Chapter 31 #2
No me da tiempo a prepararme. Antes de que el ascensor pase del piso diez, Asher se gira sobre sus talones con la velocidad y la gracia de una pantera. En un solo parpadeo, anula el metro que nos separa.
Suelto un grito ahogado y dejo caer el maletín. El cuero golpea el suelo con un sonido sordo.
Asher me acorrala contra la pared del espejo trasero.
No me da espacio para respirar, para pensar o para pelear.
Su mano derecha se levanta con una rapidez letal.
Asher me coge del cuello y tira de mí para acercarme a él con una posesividad que me rompe todos los esquemas.
No me aprieta para lastimarme, pero la firmeza de sus largos dedos alrededor de mi garganta, su pulgar descansando exactamente sobre mi pulso desbocado, envía una sacudida eléctrica que me paraliza de la cabeza a los pies.
Sus ojos están oscurecidos, inyectados en una fijación absoluta. Sin mediar palabra, inclina la cabeza y estrella su boca contra la mía.
Mi primera reacción es de rechazo. Subo las manos a su pecho duro como una pared de granito, con la intención de empujarlo.
Pero Asher no me ataca de forma salvaje como en la cocina.
Empieza a besarme lento. Excesivamente lento.
Sus labios se mueven sobre los míos de una forma suave, exploratoria, húmeda.
Es un beso que exige en lugar de robar. La suavidad es tan inesperada, tan pasional y dolorosamente tierna, que mis defensas se desmoronan como un castillo de arena bajoun tsunami.
Siento que me voy a ahogar en él. El sabor a tabaco inunda mis sentidos. Un gemido traicionero nace en lo más profundo de mi pecho y se filtra en su boca. Mis manos, que debían empujarlo, se aferran a las solapas de su americana, arrugando la cara tela negra, tirando de él para acercarlo aún más..
Esa minúscula rendición por mi parte es la chispa que detona el explosivo.
El beso que empezó suave se transforma en una fracción de segundo en uno ardiente, brutal, voraz.
Asher gruñe contra mis labios, profundizando el beso, deslizando su lengua en mi boca para enredarse con la mía en una danza furiosa.
Me devora. El calor volcánico de su cuerpo inmenso aplasta mi traje gris contra el cristal frío del ascensor.
El contraste de temperaturas me vuelve loca.
El hambre, la adrenalina, la rabia de todo el fin de semana.
.. todo se canaliza en este contacto que no lo puedo parar.
Estoy ardiendo viva, cayendo por el precipicio al que juré no asomarme, y Dios me perdone, no quiero que se acabe.
De repente, un impacto violento me sacude los huesos.
Asher ha soltado mi cuello por un segundo, su mano ha volado hacia el panel de control a nuestra izquierda y ha golpeado el botón rojo de emergencia.
El ascensor frena en seco con un chirrido metálico ensordecedor. Las luces de la cabina parpadean y la inercia del frenazo casi me hace caer hacia delante, si no fuera porque Asher me sujeta por la cintura.
El golpe mecánico hace que me despierte del beso. La burbuja de deseo tóxico explota. El silencio sepulcral del ascensor detenido entre dos plantas cae sobre nosotros como una losa de hormigón.
El pánico, seguido de un asco visceral hacia mi propia debilidad, me golpea. Lo empujo con las dos manos puestas en su pecho, usando toda mi fuerza para crear una distancia vital entre los dos.
Y antes de que mi cerebro pueda racionalizar mis acciones, levanto la mano derecha y le doy una bofetada.
¡PLAS!
El sonido de la bofetada estalla como un latigazo en la pequeña cabina. Mi palma arde por la fricción.
La cabeza de Asher se gira violentamente hacia la izquierda por la fuerza del golpe.
Se queda inmóvil un segundo, respirando pesadamente.
Cuando vuelve a mirarme, una marca roja con la forma de mis dedos empieza a florecer en su mandíbula marcada.
Su ceño está fruncido, pero lejos de estar furioso, una sonrisa oscura, torcida y peligrosa asoma en sus labios hinchados por mis besos.
Me pego a la pared como si quisiera fundirme con el metal, con el pecho subiendo y bajando erráticamente, limpiándome la boca con el dorso de la mano temblorosa.
—¿Se te olvida que tienes una novia? —le grito, y mi voz rebota en el metal, aguda y cargada de rabia—. ¡¿Y yo un prometido?!
Asher se pasa el pulgar por el labio inferior, exactamente por el lugar donde yo acabo de besarlo con desesperación, y se encoge de hombros con una frialdad sociópata.
—No parece importante.
La naturalidad con la que desecha a Kate y a Nathan me revuelve el estómago.
—Es a ti a quien no le importa —le escupo, fulminándolo con la mirada, intentando que mis ojos verdes le transmitan todo el desprecio del universo.
Él da un paso hacia mí, acortando la escasa distancia que había logrado ganar. Su inmensa figura me hace sombra.
—Pues no —confiesa, arrastrando las palabras con una voz profunda que acaricia mi piel de forma perturbadora—. No me importa una mierda tu prometido. Y Kate... tenemos... un acuerdo. Así que no hay problema.
El descaro, la arrogancia infinita de sus palabras me deja sin aliento. Así es como ve el mundo. Como unos simples acuerdos o como juguetes.
—No soy de esas, Asher —sentencio, levantando la barbilla, buscando los restos de mi dignidad en el suelo del ascensor—. No le puedo hacer eso a Nathan. Él me quiere.
La sonrisa ladeada de Asher se ensancha, volviéndose cruel. Se apoya con una mano en el espejo, justo al lado de mi cabeza, encerrándome de nuevo. Su mirada me atraviesa, leyendo la culpa y el miedo que intento ocultar.
—Pero tú no —susurra, y sus palabras son cuchillos afilados cortando mis mentiras—. Si lo hubieras querido de verdad, no me hubieras mirado. No me hubieras mirado así el primer día que entré en esa puta sala de juntas.
—¿Qué sabrás tú? —exclamo, sintiendo que las lágrimas de frustración amenazan con quemarme los ojos. Lo empujo, pero es como intentar mover un muro de piedra—. Tú eres el que no sabe querer. Tú no tienes corazón. Los hombres como tú me repugnan.
—Has dicho que te quiere no que le quieres...
Asher baja la mirada hacia mis labios, todavía húmedos y enrojecidos por la furia de su boca. Suelta una carcajada ronca, un sonido áspero, carente de alegría pero lleno de morbo.
—Pues no te veo muy asqueada por mis besos, Emily —murmura, acercando su rostro a escasos milímetros del mío, obligándome a tragarme su aliento a humo y menta—. De hecho... parece que los ansías. Estabas arañándome la chaqueta hace treinta segundos, rogando por más.
El rubor de la humillación me incendia las mejillas. Sé que tiene razón. Mi cuerpo es un traidor descarado que se rinde a él antes de que mi mente pueda dar la orden de huir. Me muerdo la lengua para no contestar, cruzándome de brazos, temblando.
Él se queda mirándome, disfrutando de mi colapso, saboreando el caos que acaba de provocar. El silencio vuelve a reinar entre nosotros por un instante, pesado y sofocante.
—¿Sabes en qué estuve pensando el primer día que te conocí y oí tu voz? —me pregunta de repente, su tono bajando una octava, volviéndose íntimo, letal.
Me odio a mí misma por preguntar. Me desprecio por caer en su juego psicológico. Pero la curiosidad morbosa y el magnetismo que ejerce sobre mí me obligan a abrir la boca.
—¿Qué? —susurro, casi sin voz.
Los ojos de Asher se fijan en los míos con una intensidad que me derrite las defensas. Se inclina un poco más, hasta que la punta de su nariz roza la mía.
—En cómo se oiría esa voz tan profesional gimiendo mi nombre —confiesa, y la crudeza obscena de sus palabras me hace sentir una punzada de calor líquido directo en mi bajo vientre—. Pienso averiguarlo pronto.
Me quedo paralizada, con la mente en blanco, aturdida por la brutal honestidad de su deseo retorcido. La necesidad de no darle el control absoluto, me hace reaccionar. Levanto la barbilla, mirándolo con todo el hielo y el desprecio que puedo reunir, disfrazando mi pánico con falsa soberbia.
—Puedes soñarlo, Black —siseo, arrastrando su apellido con asco—. Porque solo en tus sueños pasará.
Asher me sostiene la mirada. Su expresión es inescrutable. Se aparta de mí lentamente, dejándome por fin respirar, y se gira hacia el panel de control del ascensor. Alarga su dedo y tira del botón de emergencia. Le da al botón del piso cuarenta y dos.
La cabina da una pequeña sacudida mecánica y se pone en marcha de nuevo. El suave zumbido nos envuelve, restaurando la normalidad en el espacio, pero la electricidad estática entre nosotros es suficiente para incendiar el edificio entero.
Asher se mete las manos en los bolsillos del pantalón oscuro. Sin mirarme, observando cómo los números digitales cambian en el panel, responde a mi desafío con una voz tranquila y aterradora.
—Los sueños se hacen realidad, Emily.
El ascensor emite el agudo ding anunciando nuestra llegada. Las puertas empiezan a abrirse, revelando el impoluto pasillo de las oficinas de B lack Real Estate , lleno de secretarias y abogados caminando apresuradamente, ajenos a la guerra que se está librando en esta caja de acero.
Recojo mi maletín del suelo con manos temblorosas. Me aliso la chaqueta gris, recomponiendo mi armadura. Antes de salir al pasillo, me detengo a su lado. Lo miro de reojo.
—Y las pesadillas... —le respondo en un susurro letal, pensando en los millones de dólares que pienso hacerle perder esta misma mañana—. Las pesadillas también.
Salgo del ascensor con paso firme, dejando al lobo atrás, sin saber si soy yo quien ha ganado esta batalla o si acabo de firmar mi propia sentencia de muerte.
El clic-clac de mis tacones sobre el suelo pulido del pasillo me sirve de metrónomo para intentar calmar el pulso errático de mi corazón.