Chapter 32 #2
—Parece algo más que eso —murmura, con una sospecha que empieza a cristalizar en sus pupilas azules. Una sospecha que amenaza con destapar la caja de Pandora—. La forma en que lo miraste la primera vez que lo viste en Nueva York...
Si abro la boca, si le digo la verdad, el contrato se hunde, mi vida perfecta se desmorona en pedazos.
Pero si no lo digo, si sigo mintiendo, la presión en mi pecho me va a reventar el corazón.
La sola idea de irme un fin de semana a solas con Asher.
.. El terror, la humillación de saber que una parte retorcida de mí quiere ir. .. es demasiado.
—¡ÉL ES MI PASADO, MALDITA SEA, NATHAN! —grito a pleno pulmón, incapaz de contener el dique por más tiempo.
Mis cuerdas vocales se desgarran con la fuerza del grito. Mis manos caen a los costados, hechas puños. El eco de mi voz reverbera contra los cristales del despacho, rebotando en mis propios oídos, sonando irreal, ajeno. He roto el silencio. He roto el secreto.
Nathan se queda petrificado. El color desaparece por completo de su rostro. Sus labios se entreabren, pero no sale ningún sonido. Sus ojos azules, tan limpios, tan seguros, se llenan de una incomprensión y un dolor crudos, casi infantiles.
—¡Siempre quieres saberlo todo! —continúo, la rabia y las lágrimas luchando por salir, cegándome, rompiendo mi armadura pieza a pieza—. ¡Pues él es el hombre que me destruyó! ¡Él es el hombre del que tanto he huido! ¡Es él, Nathan! ¡Él me quitó todo lo que yo era!
El silencio que sigue es ensordecedor.
El zumbido del aire acondicionado es lo único que parece mantener la cordura en la habitación. Nathan retrocede un paso, como si mis palabras hubieran sido un golpe físico directo al estómago. Parpadea, procesando la información, uniendo los puntos dolorosos en su cabeza.
—Emily... —susurra, su voz rota, ahogada por el horror—. Dios mío, Emily...
Una lágrima, solitaria, ácida y pesada, resbala por mi mejilla izquierda. Me muerdo el labio inferior hasta saborear la sangre, intentando contener los sollozos que amenazan con ahogarme. Me abrazo a mí misma, frotándome los brazos como si de repente hiciera un frío polar en el despacho.
—Y pienso hacer lo mismo —le escupo, con una furia gélida, irracional, intentando convencerme a mí misma más que a él—.
Pienso destruirlo, Nathan. Pienso quitarle cada maldito dólar, cada gramo de poder que tiene.
Pienso hundirlo hasta que suplique. ¿Estás contento ahora?
¿Estás feliz de saber por qué saboteo tu puto contrato millonario?
Nathan me mira, y por primera vez en años, veo lágrimas en sus ojos. Lágrimas de impotencia, de un dolor tan puro por mi sufrimiento que me hace sentir la peor persona del mundo por haberle escondido esto, por haberle metido en mi propia guerra sucia.
—L-lo siento, Emily —tartamudea, dando un paso hacia mí, con las manos extendidas, buscando consolar a la niña herida que acaba de reaparecer ante él—.
No lo sabía... Dios, no lo sabía. Si lo hubiera sabido, jamás te habría obligado a estar en esa sala con él.
Jamás lo habría dejado entrar en nuestra casa. ..
—Claro que no —le corto, con una risa amarga y seca, sin humor—. Y por eso era mejor así. Por eso no te lo dije. Estaba todo bien, Nathan. Todo era perfecto. Yo era normal, nosotros éramos felices... hasta que él reapareció y lo ensució todo.
Nathan acorta la distancia por completo. Levanta los brazos, con la clara intención de envolverme, de cogerme en brazos, de esconderme del mundo, de curarme. Su olor a sándalo y seguridad me inunda. Es mi puerto seguro. Es el hombre que me salvó.
Pero cuando sus manos rozan mis hombros, mi cuerpo reacciona antes que mi mente.
El roce me quema. El toque suave y tierno de Nathan, en este momento se siente intrusivo. Mi piel está tan saturada de la energía oscura de Asher, de la rabia, de la culpa por los besos, que no puedo soportar el cariño incondicional de mi prometido.
Lo aparto.
Doy un paso brusco hacia atrás, zafándome de su agarre con un movimiento violento.
—No, no me toques —le pido, con la voz quebrada, levantando las manos en un gesto defensivo—. Déjame, Nathan.
—Emily, cariño, por favor, déjame ayudarte... —implora él, dando otro paso hacia mí.
—¡Solo quiero estar sola! —grito, y las lágrimas por fin se desbordan, cayendo por mis mejillas calientes y manchando mi blusa de seda.
Me zafo de su segundo intento de abrazo.
Cojo mi bolso del perchero con torpeza, ignorando su mirada herida, ignorando el caos que acabo de desatar en mi vida personal y profesional.
Abro la puerta de cristal, que se siente inmensamente pesada, y salgo al pasillo, huyendo de mi propio despacho, de mi prometido, de mis propias decisiones ruinosas.
Camino rápido por el pasillo. La visión se me nubla por las lágrimas contenidas. El ruido de la oficina vuelve a golpearme, pero me es indiferente. Solo quiero llegar al ascensor. Solo quiero salir de este edificio antes de que me falte el aire por completo.
Acelero el paso, pero al doblar la esquina hacia el vestíbulo principal de nuestro piso, mi mundo se detiene en seco.
Allí está él.
Asher no se ha ido. Está apoyado de espaldas contra la pared de mármol frío, cerca de las puertas de los ascensores, con los tobillos cruzados y las manos en los bolsillos, como si estuviera esperando un tren.
Su postura es de una relajación insultante.
Al escuchar mis tacones, gira la cabeza y me mira.
Sus ojos afilados e implacables, escanean mi rostro. Lee mis ojos enrojecidos, mi respiración agitada, la postura defensiva de mis hombros, la desesperación en mi forma de caminar.
Y el muy cabrón me sonríe.
Paso por su lado, intentando ignorarlo, acelerando mis pasos hacia el botón de llamada del ascensor, pero su voz, baja, áspera y cargada de burla, me intercepta.
—¿Te vas a hacer las maletas, Emily? —murmura Asher, la diversión sádica goteando de cada sílaba.
Me detengo en seco. La furia vuelve a encenderse, secando mis lágrimas de golpe. Me giro hacia él, clavando mis ojos verdes en los suyos, inyectados en odio puro y duro.
—¡Que te den, Black! —le escupo, con los puños apretados a los costados, la voz ronca de tanto gritar.
Asher no se inmuta. Se descruza de la pared y da un paso lento hacia mí. Su aroma me envuelve de nuevo. Su inmensa estatura me proyecta sombra, pero me niego a retroceder un milímetro. Me mantengo firme, aunque mis rodillas tiemblen.
—Cuidado con ese tono, abogada —advierte, su voz bajando a un susurro sedoso que hace vibrar el aire entre nosotros—. Puedo despedirte en un abrir y cerrar de ojos. Puedo exigir a Sterling & Brooks que te saquen del caso y te destierren a revisar contratos de arrendamiento en un sótano.
La amenaza cuelga en el aire, pesada y real. Tiene el poder para hacerlo. Tiene el dinero para destruir mi carrera con un solo chasquido de dedos.
Pero en este momento, no me importa nada.
Levanto la barbilla, sosteniéndole la mirada con la misma arrogancia suicida que usé para firmar ese maldito documento hace unas horas.
—Pues hazlo —lo desafío, con la voz temblando por la adrenalina, retándolo a terminar con este juego enfermo—. Hazlo, Asher. Despídeme.
Asher me observa durante un segundo largo, eterno. Sus ojos devoran la rebeldía en mi rostro, la furia en mi postura, el fuego verde de mis pupilas. Busca sumisión y solo encuentra guerra.
Su sonrisa se ensancha, lenta y letal, transformando su rostro hermoso en una máscara de perdición. Levanta una mano, roza con los nudillos la piel de mi mejilla, caliente por las lágrimas, un contacto fugaz, eléctrico, posesivo y prohibido, antes de apartarse y pulsar el botón del ascensor por mí.
—Neah... —susurra, inclinándose hacia mi oreja, su aliento y su voz oscura colándose en mi cerebro, en mis huesos, en mis pesadillas—. Eso sería demasiado aburrido. Y creo que será muchísimo más divertido pasar un fin de semana a solas contigo en Malibú, Emily.
Las puertas del ascensor se abren a mi espalda con un ding casi burlesco.
Asher me lanza una última mirada, cargada de una promesa negra y obsesiva, antes de dar media vuelta y alejarse por el pasillo, dejándome sola, temblando de pánico y deseo, atrapada en la red que yo misma acabo de terminar de tejer.
El verdadero infierno no hizo más que empezar, y yo he comprado el billete de primera clase.
El eco de la risa oscura de Asher me persigue hasta la calle.
Salgo del edificio de cristal de Black Real Estate casi corriendo, empujando las puertas giratorias con una urgencia que roza el pánico.
El sol del mediodía de Los Ángeles me golpea la cara, cegador e indiferente a mi colapso interno.
El ruido del tráfico en la Avenida de las Estrellas es un rugido constante, pero yo solo escucho el zumbido de mi propia sangre en los oídos.
Llego a trompicones hasta mi coche, aparcado en la zona subterránea. Me meto en el asiento del conductor, cierro los seguros de golpe y dejo caer la frente contra el volante de cuero.
Mis manos tiemblan con tanta violencia que apenas puedo abrir la cremallera de mi bolso. Rebusco a ciegas, apartando el móvil, las llaves y el estuche del maquillaje, hasta que mis dedos rozan el cartón duro. Saco la cajetilla de Marlboro y el mechero plateado.
Saco un cigarrillo con los labios, enciendo la llama y aspiro con una desesperación que me quema la garganta.