No me quites la inocencia Chapter 35 #2
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Chapter 35 #2

Empujo la puerta pivotante de madera. El interior está sumido en la penumbra. Las luces principales están apagadas, dejando que solo los últimos rayos agonizantes del atardecer iluminen el inmenso salón de pizarra negra y los ventanales de cristal.

Dejo las llaves sobre la consola de la entrada, y antes de que el tintineo metálico termine de resonar en las paredes, una voz oscura, áspera y cargada de una revelación aterradora corta el aire.

— Enana ...

Me quedo congelada.

Asher estaba esperando que yo cruzara la maldita puerta.

Está de pie en el centro del salón, envuelto en las sombras.

En una mano sostiene un vaso de cristal medio lleno de líquido ámbar.

La otra mano la tiene metida en el bolsillo del pantalón oscuro.

No lleva la camisa. Su torso, un lienzo tenso de músculos y tatuajes oscuros, sube y baja al ritmo de una respiración furiosa.

—Estuve pensando toda la puta tarde quién podías ser —murmura, dando un paso lento hacia la luz mortecina, saboreando cada palabra como si fuera ácido puro—.

Cómo diablos tu cara me resultaba tan familiar, cómo ese verde en tus ojos no dejaba de joderme el cerebro.

Todo este tiempo. Meses. Y hoy... Enana .

El terror primitivo me asalta, pero la furia que traigo me sirve de escudo. Levanto la barbilla.

—Hola a ti también, Black —respondo, con un sarcasmo gélido, cerrando la puerta a mis espaldas y avanzando un par de pasos hacia el interior.

Asher deja el vaso sobre la mesa de cristal con un golpe seco. La velocidad con la que cruza el salón es inhumana. En un segundo anula la distancia que nos separa. Me agarra por la solapa del blazer y me empuja hacia atrás.

Mis rodillas chocan contra el borde del inmenso sofá de cuero negro, y caigo de espaldas sobre él.

—¡Por eso tu mirada fría! —escupe Asher, arrojándose sobre mí, apoyando una rodilla entre mis muslos y ambas manos a los lados de mi cabeza, acorralándome contra el cuero—. Por eso ese puto desafío constante. Por eso el rechazo y esa rabia que no lograba entender. Eras tú.

Su rostro está a centímetros del mío. El olor a whisky caro, a humo y a ese almizcle oscuro y masculino que lleva impreso en la piel me invade por completo. Sus ojos de lobo, ahora dilatados por una euforia sádica, recorren cada milímetro de mi cara, como si la estuviera viendo por primera vez.

—Suéltame —exijo, empujando mis palmas contra su pecho desnudo. El calor de su piel bajo mis manos es insoportable, una quemadura directa a mis sentidos.

—Tengo que reconocer que estás mucho mejor —ronronea Asher, ignorando mis forcejeos, acercando su boca a mi cuello, inhalando mi olor como si fuera un adicto en medio del síndrome de abstinencia—. El patito feo se convirtió en un cisne de hielo.

La bilis me sube por la garganta. La arrogancia con la que asume que mi cambio físico es para su deleite me enferma.

—Tengo que reafirmar que sigues siendo un capullo —le escupo, clavando mis uñas en sus hombros, intentando quitármelo de encima—. Un maldito capullo.

Pero él no se mueve. Se ríe. Una carcajada oscura, perversa, que hace vibrar su pecho contra el mío.

—Pero ahora eres muchísimo peor, Emily —murmura, y el sonido es como un cuchillo abriéndome el pecho—. Tu frialdad me llamó más la atención que tu cuerpo bien tapadito. Esa arrogancia tuya... joder. Saber que esa abogada intocable fue una vez mía...

—¡Quítate, Asher! —grito, y esta vez uso toda la fuerza de mis pulmones y mis brazos. Logro desplazar su peso lo suficiente para escurrirme por un lado del sofá.

Me pongo de pie de un salto, retrocediendo hacia la zona de la cocina abierta. Mis tacones resuenan sobre la pizarra. El pecho me sube y me baja erráticamente. Las manos me tiemblan, pero mi corazón está latiendo al ritmo de los tambores de guerra.

—¡No te quiero cerca de mí! —le advierto, retrocediendo hasta que mi espalda choca contra el mármol frío de la isla de la cocina.

Asher se incorpora lentamente del sofá. Sus movimientos son fluidos, depredadores. Se pasa una mano grande por el pelo oscuro, despeinándolo. Me mira con una intensidad tan voraz que me hiela la sangre. Comienza a caminar hacia mí, paso a paso, acorralándome, sabiendo que ya no tengo adónde huir.

—Deja de mentir, Emily —murmura, su voz es un siseo letal que atraviesa el salón—. Me quieres cerca de ti. Lo he visto. Lo vi anoche. Lo he sentido en la forma en que has gemido en mi boca. ¡Te mueres de ganas porque te vuelva a hacer mía! Sigues siendo mía.

La mención de su propiedad sobre mí, la insinuación de que sigo siendo la misma víctima ingenua que bailaba al son de sus manipulaciones, es la chispa que detona el explosivo que lleva una década gestándose en mi interior.

El miedo desaparece. El terror a su figura inmensa se esfuma, calcinado por la furia.

—¡NO TE QUIERO! —estallo. El grito desgarra mis cuerdas vocales, rebotando en las paredes de cristal con la fuerza de un huracán—. ¡No te atrevas a decir eso! ¡Hubo un tiempo en el que yo te quería, sí! ¡Hubo un tiempo en el que habría hecho todo por ti!

Asher se detiene a un metro de distancia.

La pura violencia de mi estallido frena su avance.

Las palabras empiezan a salir de mi boca como un torrente de lava incontrolable.

Diez años de silencio, diez años de terapia, de culpas, de lágrimas escondidas bajo las sábanas, volcadas directamente a su cara.

—¡Yo te quería, y tú me mentiste! —sigo gritando, señalándolo con un dedo acusador, las lágrimas de pura rabia quemando mis ojos—. ¡Yo soñaba contigo mientras tú me olvidabas, usándome y tirándome a la basura como si no fuera nada!

La sonrisa cínica de Asher vacila por una fracción de segundo. El músculo de su mandíbula salta. Sus ojos se entrecierran, absorbiendo la verdad cruda.

—Pero ¿sabes qué es lo más triste? —continúo, bajando el tono de voz, volviéndolo un siseo tan venenoso y frío que podría congelar el infierno entero—. No me engañaste tú a mí, Asher.

Ese es mi poder. Esa es mi redención. Asumir el control de mi propia historia.

Doy un paso hacia él. Un solo paso, desafiando a la bestia en su propio terreno.

—Me engañé yo misma contigo.

El silencio en la casa de cristal es catedralico. Solo el sonido de mi respiración entrecortada y el rumor lejano del océano rompen la inmovilidad. La frase flota en el aire, ácida, pesada.

—Y no lo volveré a hacer —sentencio, clavando mis ojos verdes, duros como esmeraldas cortadas, en su mirada—. Ahora que sabes quién soy, déjame en paz. Ya me tuviste en tus tiempos. Ya no soy interesante para tu ego. El juguete viejo ya no tiene gracia, Asher.

Me giro para salir de la cocina, creyendo haber ganado la batalla. Creyendo haber roto el hechizo.

Pero cometo un error fatal.

El desdén absoluto, el golpe a su ego descomunal, no apaga su obsesión. La inflama.

En un estallido de movimiento, Asher me agarra por la cadera antes de que pueda dar dos pasos. Tira de mí hacia atrás con una fuerza brutal, levantándome del suelo por un segundo, y me estrella con violencia contra el borde de la inmensa isla de mármol negro.

El impacto me saca el aire de los pulmones. Suelto un quejido ahogado.

Antes de que pueda reaccionar, Asher presiona su cuerpo contra el mío.

Sus manos, como tenazas de acero, agarran mis muslos por encima del pantalón y me levantan, sentándome bruscamente sobre el mármol.

Se encaja entre mis piernas abiertas y, en un acto de pura traición instintiva que anula todas mis palabras anteriores, mis pies se elevan y se enredan con fuerza alrededor de su cadera, atrayéndolo en lugar de rechazarlo.

Su cuerpo inmenso y desnudo aplasta el mío, inmovilizándome contra la piedra fría. El calor de su pecho roza la tela de mi blazer. Mi corazón late desbocado en mi garganta.

Su mano, firme y despiadada, me agarra por la mandíbula, obligándome a levantar la cabeza para mirar su rostro deformado por la obsesión, el deseo crudo y unos celos venenosos que no puede controlar. Su pulgar acaricia mi labio inferior con una rudeza que me hace temblar de pies a cabeza.

Descolocado por la verdad, humillado por mi desprecio y volviéndose loco por mi desafío físico, Asher recurre a la única arma que conoce para intentar recuperar el control definitivo sobre mi mente y mi cuerpo. El deseo más primario, sucio y devastador.

Su mirada baja a mis labios, a los que aún aprisiona con el pulgar, luego a mi escote, y vuelve a mis ojos, reluciendo con una promesa aterradora.

—Si te dijera... —susurra, y su voz es un rasgueo tan bajo, tan obsceno, que hace temblar cada nervio de mi cuerpo— que te quiero follar ahora mismo, contra esta misma mesa, de forma salvaje...

La crudeza de sus palabras golpea mis sentidos.

El calor inunda mis mejillas, bajando por mi vientre en una espiral de vergüenza y traición física.

Observo, paralizada, cómo mi propia respiración se acelera y cómo él, con una sonrisa triunfal y sádica asomando en sus labios al notar el agarre de mis piernas en su cadera, se da cuenta del efecto de sus palabras en mí.

—...¿te asustarías, Emily, o te quedarías? —remata, observando cómo mis pupilas se dilatan ante la absoluta obscenidad magnética de su propuesta.

Me quedo congelada. Atrapada entre sus brazos, sentada sobre el mármol frío, con su erección presionando contra mi intimidad, ardiendo viva.

Una parte de mí quiere empujarlo y la otra quiere rendirse.

Me quedo atrapada en sus ojos, suspendida en el abismo, incapaz de articular una sola palabra, aterrorizada de descubrir cuál de las dos respuestas es la verdad.

Puedo controlar lo que hago, puedo controlar lo que digo, pero no puedo controlar lo que todavía siento por él.

—Me darías asco —susurro.

Es una respuesta plana. Vacía de emoción. Gélida. Una mentira que intento forjar desde que lo vi en Nueva York después de diez años.

Asher parpadea. Ese milisegundo de duda es la única fisura en su armadura, y no la desaprovecho.

Antes de que su rabia lo impulse a demostrarme con su cuerpo que estoy mintiendo, desenredo mis pies de su cadera con un movimiento brusco y desesperado.

Llevo ambas manos a su pecho desnudo y, aprovechando que la sorpresa ha aflojado ligeramente su agarre en mi mandíbula, lo empujo con todas las fuerzas que me quedan.

El impacto repentino lo desequilibra lo suficiente para obligarlo a dar un paso atrás.

Me deslizo de la isla de mármol al instante. Mis tacones chocan contra el suelo de pizarra con un sonido sordo. Me ajusto las solapas del blazer sobre el pecho con manos que me tiemblan violentamente, intentando recomponer mi dignidad fracturada y cubrir la respiración errática que me delata.

Asher no vuelve a abalanzarse sobre mí.

Se queda de pie frente a la isla, con los puños apretados a los costados y el pecho tatuado subiendo y bajando con fuerza. Su rostro es una máscara de furia letal y de una promesa oscura. No me persigue porque no lo necesita. Sabe que no tengo a dónde huir a estas horas de esta jaula de cristal.

No corro, porque correr sería concederle la victoria del pánico que me consume por dentro.

Pero me doy la vuelta y camino con pasos rápidos, largos y rígidos hacia el pasillo.

A cada metro que avanzo, siento el peso de su mirada quemándome la nuca, perforándome la tela de la ropa, marcándome a fuego.

Llego a la puerta de mi habitación. Entro de golpe.

Cierro la pesada puerta de roble a m is espaldas con un portazo que reverbera en los cimientos de la casa. El clic metálico del pestillo de seguridad suena fuerte, definitivo, como el disparo de un arma en medio del silencio.