Chapter 34
Pasa la yema del pulgar, áspero, con movimientos suaves sobre la tinta.
Se inclina y aprieta los labios exactamente sobre el tatuaje. Me besa la paloma con una devoción tan intensa, tan húmeda y ferviente, que el calor traspasa mi piel y me quema el corazón. Un gemido agudo, lleno de confusión y deseo reprimido, escapa de mi garganta.
Asher levanta la cabeza. Su rostro está a centímetros del mío, su peso inmovilizándome. Sus ojos brillan con un triunfo sádico.
—No me has parado —susurra, su voz es un látigo aterciopelado que me golpea el ego—. ¿Te gusta estar debajo de mí o solo querías saber lo lejos que llegaría?
El choque de realidad es brutal. Su suficiencia, la arrogancia con la que asume su victoria sobre mi cuerpo, rompe el espejismo de la lujuria. El calor en mis mejillas es insoportable. Mi pecho se agita. Intento reunir el valor para contestar, pero él no me deja.
—Dime que no me quieres en este momento dentro de ti tanto como yo quiero estarlo —añade, con una obscenidad directa, cruda, presionando su cadera contra mi sexo latente a través de la ropa, demostrándome lo desesperado y duro que está por mí.
Mi mente grita alerta roja. Las alarmas atronan en mi cabeza. Las palabras de Nathan de esta mañana resuenan como un disparo: Intenta recordar con quién te vas a casar.
—No —miento, con la voz quebrada, temblorosa, pero clavando las uñas en sus hombros. Pongo toda mi fuerza en mis brazos y lo empujo con un golpe seco, rodando hacia un lado para apartarlo de mi cuerpo—. No te quiero.
Me bajo de la cama de un salto, retrocediendo a trompicones hasta chocar contra la pared fría de la habitación. Me abrazo a mí misma, intentando juntar desesperadamente los bordes rotos de mi blusa para cubrirme el tatuaje, el encaje, la vergüenza. Mi respiración es un jadeo errático.
Asher se incorpora lentamente sobre el colchón. Se sienta en el borde, con los brazos apoyados en las rodillas y las piernas separadas. No parece sorprendido. Su mirada, oscura y letal, no se aparta de mí.
—¿Por qué no te dejas llevar, Emily? —pregunta, su voz bajando a un murmullo denso y manipulador—. Sabes que lo deseas tanto como yo. Deja de fingir.
—¡Porque tengo un prometido! —grito, y el eco de mi voz retumba en las inmensas cristaleras.
La excusa es mi escudo, mi muro de contención, pero a sus ojos, es solo una broma patética. Asher suelta una risa seca, ladeando la cabeza, desnudando mi hipocresía con precisión quirúrgica.
—Si lo hubieras querido de verdad —silabea Asher, acercándose hasta que su aliento choca de nuevo contra mi cara, con una sonrisa cruel y venenosa que me rompe por dentro—, le habrías contado ya las cuantas veces te besé en esa puta oficina, cómo te arrinconé en la cocina de tu propia casa.
.. y cuánto te mojaste tú también —escupe él, cada palabra es un dardo envenenado que da en el centro de mi pecho—. No lo amas.
El dolor de la verdad es una estocada letal. Tiene razón. Mi silencio me hace cómplice. Mi deseo enfermo me hace culpable. Me odio a mí misma con una intensidad que me marea, pero en este momento, lo odio mil veces más a él por sacar a relucir mi peor versión.
—¡Eres el mismo capullo de siempre! —le grito, las lágrimas de rabia, impotencia y odio quemándome los ojos.
Asher ladea la cabeza, simulando una sorpresa irónica.
—¿El mismo? —pregunta, alzando una ceja.
—¡SAL DE MI HABITACIÓN! —aúllo a pleno pulmón, señalando la puerta con una mano temblorosa, perdiendo por completo los papeles, desquiciada—. ¡SAL DE MI VIDA! ¡DE MIS SUEÑOS! ¡DE MIS PESADILLAS! ¡Solo sal, Asher! ¡Vete!
Mi pecho sube y baja erráticamente. Estoy al borde de la hiperventilación.
Asher me observa durante unos segundos que parecen horas.
La tensión es tan gruesa que podría cortarse con un cuchillo.
Finalmente, suelta una risa corta, sin humor, se da media vuelta y sale de la habitación sin decir una palabra más.
En cuanto desaparece, las rodillas me fallan. Me derrumbo en el suelo, apoyando la espalda contra la cama, llorando hasta que me quedo sin lágrimas, con el ruido del océano como único consuelo de mi miseria.
El sábado por la mañana, el sol brilla sobre el océano con una claridad insultante.
La tensión en la casa es un bloque de cemento sólido.
Apenas hemos cruzado dos palabras. He pasado la noche en vela, atrincherada en mi habitación, redactando una estrategia legal en mi portátil para deshacer el entuerto que yo misma provoqué, fingiendo profesionalidad.
A las once de la mañana, Asher me avisa, sin mirarme, de que tenemos que ir a la ciudad para reunirnos con el perito medioambiental del condado de Malibú.
El único hombre que puede firmar el levantamiento del bloqueo sin tener que esperar los noventa días.
Llegamos a un bar rústico, con vistas a la playa, construido de madera vieja y desgastada por el mar. El olor a pescado frito, salitre, café negro y crema solar impregna el ambiente. Asher se detiene junto al Mercedes en el aparcamiento de grava.
—Entra y pide una mesa aislada. Voy a hacer una llamada a Nueva York —ordena con voz cortante, sin molestarse en quitarse las gafas de sol oscuras.
Asiento en silencio, ajustándome mi blazer de lino blanco sobre una camiseta básica y me aliso mis vaqueros oscuros, agarrando el asa de mi maletín como si fuera un escudo.
Cruzo la pequeña terraza de madera y entro al local. El ruido de las conversaciones animadas, el tintineo de los cubiertos y la música jazz suave en la gramola me envuelven. Me acerco a la barra de madera pulida para pedir una mesa.
El camarero está de espaldas a mí, limpiando unos vasos de cristal, llevando una camiseta blanca gastada y un delantal oscuro. Su cabello es castaño, ligeramente ondulado, familiar.
—Perdona —digo—. Necesitaría una mesa para cuatro al fondo, en una zona tranquila. Tenemos una reunión...
El camarero deja el trapo, se da la vuelta y me mira.
El aire abandona mis pulmones de golpe. Mi maletín casi resbala de mis dedos. El corazón me da un vuelco tan violento que me marea. Esos ojos amables y esa sonrisa torcida.
Mi cabeza viaja diez años atrás en un microsegundo.
El chico que me arreglaba la bicicleta, el que me regaló mi primera pulsera, el chico que solía darme cigarillos, el único amigo de verdad que tuve en aquella época oscura antes de que el mundo se volviera un infierno.
El único que yo aparté, borrándolo de mi vida, por el terror paralizante que sentía hacia todo lo que oliera a mi pasado
—¿James? —susurro, incrédula.
Él me mira, parpadeando, la sorpresa inundando sus facciones amables. Sus ojos se abren de par en par. Deja el vaso y el trapo sobre la barra con un golpe seco.
—¿Buenos d-días? —responde él, confundido por mi escrutinio, hasta que mi rostro encaja en sus recuerdos. La confusión se transforma en puro asombro.
—¡Soy yo, Emily! —exclamo, y una ola de alivio tan inmensa me invade que rompo toda compostura profesional.
—¿Emily? —repite, como si acabara de ver un fantasma en pleno día.
La alegría, genuina y pura, estalla en mi pecho como un salvavidas en medio de un naufragio.
Cierro la distancia y, saltándome cualquier barrera, me lanzo hacia él.
Lo abrazo con fuerza sobre el mostrador de la barra, dejando a James completamente sorprendido, congelado durante un segundo antes de devolverme el abrazo con una risa nerviosa.
—Estás… estás increíble. Dios mío, mírate, toda una mujer de negocios —tartamudea él, separándose un poco, mirándome de arriba abajo.
— ¡Cuánto tiempo! ¡No me lo puedo creer, James!—exclamo, mis ojos brillando, mi sonrisa siendo la primera real que cruza mi rostro en toda la semana.
La puerta de madera del bar se abre de golpe, haciendo sonar la pequeña campana de latón, y la luz brillante del exterior se bloquea por una inmensa sombra.
Asher entra.
—¡Enana! —ríe él abiertamente, usando el apodo que, viniendo de su boca, nunca sonó a amenaza, sino a cariño de hermano mayor—. ¿Qué haces tú por aquí? ¿Qué fue de tu vida?
—Tengo una reunión de trabajo —respondo, señalando mi maletín con un gesto rápido—. Soy abogada ahora.
La temperatura del local parece caer diez grados en un parpadeo. Asher se ha quitado las gafas de sol. Sus ojos escanean la sala. Su rostro se vuelve piedra. Me giro hacia él justo cuando se detiene a nuestro lado.
Asher lleva el teléfono móvil en la mano, pero su mirada no está en la pantalla. Sus ojos, oscurecidos por una furia repentina y letal, están clavados en las manos de James que aún descansan sobre mis hombros.
—¿Enana? —repite Asher.
James suelta mis hombros al instante y frunce el ceño. Al mirar al hombre inmenso de traje negro que está a mi lado, la sonrisa amistosa de su rostro se borra instantáneamente, reemplazada por una incredulidad llena de asco.
—¿Con Asher? —pregunta James, mirándome, pidiendo una explicación a la pesadilla que acaba de entrar en su bar.
Siento el pánico subir por mi garganta.
—No es lo que parece —intento justificarme rápidamente, sintiendo la necesidad absurda de explicarle a James que yo no he vuelto con ese cabrón, que no soy esa niña débil.
Pero me callo. No tengo que justificarme.
Suspiro, cuadrando los hombros, y le cuento la cruda verdad—.
Soy su abogada, James. Es estrictamente profesional. Una historia larga...
James suelta un bufido irónico. Pasa su mirada de mí a Asher, midiendo la inmensidad del otro hombre, pero sin retroceder un milímetro. La tensión entre ellos es eléctrica, vieja, podrida.
—Asher, cabrón —escupe James, sin ningún miedo, apoyando las manos en la barra—. Siempre pensé que acabarías en la cárcel.
El silencio en nuestra pequeña esquina del bar es radiactivo. Asher no se altera. Al revés, su sonrisa se tuerce de forma arrogante. Con una parsimonia letal, se mete las manos en los bolsillos del pantalón oscuro.
—Siento decepcionarte, James —replica Asher, su voz destilando un veneno letal, lleno de suficiencia—. Pero no necesito ese tipo de abogados. Puedo comprar el sistema si quiero.
La campana de la puerta vuelve a sonar. Un hombre de unos cincuenta años, vestido con un traje de lino beige arrugado y llevando un portafolios de cuero gastado, entra en el bar mirando hacia los lados. El inspector del Ayuntamiento.
Es la salvación.
Me vuelvo hacia la barra. Le dedico a James una sonrisa sincera.
—Me alegro infinito de verte, James —me apresuro a decirle al camarero—. Quizá más tarde… si tienes un hueco, podríamos vernos. Para tomar un café o algo y ponernos al día.
Los ojos de Asher se clavan en mí como cuchillos. Si las miradas pudieran quemar, yo estaría ardiendo en cenizas.
—Me encantaría —responde James, ignorando el aura homicida de Asher, dedicándome una última sonrisa cómplice.
Agarro mi maletín y guío a Asher hacia una de las mesas de madera apartadas al fondo del local. El inspector se sienta frente a nosotros. Abro los documentos, preparándome para soltar mi discurso legal para enmendar mi propio sabotaje, pero no puedo concentrarme.
Asher está sentado a mi lado. Inmensamente, sofocantemente cerca.
Su cuerpo es un horno encendido. Su muslo roza el mío bajo la mesa de madera pequeña, un contacto deliberado e ineludible que me envía descargas eléctricas directas al bajo vientre.
Mientras el inspector hojea las copias del contrato y yo hablo atropelladamente de estudios de viabilidad secundaria, Asher no mira los malditos papeles.
Me mira a mí.
Su mirada es pesada, furiosa, y a lo largo de toda la reunión, con un tono tan bajo que solo mis oídos pueden captar, su voz ronca no deja de rozar mi cuello como una amenaza aterradora y adictiva:
— Enana ...