Suelta mi mano y se ajusta la almohada bajo la cabeza, sin molestarse siquiera en girar el cuello para mirarme.

El rechazo me escuece en las retinas, obligándome a tragar el nudo de lágrimas calientes que amenaza con ahogarme. Me retiro. Me encojo sobre mí misma, en mi lado del colchón, abrazando la almohada contra mi pecho.

—Buenas noches —murmuro, con la voz rota.

Él no responde.

Pasan las horas, marcadas por el tictac invisible de la ansiedad.

El ritmo de la respiración de Nathan se vuelve profundo y pausado.

Se ha quedado dormido por puro agotamiento mental.

Pero yo no puedo. El insomnio es un monstruo que me mantiene con los ojos abiertos de par en par, clavados en las formas difusas de las sombras que el farol de la calle proyecta en el techo.

El silencio de la casa ya no me da paz; me da demasiado espacio para pensar.

De repente, un destello de luz blanca corta la oscuridad de la habitación, seguido por el leve zumbido de una vibración contra la madera de mi mesita de noche.

Bzzzt.

El teléfono móvil se ilumina, arrojando un resplandor fantasmal sobre la pared de la habitación.

El corazón se me paraliza.

Giro la cabeza lentamente. Alargo la mano y cojo el dispositivo con dedos temblorosos. La luz de la pantalla me ciega por un segundo. Es un número que no tengo guardado, pero no me hace falta ver el nombre para saber quién es. El diablo ha encontrado la forma de volver a buscarme.

Número desconocido: ¿Estás pensando en mí, enana?

El aire se atasca en mis pulmones. Bloqueo el teléfono inmediatamente y lo dejo boca abajo sobre la cama, como si la pantalla quemara. Cierro los ojos con fuerza, intentando ignorar el latido frenético de mi pulso. No voy a contestar. No voy a entrar en su juego.

Apenas diez segundos después, el teléfono vuelve a vibrar.

Vuelvo a coger el aparato. Soy una malditaa adicta en abstinencia, incapaz de resistir la tentación fatal de asomarme al borde del precipicio para ver la caída.

Número desconocido: Sé que estás ahí y no puedes dormir. Pensabas que podías, pero te estás quemando.

El atrevimiento, la precisión con la que lee mi mente a kilómetros de distancia, me produce escalofríos. Sabe que mi coraza es frágil. Desbloqueo la pantalla. Mis pulgares vuelan sobre el teclado, guiados por la ira ciega.

Emily: No me molestes más. Te he superado hace diez años.

La respuesta es enviada, y veo los tres puntos suspensivos aparecer casi al instante. Él estaba esperando. Estaba acechando detrás de la pantalla, sabía que caería en su trampa.

Asher: No diría eso. Dime... cuando lo tuviste dentro de ti, ¿pensaste en mí?

Leo el mensaje dos veces. Las letras se difuminan. La obscenidad cruda, la vulgaridad y la invasión absoluta y perversa de mi intimidad me golpean el estómago. Sabe cómo desestabilizarme, cómo hacerme sentir sucia y expuesta.

Emily: Eres un capullo supremo. No pensaría en ti por nada en el mundo.

La pantalla vuelve a iluminarse.

Asher: Si eso es cierto, ¿por qué no estás durmiendo y estás hablando conmigo? ¿Es él lo que deseas de verdad para el resto de tus putos días?

Miro por encima del teléfono la espalda amplia y tranquila de mi prometido, que duerme ajeno a la invasión psicológica que está ocurriendo a centímetros de su cabeza.

Nathan es la paz, es el futuro luminoso, es todo lo que está moralmente bien en mi vida.

Y Asher... Asher es la atracción de la gravedad de un agujero negro que lo traga todo, incluida la luz.

Emily: Él tira de mí hacia adelante, tú me tiras hacia abajo.

Es la verdad absoluta. Asher es un ancla de hierro oxidado atada a mis tobillos en medio del mar; Nathan es la cuerda de salvamento que me sube a la superficie.

Los puntos suspensivos de Asher tardan un poco más esta vez.

Como si estuviera saboreando mi respuesta, analizando mi respuesta de que, efectivamente, él tiene un efecto gravitatorio sobre mí.

El mensaje de respuesta entra, frío, calculador y letal.

Asher: ¿Y ahí es donde quieres estar?

Se me escapa un jadeo silencioso. Cubro mi boca con una mano. El terror no nace de la amenaza en sí, sino de la semilla de duda que siembra. Es un manipulador de manual, de eso no hay dudas.

Mis manos tiemblan tanto que apenas acierto en las teclas. Necesito entender. Necesito saber por qué, si ya sabe que me tuvo hace diez años, si ya me demostró que no le importaba, ha decidido ahora dinamitar los cimientos que tanto me costó reconstruir.

Emily: ¿Por qué me sigues hablando si ya sabes quién soy?

La respuesta es inmediata.

Asher: Esta vez... es diferente. Tú eres diferente.

Su respuesta me provoca una náusea profunda.

Tú eres eres diferente . Es la misma táctica que usó cuando yo tenía quince años para hacerme creer que era única, la misma mierda disfrazada de devoción que me hizo caer rendida a sus pies.

Me hierve la sangre. Ya no soy una quinceañera que se deja deslumbrar por su atención tóxica. Ya he estado en este infierno.

Emily: Claro... esta vez te rechacé. Pero ¿sabes qué pasará después si te dejo acercarte? Te lo digo yo: Exactamente lo mismo que hace 10 años. Me usarás y me tirarás a la basura cuando te aburras. Ya me sé la película y no pienso volver a protagonizarla. Jódete.

Le doy a enviar.

Me quedo mirando la pantalla iluminada en la oscuridad opresiva de la habitación, esperando con el corazón en la garganta.

Veo los tres puntos suspensivos aparecer en la parte inferior.

Empieza a escribir. Se detienen. Vuelve a escribir.

Y finalmente, los puntos desaparecen, y no llega ningún mensaje de vuelta.

El silencio al otro lado de la línea es mi única y amarga victoria de la noche.

Bloqueo el teléfono y lo apago por completo, dejándolo sobre la mesita. Me acurruco bajo las sábanas, dándole la espalda a la pantalla negra, acercándome milimétricamente al calor que desprende la espalda de Nathan.

Le he dicho que no pienso volver a protagonizar su película.

Pero mientras la lluvia empieza a golpear débilmente los cristales de mi ventana, el nudo en mi garganta me dice que el guión de esta pesadilla hace tiempo que dejó de estar en mis manos.