No me quites la inocencia Chapter 45
100%

Chapter 45

Nueva York.Seis meses después.

E l invierno en Manhattan no tiene piedad, pero esta noche el frío se siente como una bendición.

El aire gélido me golpea el rostro en cuanto empujo las pesadas puertas francesas, cortando de tajo la neblina asfixiante de champán francés, el calor humano sofocante y la mezcla de perfumes de diseñador que impregna el inmenso salón de baile del Hotel Plaza.

He dejado atrás el bullicio ensordecedor de la gala benéfica, el tintineo hueco de las copas de cristal, el destello ciego de las joyas de diamantes y las conversaciones vacías sobre fondos de inversión. Necesitaba aire. Necesitaba silencio.

O, mejor dicho, necesitaba estar a solas con él.

Salimos a la inmensa terraza de piedra que asoma a Central Park. La nieve ha empezado a caer, motas blancas que mueren al tocar el suelo, decorando los rascacielos que nos rodean como si estuviéramos dentro de una bola de cristal.

Sterling & Brooks ya es un recuerdo lejano, una etapa que cerré cuando decidí que no podía seguir en la ciudad donde Nathan todavía camina por las calles.

Escucho el sonido de sus pasos pesados y seguros a mis espaldas, inconfundibles.

Asher se sitúa a mi lado. Saca un paquete de cigarrillos del bolsillo interior de su chaqueta de esmoquin hecha a medida, la cual se ciñe a sus hombros anchos con una perfección letal.

Sus movimientos son lentos, deliberados, cargados de esa elegancia peligrosa y magnética que lo define.

Enciende uno, y la llama anaranjada del encendedor ilumina sus facciones duras y esos ojos avellana que parecen fundir el hielo de la noche.

Da una calada profunda y luego me ofrece el cigarrillo extendiendo la mano.

Lo acepto. Mis dedos helados rozan los suyos, que irradian un calor volcánico, y la descarga eléctrica que me recorre la espina dorsal es tan violenta, tan cruda y visceral como la primera vez que me tocó, hace diez largos años, en aquel parque.

Me llevo el filtro a los labios y el humo llena mis pulmones, denso, cálido y terriblemente familiar.

Él desliza los brazos por las mangas de su chaqueta de esmoquin y se la quita.

En un movimiento fuido y territorial, la coloca sobre mis hombros.

De inmediato, me veo envuelta en su fragancia, una mezcla embriagadora, oscura y densa de cedro, tabaco, menta y poder puro que me aísla por completo de la tormenta de nieve.

—Odio estos putos eventos —gruñe él, apoyando los antebrazos en la barandilla de piedra—. Y odio la forma en que esos tipos te miran, Emily. Como si tuvieran derecho a imaginar cómo te ves sin ese vestido, como si pudieran soñar con tocarte..

Suelto una risa suave, dejando que el humo escape de mis labios en una nube blanca.

—Saben perfectamente quién soy, Aher. O mejor dicho, de quién soy.

Su mandíbula se tensa. Asher da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal, reclamando el oxígeno que respiro. Me acorrala contra el borde de la terraza, plantando sus manos a ambos lados de mis caderas. El calor que emana de su cuerpo es el único refugio que necesito.

—No me importa una mierda lo que sepan —sisea, inclinándose hasta que nuestras frentes casi chocan.

Su voz es un murmullo oscuro, grave y peligrosamente posesivo que me eriza cada vello de la nuca—.

Me importa una mierda quién te mire o con cuántos tíos te hayas acostado en estos diez años para intentar olvidarme.

No me importa el pasado, ni los nombres que intentaste usar para borrar el mío.

Escúchame bien, enana: ahora eres mía. Solamente mía.

Cada centímetro de esta piel, cada latido de tu corazón, cada gemido que sale de tu boca, cada puto pensamiento de tu cabeza.

.. me pertenece. Nadie vuelve a ponerte la mano encima, nadie vuelve a saborear lo que me pertenece.

Le sostengo la mirada. La ferocidad de su declaración podría aterrorizar a cualquiera, pero a mí me da la vida. En su posesión encuentro la validación y el ancla que me ha faltado hace una década.

Le quito el cigarrillo que aún sostiene entre los dedos y lo suelto en el suelo, apagándolo con la punta de mi tacón. Coloco mis manos sobre su pecho, sintiendo el latido errático de su corazón bajo la tela de la camisa.

—¿Crees que los demás han importado? —le pregunto, mi voz bajando a un susurro cargado de una verdad que me ha costado una década aceptar—.

Puedes decir que soy tuya ahora, pero la verdad es que siempre lo fui.

Incluso cuando me querías usar, incluso cuando me dejaste y me rompiste en mil pedazos. .. mi alma siempre llevó tu nombre.

Me acerco más, hasta que mi aliento choca contra sus labios entreabiertos.

—Tú fuiste el primero, Asher —confieso, y las palabras salen de mi pecho como una liberación—.

Mi primer amor de verdad, el que te quita el sueño y te rompe la lógica.

Mi primer novio real, aunque fuera un secreto.

Mi primer beso de verdad... no uno de esos juegos infantiles de la botella donde nada significa nada.

Contigo me sentí vista como una mujer por primera vez, cuando apenas era una niña que no entendía el poder que tenías sobre mí.

Subo mis manos a sus hombros, enredando mis dedos gélidos en el cabello oscuro y espeso de su nuca, obligándolo a mantener el contacto visual.

—Contigo sentí ese deseo sexual fuerte, ese que te quema las venas y te hace perder el sentido del bien y del mal.

Tú fuiste mi primer corazón roto, el que dejó cicatrices que ningún otro hombre pudo siquiera rozar.

Fuiste mi primero en todo, Asher. Y diez años de ausencia, de kilómetros y de otros besos no han logrado borrarte ni un segundo de mi memoria ni de mi corazón.

Estás tatuado en mi alma mucho antes de que este atrapasueños estuviera en mi espalda.

El silencio que sigue es sepulcral. Asher me mira como si acabara de abrirle el pecho y le estuviera obligando a mirar sus propias heridas. Su máscara de frialdad se resquebraja, dejando ver al hombre que, por fin, se ha rendido a su propia obsesión.

Sus manos abandonan la barandilla y acunan mi rostro con una delicadeza que me duele. Sus pulgares secan el rastro de mi lágrima.

—Y también seré el último, Emily —sentencia él, y su voz ya no es un gruñido, es una promesa solemne—. Y tú serás mi última. No me importa lo que hubo antes, desde hace seis meses, el mundo se acaba en ti.

Se inclina, apoyando su frente contra la mía. Siento su respiración agitada, el calor de su piel contra la mía.

—Quiero que seas mi último deseo —continúa, y sus palabras resuenan en la noche como campanas de iglesia—.

Cuando el día amanece, quiero que seas la última estrella que se apaga en mi cielo.

Quiero que seas mi último pensamiento antes de dormir, ese obsesivo que me persigue en mis sueños y me obliga a despertar buscándote a ciegas en el otro lado de la cama.

Sus labios rozan los míos, pero no me besa todavía. Quiere que sus palabras se graben en mi piel.

—Quiero que seas mi última, Emily. No quiero a nadie más.

Nunca he querido a nadie más, aunque me pasara años fingiendo que sí.

Quiero que seas mi último amor... y también el primero, porque ahora me doy cuenta de que nunca he estado enamorado.

No pensaba que podría estarlo, no creía que alguien como yo tuviera la capacidad de sentir esta puta agonía que siento cuando no estás cerca.

Pensaba que el amor era para los débiles, pero contigo.

.. contigo es lo único que me hace sentir poderoso.

Me sujeta la mandíbula, obligándome a mirar sus ojos, que ahora brillan con una promesa eterna.

—Quiero que seas mi último beso. Que la última persona que vea antes de cerrar los ojos para siempre seas tú, con esa mirada que me manda al infierno y me salva al mismo tiempo.

Quiero que seas mi amor eterno, Emily. En esta vida y en cualquier otra que venga después.

No habrá nadie más después de ti. He quemado todos los puentes.

Solo quedamos nosotros. Quiero todo de ti. Para siempre.

Asher retrocede un paso, pero no me suelta. Su mirada brilla con una resolución absoluta. Lentamente, se lleva la mano al bolsillo de su pantalón y saca una pequeña caja de terciopelo negro.

Mi corazón se detiene. El tiempo se congela. El ruido del tráfico de la Quinta Avenida desaparece.

Él abre la caja. Dentro, un diamante de corte lágrima rodeado de zafiros negros brilla con una luz peligrosa y hermosa, como nuestra propia historia.

—Emily Reed —dice, y su voz vibra con una emoción que nunca pensé escuchar en él—, ya te quité la inocencia hace diez años. Ahora quiero entregarte mi vida. ¿Te casarías con este cabrón y me harías el hombre más afortunado del infierno?

Miro el anillo, miro a Asher, y luego miro hacia el horizonte de Nueva York, la ciudad que nos vio nacer, destruirnos y renacer.

Podría haber elegido la paz con Nathan. Podría haber elegido una vida sin marcas, sin dolor, sin incendios. Pero entonces no sería yo.

Sonrío, y es la primera sonrisa de libertad absoluta que he tenido en mi vida.

—Sí, Asher —respondo, acercándome para reclamar su boca—. Sí ahora. Sí cada vez. Sí en cien vidas, en cien mundos, en cualquier versión de la realidad. Sí una y otra vez. Infinitas veces sí. Una puta vida. Contigo.

Cuando nos besamos, la nieve cae con más fuerza, cubriéndonos con un manto blanco que parece querer limpiar nuestro pasado. Pero no necesitamos limpieza. Nuestras cicatrices son el mapa que nos trajo aquí.

Asher desliza el anillo en mi dedo. El metal está frío, pero mi sangre arde. Me levanta en volandas, haciéndome girar en la terraza mientras sus risas —unas risas raras, llenas de alivio— se mezclan con el viento.

Ya no soy la niña del parque. Ya no soy la víctima de un juego de poder. Soy su mujer de verdad.

Miramos juntos hacia las luces de la ciudad. El sol empezará a salir pronto, y sé que cuando la última estrella desaparezca, él estará ahí. Y yo estaré ahí. Para siempre.

Fin