No me quites la inocencia Chapter 29 #2
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Chapter 29 #2

Me abraza por la espalda mientras observamos las luces desvanecerse en el humo.

Me obligo a disfrutarlo, a sentir su pecho contra mi espalda, su barbilla apoyada en mi hombro.

Es hermoso, es mágico. Pero en el fondo de mi mente, una voz oscura me susurra que los fuegos artificiales son solo pólvora y ruido que se apagan pronto, mientras que el fuego que Asher encendió hace diez años sigue ardiendo bajo las cenizas, esperando que él sople un poco más fuerte para calcinarlo absolutamente todo.

La noche de la cena.

A las ocho en punto, el timbre suena.

El sonido es un disparo directo a mi sistema nervioso. Mi corazón empieza a latir con una violencia desmedida, chocando contra mis costillas. Nathan camina hacia la puerta con entusiasmo. Yo me quedo petrificada junto a la isla de la cocina.

—¡Asher! ¡Bienvenidos! Adelante, pasad —escucho la voz de Nathan en el recibidor.

El murmullo ronco y áspero de Asher responde, seguido por la risa melodiosa de una mujer. Los pasos se acercan.

Y entonces, cruzan el umbral del salón.

Asher no lleva traje hoy. Viste unos vaqueros oscuros y una camiseta negra que abraza la musculatura de su torso.

La plata de la cadena que cuelga en su cuello destella bajo nuestras luces halógenas.

Su mera presencia física es tan inmensa, tan letal y dominante, que parece absorber el oxígeno de la estancia.

A su lado camina Kate, una visión de sofisticación rubia con un vestido rojo ajustado, aferrada al brazo de Asher con una devoción casi desesperada.

—Emily, cariño, ya están aquí —dice Nathan, reuniéndose conmigo.

—Señor Black. Señorita... —me obligo a pronunciar, manteniendo la voz nivelada.

—Kate Wraith —me interrumpe ella, sonriendo con dientes perfectos—. Un placer, Emily. Tienes una casa preciosa. Las vistas son realmente espectaculares.

—Gracias —respondo, tragando saliva que me raspa como papel de lija, y miro de reojo a Asher.

Él se ha quedado quieto, clavado en medio del salón, con las manos en los bolsillos recorriendo la casa con la mirada.

Sus ojos se detienen en las fotografías de Nathan y yo que adornan la chimenea.

Y finalmente, sus ojos se clavan en mí. Me repasa de arriba abajo, evaluando mi vestido azul.

Y una sonrisa oscura le aparece en la cara.

—Brooks. Señorita Reed —dice por fin, y su voz profunda hace vibrar el suelo bajo mis pies—. Gracias por la invitación. Tiene una casa muy bonita. Estoy seguro de que a partir de hoy, nuestra relación será mucho más... estrecha.

La tensión en la cena es un ejercicio de tortura psicológica.

Nathan y Asher hablan sobre la volatilidad del mercado inmobiliario y cláusulas de absorción, mientras Kate me taladra la cabeza con anécdotas sobre sus compras en Milán.

Yo apenas pruebo bocado. Siento la cabeza a punto de estallar.

La presencia de Asher, sentado justo enfrente de mí, irradiando ese magnetismo hostil y ese olor a menta y madera oscura, me está volviendo loca. Me tiemblan las manos sobre el mantel.

—Voy a la cocina a preparar unos vasos con hielo y agua fresca —anuncio de forma abrupta, la silla raspando contra el parqué al levantarme de golpe.

Huyo. Cruzo el pasillo y entro en la cocina, dejando atrás el murmullo de sus voces. Me apoyo contra el mármol frío de la isla central y respiro hondo, cerrando los ojos.

Tengo que sacarte de mi mente. Sal de mi puta cabeza y de mi casa.

Me obligo a enderezarme. Abro el armario superior para coger los vasos. Están al fondo en la balda más alta. Me estiro, pero mi estatura no ayuda en absoluto. Intento ponerme de puntillas, mis dedos rozando apenas el borde del cristal.

De repente, una mano grande y fuerte aparece en mi campo de visión desde atrás. Coge el vaso con una facilidad insultante y me lo tiende.

Miro a la persona que me ha ayudado, girándome sobre los tobillos, rezando internamente, aferrándome a la esperanza de que sea Nathan. Pero la sonrisa de agradecimiento se me borra de la cara en cuanto mis ojos se clavan en el abismo verde y marrón de los suyos.

Asher.

Está de pie, inmensamente alto, bloqueándome cualquier vía de escape.

—Toma —me dice, ofreciéndome el vaso, su voz reducida a un susurro oscuro y vibrante.

Lo cojo temblando ligeramente. Al transferir el cristal, nuestros dedos ni siquiera se rozan, pero la estática que salta entre nosotros es letal.

Nos quedamos así unos segundos, perdiéndonos de nuevo el uno en el otro.

Siento un vuelco brutal en el estómago y el corazón me late con tanta fuerza que parece que me va a salir del pecho para colarse en su cuerpo y fundirnos en una sola persona.

Cojo aire bruscamente y rompo aquella pequeña conexión que apenas acababa de formarse. Dejo el vaso en la mesa de la isla con un sonido seco.

—Gracias —murmuro, esquivando su mirada.

Me aparto deprisa; él no me tiene sujeta, simplemente estamos increíblemente cerca en el espacio confinado de la cocina.

Me pellizco el puente de la nariz con fuerza para contener las lágrimas que me amenazan con derramarse por mis mejillas.

No puedo mostrarme más vulnerable delante de él.

No me puedo permitir perder el control de ninguna manera, no en mi propia casa.

—Mantén las distancias —siseo, dándole la espalda, apretando la mandíbula.

Oigo sus pasos pesados a mi espalda. Mi cabeza me pide a gritos que me vaya, pero mi cuerpo se resiste, quedándose clavado en el sitio. Estoy perdiendo todo el control sobre mí misma cuando se trata de él.

Asher apoya su mano grande y pesada directamente en mi vientre. El calor de su palma traspasa la seda azul de mi vestido. Tira de mí hacia atrás con un movimiento posesivo y me aprieta contra él para que sintiera su erección, dura y caliente, presionando contra la base de mi columna.

Un jadeo se atora en mi garganta. No me moví ni un milímetro. Era incapaz.

Sus mano áspera empieza a acariciar mi brazo desde el codo hasta el hombro, subiendo y bajando con una lentitud que me derretía los huesos.

Se inclina, y su perfil roza mi cabello, y sus labios quedan a una distancia tan microscópica de mi oreja que puedo sentir su aliento húmedo y caliente directamente en mis oídos.

¿Por qué se siente diferente cuando es él quien me toca, cuando es él quien marca el ritmo, cuando entre nosotros cada segundo parece dilatarse y vibrar solo para nosotros?

Trago saliva, obligando a mis cuerdas vocales a funcionar.

—Vuelve a la mesa —susurro, y mi voz tiembla delatando mi excitación y mi terror—. Seguro que Kate te está esperando. Y... y Nathan también.

Asher no me suelta de inmediato. Inhala profundamente el aroma de mi pelo, y su mano en mi vientre se aprieta posesivamente por un segundo más.

—Esos dos idiotas pueden seguir esperando toda la noche, Emily —murmura él contra mi piel—. Solo quiero saber cuánto tiempo más vas a fingir que no te mueres por girarte.

Con un movimiento fluido, imperioso y posesivo, tira de mis caderas y me gira por completo.

Me acorrala con la espalda contra el borde de la encimera de mármol, encajando su cuerpo masivo contra el mío sin dejar ni un milímetro de espacio, aprisionándome.

Y, sin mediar palabra, su boca se estrella de lleno contra la mía.

Es un choque de trenes.

Durante unos segundos me quedo paralizada, incapaz de reaccionar, sintiendo el impacto rudo de sus labios carnosos exigiendo entrada.

Una parte de mí quiere apartarlo, y la otra rendirse por completo.

Me dejo llevar y acepto su invitación, deslizando mi lengua en su boca entreabierta y saboreando cada descarga eléctrica que me recorre el cuerpo. Es un contacto brutal, hambre pura.

Pero la risa de Nathan llega desde el comedor. La realidad me golpea como un jarro de agua helada.

Me separo de golpe, empujando su pecho duro como una roca con ambas manos. Jadeo, con los labios ardiendo y el corazón al borde del infarto. Asher no retrocede más que un paso. Me mira, con el pecho subiendo y bajando, y una chispa de triunfo sádico y oscuro brillando en sus pupilas.

—A la mesa. Ya —ordeno, mi voz rota, apenas audible, señalando la puerta con un dedo que no deja de temblar.

Asher sonríe con una arrogancia destructiva. Se pasa el pulgar por el labio inferior, saboreándome, y sale de la cocina con las manos metidas en los bolsillos, deslizándose hacia el comedor con la calma.

Me quedo sola, apoyada contra el mármol frío para no derrumbarme, temblando de pies a cabeza.

Con las manos torpes y sacudidas por un temblor que no puedo controlar, abro el congelador.

Meto un par de cubitos de hielo en cada vaso; el repiqueteo del hielo contra el cristal suena escandaloso en medio de mi silencio culpable.

Vierto el agua hasta arriba, obligándome a respirar hondo, a tragarme la adrenalina y el sabor a menta que él ha dejado impregnado en mi boca.

Antes de salir, me detengo frente al espejo decorativo del pasillo. Me aliso las arrugas invisibles de mi vestido azul, me coloco los mechones sueltos detrás de las orejas y me paso el dorso de la mano por los labios para asegurarme de que no hay rastros del desastre.

Agarro los vasos, tensando los dedos para que no tintineen, y vuelvo al comedor.

Al cruzar el umbral, la escena me golpea con una brutalidad que me corta el aliento.

Nathan me mira, su rostro se ilumina al instante y me sonríe con esa calidez incondicional suya.

Se levanta a medias de su silla para ayudarme a repartir los vasos de agua sobre el mantel.

Su mano roza la mía, un roce suave, inocente, lleno de una confianza ciega y absoluta.

—Gracias, cariño. Te has entretenido —murmura Nathan, acariciando mis nudillos.

Kate ríe abiertamente ante algún comentario que acaban de hacer. Y Asher... él se lleva lentamente su copa de vino a la boca y le da un sorbo, sosteniéndome la mirada por encima del borde de cristal.

Una oleada de culpa, ácida, pesada y corrosiva, se instala en mi garganta con tanta fuerza que me dan ganas de vomitar.

Me siento en mi silla, rígida como una tabla.

Nathan me mira con pura adoración, completamente ajeno al hecho de que, a escasos metros de él, su futura esposa acaba de dejarse arrinconar y besar por el hombre que está sentado frente a nosotros.

Me siento sucia. Una impostora en mi propia casa. Una cobarde detestable que ha traicionado al hombre que la salvó. La cena sigue su curso tortuoso entre risas y charlas de negocios, pero yo ya no estoy aqui.

Yo solo escucho el latido ensordecedor de mi propia traición, sabiendo, con terrorífica certeza, que el incendio ha vuelto para devorarme viva y esta vez no va a dejar ni las cenizas.