No me quites la inocencia Chapter 32 #3
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Chapter 32 #3

El humo caliente llena mis pulmones, rasposo y tóxico, y lo retengo un segundo antes de exhalarlo en una nube gris que choca contra el parabrisas.

Antes del maldito viaje a Nueva York, había conseguido reducir este vicio casi a cero.

Fumar era un hábito esporádico, social, algo que Nathan detestaba y que yo intentaba dejar por él.

Pero desde el instante en que volví a ver los ojos de Asher en aquella sala fumo un cigarro tras otro durante el trayecto a casa.

La ceniza cae sobre mi falda gris plomo, pero no me importa.

Cuando llego a Santa Mónica y aparco frente a nuestra casa, el cenicero del coche está lleno de colillas aplastadas con rabia.

Entro en la casa. El silencio es sepulcral.

Tiro el maletín de cuero y las llaves sobre la consola de la entrada con un estruendo que resuena en las paredes vacías.

Me arranco la chaqueta gris del traje y la dejo caer al suelo.

Mis manos tiemblan con tal violencia que me cuesta desabrocharme los primeros botones de la blusa de seda para poder respirar.

Camino directamente hacia la cocina. Mis pasos son erráticos, pesados.

Abro la vinoteca con desesperación y saco la primera botella de tinto que mis dedos rozan.

No me importa la cosecha, no me importa el precio.

Necesito anestesia. Arranco el corcho, que se rompe a la mitad por mi torpeza, y me sirvo una copa de cristal hasta el borde.

El líquido oscuro salpica el mármol blanco, pareciendo gotas de sangre fresca.

Doy un trago largo, ansioso. El vino es un Cabernet Sauvignon áspero, con notas de roble y frutos negros, pero en mi garganta quema como si fuera alcohol puro.

El ardor me baja por el esófago, asentándose en un estómago que lleva horas cerrado por el pánico.

Cierro los ojos, apoyando la espalda contra la misma encimera de mármol donde Asher me besó el viernes.

¿Qué he hecho? He dinamitado mi carrera. He destrozado mi relación. Me he metido sola en la boca del lobo.

Me acabo el primer vaso en menos de cinco minutos. Me sirvo el segundo.

Un fin de semana a solas en Malibú.

El alcohol empieza a hacer efecto, aflojando la tensión de mis músculos, difuminando los bordes afilados de la realidad. Para cuando el sol empieza a caer y tiñe el salón de tonos naranjas y violetas, voy por el tercer vaso y la botella está casi vacía.

El sonido de la cerradura de la puerta principal me sobresalta.

Me detengo en el centro del salón, abrazando el vaso vacío contra mi pecho.

Nathan entra.

El silencio de la casa se rompe con los pasos lentos, arrastrados y pesados de Nathan. Aparece en el umbral salón.

La imagen me rompe el corazón en mil pedazos.

Si yo me siento como un desastre, él parece la viva imagen de la devastación.

Se ha quitado la corbata y la americana; la camisa blanca está arrugada y lleva las mangas remangadas de cualquier manera.

Tiene los hombros caídos, soportando un peso invisible que lo aplasta contra el suelo.

Se queda allí parado, mirándome. El silencio se estira entre nosotros, pesado, lleno de escombros de lo que solíamos ser. Ya no huele a sándalo y seguridad; huele a agotamiento puro.

—¿Por qué no me lo dijiste antes, Emily? —pregunta por fin—. ¿Por qué no me lo dijiste antes? —Su voz es un susurro áspero, roto por el dolor y la traición—. Cinco años juntos... ¿Por qué me dejaste meter a ese hijo de puta en nuestra casa?

Su voz es un hilo rasgado. Solo hay una tristeza inmensa, un dolor que me hace sentir más miserable que el peor de los castigos.

Trago saliva, saboreando el vino ácido en mi lengua. Aprieto el cristal del vaso.

—¿Qué importancia tiene ahora, Nathan? —respondo, intentando que mi voz suene indiferente, aunque el alcohol la hace patinar ligeramente—. No cambia nada.

Nathan niega con la cabeza, lentamente. Da un par de pasos hacia el salón, acortando la distancia, sus ojos escaneando mi postura defensiva, la botella vacía en la cocina, mi estado alterado.

—¿Que qué importancia tiene? —murmura, con una empatía que me desgarra—. Es el hombre que te hizo daño. Emily, te he puesto en bandeja de plata frente a él...

—¡Ni siquiera sabe quién soy! —le grito—. ¡Han pasado diez años, Nathan! Para él solo soy Emily Reed, una abogada más con la que jugar. No me reconoce. No le importo.

Nathan me mira, escudriñando mis ojos vidriosos por el vino y las lágrimas retenidas.

—Tiene importancia si te pones así —murmura él, con la voz temblando por la empatía—.

Mírate, Emily. Estás destruyendo todo lo que has construido para vengarte de un fantasma.

Estás bebiendo sola, alejándote de mí...

Si me lo hubieras dicho en Nueva York, te juro que habríamos rechazado el puto contrato.

Jamás habría puesto dinero por encima de ti. Jamás.

Sus palabras, llenas de un amor incondicional que no merezco, rompen el último muro de mi resistencia. Dejo la copa de vino sobre la mesa con un golpe seco. El mundo da una leve vuelta a mi alrededor por efecto del alcohol.

El alcohol corriendo por mis venas adormece la culpa y enciende una necesidad urgente de borrar mis errores. Necesito anclarme a él. Necesito sentir que le pertenezco, que este es mi lugar, que el fin de semana en Malibú no va a destruirme porque yo soy de Nathan Brooks.

Camino hacia él. Mis pies descalzos no hacen ruido sobre la alfombra.

Llego hasta su cuerpo tenso y paso mis brazos alrededor de su cuello. Me pongo de puntillas, presionando mi pecho contra el suyo. Él huele a un largo día de desastres, pero sigue siendo mi hogar. Lo beso. Es un beso torpe y urgente.

Nathan no responde al principio. Se queda rígido, con las manos suspendidas en el aire a los lados de mi cintura, sorprendido por el asalto repentino.

Deslizo mis manos por su pelo, intentando profundizar el beso, intentando encender una chispa que apague el fuego oscuro de Asher. Muevo mis labios contra los suyos con desesperación, pegando mis caderas a su pelvis.

—Te deseo —susurro contra su boca, mi voz espesa, suplicante.

Empiezo a tirar de los botones de su camisa, ciega por la urgencia. Pero las manos de Nathan, fuertes y amables, atrapan mis muñecas, deteniendo mis movimientos frenéticos.

Se aparta unos centímetros, rompiendo el beso. Su mirada es un pozo de tristeza profunda, insondable. Huele el alcohol en mi aliento, el humo de tabaco en mi pelo.

—Estás borracha, Emily —dice en voz baja, con una dulzura que me hace sentir como basura—. Y estás rota. No voy a hacer esto así.

El rechazo es una bofetada de realidad que me hace tambalearme un milímetro. Lo miro, herida, ofendida, con la respiración agitada.

—¡Soy tu prometida! —le ruego, y una lágrima humillante resbala por mi mejilla—. Soy tuya, Nathan. Quiero estar contigo. Quiero...

—No me deseas a mí ahora mismo —me interrumpe, acariciándome la cara con los pulgares, limpiando mis lágrimas con una suavidad que me parte el alma—.

Solo quieres usarme para borrarlo a él .

Estás usando el sexo para callar el ruido que tienes en la cabeza.

No te voy a hacer eso. Te amo demasiado. ..

Me suelta con delicadeza. El frío de su ausencia inmediata me golpea.

Me quedo de pie en medio de mi propia sala de estar, descalza, con el pelo revuelto y el corazón hecho trizas. Nathan me rodea por los hombros, me guía hasta nuestra habitación. Me cubre con una manta, tratándome con el mismo cuidado que se le da a una víctima de un accidente grave.

—Intenta dormir, cariño —susurra, besándome la frente.

El silencio de la casa vuelve a cerrarse sobre nosotros. Sé que esta noche dormiremos en la misma cama, pero con kilómetros de distancia entre los dos.

Y en la oscuridad, la única verdad que resonará en mi cabeza es que el viernes me subiré a un coche camino a Malibú para enfrentarme al verdadero dueño de mi tormento.