No me quites la inocencia Chapter 33
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Chapter 33

E l calor es insoportable, denso y pegajoso, una bruma que me asfixia desde dentro.

Mis manos están enredadas en unas sábanas oscuras que huelen a tabaco, a almizcle y a menta.

La respiración me quema en la garganta. Siento un peso inmenso sobre mí, un cuerpo duro como el mármol que me inmoviliza contra el colchón, aplastando cualquier intento de huida.

Pero no quiero huir. Ese es el verdadero terror.

Sus manos, ásperas, inmensas, adornadas con anillos de plata fría, recorren mis muslos, subiendo por mi piel desnuda, dejando un rastro de fuego a su paso.

—Emily… —su voz rasposa, oscura y cargada de una lujuria primitiva, vibra directamente contra mi oído.

Abro la boca para decirle que se aparte, pero lo único que escapa de mis labios es un gemido desesperado, hambriento.

Él muerde el lóbulo de mi oreja, y una descarga de electricidad me atraviesa la espina dorsal, tensando cada músculo de mi cuerpo.

Su cadera presiona contra la mía, exigiendo una rendición total, reclamando lo que siempre ha considerado suyo.

Me despierto de un golpe, ahogando un grito. El corazón me martillea el esternón con una violencia homicida.

Me incorporo en la cama, empujando el nórdico blanco de un manotazo. Estoy empapada en un sudor frío. La habitación está sumida en la penumbra azulada del amanecer. El aire huele a limpio, a lavanda y al sándalo de Nathan, pero en mis fosas nasales sigue atrapado el fantasma del tabaco y menta.

Me llevo las manos a la cara, frotándome los ojos con desesperación, intentando borrar las imágenes del sueño húmedo y enfermo que acaba de torturarme. Un sueño erótico con Asher. Con el hombre al que se supone que odio con cada célula de mi ser. El asco hacia mí misma amenaza con hacerme vomitar.

Giro la cabeza hacia la izquierda. El lado de la cama de Nathan está vacío. Las sábanas están frías.

Me levanto con las piernas temblorosas y bajo las escaleras. Lo encuentro en la cocina, ya vestido con su traje, ajustándose el reloj en la muñeca. Frente a él, una taza de café humeante. No me ha despertado. No me ha preparado el café, como lleva haciendo cada maldita mañana desde hace tres años.

El distanciamiento es un abismo que se ha abierto en medio de nuestra casa.

—Buenos días —murmuro, mi voz sonando ronca, culpable.

Nathan levanta la vista. Sus ojos azules están apagados, desprovistos de la calidez incondicional que siempre me ha regalado. Me mira de arriba abajo, evaluando mi palidez, mi estado miserable.

—Buenos días —responde, con un tono neutro, estrictamente cordial. Recoge su maletín de la silla—. Me voy a la oficina. El equipo legal y yo intentaremos contener el caos del bloqueo de Malibú.

Trago saliva. El dolor de su frialdad es una puñalada limpia.

—Nathan, yo… —empiezo, dando un paso hacia él.

—No, Emily. No digas nada —me interrumpe, levantando una mano—. Haz tu maleta. Soluciona el problema que has creado con Black. Y por favor… intenta recordar con quién te vas a casar. Si es que todavía quieres hacerlo.

No me da un beso de despedida. Ni siquiera un roce. Simplemente cruza la puerta principal y desaparece, dejándome sola con mis pesadillas y mi culpa, obligada a hacer las maletas para irme al infierno.

La propiedad de Asher en Malibú no es una casa. Es una fortaleza de cristal y hormigón armado, incrustada en lo alto de un acantilado que desafía la gravedad sobre el Océano Pacífico.

Llego el viernes por la tarde, conduciendo mi propio coche, habiendo seguido el rastro del inmenso Mercedes negro de Asher por toda la Pacific Coast Highway.

El sonido del motor se apaga y el rugido furioso de las olas rompiendo contra las rocas afiladas, decenas de metros más abajo, inunda mis sentidos.

El aire está cargado de salitre, yodo y la humedad previa a una tormenta.

Atravieso la enorme puerta pivotante de madera de roble.

El interior es de un minimalismo frío y obscenamente caro.

Suelos de pizarra oscura, sofás de cuero negro, y ventanales inmensos que van del suelo al techo, ofreciendo una vista panorámica de un mar embravecido bajo un cielo teñido de naranja sanguina y violeta por el atardecer.

Estamos solos. Él y yo, aislados del mundo, encerrados en esta jaula de oro sin testigos.

Dejo mi bolsa de viaje en el suelo del vestíbulo.

Mis tacones resuenan sobre la pizarra. Camino hacia el inmenso salón, mis nervios tensos como cuerdas de violín.

El pánico revolotea en mi pecho; necesito mi anestesia.

Abro mi bolso, saco la cajetilla de Marlboro y mi mechero plateado.

Saco un cigarrillo, me lo llevo a los labios temblorosos y lo enciendo.

Le doy una calada profunda, cerrando los ojos, dejando que el humo tóxico llene mis pulmones antes de exhalarlo en una nube gris.

Asher ya está allí.

Se ha quitado la americana y los primeros tres botones de su camisa negra están abiertos, dejando a la vista la cadena de plata y los intrincados trazos de tinta de su cuello.

Está de pie junto a un mueble bar de mármol negro, sirviéndose un vaso de whisky.

El tintineo de los cubitos de hielo contra el cristal es el único sonido que compite con el océano.

Se gira despacio, con el vaso en una mano, y su mirada dorada se detiene inmediatamente en el humo que se arremolina a mi alrededor. Frunce el ceño ligeramente, una mezcla de sorpresa y curiosidad oscura.

—No sabía que fumabas —dice, con la voz profunda cruzando el salón, observándome dar otra calada nerviosa.

—Ya... —respondo secamente, soltando el humo con desafío mientras me cruzo de brazos, sosteniendo el cigarro—. No es de tu incumbencia.

Asher suelta una carcajada breve, oscura y carente de humor. Deja los vasos sobre el mármol y se mete las manos en los bolsillos, caminando lentamente hacia mí. Su sombra se alarga sobre el suelo, devorándome.

—No bebo mientras trabajo —digo de repente, pisando las brasas de mi propio miedo para sonar firme, intentando construir mi armadura—.

Dime dónde están los planos del peritaje y los registros del Ayuntamiento.

Si trabajamos toda la noche, podré redactar un recurso de nulidad para el lunes a primera hora.

—Qué diligente, abogada —murmura, deteniéndose a menos de medio metro de mí.

El olor a malta, su propio humo y la menta me asalta, embriagador.

Me quita el cigarrillo de los dedos con un movimiento rápido e inesperado, le da una calada él mismo y lo apaga en un pesado cenicero de cristal sobre la mesa—.

¿De verdad crees que te he hecho conducir hasta aquí para mirar papeles?

—Es por lo que hemos venido. Para solucionar el caos.

—El caos, Emily, no está en esos papeles —susurra, y da otro paso, invadiendo por completo mi espacio vital—. El caos está aquí.

Levanta una mano. Intento retroceder, pero mis piernas se han convertido en plomo. Sus dedos, largos y calientes, apartan un mechón de mi pelo y lo colocan detrás de mi oreja. El roce de sus nudillos contra mi piel es una quemadura de tercer grado. El aliento me falla.

Se queda quieto, inmensamente alto, inmensamente peligroso, mirándome fijamente a los ojos.

El silencio de la casa se vuelve ensordecedor. Sus pupilas están dilatadas, devorando el iris, escudriñando el interior de mi alma. Es una mirada intensa, penetrante, que desentierra cadáveres y resucita fantasmas. Me quedo atrapada en ese magnetismo letal.

Mi mente, rota y agotada, formula un pensamiento silencioso, una condena, mientras sostengo su mirada: Los ojos que no se ven se olvidan. Pero y los que se vuelven a reencontrar... ¿se perdonan? ¿Puede haber redención en el mismo abismo que te destrozó?

No aparto la mirada. Esa es mi perdición. El sueño de esta mañana choca con la realidad.

Asher lee la rendición microscópica en el verde de mis ojos. Inhala bruscamente, como si mi aroma fuera su oxígeno, y en un movimiento rápido, feroz, sus manos agarran mi rostro y su boca se estrella contra la mía.

No hay suavidad esta vez. Es un impacto brutal, hambriento, desesperado.

Mis manos, traicioneras, vuelan hacia su pecho, pero no para empujarlo, sino para aferrarme a la tela de su camisa, tirando de él hacia mí.

Sus labios me devoran, su lengua exige la mía, saboreando el whisky, el tabaco que acabamos de compartir y el abismo.

Retrocedo, tropezando con mis propios pies, pero él avanza, guiándome a ciegas por el pasillo ancho de la casa hasta que la parte posterior de mis rodillas choca contra el borde de una cama inmensa. Todo es piel, fricción, ruido de respiraciones rotas y telas que se arrugan.

Asher me empuja y caigo de espaldas sobre las sábanas de seda gris. El impacto me quita el aire, pero antes de que pueda recuperarlo, él ya está sobre mí. Su peso es una ancla aplastante y adictiva. Su rodilla se abre paso entre mis piernas, presionando exactamente donde el fuego se acumula.

Sus manos no piden permiso. Bajan rápidamente por la botonadura de mi blusa de seda blanca, arrancando los dos botones centrales con un tirón seco. Aparta la tela, exponiendo la piel de mi pecho agitado, cubierto solo por un sujetador de encaje negro.

Asher baja la mirada. Su respiración agitada se detiene en seco.

En el lado izquierdo, cerca de mi vientre, donde hace diez años latía un pequeño lunar oscuro que él reclamaba diciendo « este lunar es mío »... ahora hay un tatuaje. La silueta fina y oscura de una paloma alzando el vuelo, marcando mi libertad, cubriendo su propiedad.