Chapter 30
E l asiento de mi propia silla de comedor se siente como el banquillo de los acusados.
Estoy sentada con la espalda rígidamente recta, tan tensa que los músculos de mis hombros arden bajo la seda azul de mi vestido, convirtiendo la tela en una camisa de fuerza.
Frente a mí, el plato de porcelana contiene un exquisito solomillo, pero el olor, rico y terroso, me revuelve el estómago.
Cada vez que intento tragar un pequeño trozo, se me hace una bola de serrín en la boca.
El vino, que hace apenas un par de horas me parecía un néctar delicioso con Nathan, ahora me sabe a vinagre y ceniza.
El aire en el comedor está viciado. Ya no huele a las velas de jazmín que encendí con tanta ilusión, sino al perfume floral y dulzón de Kate, mezclado con la nota subyacente y letal a tabaco que emana el hombre sentado en diagonal a mí.
Asher.
Mis labios aún palpitan, hinchados y calientes.
Bebo un sorbo de agua helada, pero el líquido, que debería limpiarme la boca, me sabe a menta, a tabaco negro y a traición.
El fantasma del beso de Asher sigue latiendo en mi labio inferior, una quemadura invisible que me palpita al compás de mi corazón desbocado.
Vuelvo a sentir el peso de su cuerpo aplastándome contra el mármol de la cocina, la rudeza de su mano enredándose en mi nuca, la furia eléctrica de su lengua irrumpiendo en mi boca, saqueando las ruinas que él mismo dejó hace años.
Trago saliva con dificultad agónica y clavo las uñas en la servilleta de lino que descansa sobre mi regazo. Un sudor frío me recorre la espina dorsal. De repente, la luz del comedor parece parpadear, y un zumbido agudo y ensordecedor se instala en mis oídos, ahogando las voces de la mesa.
El viento helado cortándome las mejillas de niña.
El parque. El sonido del motor de su moto alejándose en la oscuridad, dejándome rota, vacía, desechada como basura.
El flashback me golpea con la fuerza de un tren de mercancías.
Intento empujarlo hacia abajo, enterrarlo en esa caja fuerte mental que mi terapeuta me ayudó a construir, pero la cerradura está cediendo.
Las bisagras crujen, reventadas por la mera presencia magnética de Asher en mi territorio.
¿Cuántas lágrimas se esconden en una sola lágrima?
Me lo pregunto mientras lucho frenéticamente contra el escozor ácido en mis ojos, obligándome a no parpadear para no dejar caer ninguna.
En una sola lágrima se esconde el pánico de la niña de quince años.
Se esconde el asco hacia mí misma por haber correspondido a su beso hace diez minutos.
Se esconde el terror de perder la vida que tanto me ha costado construir.
Una sola gota de agua salada contiene un océano entero de miseria y traumas.
¿Cuántos pensamientos se esconden dentro de un solo pensamiento? Cuando me digo a mí misma « tengo que ser fuerte », detrás de eso se agolpan mil voces susurrando al unísono: « eres débil, le deseas, eres una mentirosa, vas a destruir a Nathan ».
Aprieto los dientes hasta que la mandíbula me duele. No aquí. No ahora. Inhalo el olor a comida de la mesa, obligándome a anclarme al presente. Al tacto áspero del mantel blanco. Al destello de la cristalería.
—...y por supuesto, las galerías de Milán son otro mundo —la voz aguda y cantarina de Kate perfora mi burbuja, trayéndome de vuelta a la realidad a la fuerza—. Estuvimos allí el otoño pasado. Asher me llevó de compras por Via Montenapoleone. Es tan generoso...
Kate se inclina hacia su izquierda, apoyando una mano manicurada con esmalte rojo sobre el hombro ancho de Asher.
Lo mira con una devoción que roza la desesperación, buscando en él una validación que él jamás le va a dar.
Y entonces, para demostrar su estatus, Kate se estira un poco más, le sujeta el rostro y lo besa en los labios.
Es un beso suave, posesivo pero limpio.
La reacción de mi cuerpo es instantánea y venenosa. Una punzada de celos, ácida, irracional y absurda, me atraviesa el pecho. Pero me niego a apartar la mirada.
Asher no rechaza el beso de Kate, pero tampoco cierra los ojos. Mientras los labios de su novia se mueven sobre los suyos, sus ojos se deslizan por encima de ella, cruzando la mesa, hasta clavarse directamente en los míos. Me mira mientras ella lo besa.
Sostengo su mirada. El verde de mis ojos se vuelve gélido, cortante como el cristal roto.
No hay miedo en mi expresión; solo un desafío mudo y glacial.
Con una lentitud calculada y deliberada, levanto mi mano derecha.
Tomo la servilleta de lino blanco de mi regazo y me la llevo a la boca.
Sin apartar mis ojos de los suyos, me limpio los labios.
Despacio. Con un sutil desdén. Borrando el rastro fantasma de su beso en la cocina, borrándolo a él.
Veo cómo el músculo de su mandíbula se tensa al instante. Sus pupilas se dilatan de golpe, devorando el iris marrón verdoso hasta dejarlo casi negro. La sonrisa ladeada desaparece de su rostro, reemplazada por una fijeza depredadora.
Los depredadores narcisistas se aburren de las presas fáciles.
Se alimentan de la sumisión, sí, pero lo que realmente los vuelve locos, lo que los obsesiona hasta la enfermedad y los arrastra a la locura, es la resistencia.
El desafío. Que les digas que no son suficientes.
Creo que acabo de convertirme en un reto que su ego enfermo no podrá ignorar.
Acabo de echarle un bidón de gasolina al incendio.
Kate se separa de él, sonrojada y feliz, completamente ajena al intercambio silencioso y nuclear que acaba de ocurrir sobre el centro de mesa.
—Milán suena maravilloso, Kate —digo, con una voz aterciopelada y segura que no sabía que aún poseía—. Nathan y yo estábamos pensando en ir a la costa de Amalfi para nuestra luna de miel. ¿Verdad, cariño?
Nathan se ilumina. Entrelaza sus dedos con los míos de inmediato, dándome un beso en la sien.
—Así es. Amalfi o el lago Como. Lo que mi futura esposa quiera, lo tendrá —dice Nathan con orgullo que me apuñala el alma.
—Oh, qué romántico —arrulla Kate, y se gira hacia Asher, apoyando de nuevo su mano sobre el antebrazo musculoso y plagado de tatuajes de él, marcando una pertenencia que es una mera ilusión.
—Bueno —interviene Nathan, levantando su copa de vino, rompiendo la tensión sin ser consciente de ella—. Por los nuevos comienzos en Los Ángeles. Y por un equipo invencible.
Brindamos. Asher choca su copa contra la mía. El cristal tintinea, pero el sonido me recuerda al choque de espadas antes de un duelo a muerte. Sus ojos son una promesa oscura.
La velada agoniza. Cuando finalmente nos levantamos y caminamos hacia la entrada, mis rodillas amenazan con ceder.
—Ha sido una velada encantadora, Emily —dice Kate, colgándose del brazo de Asher mientras él se pone la chaqueta—. Deberíamos ir a almorzar juntas algún día de estos. Ahora que pasaremos tanto tiempo en la misma ciudad.
—Claro. Lo agendaremos —respondo con una sonrisa educada y vacía, sabiendo que preferiría tragar cristales rotos antes que sentarme a escucharla hablar.
Llega el turno de Asher. Se despide de Nathan con un apretón de manos firme y corporativo. Luego se planta frente a mí. Su inmensa estatura bloquea la luz del pasillo. El olor a menta, tabaco y peligro me asalta de nuevo.
—Buenas noches, señorita Reed —murmura. Su voz es un rasgueo bajo que hace vibrar el aire—. Gracias por la... hospitalidad.
Esa pausa. Esa maldita y arrastrada pausa. Sus ojos relucen con la memoria del beso en la cocina, con la promesa de lo que está por venir, retándome a reaccionar.
Doy un levísimo paso hacia atrás, cruzando las manos frente a mi vestido azul, erigiendo de nuevo el muro de hielo que estuve a punto de perder en la mesa.
—Buenas noches, señor Black. Nos veremos el lunes en la oficina. Buen fin de semana.
Él esboza una sonrisa torcida, perversa, que me dice que sabe perfectamente que mi fin de semana será un infierno. Se da la vuelta y sale.
Cuando finalmente la puerta principal se cierra a espaldas de Asher y Kate, el silencio que inunda la casa no es un suspiro de alivio. Es el silencio aterrador de las ruinas después de un bombardeo masivo.
El olor de Asher no se ha ido. Aún flota en el aire de mi salón, en mi cocina, en mi propio cuerpo como una segunda piel sucia.
—¡Dios, ha sido un éxito rotundo! —exclama Nathan, aflojándose la corbata y dejándose caer en el sofá de cuero blanco con un suspiro de victoria—. Kate es un poco peculiar, pero Black ha estado de buen humor. ¿Has visto cómo escuchaba mis propuestas para el terreno de Malibú?
—Sí. Ha sido... perfecto, Nathan —miento, empezando a recoger las copas de vino con manos robóticas, moviéndome por inercia para no desmoronarme en el suelo—. Voy a meter esto en el lavavajillas.
—Deja eso, cariño, el servicio de limpieza vendrá mañana —Nathan se levanta y se acerca a mí. Me quita las copas de las manos y las deja sobre la consola.
Me rodea por la cintura. Su olor a sándalo intenta penetrar en mis sentidos, intentando rescatarme, pero la barrera de tabaco y menta que tengo levantada es demasiado gruesa. Me besa en el cuello, y un escalofrío que no es de placer me recorre la espalda.
—Te has portado de maravilla, cariño. Sé que estabas nerviosa, pero has sido la anfitriona perfecta —murmura contra mi piel.
Sus manos acarician mi espalda a través de la seda de mi vestido azul, trazando la curva de mi columna vertebral con devoción—.
Ahora nos toca relajarnos. Solo nosotros. El mundo se queda fuera.