Chapter 30 #2
Me guía hacia las escaleras. Subo los peldaños como si estuviera caminando hacia el patíbulo.
Mi cuerpo está sobreestimulado, lleno de una adrenalina tóxica, y la idea de la intimidad me da náuseas.
Pero, al mismo tiempo, una parte desesperada de mí piensa que, si hago el amor con Nathan ahora, si dejo que él me toque, el fantasma de Asher desaparecerá.
Necesito a Nathan para limpiar mi piel. Necesito anclarme a la normalidad para no volverme loca.
Entramos en nuestra habitación. La luz de las lámparas de noche es suave y dorada.
Nathan me gira hacia él y me desabrocha el vestido con esa paciencia reverencial que siempre tiene.
La seda resbala por mi piel y cae al suelo con un susurro lúgubre.
Me quedo en ropa interior, temblando ligeramente por el contraste de mi piel caliente y la temperatura de la habitación, cosa que él lo interpreta como anticipación.
Me recuesta sobre la cama. Las sábanas de algodón se sienten frías contra mi espalda desnuda.
Nathan se inclina y me besa. Es un beso profundo, cargado del vino que ha bebido y de la euforia. Pero mis labios son de madera. Abro la boca para recibirlo, pero mi mente se ha desconectado.
Sus manos, suaves y seguras, recorren mis muslos, mi vientre, suben hasta mis pechos. Cierro los ojos con fuerza, apretando los párpados hasta ver manchas de colores.
Me obligo a respirar. Cede , me grito a mí misma. Cede, maldita sea . Él es Nathan. Él te ama. Ánclate a él . Borra a Asher. Deja que te toque para que el recuerdo de Asher desaparezca.
Pero cuando la boca de mi prometido roza el lóbulo de mi oreja, mi respiración se corta.
No huelo a sándalo; huelo a humo y tabaco.
No siento la suavidad de las manos de Nathan, siento la presión ruda, tatuada y dominante de Asher apretándome contra el mármol de la cocina.
El fantasma que habita en mi cabeza es infinitamente más real que el hombre que tengo encima.
Nathan se posiciona entre mis piernas. Su toque es dulce, intentando prepararme, intentando encontrar la humedad de mi deseo, pero mi cuerpo no responde a su llamada. Estoy rígidamente tensa, bloqueada y completamente seca.
Cedo mecánicamente. Arqueo un poco la espalda, simulando una respuesta, y le rodeo el cuello con los brazos, aferrándome a él como un náufrago a una tabla de madera. Solo quiero que entre, que termine rápido, que me cubra con su peso para ahogar la culpa que me está devorando viva.
Nathan empieza a moverse contra mí, buscando la fricción, buscando mi calor, buscando a la mujer que ama. Pero su ritmo tropieza. El contraste entre la devoción de sus movimientos y la rigidez de mi cuerpo es demasiado evidente.
De repente, Nathan se detiene.
El silencio en la habitación es absoluto, solo roto por nuestra respiración agitada. Abre los ojos, que hasta hace un segundo estaban nublados por el deseo ciego, y frunce el ceño. Se incorpora sobre sus codos, mirándome el rostro con una mezcla de confusión y preocupación.
El frío golpea mi piel húmeda al perder el contacto de su pecho.
—Emily... —susurra. Su voz es una caricia triste. Su pulgar acaricia mi mejilla, retirando un mechón de pelo negro que se me había pegado al rostro.
—No pares, Nathan. Estoy bien —me apresuro a decir, mi voz sonando artificial, demasiado aguda. Intento tirar de sus hombros hacia abajo de nuevo, forzando la situación, pero él resiste mi agarre con firmeza.
—No. No estás bien.
Me mira directamente a los ojos. En su mirada no hay enfado ni recriminación. Solo una empatía tan pura, que me hace sentir la criatura más rastrera y miserable sobre la faz de la tierra.
—¿Qué te pasa, cariño? —pregunta en voz baja, acariciándome el brazo con ternura—. Llevas toda la noche rígida como una tabla. Pensé que te relajarías al llegar aquí, al esttar solos, pero... estás temblando, Emily. Y estás muy lejos. Te miro a los ojos y no estás aquí conmigo.
El nudo de espinas en mi garganta se aprieta hasta cortarme el aire.
Quiero gritarle la verdad. Quiero decirle que no estoy con él porque mi mente sigue acorralada en la cocina.
Quiero confesarle que acabo de cometer la mayor traición de mi vida, que me he dejado besar por el diablo en persona y que, por un segundo de locura, me ha gustado.
Pero el terror absoluto a perderlo me amordaza. La cobardía me cose los labios.
Me giro de lado, apartando la mirada, y me abrazo a mí misma, subiéndome la sábana hasta el pecho para cubrir mi desnudez. El gesto de ocultarme de él le duele, lo veo en cómo baja la vista, pero no lo fuerza. Nathan nunca me forzaría a nada. Él construye puentes; no derriba puertas a patadas.
—Lo siento —susurro, y la voz se me quiebra.
Esta vez, las lágrimas sí escapan. La primera resbala por mi nariz y cae sobre la almohada, dejando una mancha oscura. Una lágrima llena de un millón de pensamientos tóxicos.
Lo siento por traicionarte.
Nathan se tumba a mi lado, por encima de las sábanas, y me rodea la cintura con un brazo, pegando mi espalda a su pecho en una postura protectora.
—No tienes que pedirme perdón por estar agotada, cariño—murmura, besando mi pelo con un suspiro profundo—. Sé que el nivel de estrés que estás manejando es inhumano. El trato con Black, la presión, los preparativos de la boda... ha sido demasiado para ti. Te he exigido demasiado hoy.
Asiento en silencio, dejando que él construya mi excusa.
—¿Necesitas unos días de vacaciones? —me pregunta suavemente—. Puedo decirle a mi padre que nos cubra la próxima semana. Podemos irnos a la cabaña de Tahoe. Solo tú y yo en la montaña. Sin teléfonos, sin correos del bufete, sin Black.
Aprieto los ojos, derramando más lágrimas silenciosas en la oscuridad de la habitación. Escapar. Ir a Tahoe. Alejarme de Los Ángeles, de la oficina, del olor a tabaco y menta. Es la salida perfecta, la huida que mi cordura me está pidiendo a gritos.
Llorar por un hombre en los brazos de otro que te ama incondicionalmente. Es la definición más pura de la miseria humana.
—Suena tentador, pero no podemos irnos ahora —mi voz suena ronca, rasposa—. Estamos en el tramo final del cierre de los terrenos de Malibú. Son millones de dólares en juego. No podemos abandonar el barco. Solo... solo necesito dormir, Nathan. Te prometo que estaré mejor mañana.
—Lo sé —murmura él, abrazándome con fuerza—. Pero prométeme que si la presión te supera, si sientes que te ahogas, me lo dirás. Somos un equipo, Emily. No hay secretos entre nosotros.
No hay secretos entre nosotros .
La frase se clava en mi estómago como un cuchillo al rojo vivo. Cierro los ojos, dejando que unas pocas lágrimas calientes silenciosas empapen el algodón del borde de la sábana.
—Te lo prometo —miento por enésima vez esta noche.
Se acomoda contra mi espalda. Sus músculos se van relajando poco a poco y su respiración se vuelve pesada y rítmica a medida que el sueño, merecido y en paz, lo vence.
Pero yo no duermo.
Me quedo acurrucada en su abrazo protector, escuchando su respiración hasta que él se queda profundamente dormido.
Pero yo no duermo. Con la mandíbula apretada hasta que los dientes me duelen con una punzada aguda, me quedo mirando las sombras deformes que la luz de las farolas proyecta sobre el techo de nuestra habitación.
Las formas bailan, retorciéndose en la penumbra, y en cada rincón oscuro me parece ver el perfil afilado de Asher, su sonrisa torcida y letal burlándose de mi falsa paz.
El vacío abismal en mi pecho es tan real, tan denso, que me roba el oxígeno.
Siento el monstruoso peso físico de mi traición aplastándome el esternón; una losa de mármol tallada con mis propios pecados.
He creado una fisura en la relación perfecta. Asher no solo me ha robado la inocencia del pasado; esta misma noche, con un solo beso en una cocina, ha empezado a destruir mi futuro.
Y lo que más terror me da, lo que me mantiene despierta hasta que amanece, es saber que el lunes tendré que volver a entrar en ese rascacielos. Y que él me estará esperando.
La asfixia se vuelve insoportable. Despacio, con el pulso tembloroso, levanto el brazo pesado de mi prometido y me deslizo fuera de la cama.
Mis pies descalzos tocan la madera helada del suelo.
Busco a ciegas la bata de seda en la silla, me la anudo a la cintura con un tirón brusco y camino de puntillas hacia el ventanal de cristal.
Abro la puerta corredera y salgo al balcón.
El viento cortante de la madrugada me golpea la cara, secando el rastro de humedad de mis mejillas.
Me abrazo a mí misma, con las rodillas temblando por la tensión constante, y me acerco a la barandilla de cristal.
Meto la mano en el bolsillo oculto de una de mis chaquetas olvidadas en la terraza, rebuscando con dedos torpes hasta que encuentro lo que mi sistema nervioso me suplica a gritos: una cajetilla arrugada y un mechero viejo.
El chasquido metálico del encendedor rompe el silencio sepulcral de la noche. La pequeña llama amarilla ilumina por un segundo mis nudillos blancos y mi mirada perdida, y acerco el fuego a la punta del cigarrillo.
Inhalo.
El humo áspero, tóxico y caliente inunda mis pulmones en una bocanada profunda, arañándome la laringe con un escozor familiar que me hace cerrar los ojos.
Dejo caer la cabeza hacia atrás, exhalando una nube grisácea que se disipa lentamente en la oscuridad.
Sabe a ceniza. Sabe a ruinas. Sabe exactamente a los besos venenosos de Asher Black.
Y mientras la nicotina se abre paso por mi torrente sanguíneo, calmando el temblor de mis manos pero no el abismo de mi estómago, acepto la aterrorizante verdad: estoy esperando a que llegue el lunes con la misma desesperación con la que un yonqui espera su próxima dosis.