No me quites la inocencia Chapter 31
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Chapter 31

E l fin de semana se desangra lentamente, convirtiéndose en un bucle asfixiante de flashbacks, insomnio y un silencio tan espeso que casi puedo masticarlo.

El sol brilla con intensidad sobre Santa Mónica, y la brisa del Pacífico agita las cortinas blancas de nuestra habitación, pero yo estoy atrapada en una oscuridad perpetua.

Cada vez que cierro los ojos, mis sentidos me traicionan.

Siento su perfume. Su olor. Mi mente es un proyector roto que escupe imágenes a destiempo: los anillos de plata de Asher, el roce de sus labios en mi oreja, la presión de su erección contra mi espalda en la cocina, y luego, sin piedad, el recuerdo de sus manos ásperas por todo mi cuerpo, nuestra primera vez, el parque. ..

La rabia me quema las entrañas. Es un ácido corrosivo que me sube por la garganta, mezclado con un dolor tan profundo, tan antiguo, que siento que me va a partir el pecho en dos.

Y debajo de todo eso, oculto bajo capas de negación y asco, palpita un deseo reprimido que me aterra.

Un hambre enferma y oscura que se despertó con aquel maldito beso.

Estoy sentada en el borde de la bañera de mármol frío, con la bata medio caída, mirando mi propia piel.

Trazo con la yema de los dedos la tinta oscura que adorna mi bajo vientre.

Con cada año que pasó intenté borrar sus huellas, su ausencia, su olor de mi mente.

Pensaba que lo había logrado. Pero desde que lo he vuelto a ver, me doy cuenta de que todo eso no desapareció.

Que, en el fondo, parece que sigo siendo esa niña de quince años.

Me tatué para tapar el lunar que él decía que era suyo.

Lo hice para que él ya pudiera desaparecer del todo, para reclamar lo que era mío.

Pero es inútil. ¿Por qué será que desde la médula hasta el pensamiento, desde el cielo hasta el puto infierno, yo todavía lo siento respirando en mi nuca?

Su paso por mi vida me dejó cubierta de ruinas y cicatrices invisibles que ahora amenazan con abrirse de par en par.

El olor a jabón de lavanda no logra enmascarar el hedor de mi propia culpa.

¿Cómo puedes tenerlo todo, Emily, y aun así sentir que te arrastras por el borde del abismo?

La pregunta resuena en los azulejos del baño. Tengo un prometido que me adora, una casa preciosa, una carrera brillante que me ha costado sangre, sudor y lágrimas construir. Lo tengo todo. Y, sin embargo, basta con que el diablo me roce la nuca para que yo misma quiera saltar al vacío con él.

Salgo del baño arrastrando los pies desnudos. Es domingo por la tarde. El silencio de la casa se rompe por el sonido metálico de una taza golpeando la encimera de la cocina con demasiada fuerza. Bajo las escaleras despacio, sintiendo un nudo ciego en el estómago.

Nathan está de espaldas, apoyado en la isla de mármol. Sus hombros, normalmente relajados, están tensos bajo la camiseta gris de estar por casa. El aire huele a café recién hecho y a una frustración contenida que está a punto de estallar.

—Nathan... —murmuro, deteniéndome a un par de metros de él.

Él se gira. Sus ojos azules, normalmente un remanso de paz, están oscurecidos por el cansancio y una incomprensión dolorosa.

Lleva todo el fin de semana intentando acercarse a mí, intentando hablar, tocarme, intentando hablar de la boda.

Y yo me he pasado cuarenta y ocho horas evadiéndolo, respondiendo con monosílabos, apartándome de sus abrazos como si su calor me provocara quemaduras de tercer grado.

—No me digas que estás bien, Emily, porque te juro que si me lo vuelves a decir, voy a perder la puta cabeza —me interrumpe.

Su voz no es un grito, pero la aspereza en su tono me golpea con la fuerza de un látigo y me hace retroceder un paso—.

Llevas todo el fin de semana distante. Ausente.

Estás físicamente en esta casa, pero es como si fueras un puto fantasma.

—Es el estrés del trabajo, Nathan, te lo he explicado mil veces...

—¡No me mientas! —La taza choca de nuevo contra el mármol, derramando unas gotas de café oscuro—.

He manejado el estrés contigo durante cinco años.

Conozco tus ataques de ansiedad, conozco cómo te muerdes las uñas cuando un caso se complica.

Esto no es eso. Me miras y no me ves. Ya no me cuentas nada, Emily.

Antes éramos un equipo. Antes llegabas a casa y me contabas hasta el último detalle de tus miedos.

Ahora te encierras en el baño a llorar en silencio y finges que no te escucho.

El nudo de mi garganta se aprieta. Siento el sabor metálico de la sangre en mi boca de tanto morderme el interior de la mejilla.

—¿Qué quieres que te diga, Nathan? —Mi voz suena frágil, rota—. Que estoy sobrepasada. Que siento que voy a explotar y no sé como pararlo.

—Quiero que confíes en mí —suplica, acercándose, aunque no se atreve a tocarme, como si temiera que yo me hiciera añicos—.

¿Qué pasó en esa cena, Emily? Desde que Black y Kate cruzaron esa puerta, te apagaste.

Y desde que se fueron, has levantado un muro de titanio entre nosotros.

¿Te dijo él algo? ¿Te faltó al respeto? Si es así, juro por Dios que el contrato me importa una mierda y. ..

—¡No! —lo interrumpo, con el pánico inyectando adrenalina en mis venas—. No pasó nada. Solo... odio su arrogancia. Odio cómo nos trata. Odio tener que sonreírle. Me está consumiendo la paciencia, eso es todo.

Nathan me escudriña durante unos segundos interminables. La decepción se instala en sus facciones. Sabe que no le estoy diciendo toda la verdad, pero me ama demasiado como para forzarme a confesar.

—Si no me dejas entrar, Emily, no puedo ayudarte —murmura, con una tristeza que me apuñala el corazón—. Y no puedo casarme con una mujer que no confía en mí. Piénsalo.

Pasa por mi lado, su brazo rozando el mío sin detenerse, y sube las escaleras, dejándome sola en la cocina. El frío me cala hasta los huesos. Mi relación, mi salvavidas, se está hundiendo. Y todo por culpa de Asher Black.

Esta noche, cuando la oscuridad es total y la respiración de Nathan en la cama me confirma que está dormido, bajo al despacho que tenemos en la planta baja. Enciendo la pequeña lámpara del escritorio de caoba. La luz amarillenta ilumina las carpetas gruesas con el logotipo de Black Real Estate .

Me siento en la silla de cuero. El olor a tinta, a papel crujiente y a cuero inunda mis sentidos. Este es mi mundo. Aquí, entre cláusulas y leyes, no soy la víctima. Aquí soy el depredador.

Mis dedos trazan los bordes del contrato de adquisición de los terrenos de Malibú.

Mil quinientos millones de dólares en juego.

Asher se cree el amo del universo, el intocable.

Se cree que puede entrar otra vez en mi vida, detonar una bomba nuclear en mi matrimonio y salir caminando entre los escombros sin ensuciarse el traje.

Aunque él parece que no sabe quién soy. Yo ya no soy la niña asustada de quince años que mendigaba su amor. Soy su abogada principal. Yo tengo las malditas llaves de su imperio en esta ciudad.

Hojeo los anexos de zonificación ambiental.

Mis ojos expertos escanean las cláusulas de penalización por demoras en los permisos de construcción.

Leo la letra pequeña, esa maraña de palabras que Nathan revisó por encima pero de la que yo soy responsable directa.

Hay un vacío legal en la sección 4.B sobre estudios sísmicos del terreno.

Si yo, "accidentalmente", solicito una revisión externa innecesaria, el proyecto se paraliza durante noventa días.

Noventa días de retraso en la construcción significan multas estatales. Significan inversores poniéndose nerviosos. Significan penalizaciones millonarias. Asher perdería, calculo rápidamente en los márgenes de una hoja, cerca de cuarenta y cinco millones de dólares solo en el primer mes de demora.

La rabia se cristaliza en mi pecho, volviéndose fría, pura, letal.

Voy a tocarte donde te duele. Tú me quitaste mi inocencia, tú estás amenazando mi paz y mi cordura. Así que yo te voy a quitar lo único que de verdad te importa: tu dinero, tu prestigio, tu maldito poder.

Cojo un bolígrafo de tinta roja y marco la cláusula con un círculo implacable.

El lunes por la mañana, Los Ángeles me recibe con su habitual manto de polución y luz brillante.

Llevo un traje de chaqueta gris plomo, estricto, blindado.

El repiqueteo de mis tacones de aguja sobre el mármol del hall de Century City suena como una marcha militar.

Mi corazón late rápido, pero mi mente está enfocada en la venganza.

No voy a huir de él; voy a hundirlo.

Me acerco a los ascensores ejecutivos. El olor a desinfectante con aroma a limón y al ozono del aire acondicionado me despeja la mente. Pulso el botón de subida. Las puertas de acero pulido se abren con un suave siseo mecánico. Entro, siendo la única ocupante, y marco el piso cuarenta y dos.

Justo cuando las pesadas puertas empiezan a cerrarse, una mano inmensa, adornada con anillos de plata, se interpone entre los paneles de metal. El sensor de seguridad pita y las puertas se abren de golpe.

El oxígeno desaparece de la cabina.

Asher entra en el ascensor.

Lleva un traje negro impecable, sin corbata.

La camisa blanca ligeramente desabrochada en el cuello, mostrando el inicio de los tatuajes que trepan por su garganta.

El espacio confinado de la cabina se satura de inmediato con ese aroma embriagador y tóxico: tabaco, menta y un perfume amaderado que grita dominación.

Se coloca frente a las puertas, dándome la espalda por un segundo, mientras el ascensor comienza su ascenso. El zumbido de la maquinaria nos envuelve. Yo me pego a la pared del fondo, agarrando mi maletín de cuero con ambas manos, como si fuera un escudo medieval.

—Buenos días, señorita Reed —su voz es un barítono oscuro que vibra contra las paredes de metal.

—Señor Black —respondo, intentando que mi voz suene tan fría como el acero que me rodea.