No me quites la inocencia Chapter 35
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Chapter 35

— B ien, señorita Reed. Con esta adenda, el bloqueo queda levantado provisionalmente hasta la revisión del mes que viene —dictamina el inspector, guardando su copia en el portafolios de cuero gastado—. Pueden reanudar el movimiento de tierras el lunes.

—Gracias, inspector —respondo, con mi mejor voz profesional, guardando mis propios documentos en el maletín con manos que me tiemblan ligeramente bajo la mesa.

Asher se levanta de la silla de madera con una brusquedad que hace que las patas rechinen contra el suelo del bar.

No me mira. Su mandíbula está tan tensa que parece a punto de fracturarse.

El aura asesina que lo rodea ha mantenido al pobre inspector sudando frío durante los últimos cuarenta minutos.

Sin despedirse, sin añadir una sola palabra sobre el éxito de nuestra apelación técnica, Asher da media vuelta y sale por la puerta del local.

La campanilla de latón suena con un tintineo agudo, seguida por el rugido feroz del motor de su Mercedes negro arrancando en el aparcamiento y alejándose a toda velocidad, dejándome sola.

El silencio que deja a su paso me permite volver a respirar. Suelto todo el aire acumulado en mis pulmones.

James se acerca a la mesa en cuanto el inspector también abandona el local.

Lleva una bandeja redonda y una toalla al hombro.

Se detiene frente a mí, apoyando una mano en el respaldo de la silla que acaba de dejar libre Asher, y su mirada se desliza hacia mis manos entrelazadas.

Específicamente, hacia el destello del diamante en mi dedo anular.

—¿Estás prometida? —pregunta James. Su voz suena cautelosa, temerosa de la respuesta.

Trago saliva, bajando la mirada hacia la joya perfecta que Nathan me regaló hace meses.

—Sí —respondo en un susurro, sintiendo el peso del anillo como si fuera una cadena de plomo que me ancla a una cordura que estoy perdiendo.

Los ojos marrones de James se oscurecen al instante. La decepción, mezclada con el horror, se refleja en su rostro.

—¿Con Asher?

El asco con el que pronuncia su nombre me hace reaccionar de inmediato. Levanto la cabeza, negando enérgicamente.

—¡No! No, Dios, no con él —me apresuro a aclarar, casi sin aliento—. Mi prometido y yo somos socios. Trabajamos con él. Llevamos la cuenta de su inmobiliaria aquí en Los Ángeles.

James exhala un suspiro de alivio tan profundo que sus hombros caen. Se sienta en la silla frente a mí, pasándose una mano por el pelo castaño desordenado.

—Me habías asustado, Emily. De verdad. Por un momento pensé que... —Niega con la cabeza, borrando la imagen, y una sonrisa suave, llena de orgullo nostálgico, asoma en sus labios—. Mírate. Al final cumpliste tu sueño de ser abogada. Siempre decías que querías ser abogada.

Una sonrisa triste, irónica y amarga tira de la comisura de mis labios. Quería defender a los inocentes, y he terminado defendiendo los millones del hombre que más me hirrió. Qué giro tan macabro tiene el destino.

—Sí... —murmuro, recogiendo mis papeles con lentitud para ganar tiempo, para no tener que mirar la compasión en sus ojos—. El cambio de ciudad fue para bien.

El ambiente a nuestro alrededor, el olor a madera vieja, a salitre y a café tostado, de pronto se vuelve increíblemente íntimo. Las barreras del tiempo parecen desmoronarse.

—Te fuiste sin despedirte, enana... —dice James. Su tono no es de reproche, sino de una herida antigua que nunca terminó de cerrar.

Siento una punzada en el centro del pecho. Dejo los documentos sobre la mesa y clavo la mirada en las vetas de la madera desgastada.

—Así lo sentí —confieso, mi voz volviéndose áspera por las lágrimas contenidas que me niego a derramar—.

Toqué fondo, James. Después de esa noche.

.. la realidad me golpeó de lleno. Fui consciente de todo lo que había estado ignorando.

Y coincidió con una propuesta de trabajo que le hicieron a mi madre para venirse a la costa oeste.

Cuando mi madre me lo dijo, no me lo pensé dos veces.

Empecé una nueva vida lejos de Nueva York.

Lejos de... él. De ellos. De la mujer miserable en la que me había convertido. ..

—No me quisiste escuchar —susurra James, apoyando sus codos sobre la mesa. Su mirada me traslada al banco del parque de nuestro antiguo barrio, a las veces que intentó advertirme del peligro que suponía aquel chico mayor y tatuado—. Te lo dije. Intenté decirte que te estaba usando.

—Lo sé. Y lo siento —admito, con el arrepentimiento pesando como una losa de hormigón en mi alma—.

Pensaba que lo tenía todo controlado. Que lo sabía todo, porque cuando tienes quince años te crees invencible.

Crees que el fuego solo calienta, no quema.

Pensaba que todas las migajas que me daba me bastaban. .. Qué ingenua era.

James estira la mano sobre la mesa y cubre la mía. Su tacto es cálido, fraterno. No hay electricidad, no hay peligro. Solo paz. Una paz que no estoy acostumbrada a sentir últimamente.

—¿Y ahora? —me pregunta, observando las ojeras disimuladas bajo mi maquillaje, la tensión en mis hombros, el pánico latente en el verde de mis pupilas—. ¿Cómo te trata tu prometido?

La imagen de Nathan aparece en mi mente. Su paciencia infinita. Sus manos acariciándome el pelo, después de haberme rechazado por estar borracha.

—Es lo mejor... Sí —respondo, y la voz se me quiebra ligeramente—. Él es bueno, James. Demasiado bueno. Yo no estoy a su altura. Y creo que un día se cansará...

—¡Emily! —me reprende suavemente, apretando mi mano—. No digas eso. Si está contigo, es porque lo vales. Eres brillante.

—No, James —niego con la cabeza, retirando mi mano de la suya.

La ansiedad me devora las entrañas. Abro mi bolso con movimientos mecánicos, ciegos, hasta dar con la cajetilla de Marlboro y el mechero—.

Ha sido una tirita. Mi vida con él ha sido una tirita perfecta sobre una herida infectada.

Pero la herida ha vuelto a sangrar al cruzarse con Asher. .. y la tirita se está despegando.

Saco un cigarro, me lo llevo a los labios y enciendo la llama. Aspiro profundamente, cerrando los ojos mientras el humo me araña la garganta, sintiendo ese efímero y tóxico alivio que la nicotina me proporciona.

Cuando abro los ojos, James me está mirando con una ceja alzada.

—¿Sigues fumando? —pregunta. Sin esperar respuesta, rebusca en el bolsillo de su delantal negro y saca su propia cajetilla arrugada y un mechero viejo. Se lleva un cigarrillo a los labios.

—Como en los viejos tiempos, grandullón —susurro, y por primera vez en toda la charla, una risa real y compartida se nos escapa a ambos, camuflada en la nube de humo gris que flota sobre la mesa de madera.

Fumamos en silencio durante un minuto, dejando que el ruido de las olas rompiendo contra los pilares del bar llene el espacio.

—¿Y tú? —le pregunto, sacudiendo la ceniza en un pequeño cuenco de cristal—. ¿Estás casado?

El rostro de James se ilumina. Es como si alguien hubiera encendido un foco dentro de él. La melancolía desaparece por completo, reemplazada por una felicidad tan pura que me da envidia.

—Sí. Y con un niño de camino —anuncia con un brillo inconfundible en los ojos marrones—. Vine de vacaciones a Malibú hace siete años, buscando algo de paz lejos de la ciudad. Y conocí a mi esposa, Maze. Es la dueña de la tienda de surf de aquí al lado. Tiene ocho meses de embarazo.

—¡Wow! ¡Felicidades! —exclamo, sintiendo una alegría genuina inundar mi pecho. Es una de las pocas noticias buenas que he escuchado en meses—. ¡Me alegro muchísimo de que te vaya tan bien, James! Serás un gran padre.

—Gracias, enana. Estoy aterrado, pero inmensamente feliz —ríe él, dando otra calada al cigarro—. ¿Tú? ¿No piensas tener hijos con tu prometido?

La pregunta me cae encima como un jarro de agua fría. Me paralizo, con el cigarrillo a medio camino de mis labios. El humo pica en mis ojos.

—No puedo darte una respuesta... —murmuro, apartando la mirada hacia el océano oscuro—. No me veo como madre. No quiero arruinarle la vida a nadie. Y, desde luego, tampoco quiero ser una madre ausente como la mía.

James frunce el ceño, apagando la colilla en el cenicero.

—¿Tú y tu madre no...?

—Apenas nos vemos. Apenas nos llamamos —lo interrumpo, con una frialdad resignada—. Creo que lo único que nos unía antes era papá... Desde que él murió, la familia se rompió. No hubo entre nosotras un vínculo verdadero después de mudarnos a California. Cada una se encerró en su dolor y en su mundo.

La tristeza empaña la mirada de James. Se levanta de su silla, rodea la mesa de madera y, sin pedir permiso, me envuelve en un abrazo fuerte, protector, aplastando mi rostro contra el delantal negro.

—Lo siento, Emily —murmura en mi pelo.

Cierro los ojos, apoyando la mejilla contra su pecho, permitiéndome ser la niña rota por un segundo más.

Hablamos durante media hora más. Rememoramos viejos tiempos en las calles de Nueva York, anécdotas de cuando me arreglaba la bicicleta, evitando con cuidado mencionar a la inmensa sombra oscura que nos conectaba a ambos.

Cuando finalmente pago mi café y salgo del bar, el sol ha empezado a ponerse sobre el Pacífico, tiñendo el cielo de un rojo violento que parece un presagio.

Subo a mi coche. El trayecto de vuelta a la casa de cristal en los acantilados dura apenas diez minutos, pero se siente como un viaje directo al corredor de la muerte.

Las palabras que compartí con James, el recordatorio crudo de quién era y de lo que me pasó, han roto la muralla de hielo con la que suelo protegerme de Asher.

Estoy expuesta. Mis nervios están a flor de piel.

Aparco mi coche detrás de su inmenso Mercedes negro. El silencio de la casa me recibe, solo roto por el rugido lejano de las olas golpeando las rocas en la base del acantilado.