Chapter 36
E l domingo amanece con un cielo de un azul tan limpio y brillante que parece una burla cruel a la tormenta que arrasó la costa durante la noche, y al huracán que sigue destrozándome por dentro.
Me paso la última hora en la habitación recogiendo mis cosas con movimientos robóticos. No he pegado ojo. El sonido atronador del océano chocando contra el acantilado se ha fundido con el martilleo incesante de mi propio pulso. Así chocaban también los recuerdos y el pánico dentro de mi cráneo.
Cierro la cremallera de mi bolsa de viaje. El ruido metálico rasga el silencio de la habitación.
Me miro en el espejo del baño antes de salir.
Mi reflejo es el de un fantasma. Tengo la piel pálida, translúcida, y unas ojeras moradas que el corrector apenas logra disimular.
Llevo unos vaqueros, un jersey de punto gris de cuello alto y el pelo recogido en una coleta tirante.
Mis labios, resecos, aún conservan el fantasma del roce de su pulgar.
Suelto un suspiro tembloroso, intentando calmar el nudo de alambre de espino que tengo en el estómago. Agarro la bolsa, desbloqueo el pestillo y salgo al pasillo.
La casa de cristal está sumida en un silencio sepulcral.
El olor a café recién hecho que proviene de la cocina me inunda las fosas nasales.
No miro hacia la inmensa isla de mármol.
Me niego a revivir lo que estuvo a punto de pasar anoche.
Acelero el paso, cruzando el salón de pizarra con la cabeza gacha, directa hacia la puerta de roble macizo.
Solo quiero salir de aquí. Quiero volver a mi vida. No quiero pensar más en Asher, y menos ahora que ya sabe quién soy. Ahora que sabe que la abogada de hielo y la "enana" son la misma persona, yo no tengo las fuerzas para sostener esta guerra.
Abro la puerta principal y salgo al aire húmedo y salado de la mañana. La brisa del Pacífico me golpea la cara, revolviendo los pequeños cabellos de mi nuca. El camino de grava húmeda cruje bajo mis botas.
Mi coche está aparcado unos metros más adelante. El Mercedes negro de Asher está justo al lado. Y apoyado contra la puerta del conductor de mi propio vehículo, esperándome, está él.
Me detengo en seco.
Asher lleva unos pantalones oscuros y una camiseta negra de algodón que se ciñe a su torso musculoso.
Sostiene una taza de café en una mano. Su cabello oscuro está revuelto por el viento.
Al escuchar mis pasos sobre la grava, gira la cabeza.
Sus ojos dorados, letales e insomnes, se clavan en los míos.
El oxígeno vuelve a escasear.
—Huyendo tan temprano, abogada —murmura, su voz ronca y rasposa arrastrándose por la grava hasta mí.
—El trabajo está hecho —respondo, forzando a mis piernas a avanzar. Cada paso es una agonía—. Tenemos el levantamiento provisional del bloqueo. Me voy a casa con mi prometido.
Llego hasta mi coche. Asher no se aparta de la puerta. Se queda allí, inmenso, bloqueándome el paso, mirándome desde arriba con esa intensidad devoradora que me hiela la sangre. El olor de su café se mezcla con su colonia amaderada y el tabaco.
—Aparta, Asher —le ordeno, con la voz más firme de cómo me siento por dentro.
Él ladea la cabeza. No hay burla en su rostro esta mañana. Solo hay una sombra densa, una fijación enfermiza que se ha vuelto aún más oscura desde que descubrió mi verdadera identidad. Deja la taza de café sobre el techo de mi coche con un golpe sordo.
De repente, da un paso hacia mí, acorralándome entre su cuerpo y la chapa fría de mi vehículo.
Instintivamente, retrocedo hasta que mi espalda choca contra el metal de la puerta trasera.
Levanto las manos para mantenerlo a distancia, pero él atrapa mis muñecas al vuelo con una sola mano.
Con un movimiento fluido, rápido y letal, tira de ellas hacia arriba, inmovilizándolas por encima de mi cabeza contra el marco frío del coche.
Mi pecho queda completamente expuesto, subiendo y bajando erráticamente a escasos milímetros del suyo. El pánico hace que mis pulmones ardan. Con la mano libre, aparta un mechón de pelo de mi cara, rozando mi mejilla fría con sus nudillos calientes.
Cierro los ojos, incapaz de sostener la quemadura de su mirada.
—¿Qué vas a hacer, Emily? —susurra, y su voz es un veneno sedoso que se filtra por mis poros—. ¿Fingir que no pasó nada? ¿Vas a correr a sus brazos?
Trago saliva, intentando zafarme, pero su agarre sobre mis muñecas es de hierro. La fuerza de su cuerpo contra el mío me impide cualquier movimiento.
—Suéltame —exijo, abriendo los ojos para mirarlo con todo el odio que puedo reunir.
Asher esboza una sonrisa carente de humor. Se inclina aún más, enterrando su rostro en el hueco de mi cuello. Su respiración caliente me eriza la piel, enviando una sacudida eléctrica directa a mi bajo vientre que me odio por sentir. Sus labios rozan el lóbulo de mi oreja.
—Anótate las mentiras que le soltarás para no olvidarlas —me susurra al oído. Su aliento a café y tabaco me envuelve, ahogándome en su oscuridad—. Porque cuando corras a buscar refugio en él, sabrás que me perteneces.
—¡Basta! —estallo.
La desesperación me da una fuerza ciega que no creía tener. Lanzo un rodillazo al aire y me revuelvo con tanta violencia que Asher se ve obligado a soltar mis muñecas y dar un paso atrás, sorprendido por la agresividad de mi rechazo.
No pierdo ni un milisegundo. Abro la puerta del conductor, tiro mi bolsa al asiento del copiloto y me meto en el coche, echando el seguro de inmediato.
Arranco el motor con las manos temblando de forma espasmódica. Asher se queda de pie en la grava, mirándome a través del cristal. Su expresión es ilegible, pero la promesa en sus ojos es clara: esto no ha terminado .
Piso el acelerador y salgo de la propiedad disparada, haciendo patinar las ruedas sobre la grava, dejando atrás la fortaleza de cristal, el sonido del mar y al hombre que amenaza con devorarme viva.
El viaje de vuelta a Santa Mónica es un borrón de asfalto gris, salitre y una desesperación que no logro sacudirme de la piel.
Conduzco por la Pacific Coast Highway a una velocidad que roza la imprudencia.
El motor de mi coche ruge, intentando competir con el ruido de mis propios pensamientos, pero es una batalla perdida.
Cada vez que miro por el espejo retrovisor, el corazón me da un vuelco; temo ver el morro agresivo de su Mercedes negro surgiendo entre el tráfico como un tiburón en aguas poco profundas, pero la carretera está vacía de él. Al menos físicamente.
Porque Asher está en todas partes. Está en el viento que silba por la ventanilla, está en la luz cegadora del sol que rebota en el mar, y está, sobre todo, clavado en mi cerebro.
Saco un cigarrillo de la cajetilla con manos que aún conservan el temblor de la mañana.
Lo enciendo y aspiro con tal fuerza que el papel cruje.
No he parado de fumar desde que salí de esa fortaleza de cristal.
El habitáculo del coche está saturado de un humo denso y amargo que se pega a la tapicería y a mi ropa, pero es lo único que me mantiene cuerda.
El golpe de la nicotina en mis pulmones es lo más parecido a un abrazo que puedo permitirme ahora mismo.
Él sabe quién soy.
La frase se repite en mi mente como un disco rayado, pero ya no me siento como una simple víctima desvalida.
Siento una furia gélida mezclada con un terror punzante.
Ahora que la máscara ha caído, ahora que sabe que soy esa cría a la que rompió hace una década, las preguntas me bombardean sin piedad.
¿Qué quiere de mí ahora? Si ya obtuvo lo que quería de aquella niña, ¿por qué volver a cazarla ahora?
¿Es solo por el placer de demostrar que puede volver a romperme?
¿Por qué me sigue arrinconando, por qué me busca con esa mirada que parece querer arrancarme la piel?
No tiene sentido. Tiene el mundo a sus pies, tiene millones, tiene poder.
.. ¿Por qué gastar su energía en este juego perverso conmigo?
Lanzo la colilla por la ventana y, casi de inmediato, enciendo otro cigarrillo. El sabor a tabaco sabe a ruina.
La forma en que me miró anoche, la forma en que su pulgar trazó mi labio... Me aterra... Me aterra lo fácil que sería dejar de luchar y simplemente dejarme arrastrar al fondo por él, solo para que el ruido en mi cabeza se detenga de una vez.
Acelero un poco más, dejando atrás los acantilados de Malibú. Necesito llegar a Santa Mónica. Necesito la luz blanca de mi casa, la rutina, los horarios, las cenas tranquilas. Necesito a Nathan.
Él es mi salvavidas. Mi única ancla a una realidad donde no soy un objeto de deseo oscuro. Si me aferro a Nathan, si logro que me perdone por el desastre de esta semana, Asher no podrá arrastrarme al fondo.
Aparco frente a nuestra casa cerca del mediodía. El sol de Los Ángeles, tímido y filtrado por una ligera bruma, empieza a calentar el asfalto. Apago el motor y me quedo sentada unos segundos, respirando hondo, intentando recomponer mi fachada.
Respiro hondo. Inhalo paz, exhalo a Asher.
Salgo del coche y camino por el sendero del pequeño. El olor a césped recién cortado me recibe.
Meto la llave en la cerradura. El clic metálico suena como una bendición.
Al abrir la puerta, el silencio de la casa me envuelve. Es el silencio cálido de un domingo en casa. Huele a sándalo, ese perfume que Nathan elige siempre, y percibo un rastro lejano a café y tostadas. Es el olor de la seguridad.
Dejo caer la bolsa de viaje en la entrada. El ruido resuena por el pasillo.
—¿Emily?
La voz de Nathan proviene del salón. Suena plana, desprovista de la alegría habitual.
Camino hacia allí con pasos rápidos, casi desesperados.
Lo encuentro sentado en el sofá de tela beige, vestido con unos pantalones de chándal grises y una camiseta blanca, con el portátil sobre las rodillas.
Tiene el pelo revuelto, ojeras de no haber dormido bien, y una taza de café a medio terminar sobre la mesa de centro.