No me quites la inocencia Chapter 29
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Chapter 29

N ada más cruzar el umbral de nuestra casa, el silencio que debería ser acogedor se siente denso, cargado de una electricidad estática que me eriza el vello de la nuca.

Nathan deja las llaves sobre la consola de mármol de la entrada con un golpe seco, metálico, que me resuena en las paredes de mi cráneo.

Se gira hacia mí con esa sonrisa eufórica y yo siento que voy a estallar en un millón de pedazos afilados.

—¿En qué momento, Nathan? —Mi voz sale más afilada de lo que pretendía, cortando el aire como un bisturí.

Él se detiene, con la mano aún en el nudo de su corbata. Frunce el ceño, adoptando esa expresión de confusión genuina que me hace sentir como si yo estuviera loca.

—¿En qué momento qué, cariño?

—¿En qué momento me has consultado si me parecía bien invitar a Asher Black a cenar a nuestra casa?

—Camino hacia el salón, dejando mi bolso sobre el sofá de cuero blanco con un gesto brusco—.

¿Cuándo hemos estado de acuerdo en esto?

¿Cuándo se convirtió mi casa en una extensión de la oficina de Black?

Nathan exhala un suspiro condescendiente, ese sonido que hace cuando cree que estoy siendo "emocional" o "difícilmente irracional".

Se quita la americana y la deja sobre el respaldo de una silla.

Se acerca a mí con paso lento, intentando usar esa calma que tan bien le funciona, pero que ahora mismo me resulta insoportable.

—Emily, por Dios, es solo una cena. Es el cliente más importante que ha tenido este bufete en décadas. Estamos hablando de una expansión multimillonaria. Lo lógico, lo profesional, es mostrar hospitalidad. Él es nuevo en la ciudad, no conoce a nadie...

—¡Me importa una mierda si conoce a alguien o si tiene que cenar solo!

—le grito, y el sonido de mi propia voz me asusta.

No soy una mujer que grite. He pasado años construyendo una fachada de autocontrol absoluto—.

Esta es mi casa, Nathan. Mi lugar seguro.

Es el lugar donde se supone que estamos a salvo de la oficina, de las presiones. .. y de hombres como él.

—¿Hombres como él? —Nathan suelta una risa corta, incrédula—.

Estás exagerando, Emily. ¿Qué tiene de malo Asher Black?

Puede ser... arrogante y un poco rudo. Es un tiburón, lo entiendo.

Y entiendo que te sientas presionada porque eres el enlace principal, pero precisamente por eso esta cena es buena para ti.

Esta cena servirá para que se sienta cómodo con nosotros, para que vea que somos un equipo sólido, después tu trabajo será mucho más fácil.

Además, viene con su novia. No es una cita de negocios, es un encuentro social.

Me muerdo el interior de la mejilla con tanta fuerza que saboreo el rastro metálico de la sangre.

Nathan no tiene ni la más mínima idea. Lo miro y, por un segundo, siento una oleada de resentimiento tan pura que me marea.

Lo veo ahí, y me doy cuenta de que vive en un mundo de cristal donde todo se soluciona con una buena cena y una sonrisa profesional.

—Nada con ese hombre es relajado. No quiero que venga —insisto, mi voz ahora es un susurro roto—. No quiero que pise nuestra casa.

Nathan se acerca y me toma por los hombros. Su tacto es cálido, protector, pero yo solo puedo pensar en la mano de Asher rodeando mi muñeca en el archivo.

—Cariño, mírame —me pide, obligándome a clavar mis ojos en los suyos—.

Estás agotada. Estos dos meses de preparativos, el viaje a Nueva York, la presión del contrato.

.. te han pasado factura. Sé que tienes ansiedad, lo hemos hablado.

Pero no puedes dejar que el estrés laboral dicte cómo nos comportamos socialmente.

Asher es solo un hombre, un cliente muy rico, nada más.

Si supieras... pienso, y una lágrima de pura frustración amenaza con asomar. Si supieras que él es el dueño de cada una de mis pesadillas.

—¿Por qué tiene que ser aquí? —insisto, buscando una última salida—. Llévalo al Nobu, reserva el reservado de The Ivy. Yo pagaré la cuenta, pero no aquí. No me cae bien.

—Ya está hecho, Emily. No podemos cancelar ahora. Black aceptó encantado. Por favor, hazlo por mí. Hazlo por nosotros. Es solo una noche.

Me suelta y me da un beso suave en la frente, uno de esos besos que sabe a tregua impuesta. Se da la vuelta y camina hacia la cocina para servirse una copa de vino, dándome la espalda, dando por cerrada la discusión.

Me quedo unos segundos sola en medio del salón, escuchando el tictac del reloj de pared. Siento que las paredes de mi fortaleza se están agrietando a una velocidad vertiginosa.

Subo las escaleras mecánicamente. Necesito encerrarme en el baño. Necesito ducharme con agua hirviendo y frotarme la piel hasta que desaparezca esa sensación de suciedad invisible que me invade cada vez que pienso en el viernes.

Cada vez que pienso en él.

La noche anterior a la cena.

El espejo de cuerpo entero me devuelve la imagen de una mujer que, por un segundo, apenas reconozco.

Para esta noche, he elegido un vestido de seda en color rojo granate, profundo como el vino añejo o como la sangre que late con demasiada fuerza en mis sienes.

El tejido se desliza sobre mi piel con una suavidad insultante, abrazando mis curvas y dejando al descubierto mis hombros.

Es un color arriesgado, pasional, una declaración de intenciones: esta noche quiero ser la mujer que Nathan merece.

Quiero ser la novia radiante, la abogada exitosa, la mujer que lo ama y es amada en paz.

Nathan me mira desde el umbral del vestidor y su reflejo se une al mío. Lleva un traje azul marino que hace que sus ojos parezcan dos fragmentos de cielo despejado. Se acerca y apoya sus manos en mis hombros desnudos. Sus dedos están cálidos, su tacto es ligero.

—Estás increíble, Emily. Ese color... te hace brillar de una forma diferente —murmura, besando el hueco de mi cuello.

—Quería que esta noche fuera especial, Nathan —le digo, girándome entre sus brazos. Me obligo a mirarlo a él, solo a él. A memorizar la línea de su mandíbula, su sonrisa honesta, la seguridad inquebrantable que emana y que me mantiene a flote.

—Lo será. Mañana será un día largo con la cena de Black, así que hoy solo quiero celebrarte a ti.

Cierro los ojos un segundo. Mañana. El nombre de Asher Black revolotea en mi mente como una polilla venenosa, pero lo espanto con todas mis fuerzas. No hoy. Hoy no vas a ganar, Asher.

Me siento en el diván de terciopelo gris para ponerme los zapatos.

Son unos zapatos de tacón de aguja con finas tiras de cuero negro que se enredan en el tobillo.

Antes de que pueda inclinarme, Nathan se adelanta.

Se arrodilla frente a mí sobre la alfombra de lana blanca, un gesto de una humildad y una devoción tan puras que me corta la respiración.

Toma mi pie derecho con una delicadeza extrema, como si yo estuviera hecha de porcelana fina.

Siento el calor de sus manos contra mi piel fría.

Con movimientos lentos y precisos, desliza el zapato y abrocha la pequeña hebilla de plata.

Luego hace lo mismo con el izquierdo. Sus dedos rozan mi empeine y suben un centímetro por mi pantorrilla en una caricia antes de levantarse.

—Gracias, Nathan —le digo, poniéndome de pie. Mi voz suena un poco temblorosa.

—No tienes que darme las gracias por adorarte, Emily —responde él, rodeando mi cintura y dándome un beso suave en los labios que sabe a bálsamo y a paz.

El restaurante está situado en lo alto de un rascacielos con vistas a toda la bahía de Santa Mónica.

El ambiente es exquisitamente sofisticado: el aire huele a orquídeas frescas, a perfumes caros y al aroma ahumado de los mejores whiskies.

Una suave melodía de piano se mezcla con el murmullo de las conversaciones bajas y el tintineo de la cubertería de plata.

Cuando el metre nos guía hasta nuestra mesa, la que está más cerca del ventanal, me quedo sin aliento. En el centro del mantel de lino inmaculado, hay un ramo inmenso de flores blancas: peonías y lirios cala, mis favoritas. Su fragancia dulce y limpia inunda mi espacio vital de inmediato.

—¿Flores? —pregunto, acariciando los pétalos suaves de una peonía.

—Quería que supieras que, a pesar de todo el ruido de estos meses, tú eres mi único centro —dice Nathan mientras nos sentamos.

El camarero sirve un Marqués de Riscal que brilla como rubíes líquidos bajo la luz de las velas.

Nathan no deja de sonreírme, de trazar planes, de hablarme de nuestra futura casa, de los viajes que haremos cuando este contrato se asiente.

Lo escucho con una sonrisa que intento que sea real en cada rincón de mi rostro.

Nathan es maravilloso. Es la estabilidad, es el hombre que me reconstruyó pieza a pieza cuando yo no era más que escombros.

Si él es el que me hace sentir mariposas en el estómago, quiero que esas mariposas ganen la guerra contra el incendio que Asher intenta provocar en mis entrañas.

Cenamos en una burbuja de romanticismo perfecto. El sabor del solomillo es exquisito, pero lo que más saboreo es la mirada de Nathan. Por unas horas, logro engañarme. Logro creer que soy una mujer normal, feliz y segura de sí misma.

Al salir del restaurante, el aire fresco nos golpea el rostro. Caminamos abrazados hacia el coche, con el sonido de las olas rompiendo de fondo. De repente, una serie de explosiones sordas iluminan el cielo oscuro sobre el muelle de Santa Mónica.

Fuegos artificiales.

Líneas de oro, verde y azul estallan sobre nuestras cabezas, reflejándose en el cristal de los edificios y en los ojos de Nathan. Es un espectáculo improvisado, quizá alguna celebración en el muelle, pero para Nathan es otra señal.

—Mira eso, cariño —dice, señalando el cielo iluminado—. Es como si la ciudad supiera que estamos en nuestro mejor momento.