Chapter 36 #2
Al verme, la sorpresa cruza sus ojos azules. Deja el portátil a un lado y se pone de pie lentamente.
La sola visión de él, de su bondad innata, de la seguridad que representa, rompe la última barrera de contención que me quedaba. Todo el peso de lo que he vivido en Malibú, la presión de Asher, la humillación de mi propio cuerpo traicionándome, el peso de mis mentiras... todo colapsa.
Corro hacia él.
—¡Nathan! —sollozo su nombre y me lanzo directamente como un proyectil a sus brazos.
Choco contra su pecho con tanta fuerza que él tiene que dar un paso atrás para no perder el equilibrio.
Le rodeo el cuello con los brazos, escondiendo la cara en el hueco de su garganta, aspirando su olor a jabón y a hogar como si fuera oxígeno puro.
Lo aprieto contra mí con la desesperación de alguien que se está ahogando.
No quiero pensar más en Asher. No quiero recordar el roce de sus labios en mi tatuaje. No quiero escuchar su voz oscura susurrando obscenidades en mi oído. Quiero borrarlo todo.
Sin embargo, el abrazo que recibo a cambio no es el que esperaba.
Las manos de Nathan dudan en el aire antes de posarse sobre mi espalda. No me rodea con fuerza. No me aprieta contra él. Su cuerpo está rígido, tenso como una tabla bajo mi tacto frenético.
Me quedo quieta. La frialdad de su respuesta es un balde de agua helada que me trae de vuelta a la realidad.
Lentamente, Nathan apoya sus manos en mis hombros y me empuja con suavidad, pero con una firmeza innegable, separándome de su pecho.
Lo miro. Mis ojos están llenos de lágrimas retenidas; los suyos, en cambio, son un océano de escepticismo y dolor cauteloso. Su mirada escanea mi rostro, mi ropa arrugada, la desesperación palpable que irradio por todos los poros de mi piel. Huele mi angustia. Sabe que estoy huyendo.
—Nathan... —murmuro, desconcertada por el rechazo, sintiendo un vacío frío donde segundos antes sentía su calor.
—Has vuelto pronto —dice él, con una voz extrañamente plana, carente de cualquier atisbo de alegría por verme.
—El perito firmó el documento el sábado al mediodía —explico atropelladamente, frotándome los brazos como si de repente hiciera un frío polar en nuestro salón—. El bloqueo se levantará provisionalmente mañana. Todo el asunto legal está arreglado. Lo solucioné, Nathan.
Me mira fijamente, y sé, con una certeza que me hiela la sangre, que el asunto legal es lo que menos le importa ahora mismo.
—Si el peritaje se firmó ayer al mediodía... —empieza Nathan, su tono bajando una octava, afilado y calculador—, ¿por qué has pasado otra noche entera en esa casa con él? ¿Por qué llegas hoy al mediodía, Emily?
La pregunta me corta la respiración. El pánico vuelve a encenderse en mis venas.
—Me... me encontré con un viejo amigo ahí... después estaba oscureciendo, y... y la tormenta estaba empezando a golpear fuerte —tartamudeo, la mentira a medias sabiendo a ceniza en mi boca—. Conducir por la costa era peligroso. Me encerré en la habitación. Nathan, te lo prometo, no pasó nada.
Nathan suelta una risa corta y sin humor. Se da la vuelta, pasándose una mano por el pelo castaño, alejándose de mí un par de pasos hacia los inmensos ventanales del salón. La tensión en la habitación es tan gruesa que podría asfixiarme.
—No pasó nada —repite, saboreando las palabras con amargura.
Se gira de nuevo hacia mí. Sus ojos azules, normalmente mi refugio, ahora me juzgan con una severidad que me aterra—.
Emily, te fuiste a Malibú destrozada, casi suplicándome que te tocara estando borracha para intentar borrar a ese hombre de tu cabeza.
Te obligué a ir a solucionar el desastre que tú misma provocaste para sabotearle.
Y ahora vuelves, te lanzas a mis brazos como si te persiguiera el diablo en persona, oliendo a cigarillos.
.. y pretendes que me crea que no ha pasado nada.
—¡Es la verdad! —grito, dando un paso hacia él, la desesperación volviendo mi voz aguda—. ¡No me ha tocado, Nathan! ¡Te lo juro por mi vida, no dejé que cruzara la línea!
Es una verdad técnica, pero una mentira moral. No me acosté con él. Pero omito los besos robados, omito mis piernas enredadas en su cadera sobre la isla de la cocina, omito la excitación húmeda y traicionera que me inundó cuando me prometió follarme salvajemente.
Nathan me escudriña. Cruza los brazos sobre el pecho.
—¿Y qué pasó, entonces, Emily? —pregunta, bajando la voz, y el dolor que se filtra en sus palabras me rompe el corazón en mil pedazos—.
Si no te tocó... ¿por qué estás temblando así?
¿Por qué parece que acabas de escapar de una zona de guerra?
Parece que estás conmigo por miedo a lo que sientes por él.
Me haces sentir que solo soy tu escudo, Emily. No tu elección.
El silencio cae sobre nosotros como una losa. Me muerdo el labio inferior con tanta fuerza que saboreo la sangre. ¿Cómo le explico que la guerra no fue física, sino mental? ¿Cómo le explico que Asher ya sabe que soy la "enana" y que su obsesión acaba de mutar en algo mucho más oscuro?
No puedo decírselo.
—¡Eso no es verdad! —exclamo, desesperada por convencerlo, por convencerme a mí misma—.
Nathan, escúchame. Tuvimos... una discusión muy fuerte —miento, bajando la mirada hacia la alfombra, incapaz de sostener la claridad de sus ojos—.
Le dejé claro mi desprecio. Él... intentó intimidarme, como siempre.
Pero me mantuve firme. Ya está, Nathan. El contrato seguirá su curso y yo evitaré cualquier contacto personal con él. Se acabó.
Nathan no se mueve. Me observa durante un minuto entero. Escucha mi respiración errática. Ve el miedo que intento ocultar bajo mi falsa seguridad.
Lentamente, descruza los brazos y da un paso hacia mí. Se detiene a un metro de distancia.
—Eres una mentirosa pésima, Emily —susurra con tristeza.
—Nathan, por favor... —suplico, sintiendo que las lágrimas vuelven a acumularse en mis ojos. Levanto una mano para tocarlo, pero la bajo antes de rozarlo, aterrorizada de que me vuelva a rechazar.
—Me ocultaste durante semanas que el cliente más importante de nuestro bufete era el hombre que se aprovechó de ti en el pasado —empieza Nathan, su voz es un letanía monótona de dolor—.
Me dejaste invitarlo a nuestra casa a cenar.
Y antes de irte me escupiste a la cara que tu intención era destruirlo, cobrándote tu propia venganza a costa de mi empresa.
El reproche es justo. Totalmente merecido. Agacho la cabeza, sintiendo que soy el ser humano más despreciable del planeta.
—Lo siento... —lloro, y esta vez las lágrimas sí caen, silenciosas y saladas—. Te juro que lo siento muchísimo, Nathan. Lo arreglé. Pude levantar el bloqueo. Ya no volveré a hacer nada contra el bufete.
—No me importa el puto bufete ahora mismo, Emily —me interrumpe bruscamente, y la fuerza de su voz me hace dar un respingo—. Me importas tú. Me importa la mujer con la que me voy a casar dentro de cuatro meses.
El silencio vuelve a engullirnos. El peso de la palabra "casar" flota en el aire. Hace meses, esa palabra era sinónimo de luz, de futuro, de seguridad. Hoy, suena a una promesa que estoy manchando con mis propios demonios.
Nathan exhala un suspiro profundo, agotador. Cierra los ojos un segundo, como si estuviera reuniendo el valor para formular la pregunta que lleva devorándolo por dentro desde que salí por esa puerta el viernes.
Cuando vuelve a mirarme, sus pupilas están dilatadas por la vulnerabilidad más absoluta. Es el rostro de un hombre aterrorizado por la respuesta que está a punto de pedir.
—Dime la verdad, Emily —pide, en un susurro ronco, casi suplicante—. Mírame a los ojos y dime la puta verdad por una vez en tu vida.
Trago saliva, sintiendo que el corazón me late en las sienes. Levanto la cabeza y clavo mis ojos verdes, empañados en lágrimas, en su mirada azul.
—Todavía tienes sentimientos por él, ¿verdad? —La pregunta sale de los labios de Nathan como un cristal roto rasgando el aire de nuestro salón.
El mundo entero se detiene.
La pregunta me deja sin aire. Siento como si el suelo de madera se abriera bajo mis pies.
El recuerdo de Asher susurrándome al oído en la cocina, la presión de su cuerpo, la forma en que mi propio cuerpo respondió a su tacto.
.. todo lucha por salir a la superficie.
¿Sentimientos? Lo que siento por Asher no tiene nombre, o tiene nombres horribles: obsesión, trauma, adicción, miedo.
No es amor. Es una herida mal curada que Asher sabe cómo presionar para que duela y dé placer a la vez.
El amor es lo que siento por el hombre que tengo delante. Nathan, que me enseñó lo que era el respeto. Nathan, que me arropa por las noches, que escucha mis casos aburridos, que jamás me ha levantado la voz hasta esta semana. Él es la salud. Él es la luz.
—No —respondo, y mi voz suena extrañamente clara, firme, desprovista del llanto anterior—. No tengo sentimientos por él, Nathan. ¿Cómo podría quererlo si gracias a él acabé escombro? Lo odio. Odio cada maldito segundo que paso cerca él.
Nathan me escucha, buscando una fisura en mi afirmación. Su mandíbula se relaja un milímetro, pero el escepticismo no desaparece del todo de sus ojos.
Avanzo el último paso que nos separa. Esta vez no dudo. Agarro los bordes de su camiseta blanca con ambas manos, obligándolo a mirarme fijamente, transmitiéndole toda la sinceridad de la que soy capaz.
—Te quiero a ti, Nathan —le digo, vocalizando cada sílaba como si estuviera dictando una sentencia de vida o muerte—. Te quiero a ti. Tú eres mi vida. Tú eres el hombre con el que me voy a casar. Te elijo a ti.
Nathan me observa durante un largo minuto. Busca en mi mirada alguna grieta, pero yo me mantengo firme. Finalmente, suspira y se acerca, rodeándome con sus brazos, pero esta vez el abrazo es triste, lleno de una melancolía que me dice que, aunque he vuelto a casa, algo se ha roto irremediablemente.