No me quites la inocencia Chapter 32
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Chapter 32

E l corazón me golpea las costillas con la fuerza de un animal salvaje encerrado.

Me obligo a respirar hondo, inhalando ese aire enrarecido, buscando la calma en el olor a ozono del aire acondicionado, pero el pánico y la adrenalina se mezclan en mi torrente sanguíneo, dejándome un sabor a metal y bilis en la parte posterior de la garganta.

Mis rodillas son de gelatina, pero me mantengo anclada al suelo por puro instinto de supervivencia.

Nathan sigue apoyado en la pared a un metro de mí, respirando con dificultad y el rostro ceniciento.

Parece haber envejecido cinco años en los últimos diez minutos.

Su mirada salta de mi rostro imperturbable a la silueta de Asher tras el cristal, sin comprender, sin saber que está atrapado en el fuego cruzado de una guerra que no le pertenece.

Y entonces, Asher se mueve.

No camina con prisa ni con la furia desbocada que uno esperaría de un hombre que acaba de perder cuarenta y cinco millones de dólares.

Camina con la cadencia lenta, calculada y letal de un depredador que ya ha acorralado a su presa y simplemente se toma su tiempo para acercarse. Sus pasos son largos, silenciosos.

El picaporte de acero de mi puerta gira hacia abajo con un clic seco, definitivo, que reverbera en mi cráneo.

Asher entra.

No llama. No pide permiso. Simplemente invade mi espacio, como hace con todo en su maldita vida.

El cambio de presión en la habitación es instantáneo. El olor que lo caracteriza lo inunda todo, me asfixia con recuerdos que no quiero revivir.

Cierra la pesada puerta de cristal a sus espaldas con una lentitud exasperante.

—Asher... —empieza Nathan, dando un paso adelante, levantando las manos en un gesto conciliado—. Te juro que lo solucionaremos. Acabo de hablar con el equipo de control de crisis. Podemos apelar la solicitud, presentar un peritaje acelerado...

Pero Asher ni siquiera lo mira. Pasa por su lado como si Nathan fuera un mueble más, un mero adorno sin importancia en mi oficina. Sus ojos, oscuros y voraces, están clavados en mí. Solo en mí.

Se detiene justo frente a mi escritorio, a escasos centímetros de donde mis manos se aferran a la madera.

Apoya ambas manos sobre la superficie pulida y se inclina hacia delante.

La proximidad es abrumadora. Puedo sentir el calor volcánico que irradia su cuerpo a través de su traje; puedo ver los diminutos destellos dorados en su iris y la sombra de barba en su mandíbula cuadrada.

Me sostiene la mirada. Mis pupilas verdes, frías y calculadoras, chocan contra las suyas, calientes y venenosas. No parpadeo. No retrocedo. Levanto la barbilla un milímetro, desafiándolo.

La comisura de sus labios se curva hacia arriba, en una sonrisa que es puro veneno y admiración perversa.

—Bien jugado, abogada —susurra Asher. Su voz es un rasgueo profundo, íntimo, diseñado para acariciar mis nervios y hacerlos sangrar—. Me vas a costar cuarenta y cinco millones.

El tono no es de furia. Es de promesa. La forma en que saborea las palabras, la manera en que sus ojos recorren la línea de mi cuello y bajan hasta el escote de mi blusa antes de volver a mis ojos, hace que un escalofrío helado me recorra la columna vertebral.

—Es mi trabajo asegurar que... —empiezo a decir, recurriendo a mi escudo profesional, pero él me corta con un gesto suave de su mano tatuada.

—Te los voy a cobrar con intereses, Emily —añade en un murmullo apenas audible para Nathan, pero atronador para mí.

Trago saliva, el nudo de espinas en mi garganta apretándose dolorosamente. El sabor a menta de sus besos parece volver a materializarse en mi boca, mezclándose con el miedo. Me mantengo erguida, rígida como una estatua de sal, mientras el fuego de su mirada me consume por dentro.

—Lo solucionaremos, Asher —repite Nathan, acercándose de nuevo, con la voz un poco más firme, intentando recuperar el control de su propia oficina, de su propia prometida, de su propio cliente—. Te doy mi palabra. Personalmente me encargaré de...

Asher se incorpora lentamente, apartando la vista de mí para girar la cabeza hacia Nathan. Lo mira con una condescendencia tan absoluta, tan fría, que casi siento lástima por mi prometido.

—Tienes razón en una cosa, Brooks. Esto se va a solucionar —dice Asher con una frialdad corporativa que congela la sangre—. Pero tú no vas a hacer nada.

Vuelve a mirarme a mí. Esa sonrisa oscura, esa que precede a la destrucción, se dibuja en sus labios con más claridad.

—Tienes razón, abogada —añade Asher, y sé que está respondiendo a la frase que le susurré en el ascensor—. Las pesadillas también se hacen realidad. Así que tendrás que viajar conmigo este fin de semana a Malibú para solucionar el puto caos que has provocado sobre el terreno.

El golpe me deja sin aliento.

¿Un fin de semana a solas con él en Malibú? ¿Lejos de la oficina, lejos de Nathan, en un terreno vacío frente al océano? El pánico, puro y primitivo, me invade. Siento el suelo de mármol ceder bajo mis tacones. El abismo se abre a mis pies y él me está empujando.

—Yo... yo no puedo... —tartamudeo, la máscara de hielo resquebrajándose por un instante.

—Nathan... —busco a mi prometido con la mirada, implorándole en silencio que me lance un salvavidas.

Nathan reacciona, dando un paso protector hacia mí, colocándose entre Asher y mi escritorio. Su aroma a sándalo intenta competir inútilmente con el almizcle depredador de Asher, pero es como enfrentar una brisa contra un huracán..

—Yo les ayudaré también, Asher —dice Nathan con firmeza, cuadrando los hombros—. Somos un equipo. Yo la acompañaré. El departamento técnico puede enviar a...

—No —lo corta Asher, tajante. La amabilidad fingida desaparece, dejando al descubierto al dictador implacable—.

Tu prometida lo ha fastidiado. Ella sola lo solucionará.

Si a las ocho de la mañana del sábado no está en Malibú con una estrategia de resolución, consideren nuestro contrato y su ridículo bufete, historia muerta en Los Ángeles.

No me da tiempo a responder. No le da tiempo a Nathan a replicar.

Asher se da la vuelta con un movimiento brusco, su americana negra ondeando ligeramente, y camina hacia la puerta. La abre y sale al pasillo dando un portazo que hace temblar los cristales de mi despacho.

El sonido reverbera en la habitación como un disparo.

El silencio que sigue es sepulcral, solo interrumpido por mi respiración superficial y agitada.

Cierro los ojos, apoyando las yemas de los dedos en la frente, intentando detener el martilleo de mi migraña incipiente.

Lo he conseguido. He logrado apuñalarle la cartera, pero la herida ha provocado que el monstruo fije toda su atención en mí. Y ahora estoy atrapada en su juego.

—¿Por qué lo has hecho, Emily?

La voz de Nathan es un susurro tenso, cargado de una incomprensión dolorosa. Abro los ojos y me giro hacia él. Sigue apoyado en la puerta, mirándome como si fuera una extraña, como si la mujer con la que se iba a casar hubiera sido reemplazada por un alienígena.

—Ya te lo he explicado, Nathan —respondo, mecánicamente, volviendo a sentarme en mi silla de cuero, buscando refugio en la falsa seguridad de mi escritorio—. Es un vacío legal. Si llegaba a colapsar el terreno, la demanda...

—¡Deja de soltarme el puto discurso legal, Emily! —grita Nathan de repente, perdiendo los estribos por primera vez en los cinco años que lo conozco.

El estallido de su voz me hace dar un respingo en la silla. Da dos zancadas hacia el escritorio, apoyando ambas manos sobre la madera, acercando su rostro al mío. Su respiración es irregular, su rostro está encendido por la frustración.

—¡Se te ha olvidado que trabajas con él, no contra él!

—me espeta, golpeando la mesa con el puño cerrado.

El sonido me hace encogerme—. ¿Qué parte de "es nuestro cliente principal" no has entendido?

¡Mil quinientos millones, Emily! Y tú, por una maldita cláusula menor que nadie hubiera mirado, le bloqueas el proyecto. ¿En qué estabas pensando?

—¡Estoy haciendo mi trabajo, Nathan! —grito yo también, poniéndome en pie de un salto, empujando la silla hacia atrás con violencia.

La rabia de todo el fin de semana, el pánico de estar a solas con Asher, el dolor de saber que me estoy destruyendo a mí misma.

.. todo explota—. ¡Estoy protegiendo este maldito bufete de posibles demandas!

¡Si no te gusta cómo trabajo, despídeme!

El silencio vuelve a caer sobre nosotros, pesado y letal.

Nathan me mira, con los ojos muy abiertos, como si acabara de abofetearlo.

El pecho se le sube y le baja con rapidez.

Pasa una mano temblorosa por su cabello, deshaciendo su peinado impecable.

Traga saliva con dificultad, intentando calmarse, intentando volver a ser el Nathan paciente y comprensivo, pero la fisura es demasiado profunda.

—No te voy a despedir, Emily —dice, bajando el tono, con una voz cargada de una tristeza que me duele más que sus gritos—. Te voy a preguntar qué te pasa con él.

—No me pasa nada —miento de forma patética, cruzándome de brazos, desviando la mirada hacia las persianas.

—No me jodas, Emily —replica, rodeando el escritorio, acercándose a mí—.

Llevas semanas actuando como si estuvieras poseída.

Desde Nueva York. Desde la cena del viernes.

Te alejas de mí, me rechazas, y ahora saboteas el contrato más grande de nuestra historia.

Y cuando él te habla, te encoges, pero también lo desafías. ¿Qué te pasa con Asher Black?

—No me gusta —suelto, apretando los dientes, sintiendo cómo el sabor metálico de la adrenalina inunda mi boca—. Odio su arrogancia. Odio cómo nos trata. Me parece... repugnante.

Nathan niega con la cabeza, parándose frente a mí, buscando mis ojos evasivos.